CINE, ARQUITECTURA Y CIUDAD


  Odisea en Bijlmer
Solo sé que no sé nada de tu vida
ZENDA LIENDIVIT

 

 

Se conocen en un bar, se gustan, van al departamento de ella y viven una noche de pasión. En un determinado momento, ella tiene hambre, él se ofrece a buscar comida y pregunta por un cajero automático, ella le da dinero. El sale, feliz, enamorado. Ella se queda, feliz, enamorada. Así empieza Odisea en Bijlmer, un bellísimo cortometraje holandés filmado en 2004. Bijlmer es un barrio de Ámsterdam construido a principios de los años 60. Conforma un complejo de edificios que se implanta sobre el terreno a través de largas tiras articuladas donde se suceden las unidades habitacionales. Grandes extensiones de verde abrazadas por una arquitectura perfecta, exagonal, sin sobresaltos. Brazos que alientan actividades comunitarias en sus niveles bajos y verde que se contrapone a tanta geometría. Bijlmer es una de las tantas puestas en práctica de los principios elaborados por el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, celebrado en Atenas en 1933, que partía de la necesidad de solucionar los problemas generados por la industrialización. La habitación como célula rectora de la nueva ciudad y la escala humana como herramienta de medida de cualquier proyecto urbanístico, fueron algunos de sus ejes. El bien común, ya se intuía entonces, resultaba antagónico con los intereses privados. Estos debían, necesariamente y casi por decreto, subordinarse al primero. Priorizando el bienestar colectivo, la ciudad podría cumplir con el rol supremo no sólo de organizar la vida de los hombres sino de posibilitar su bienestar espiritual. Los principios del higienismo sumados al desarrollo tecnológico darían como resultado esta ciudad futura. Era cuestión entonces de elaborar un partido que atendiera el asoleamiento, la buena ventilación, que organizara los diferentes niveles de circulación, que contemplara una fuerte zonificación y que, sobre todo, estuviera en estrecha relación con la naturaleza, garantía de la vida comunitaria.

Pero como bien lo expresa la Carta de Atenas, la planificación y el desarrollo de las ciudades respondieron siempre a las problemáticas de cada época, a los continuos cambios administrativos, políticos, sociales y económicos, a sus condicionamientos históricos, geográficos, topográficos. La construcción de una ciudad siempre fue algo más que resolver satisfactoriamente la habitación, la recreación, la circulación y el trabajo del hombre. Le Corbusier y los demás padres del Movimiento ostentaron un pensamiento acorde a la nueva modernidad tecnológica que hundía sus raíces, mucho más profundo de lo que se podría pensar, en terrenos clásicos. Mezclaron sin pudor el cálculo científico, el progreso técnico y el ideal de polis griega, donde cada ciudadano aspiraba al bien común y a la realización plena de sus posibilidades. Es casi evidente, ahora lo es, que semejante proyecto urbanístico, unidades habitacionales que se repiten iguales en vertical y en horizontal, conectadas por rutinarios corredores externos, rodeadas de verde y con inmensos e incontrolables espacios comunitarios, no hacía más que limar las diferencias no sólo arquitectónicas. La idea de colmena tenía alcances más amplios que constituir un mero partido para resolver en forma masiva problemas urbanos. Representaba la construcción de una vida en función a un ideal superior. Que sólo sería posible si la ciudad crecía y se desarrollaba en cada una de sus partes en forma armónica y en estrecha relación con el resto de la región. La serie, el módulo, la repetición, la escala y la falta de atributos distintivos de esas unidades y de esos bloques respondían precisamente a que cada complejo era una parte de la ciudad, un engranaje que no se agotaba en sí mismo. De allí la importancia del concepto de zonificación: para resolver el caos moderno metropolitano, había que zonificar, diferenciar tareas, organizar, separar los males nocivos pero necesarios de la modernidad de sus aspectos vitales. Articular las funciones y recién allí, desde esa totalidad, pensarse como ciudad y como ciudadanos. No desde el fragmento.

Algo falló sin embargo y esos inmensos bloques de viviendas pronto generaron exactamente los efectos contrarios para los que fueron diseñados. No bastó la lógica ni la racionalidad extrema, vivir no era equiparable a una función mecánica ni científica, ni podía planificarse enteramente sobre un tablero; ni el interés privado, o el lucro potencial, podía abolirse por decreto. La arquitectura sólo haría feliz a unos pocos. No funcionó en Bijlmer, en Holanda, ni en Villa Lugano, aquí en Buenos Aires. Esas moles terminaron destinadas precisamente a aquellos sectores poco atractivos para la Arquitectura que se iría imponiendo después de la segunda guerra mundial. Una arquitectura que debía exhibir el poderío del nuevo orden financiero y de sus usuarios y una ciudad donde cada vez más los intereses privados se impondrían sobre el bien colectivo.

Lo terrible de las utopías no suele ser su carácter irrealizable sino su realización parcial. De la idea original con que se concibió Bijlmer solo quedan los restos, los rumores de antiguas verdades como en los relatos de Kafka, que se fueron reconfigurando para sobrevivir a las nuevas épocas. De diseño de vanguardia para una ciudad futura, feliz y funcional a laberinto atomizado y defensivo donde cada elemento -tiras, conjuntos, ventanas, corredores, plazas, túneles, senderos, espejos de agua y espacios verdes- impedirá precisamente la orientación, la ubicación de coordenadas precisas, a los extraños que se aventuren en él. Otis, el personaje de Odisea en Bijlmer, sale de la casa de su amante desconocida y atraviesa túneles y senderos, recorre las plazas y llega hasta el puesto de comidas ignorando esa arquitectura feroz que lo convertirá en un extraviado por violar sus reglas. Pero Otis está abrasado por la pasión y el deseo. Otis, como Ulises, quiere volver y su odisea será precisamente vencer esas diabólicas moles que en un mar de ventanales iluminados le ocultarán por semejanza la puerta de su amada. Y como héroe será visualizado también por los habitantes de Bijlmer, prostitutas, travestis, traficantes, adictos e inmigrantes que, al fin y al cabo, dueños de esa modernidad estallada, vivirán en forma cotidiana sus propias travesías. Hombres y mujeres tan singulares en su diferencia con la Ámsterdam del primer mundo como un hombre enamorado. Odisea en Bijlmer es también la historia de esos cuerpos desplazados que a manera de conectores van dibujando proyectos alternativos en los que se ilumina, como las lámparas en las ventanas del travesti y de Penny, el camino de la salvación.

 

El presente artículo fue escrito especialmente para el N° 3 de la Revista Ciencias Sociais Unisinos, de la Universidade do Vale do Rios dos Sinos - Unisinos (Sao Leopoldo - Brasil)
http://www.unisinos.br/publicacoes_cientificas/ciencias_sociais/

 

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