
Ilustración
publicada en
el libro Cuentos de
la Selva,
de Horacio Quiroga
(1952)
|
Nota de Tapa
N° 35 / COMUNICACIÓN Y
PODER
MISIONES
La Liga de
la Justicia A Foucault
le causa mucha gracia
lo expresa en el
prefacio de Las
Palabras y las cosas-
el texto de Borges en el
que, citando a
"cierta enciclopedia
china", procede a
una curiosa
clasificación de los
animales. No solamente
porque el listado es
desopilante:
"a) pertenecientes
al emperador; b)
embalsamados;
c) amaestrados;
i)
que se agitan como locos;
l) etcétera;
m) que acaban de romper
el jarrón, n) que de
lejos parecen
moscas...". La risa,
el espanto, la
monstruosidad se debe a
la dificultad de pensar
el espacio de vecindad de
los elementos citados,
más allá de la serie
alfabética con la que se
relacionan puesto
que no hay nada imposible
en los animales en sí,
"nada de
inconcebible anfibia,
nada de alas con
zarpas". Falta, nada
menos, que el sustrato de
apoyo, la superficie
común desde donde cada
uno interactuará con el
resto en el orden
racional. El mismo que
hace posible el lenguaje.
Borges, según Foucault,
socava con esta
enumeración impensable
las bases del pensamiento
mismo, le extrae sus
condiciones de
posibilidad y lo lanza al
vacío.
Risa
y espanto también les
debió provocar a más de
uno la enumeración de
los opositores al
proyecto re eleccionista
en Misiones: religiosos
de todos los credos
devenidos militantes
políticos, ateos,
gremialistas preocupados
por los trabajadores,
políticos de derecha, de
izquierda, del centro,
indecisos,
comunicólogos,
defensores de derechos
humanos, indiferentes a
los derechos humanos,
críticos a los derechos
humanos, unos que pasaban
por ahí y se prendieron,
otros que especularon
hasta salir a festejar la
victoria, porteños que
jamás pisaron
Misiones
y la lista
sigue, al mejor estilo
Enciclopedia china
borgiana y con los mismos
problemas a la hora de
pensar un posible espacio
común entre ellos.
Se puede deducir entonces
que el
"endemoniado"
(puesto que se trató de
una cruzada con ribetes
religiosos) gobernador de
Misiones se enfrentó a
una lista imposible.
Mientras que éste
contaba con recursos,
mecanismos y prácticas
humanas, demasiado
humanas Rovira
podría ser, al fin de
cuentas, un personaje
nietzscheano: lo mueve la
voluntad de poder y su
acrecentamiento-, todos
los integrantes del bando
opuesto, de golpe y para
sorpresa de muchos, se
convertían en
superhéroes destinados a
derrotar al mal y salvar
a la Argentina de un
inminente Apocalipsis
institucional. Mientras
las prácticas
electoralistas del
partido oficial, llevadas
a cabo desde nuestros
orígenes como nación
hasta la actualidad,
prácticas en plena
vigencia pero no siempre
con los reflectores
mediáticos encima, eran
ejercidas para bien o
para mal sobre un
territorio, sobre una
superficie, con la
realidad como horizonte,
el después bando
victorioso oscilaba entre
la cuestión religiosa,
la higiénica, la moral y
hasta la estética.
Términos tales como dignidad,
salud institucional,
libertad, orden,
restauración de
valores eternos y
demás provocaban un
inconfundible déjà
vu: por la defensa de
esas mismas razones se
han escrito los
capítulos más negros de
nuestra historia y,
por qué no, de la de la
humanidad en general.
Pero, ¿quién hubiera
podido derrotar a esa
autóctona Liga de la
Justicia, que encima
contaba en sus filas
aliadas con los (grandes)
medios de comunicación,
los que con
procedimientos más que
elementales intentaban
aleccionar a los desprotegidos
misioneros? -las
imágenes de una
beatífica figura que iba
a depositar su voto en un
ambiente bucólico y
lleno de paz, se
intercalaban con las
otras, las de los golpes,
los codazos, los
guardaespaldas, las
corridas y demás, y se
repetían de manera
sistemática, secuencial,
tipo tratamiento
"Ludovico" en La
Naranja Mecánica,
durante toda la tarde del
escrutinio. Y eso sin
contar aquéllas que
mostraban a un grupo de
pobladores del país
vecino no habrán
sido más de cincuenta-
que juraba no venderse ni
alquilarse y que se
enardecía cada vez que
aparecían las cámaras
de televisión, como esos
programas de
entretenimientos donde el
público tiene la
obligación de mostrar
algarabía cuando se
enciende la luz roja del
estudio y hace su entrada
el animador de moda.
Según
las estadísticas,
Misiones tiene altos
niveles de pobreza. En
sus selvas se inspiró
Horacio Quiroga para sus
cuentos de amor, de
locura y de muerte; el
turbulento Paraná la
circunda y corre sangre
guaraní por sus venas.
De allí tal vez cierta
melancolía en parte de
su población, la que no
frecuenta los centros
urbanos, la que comulga
con la tierra, el calor y
el misterio de su
profundos yerbatales.
Habría que remontarse,
sin embargo, a mucho más
atrás que un par de
periodos de gobierno para
entender su precaria
situación dentro del
territorio nacional, para
comprender sus
postergaciones y olvidos.
Que, curiosamente, casi
nunca aparecen en los
diarios, la televisión o
en las agendas
eclesiásticas. Pero ni a
Misiones ni al resto de
la Argentina los va a
salvar Batman, la Mujer
Maravilla, Superman o los
Gemelos Fantásticos, esa
entrañable Liga de la
Justicia cuyas
hazañas marcaron nuestra
infancia y a la que no
pudieron derrotar los
villanos más villanos de
la historia del cómic.
No habrá tampoco ninguna
puerta por donde va a
aparecer el Mesías
redentor para detener la
atrocidad del curso del
tiempo. Tampoco es
probable que esa
disparatada lista
opositora abra nuevos
espacios, descubra nuevos
ordenes de pensamiento,
como los textos borgianos
leídos por Foucault.
Solo contamos con
hombres, con pueblos, con
campesinos y ciudadanos,
con gente de carne y
hueso que, entre otras
cosas, está harta de que
la historia argentina se
escriba con ficciones
armadas y listas para el
consumo. Ésas que, como
bien lo entreviera
Roberto Arlt hacia fines
de los años 20, siempre
terminan en catástrofes
y donde, por lo general,
los lugares de la
responsabilidad quedan
siempre, pero siempre,
vacantes.
Noviembre 2006
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