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NOTA DE TAPA N° 75 /
OCTUBRE 2010
PAPEL
PRENSA: Un policial malo
Tinta y Sangre
Corren los años más feroces de la dictadura. Hay una gran
transacción comercial (y lo que se compra y vende no son
galletas sino los diarios más poderosos de la época, esa gran
debilidad de todo poder autoritario). Pero cuatro meses después,
los vendedores son desaparecidos y torturados. Los compradores,
que no son desaparecidos ni torturados, quedan bajo la mira.
Sobre todo porque serán los responsables de varias portadas
donde el proceso militar estará en primer plano y no
precisamente por sus características nefastas. Treinta y tres
años después, el problema es cómo se cuenta aquella historia.
Reaparecen los actores, se dividen en bandos opuestos, se
pelean, discuten, recuerdan detalles a favor o en contra de la
versión del otro y sobre todo, obviamente, no se ponen de
acuerdo. Corren ríos de tinta y todo hace suponer que también de
sangre. Sangre mezclada con tinta y suspendida durante más de
tres décadas. Ya sabemos que en un enfrentamiento entre
poderosos, el resto sólo puede observar. Pero la verosimilitud
es la condición de toda buena liturgia para ganar creyentes; lo
saben las religiones, lo saben los buenos políticos, deberían
saberlo los medios de comunicación. El público, que lee esta
contienda reactualizada, la exige, puesto que ni se le ocurre
aspirar a algún tipo de verdad. Y en el presente relato
elaborado por esos medios lo que indudablemente falta es
verosimilitud. No es verosímil, lo que no significa que no
fuera cierto. Pero verosímil no es. Y aunque aparezcan la
familia, los vecinos, los amigos de la infancia y demás entornos
de los damnificados, confirmando que todo fue de común acuerdo,
seguirá siendo inverosímil. Las corporaciones mediáticas no
pueden aspirar a tanta estupidez cómplice por parte de su
público. En todo caso, deberían buscar las formas para volverlo
creíble. Incluso, hasta podrían aplicar técnicas del buen
policial negro para demostrar su inocencia. O, por lo menos, su
mínima culpabilidad. Si al fin y al cabo, hubo crímenes,
asesinatos, víctimas y culpables. Hubo uno o varios móviles. Y,
principalmente, quedaron huellas, rastros y pistas a seguir. La
buena ficción siempre busca tinta adiestrada para ser
comunicada; lamentablemente, la sangre de la que hablamos es
real y hoy, todavía, se mezcla obscenamente entre los intereses
de esos poderosos que con tal de salirse con la suya elaboran
malos relatos, tanto para imponerlos como para impugnarlos.
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