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Odisea
en Bijlmer
Solo sé que no
sé nada de tu vida
ZENDA LIENDIVIT
El presente
artículo fue escrito especialmente para el N° 3 de la Revista
Ciencias Sociais Unisinos, de la Universidade do Vale do Rios
dos Sinos - Unisinos (Sao Leopoldo - Brasil)
http://www.unisinos.br/publicacoes_cientificas/ciencias_sociais/
Se conocen
en un bar, se gustan, van al departamento de ella
y viven una noche de pasión. En un determinado
momento, ella tiene hambre, él se ofrece a
buscar comida y pregunta por un cajero
automático, ella le da dinero. El sale, feliz,
enamorado. Ella se queda, feliz, enamorada. Así
empieza Odisea en Bijlmer, un
bellísimo cortometraje holandés filmado en
2004. Bijlmer es un barrio de Ámsterdam
construido a principios de los años 60. Conforma
un complejo de edificios que se implanta sobre el
terreno a través de largas tiras articuladas
donde se suceden las unidades habitacionales.
Grandes extensiones de verde abrazadas por una
arquitectura perfecta, exagonal, sin sobresaltos.
Brazos que alientan actividades comunitarias en
sus niveles bajos y verde que se contrapone a
tanta geometría. Bijlmer es una de las tantas
puestas en práctica de los principios elaborados
por el Congreso Internacional de Arquitectura
Moderna, celebrado en Atenas en 1933, que partía
de la necesidad de solucionar los problemas
generados por la industrialización. La
habitación como célula rectora de la nueva
ciudad y la escala humana como herramienta de
medida de cualquier proyecto urbanístico, fueron
algunos de sus ejes. El bien común, ya se
intuía entonces, resultaba antagónico con los
intereses privados. Estos debían, necesariamente
y casi por decreto, subordinarse al primero.
Priorizando el bienestar colectivo, la ciudad
podría cumplir con el rol supremo no sólo de
organizar la vida de los hombres sino de
posibilitar su bienestar espiritual. Los
principios del higienismo sumados al desarrollo
tecnológico darían como resultado esta ciudad
futura. Era cuestión entonces de elaborar un
partido que atendiera el asoleamiento, la buena
ventilación, que organizara los diferentes
niveles de circulación, que contemplara una
fuerte zonificación y que, sobre todo, estuviera
en estrecha relación con la naturaleza,
garantía de la vida comunitaria.
Pero
como bien lo expresa la Carta de Atenas, la
planificación y el desarrollo de las ciudades
respondieron siempre a las problemáticas de cada
época, a los continuos cambios administrativos,
políticos, sociales y económicos, a sus
condicionamientos históricos, geográficos,
topográficos. La construcción de una ciudad
siempre fue algo más que resolver
satisfactoriamente la habitación, la
recreación, la circulación y el trabajo del
hombre. Le Corbusier y los demás padres del Movimiento
ostentaron un pensamiento acorde a la nueva modernidad
tecnológica que hundía sus raíces, mucho más profundo de lo que
se podría pensar, en terrenos clásicos. Mezclaron sin pudor el
cálculo científico, el progreso técnico y el ideal de polis
griega, donde cada ciudadano aspiraba al bien común y a la
realización plena de sus posibilidades. Es casi evidente, ahora
lo es, que semejante proyecto urbanístico, unidades
habitacionales que se repiten iguales en vertical y en
horizontal, conectadas por rutinarios corredores externos,
rodeadas de verde y con inmensos e incontrolables espacios
comunitarios, no hacía más que limar las diferencias no sólo
arquitectónicas. La idea de colmena tenía alcances más amplios
que constituir un mero partido para resolver en forma masiva
problemas urbanos.
Representaba la construcción de una vida en
función a un ideal superior. Que sólo sería
posible si la ciudad crecía y se desarrollaba en
cada una de sus partes en forma armónica y en
estrecha relación con el resto de la región. La
serie, el módulo, la repetición, la escala y la
falta de atributos distintivos de esas unidades y
de esos bloques respondían precisamente a que
cada complejo era una parte de la ciudad, un
engranaje que no se agotaba en sí mismo. De
allí la importancia del concepto de
zonificación: para resolver el caos moderno
metropolitano, había que zonificar, diferenciar
tareas, organizar, separar los males nocivos pero
necesarios de la modernidad de sus aspectos
vitales. Articular las funciones y recién allí,
desde esa totalidad, pensarse como ciudad y como
ciudadanos. No desde el fragmento.
Algo
falló sin embargo y esos inmensos bloques de
viviendas pronto generaron exactamente los
efectos contrarios para los que fueron
diseñados. No bastó la lógica ni la
racionalidad extrema, vivir no era equiparable a
una función mecánica ni científica, ni podía
planificarse enteramente sobre un tablero; ni el
interés privado, o el lucro potencial, podía
abolirse por decreto. La arquitectura sólo
haría feliz a unos pocos. No funcionó en
Bijlmer, en Holanda, ni en Villa Lugano, aquí en
Buenos Aires. Esas moles terminaron destinadas
precisamente a aquellos sectores poco atractivos
para la Arquitectura que se iría imponiendo
después de la segunda guerra mundial. Una
arquitectura que debía exhibir el poderío del
nuevo orden financiero y de sus usuarios y una
ciudad donde cada vez más los intereses privados
se impondrían sobre el bien colectivo.
Lo
terrible de las utopías no suele ser su
carácter irrealizable sino su realización
parcial. De la idea original con que se concibió
Bijlmer solo quedan los restos, los rumores de
antiguas verdades como en los relatos de Kafka,
que se fueron reconfigurando para sobrevivir a
las nuevas épocas. De diseño de vanguardia para
una ciudad futura, feliz y funcional a laberinto
atomizado y defensivo donde cada elemento -tiras,
conjuntos, ventanas, corredores, plazas,
túneles, senderos, espejos de agua y espacios
verdes- impedirá precisamente la orientación,
la ubicación de coordenadas precisas, a los
extraños que se aventuren en él. Otis, el
personaje de Odisea en Bijlmer, sale de la
casa de su amante desconocida y atraviesa túneles
y senderos, recorre las plazas y llega hasta el
puesto de comidas ignorando esa arquitectura
feroz que lo convertirá en un extraviado por
violar sus reglas. Pero Otis está abrasado por
la pasión y el deseo. Otis, como Ulises, quiere
volver y su odisea será precisamente vencer esas
diabólicas moles que en un mar de ventanales
iluminados le ocultarán por semejanza la puerta
de su amada. Y como héroe será visualizado
también por los habitantes de Bijlmer,
prostitutas, travestis, traficantes, adictos e
inmigrantes que, al fin y al cabo, dueños de esa
modernidad estallada, vivirán en forma cotidiana
sus propias travesías. Hombres y mujeres tan
singulares en su diferencia con la Ámsterdam del
primer mundo como un hombre enamorado. Odisea
en Bijlmer es también la historia de esos
cuerpos desplazados que a manera de conectores
van dibujando proyectos alternativos en los que
se ilumina, como las lámparas en las ventanas
del travesti y de Penny, el camino de la
salvación.
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