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Noches
de Octubre
GÈRARD DE NERVAL
Del libro Aurelia, Gèrard de
Nerval. Editorial Argonauta.
Buenos Aires 1945
En prisión
Ciertamente, no
había yo dicho nada de
desconsiderado ni de monstruoso.
Llegada la noche creí procedente
dirigirme a la central de coches.
Era preciso aún esperar una
media hora. Pedí de comer para
pasar el tiempo. Apurada la sopa
me volví a preguntar otra cosa y
entonces me sorprendió un
gendarme diciéndome: -¿Sus
documentos?
Impresionado, busco
en mis bolsillos y recuerdo que
el pasaporte lo había dejado en
Meaux, en el hotel, cuando me lo
pidieron para inscribir mi
nombre: había, en efecto,
olvidado recogerlo al día
siguiente. La linda criada a
quien pagué mi cuenta no pensó
más que en mí.
-Está bien -dijo el
gendarme-, sígame usted a casa
del alcalde.
¡A casa del
alcalde! ¡Si al menos fuese el
de Meaux! ¡Pero es el de Crespy!
Aquél hubiera sido, sin duda,
más indulgente.
-¿De dónde viene
usted?
-De Meaux.
-¿A dónde va usted?
-A Creil
-¿Con qué objeto?
-Con el objeto de presenciar una
cacería de nutrias.
-¿Y sus documentos?
-Los he olvidado en Meaux.
Comprendía yo que
mis contestaciones no eran
satisfactorias, y tanto fue así,
que el señor alcalde me dijo
paternalmente:
-Muy bien, ¡queda
usted detenido!
-¿Y dónde dormiré?
-En la cárcel.
¡Diablo! Y,
naturalmente, temiendo dormir mal
allí, dije:
-¿Y si pagase a uno
o dos gendarmes para que me
acompañaran en el hotel?
-Eso no se acostumbra aquí. Se
acostumbraba en el siglo XVIII.
Hoy no.
Seguí al gendarme
con bastante melancolía.
La prisión de Crespy es antigua.
La celda donde se me ha encerrado
me parece que data del tiempo de
las Cruzadas y que ha sido
restaurada cuidadosamente.
No me ha agradado ese lujo
superfluo; más me hubiera
complacido verme entre ratas y
arañas.
-¿Es esta celda
húmeda? pregunté al
carcelero.
-Al contrario, muy seca. Nadie se
ha quejado desde que se hizo la
restauración. Mi señora os
dará ahora la cama.
-Dispénseme, señor mío, yo soy
parisiense y deseo, pues, que sea
muy blanda.
-Se le pondrán colchones de
plumas.
-Dígame, señor, ¿no podría yo
terminar de comer? El gendarme me
interrumpió cuando sólo hube
tomado la sopa.
-No tenemos nada. Pero mañana
proporcionaré a usted cuanto
desee; ahora todo el mundo duerme
aquí, en Crespy.
-¡A las ocho y media!
-Son las nueve.
La mujer del
carcelero me trajo un catre, que
me arregló muy bien, sin duda
pensando que yo la recompensaría
espléndidamente. Además de
colchones de plumas, me trajo un
gran cubrepiés, también de
plumas. Las tenía, pues, por
arriba y por abajo.
/
Otro sueño
Dos horas, por lo
menos, mi sueño fue intranquilo,
tormentoso. No soñé en aquellos
bienhechores gnomos, en aquellos
seres panteístas salidos del
suelo germano; era indudable que
me habían abandonado por
completo. Me vi ante un tribunal
que aparecía al fondo de una
sombra densa impregnada de un
polvo escolástico. El presidente
tenía cierto aspecto muy
parecido al señor Nisard. Sus
dos asesores se asemejaban mucho
al señor Cousin y al señor
Guizot, mis antiguos maestros. Mi
comparecencia ante ellos no era
en concepto de examinado, como
otras veces en la Sorbona, sino
en el de reo condenado a pena
capital.
Sobre una mesa se
hallaban esparcidos varios
periódicos ingleses y
americanos, y revistas ilustradas
en las que se distinguían los
nombres de Edgar Poe, Dickens,
Ainsword, etc., y tres figuras
pálidas y delgadas se erguían a
la derecha del tribunal
ostentando inscripciones latinas
impresas sobre satén, y entre
las que se destacaban las
siguientes:
SAPIENTIA, ETHICA,
GRAMMATICA
Los tres espectros
acusadores me dirigían estas
palabras despreciativas:
-¡Fantasista!
¡¡Realista!! ¡¡¡Ensayista!!!
Yo descubrí algunas
frases de la acusación por
intercesión de un espíritu, que
me pareció ser el del señor
Patín:
-Del realismo al
crimen no hay más que un paso;
pues que el crimen es
esencialmente realista. El
fantasismo conduce de un modo
directo a la adoración de los
monstruos. El ensayismo trae al
falso espíritu a pudrirse entre
la paja de los
calabozos
¡Ha empezado por
visitar a Pablo Niquet, después
se ha permitido adorar a una
mujer con cuernos y cabellera de
lana merina, y ha terminado por
ser detenido en Crespy, a causa
de vagancia y de trovadorismo
exagerado!
Traté de contestar
invocando a Luciano, Rabelais,
Erasmo y a otros fantasistas
clásicos. Me sentí muy
pedantesco, francamente.
Luego, afectadísimo
y con lágrimas en los ojos,
pronuncié las palabras.
-¡Confiteor,
plangior, juro!
Renuncio
a estas obras malditas por la
Sorbona y por el Instituto; no
hablaré ya más que de la
historia, de la filología y de
la estadística
¿Se duda
de ello?
Por consiguiente,
me concretaré a hacer novelas
virtuosas y campestres,
impregnadas de moral y poesía;
yo escribiré libros contra la
esclavitud y para niños, poemas
didácticos y tragedias
Voy,
pues, a recitar uno que escribí,
y cuyo recuerdo me viene a la
imaginación
Los fantasmas
desaparecieron lanzando gritos
quejumbrosos.
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