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Nota de Tapa N° 33
/ Agosto 2006
Pasajeros
en tránsito
El viaje era una
costumbre muy arraigada en los
círculos artísticos e
intelectuales del siglo XIX y
principios del XX. Era habitual
pasar gran parte de la vida
desplazándose de una ciudad a
otra, fijar residencias
temporarias, absorber nuevas
atmósferas. El nomadismo
otorgaba como una especie de
salvoconducto prestigioso, una
ratificación de pertenencia a la
alta cultura, una forma de marcar
diferencia con la burguesía
sedentaria que se dedicaba a
acumular y que a lo sumo solo
hacía turismo. A veces, estos
desplazamientos y cruces se
plasmaban en la obra; tal el caso
de Henry James, ubicado en la
intercepción como muchos de sus
personajes entre el pragmatismo
norteamericano y la fina
sensibilidad europea. Nietzsche,
por motivos de salud, iba tras
los saludables aires alpinos y
los inviernos genoveses, los
afectos, los nuevos estudios y
seguramente para conjurar la
atroz soledad que lo andaba
cercando. Las pasiones también
motorizaban los desplazamientos,
como en Rilke y Benjamín y sus
partidas a Moscú por amor.
Aunque será en París donde
encontrará este último las
condiciones para radiografiar los
orígenes y los efectos de la
nueva era. En otros, como
Baudelaire y Poe, el
desplazamiento era más que nada
dentro de determinados límites
geográficos y tenía
connotación de huida, a veces de
amantes y acreedores como el
poeta francés, o de la miseria y
de sí mismos en el caso de
ambos. Algo similar ocurría con
Arlt, que siempre prefirió
moverse dentro de Buenos Aires,
con algunos pocos viajes al
exterior por motivos
profesionales. Kafka jamás
estuvo en EEUU pero escribió América,
y de paso demostró las
múltiples acepciones del
término viajar. Stendhal, en
cambio, viajaba y se enamoraba
apasionadamente de la ciudad de
destino especialmente de
Milán-, de cualquiera menos de
París, padecía una xenofobia a
la inversa según Barthes. Para
otros, el exilio era obligado,
Mann, Gropius y Adorno, entre
tantos, con el fascismo
pisándole los talones, el mismo
que mató a Benjamín en Port
Bou, esa ciudad fronteriza a la
que había huido demasiado tarde.
Rimbaud fue más lejos aún, se
olvidó de la literatura, viajó
a Oriente y volvió a Francia
sólo para morir. Búsquedas
místicas y exóticas o eróticas
se leen en los viajes de Artaud a
México y de Flaubert a Egipto.
Era imprescindible también para
los hijos de nuestras familias
patricias que realizaran el tour
cultural europeo, del que
volvían con el último grito de
la moda en cuestión de
literatura, arte, arquitectura,
urbanismo y hasta de filosofía,
cosa que a veces resultaba
complicada puesto que como se
demostró rápidamente no habría
recetas universales en este
mundo, ni siquiera la pretendida
modernidad. Todo habitante de la
metrópolis, bien posicionado
económicamente y de larga
estadía ancestral en el país,
viajaba al viejo continente para,
al fin y al cabo, pertenecer. La
ratificación a esta pertenencia
estaba paradójicamente en aquel
desplazamiento, en la huída
temporaria de una aldea que
jamás alcanzaría a ponerse al
día en cuestiones que marcarán
siempre la diferencia entre un
centro rector y una periferia
expectante. En la actualidad, el
viaje se ha convertido en una
forma de subsistencia, ya sea
material o espiritual: se busca
la tierra prometida, un antídoto
contra la realidad cada vez más
expulsiva del sitio de origen o,
paradójicamente otra vez, la
pertenencia a un territorio
selecto y ajeno a cualquier
coordenada geográfica. Se viaja
porque, al fin y al cabo, hay
algo que murmura en contra de la
quietud, cierto malestar de la
instalación como diría Derrida.
Sea porque a veces la ciudad nos
sofoca, se nos antoja violenta,
árida o familiar hasta el
hartazgo. Desértica aunque esté
cada vez más poblada, u hostil
justamente por este exceso de
población en estado de
misantropía terminal. Viajar
implica desencontrarse, implica,
como modernos y pacíficos hunos,
estar siempre llegando y siempre
partiendo de los territorios a
conquistar. En el mejor de los
casos, el viaje actúa sobre
nuestros cuerpos provocando el
agradable malestar de la
extrañeza y la posibilidad de la
recepción de la diferencia; en
el peor, apenas nos convierte en
turistas. Viajar es uno de los
grandes temas de nuestro tiempo:
nos movemos para estar asentados
en cierta creativa
transitoriedad, para seguirle las
huellas a una época que hizo de
la velocidad y el movimiento sus
principales características. De
algunas instantáneas tomadas
casi por azar, de esos sitios que
se nos grabaron en la memoria
-algunos hitos arquitectónicos,
otros simplemente entrañables,
una esquina, un café, una
recova-, de las experiencias en
ciudades a las que llegamos y
partimos, que amamos, abandonamos
y a veces retornamos, surgió Retratos
urbanos, la nueva sección de
Contratiempo que
actualmente está en
construcción y verá la luz en
estos días.
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