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La
compensación estética
LEWIS
MUMFORD
Del
libro Técnica y Civilización,
Lewis Mumford, Tomo I (Emecé
Editores, Buenos Aires, 1945)La industria
paleotécnica no carecía de
ciertos aspectos idealistas. La
sordidez del nuevo medio ambiente
suscitaba compensaciones
estéticas. El ojo, privado de
luz solar y de color, descubrió
un mundo nuevo en el crepúsculo,
en la niebla, en el humo y en las
distinciones tonales. La bruma de
la ciudad fabril ejercía su
propia magia visual: los feos
cuerpos de los seres humanos, las
fábricas sórdidas y los
montones de desperdicios
desaparecían en la niebla, y en
lugar de las crudas realidades
que el sol hubiera hecho
resaltar, un velo de suaves
colores las recubría.
Fue un pintor
inglés, J.W.M.Turner, que
trabajó en el auge del régimen
paleotécnico, quien abandonó el
paisaje clásico a la moda y sus
ruinas artificiales, para pintar
cuadros que sólo tenías dos
temas: la niebla y la luz. Turner
fue quizá el primer pintor que
absorbió y expresó directamente
los efectos característicos del
nuevo industrialismo. Su
representación de la locomotora,
apareciendo en medio de la
lluvia, fue quizá la primera
nota lírica inspirada por la
máquina de vapor.
La chimenea humeante
de la fábrica había contribuido
a crear esa densa atmósfera, y
gracias a ésta uno se liberaba,
en lo que a la vista concierne,
de algunos de los peores efectos
de la chimenea de la fábrica. En
el dominio de la pintura no se
sentían los olores acres, y
sólo quedaba la ilusión de la
belleza. Vistas de lejos,
envueltas en la niebla, las
alfarerías de Doulton, en
Lambeth, con sus decoraciones
chabacanas, casi podían
rivalizar con algunos de los
paisajes que figuraban en la Tate
Gallery. Whistler, desde su
estudio en el malecón de
Chelsea, que dominaba el distrito
de fábricas de Battersea, se
expresó mediante esa niebla y
esa bruma sin la ayuda de luz;
las gradaciones delicadas de tono
revelaban y definían las
barcazas, el contorno de un
puente y la ribera distante. En
la niebla, los faroles en hilera
de la calle brillaban como
pequeñas lunas en una noche de
verano.
Pero Turner no sólo
reaccionó frente a la niebla,
sino también contra ella; se
alejó de las calles cubiertas de
desperdicios de Covent Market, de
las fábricas tétricas y de los slums
oscuros de Londres, y se entregó
a la pureza de la luz. En una
serie de cuadros pintó un himno
a la maravilla de la luz, un
himno que un ciego podría cantar
al recobrar la vista, un peán a
la luz, que emergiera de la
noche, de la niebla y del humo y
conquistase el mundo. La falta de
sol, la falta de color, la
inanición dentro de las ciudades
industriales era lo que incitaba
a buscar escenas rurales y
estimuló el arte de la pintura
paisajista en este periodo, dando
lugar a sus principales triunfos
colectivos: la obra de la escuela
de Barbizón y de los
impresionistas posteriores,
Monet, Sisley, Pissarro, y el
más característico, si es que
no el más original de ellos,
Vicente Van Gogh.
Van Gogh conocía
toda la lobreguez de la ciudad
paleotécnica; el Londres sucio y
alumbrado a gas del año 1870.
También conocía las fuentes de
sus oscuras energías, lugares
como las minas de La Borinage,
donde había vivido con los
mineros. En sus primeros cuadros
absorbió y afrontó con valor
las partes más siniestras del
ambiente; pintó los cuerpos
retorcidos de los mineros, el
estupor casi animal de su caras
inclinadas sobre el plato de
papas, e hizo resaltar los tintes
negros, los grises, los azules
oscuros y el amarillo manchado de
sus hogares invadidos por la
miseria. Van Gogh se identificó
con esa vida sombría. Luego fue
a Francia, que nunca había
sucumbido totalmente ante la
máquina de vapor y la
producción en gran escala, que
todavía conservaba sus pueblos
agrícolas y la habilidad de sus
artesanos, y el pintor se rebeló
contra las deformaciones y las
privaciones impuestas por el
nuevo industrialismo.
En la atmósfera
diáfana de Provenza, Van Gogh
contempló el mundo que sus ojos
veían como si estuviera ebrio, y
estas impresiones estaban
agudizadas por la lóbrega
negación que había conocido
durante tanto tiempo: los
sentidos, ya no más embotados
por el humo y la suciedad,
reaccionaron y cayeron en
éxtasis. La niebla se disipó;
el ciego recobró la vista; el
color retornó.
Aun cuando el
análisis cromático de los
impresionistas tenía su origen
en las investigaciones
científicas de Chevreul sobre el
color, la visión de éstos no
era comprendida por sus
contemporáneos. Estos pintores
fueron denunciados como
impostores, porque los colores
que pintaban no estaban atenuados
por los muros del taller,
empalidecidos por la niebla, o
suavizados por el tiempo, el humo
o el barniz, porque el verde del
pasto que pintaban resultaba
amarillo en la intensidad de la
luz solar, la nieve rosada, y las
sombras de los muros blancos,
verdosas. Como el mundo natural
no era abstemio, los paleotecas
pensaron que los artistas se
habían emborrachado.
Mientras que los
nuevos pintores quedaban
absortos, ante la luz y el color,
la música limitó sus dominios y
se hizo más intensa en su
reacción contra el nuevo
ambiente. El canto del taller,
los gritos del calderero, del
florista y del vendedor ambulante
proferidos en la calle, el canto
de los marinos al tirar de los
cables, los cantos tradicionales
del campo y de la taberna,
murieron lentamente durante este
período, a la vez que
desaparecía el poder de crear
otros nuevos. El trabajo era
regulado por el número de
revoluciones por minuto, más
bien que por el ritmo de una
canción. La balada, con su viejo
contenido religioso, militar o
trágico, fue reducida a la
categoría de sentimental
canción popular; hasta su
erotismo fue atenuado; su elevado
patetismo se hizo ridículo, y
sólo logró sobrevivir en la
literatura para las clases
cultivadas y en los poemas de
Coleridge, de Wordsworth y de
Morris. La canción y la poesía
dejaron de ser posesiones del
pueblo, y se tornaron
"literarias",
profesionales, segregadas. Nadie
pensaba ahora en decirle a la
servidumbre que pasara a la sala
para cantar, junto con los
demás, el madrigal o la balada.
Lo que ocurrió en la poesía
ocurrió asimismo en el dominio
de la música pura. Pero la
música, en la creación de la
nueva orquesta, y en el alcance,
poder y movimiento de las nuevas
sinfonías, llegó a ser de una
manera singularmente
representativa la imagen ideal de
la sociedad industrial.
La orquesta barroca
había sido creada sobre la base
de la sonoridad y el volumen de
los instrumentos de cuerda.
Mientras tanto, la invención
mecánica había contribuido a
aumentar extraordinariamente el
alcance del sonido y las
cualidades de tono que podían
ser producidas: el oído llegó a
percibir nuevos sonidos y nuevos
ritmos. El clavicordio se
convirtió en una máquina maciza
conocida con el nombre de piano,
con gran tablero sonoro y un
teclado extenso. En forma similar
una serie de antiguos
instrumentos de viento, de cuerda
y de bronce fueron modificados o
introducidos por Adolfo Sax, el
inventor del saxófono, alrededor
de 1840. Todos los instrumentos
estaban ahora científicamente
calibrados: la producción del
sonido, llegó a ser, dentro de
ciertos límites, una producción
en serie y predecible. Y con el
aumento del número de
instrumentos, la división del
trabajo dentro de la orquesta
correspondía a la de la
fábrica; en cuanto a la
división del sistema mismo
podía observarse en las nuevas
sinfonías. El director de
orquesta era el superintendente y
el empresario, que tenía a su
cargo la manufactura del
producto, vale decir, de la pieza
musical, en tanto que el
compositor era el equivalente del
inventor, del ingeniero y del
diseñador, que debía calcular
en el papel, con la ayuda de
ciertos instrumentos, como por
ejemplo el piano, la naturaleza
del producto final, elaborando
hasta el último de sus detalles
antes de que se diera un solo
paso en la fábrica. A veces se
inventaban nuevos instrumentos o
se corregían los antiguos para
ejecutar composiciones
difíciles; pero en la orquesta
la eficiencia colectiva, la
armonía colectiva, la división
funcional del trabajo y la
interacción cooperativa leal
entre los conductores y los
conducidos producía, según
todas las probabilidades, una
unión colectiva más grande que
la lograda dentro de cualquier
fábrica. Una cosa era segura, el
ritmo era más sutil; y la
disposición de las operaciones
sucesivas fue perfeccionada en la
orquesta mucho antes de que una
ordenación igualmente eficiente
apareciera en la fábrica.
Por lo tanto, en la
constitución de la orquesta
estaba el modelo ideal de la
nueva sociedad. Éste apareció
en el dominio del arte antes de
ser ensayado en la técnica. En
cuanto a los productos que se
pudieron conseguir gracias a la
orquesta, las sinfonías de
Beethoven y las de Brahms, o la
música reorquestada de Bach,
tienen el honor de ser las obras
de arte más perfectas producidas
durante el periodo paleotécnico.
Ningún poema ni ninguna pintura
expresan esa profundidad y
energía de espíritu que, por
paradójico que parezca, se
nutría de los mismos elementos
de vida que asfixiaban y
deformaban la sociedad existente,
en forma tan completa como las
nuevas sinfonías. El mundo
visual del Renacimiento casi
había sido destruido.
Únicamente en Francia, que no
había sucumbido del todo ni ante
la decadencia ni ante el
progreso, ese mundo permaneció
vivo en la sucesión de pintores
que se intercalan entre Delacroix
y Renoir. Pero lo que se perdió
en las otras artes, lo que había
desaparecido casi completamente
en la arquitectura, fue
recuperado en la música. El tempo,
el ritmo, el tono, la armonía,
la melodía, la polifonía, el
contrapunto y aun la disonancia y
la atonalidad eran utilizados
libremente para crear un nuevo
mundo ideal, donde el sino
trágico, los anhelos confusos y
los destinos heroicos de los
hombres podían ser revividos una
vez más. Aherrojado por los
nuevos hábitos pragmáticos,
expulsado del mercado y de la
fábrica, el espíritu humano se
elevó a una nueva supremacía en
la sala de música. Sus más
grandes estructuras estaban
construidas por sonidos y se
desvanecían en el acto de ser
producidas. Aun cuando sólo una
pequeña parte de la población
escuchaba esas obras de arte o
vislumbraba su significado, de
todas maneras alcanzaban a ver
otro cielo que el de
Ciudadcarbón. La música dio
más alimentos sanos que los
comestibles adulterados y
averiados de Ciudadcarbón, y
también dio más calor que sus
trajes de lana artificial y sus
casas construidas de cualquier
modo.
Aparte de la pintura
y de la música, se buscan casi
en vano entre los algodones de
Mánchester, las cerámicas de
Burslem y de Limoges, o los
artículos de metal de Solingen y
de Sheffield, objetos
suficientemente finos como para
ser colocados aunque sólo sea en
los estantes más oscuros de un
museo. Aun cuando el mejor
escultor inglés de ese periodo,
Alfred Stevens, fue comisionado
para hacer diseños para la
cuchillería de Sheffield, su
trabajo era una excepción.
Disgustado por la fealdad de sus
propios productos, el período
paleotécnico se volvió hacia el
pasado en busca de modelos de
arte auténtico. Este movimiento
comenzó con la comprensión de
que el arte producido por las
máquinas para la gran
exposición de 1851 era un arte
despreciable. Bajo el patronazgo
del príncipe Alberto, se
fundaron la escuela y el museo de
South Kensington, a fin de
mejorar el gusto y el diseño; el
resultado puso en evidencia lo
persistente de la fealdad de la
época. Los esfuerzos similares
hechos en los países de habla
alemana, bajo la dirección de
Gottfried Semper, así como en
Francia, Italia y en los Estados
Unidos, no produjeron mejores
resultados. Por el momento, el
trabajo manual, que Morgan, La
Farge y William Morris
introdujeron nuevamente,
proporcionó la única
alternativa viva frente a los
muertos diseños de las
máquinas. Las artes fueron
rebajadas al nivel de los
trabajos de fantasía realizados
por las señoras victorianas: a
mera trivialidad y pérdida de
tiempo.
Naturalmente, la
vida en conjunto no se detuvo por
completo durante ese periodo.
Mucha gente seguía viviendo,
aunque con dificultad, para otros
fines que los de la ganancia, el
poder y la comodidad.
Ciertamente, esos fines no
estaban al alcance de los
millones de hombres y mujeres que
integraban las clases
trabajadoras. Quizá la mayoría
de los poetas, de los novelistas
y de los pintores estaban
desconcertados por el nuevo
orden, y lo desafiaban de cien
maneras; sobre todo, por el hecho
de existir poetas, novelistas y
pintores, es decir, por el hecho
de ser criatura inútiles, cuya
manera de encarar la vida en sus
múltiples facetas era
considerada por los escritores
del tipo Gradgrind como una
censurable fuga de las
"realidades" de su
contabilidad abstracta. Thackeray
deliberadamente moldeó sus obras
en un ambiente preindustrial, a
fin de eludir los nuevos
problemas, Carlyle, que predicaba
el evangelio del trabajo,
denunció las realidades del
trabajo victoriano. Dickens
satirizó al agente que se
dedicaba a organizar empresas, al
individualista de Mánchester, al
utilitario y al self-made-man
jactancioso. Balzac y Zola, al
pintar el nuevo orden financiero
con realismo documental,
disipaban toda duda en cuanto a
su rebajamiento y fealdad. Morris
y otros artistas se orientaron
hacia los pre-rafaelistas de la
Edad Media. En ese movimiento
fueron precedidos por Overbeck y
Hoffmann en Alemania, y por
Chateaubriand y Hugo en Francia.
Browning y otros más se
orientaron hacia la Italia del
Renacimiento. Doughty hacia la
Arabia primitiva, Melville y
Gaugin hacia los mares del Sur,
Thoreau hacia las selvas
vírgenes y Tolstoy se acercó a
los campesinos. ¿Qué buscaban?
Algunas pocas cosas sencillas que
no podían encontrarse entre la
estación y la fábrica: simple
respeto animal por sí mismos,
color en el ambiente exterior y
profundidad emotiva en el paisaje
interior, una vida vivida por sus
propios valores en lugar de una
vida fabricada. Los campesinos y
los salvajes habían retenido
algunas de esas cualidades, y el
recuperarlas se convirtió en uno
de los principales deberes de
aquellos que trataban de eludir
el férreo abrazo del
industrialismo.
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