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/ Buenos Aires al rojo vivo

 

Nota de Tapa N° 48 / Noviembre 2007
Lo que nos dejaron las Elecciones 2007
Espacio y política

Cuando se proyecta un espacio también se proyecta el tiempo. Proyectar significa poner en tensión, en diálogo, en relación diferentes elementos de tal forma que dicha interacción construya el mejor resultado. El más eficiente, el más bello, el más representativo, el más funcional o cualquier otro calificativo al que hubiera aspirado ese proyecto. Proyectar un espacio es aspirar a una determinada forma de habitabilidad. Vivir de esa forma estará en función directa al hecho construido y, a la vez, éste actuará directamente sobre aquélla. Proyectar implica proponer continuidades o rupturas; todo proyecto lleva implícito un sistema de valoración donde hasta el acto de la negación es apenas una variante. Con facilidad lo olvidado, en una obra de arquitectura o en una ciudad, adquiere proporciones monstruosas o retorna transformado. Así sea la historia, el entorno inmediato, el asoleamiento o las tradiciones.
El campo de trabajo de todo proyecto arquitectónico es el vacío. Si su desarrollo depende de las habilidades del profesional, su verdadero motor es el deseo. La voluntad de transformar lo dado. Y entre deseo y materialización se abre el espacio de la incertidumbre. La obra construida tanto puede resultar un organismo vital y generador de nuevas formas como sellar su ruina. En las grandes metrópolis el proceso de proyectación y el de construcción se dan en forma simultánea. Se generan constantemente, y a ritmos vertiginosos, nuevas formas de habitabilidad que vendrán a abolir las existentes. El hombre metropolitano está conformado por este doble proceso que lo obliga a un eterno reacomodamiento: reacomodo del cuerpo, de la mirada, de la sensibilidad. Las grandes metrópolis son también las grandes productoras de representaciones y valores, que tanto relacionan elementos de su entorno inmediato como los de afuera -su territorio de implantación y la geografía mental a la que se saben pertenecientes. Así Buenos Aires, Brasilia, Nueva York o el Distrito Federal van a compartir esencialmente –mucho más que lo que sus diferencias podrían distanciarlas- esa voluntad metropolizadora que las define, que las instala y que las proyecta y reproyecta siempre hacia delante. Ser una gran ciudad implica algo más que conformar un espacio privilegiado en términos laborales, sociales, culturales y habitacionales. Ser una gran ciudad implica tomar sobre sí la responsabilidad, y la herencia, de generar una determinada representación del mundo, con su sistema de valores, legitimaciones y porqué no, de difusión y adoctrinamiento. Apropiarse de la tarea de empujar la civilización hacia delante, incluso a veces hacia su propia destrucción. Cada gran metrópolis se juega, a cada paso, su pertenencia a un concierto global en el que la exclusión, por el motivo que fuera, representa también su fin. Su fin simbólico.
Buenos Aires, Córdoba y Rosario son algo más que los centros urbanos más poblados de la Argentina. Son espacios conformados, con diferentes niveles de intensidad, por la tensión entre esas dos formas de pertenencia. Tensión mucho más poderosa, en los tiempos que corren, que cualquier plataforma política. Los arquitectos y agentes inmobiliarios lo entendieron muy bien -mejor que los políticos- al nombrar y construir en sintonía con aquel mandato extraterritorial. Así Palermo Soho, Hollywood o Village. Olvidar estas cuestiones puede provocar desagradables sorpresas en tiempos electorales. Porque el habitante de toda ciudad mundial convive con un mismo secreto temor: dejar de ser. Experimentar el declive metropolitano, y sobre todo metropolizador, es doloroso; sentirse cómplice, intolerable.
Noviembre 2007

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