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NOTA DE TAPA N° 77 /
NOVIEMBRE 2010
KIRCHNER -
FERREYRA / Noviembre de 2010
La muerte y
la brújula

Hubo un asesinato en Barracas
hace dos semanas y media. Un joven estudiante y militante del
Partido Obrero fue acribillado a balazos, durante una
manifestación sindical, frente a la mirada atónita de unos y
permisiva de varios. Siete días después muere Kirchner, de
muerte natural, con el interrogante nunca resuelto para él sobre
quién fue el asesino que le tiró ese muerto a su gobierno. No es
aventurado suponer que pensó en Maximiliano Kosteki y Darío
Santillán como nefastos antecedentes. Luego, todo lo conocido,
el velorio, el sepelio, los saludos calificados, las
exclusiones, los odios y las declaraciones de amor y de aquello
que la lucha continua. El secreteo en la trastienda y
las multitudes dolientes. En el medio, estas dos muertes, una en
Barracas, la otra en Calafate, tan secretamente unidas en el
futuro político del país. Se podría llegar a pensar que una
mente perversa pudo haber ideado la primera con la esperanza de
la segunda. Un muerto que arrastra consigo otro muerto suele ser
una eficaz fórmula en la política. Suele ser, en realidad, el
fracaso de la política. Un asesinato puede diezmar un gobierno
pero, con efectos más directos, diezmar a un hombre. Mariano
Ferreyra pudo haber sido ese puntapié inicial de una
periódica serie de hechos de sangre, para que todo un
gobierno empezara a declinar. O para que un hombre siguiera las
pistas que lo conducirían, tarde o temprano, a su propio
sepulcro. Lo que siempre genera un interrogante, interrogante
vital que recorre la historia de la humanidad, y que por
supuesto no está exento del relato de Borges, es cuánto de ese
destino inexorable es construido por otros y cuánto participa la
propia víctima en dicha construcción.
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