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La ciudad en la
historia
De la
protección a
la destrucción
LEWIS
MUMFORDEste texto forma
parte del CAPÍTULO II "La
cristalización de la
Ciudad", del libro LA CIUDAD
EN LA HISTORIA, Volúmen 8 Tomo 1
(Lewis Mumford, Ediciones
Destino, Buenos Aires 1966)
Siendo en parte una
expresión de angustia y
agresión intensificadas, la
ciudad amurallada reemplazó una
imagen más antigua de
tranquilidad rural y paz. Los
primitivos bardos sumerios
volvían la memoria hacia una
edad de oro preurbana, cuando
"no había serpiente ni
escorpión, ni hiena ni león, ni
perro salvaje ni lobo";
cuando "no había miedo ni
terror, y el hombre no tenía
rival". Por supuesto, esa
época mítica no existió jamás
y, sin duda, los mismos sumerios
tenían oscuramente conciencia de
este hecho. Pero los animales
ponzoñosos y peligrosos cuya
presencia suscitaba sus temores
habían adquirido, con el
desarrollo del sacrificio humano
y la guerra sin freno, una nueva
forma: simbolizaban las
realidades del antagonismo y la
enemistad entre los hombres. En
el acto de extender todos sus
poderes, el hombre civilizado les
dio a estas criaturas salvajes un
lugar en su propia
configuración.
El hombre primitivo, inerme,
expuesto y desnudo, tuvo bastante
astucia para dominar a todos sus
rivales naturales. Pero ahora,
por fin, había creado un ser
cuya presencia provocaría una y
otra vez el terror en su alma: el
"enemigo humano", su
otro yo y contrapartida, poseído
por otro dios, congregado en otra
ciudad, capaz de atacarlo como Ur
fue atacada, sin provocación.
La misma implosión que había
magnificado los poderes del dios,
el rey y la ciudad, y mantenido
las complejas fuerzas de la
comunidad en un estado de
tensión, ahondó también las
ansiedades colectivas y extendió
los poderes de destrucción.
¿Acaso los mayores poderes
colectivos del hombre civilizado
no se presentaban en sí mismos
como una especie de afrenta a los
dioses, a quienes sólo se
apaciguaría mediante la
implacable destrucción de los
fatuos dioses rivales? ¿Quién
era el enemigo? Todo aquel que
rendía culto a otro dios; que
rivalizaba con el poder del rey u
ofrecía resistencia a su
voluntad. Así, la simbiosis cada
vez más compleja que tenía
lugar en el seno de la ciudad y
en su vecino dominio agrícola
fue contrapesada por una
relación destructiva y
predatoria con todos los posibles
rivales; a decir verdad, a medida
que las actividades de la ciudad
se hacían más racionales y
benignas en su interior, se
tornaban, casi en el mismo grado,
más irracionales y malignas en
sus relaciones exteriores. Esto
es válido hasta el mismo día de
hoy para los conglomerados más
extensos que han sucedido a la
ciudad.
El propio
poder real medía su fuerza y el
favor divino por sus capacidades
no tan sólo para la creación
sino incluso más para el
pillaje, la destrucción y el
exterminio. "En
realidad", declararía
Platón en las Leyes,
"cada ciudad está en un
estado natural de guerra con
todas las demás". Esto era
un simple hecho de observación.
Así, las perversiones originales
del poder que acompañaron los
grandes avances técnicos y
culturales de la civilización,
han minado y con frecuencia
anulado los grandes logros de la
ciudad hasta nuestros propios
días. ¿Es simplemente por azar
que las más remotas imágenes
subsistentes de la ciudad, las
que aparecen en las paletas
egipcias predinásticas,
representen su destrucción?
En el acto
mismo de trasformar laxos grupos
de aldeas en poderosas
comunidades urbanas, capaces de
mantener un comercio más vasto y
de construir estructuras mayores,
cada parte de la vida se
convirtió en una lucha, una
agonía, un encuentro de
gladiadores que se combatía
contra una muerte física o
simbólica. En tanto que la
sagrada cópula del rey y la
sacerdotisa de Babilonia en la
cámara divina que coronaba el ziggurat
recordaba un anterior culto de la
fertilidad, consagrado a la vida,
los nuevos mitos eran
principalmente expresiones de
implacable oposición, de lucha,
de agresión, de poder ilimitado:
los poderes de las tinieblas
contra los poderes de la luz,
Seth contra su enemigo Osiris,
Marduk contra Tiamat. Entre los
aztecas, hasta las estrellas
estaban agrupadas en ejércitos
hostiles de Oriente y Occidente.
Si bien las
prácticas aldeanas, con un
sentido de mayor cooperación,
mantuvieron su vigencia en el
taller y los campos, es
precisamente en las nuevas
funciones de la ciudad donde el
látigo y la cachiporra -llamada
cortésmente cetro- se hicieron
sentir. Con el tiempo, el
cultivador aldeano aprendería
muchas mañas y evasivas para
resistir la coerción y las
exigencias de los representantes
del gobierno; hasta su aparente
estupidez sería, a menudo, un
procedimiento para no oír
órdenes que se proponía no
cumplir. Pero los que estaban
atrapados en la ciudad, casi lo
único que podían hacer era
obedecer, tanto si eran
abiertamente esclavizados como si
eran dominados más sutilmente.
Para conservar su respeto por sí
mismo, en medio de todas las
nuevas imposiciones de las clases
dominantes, el súbdito urbano,
quien aún no era un ciudadano
pleno, identificaría los propios
intereses con los de sus amos.
Aparte de oponerse con éxito a
un conquistador, lo mejor que
puede hacer es unírsele y
esperar que a uno le toque algo
del botín en perspectiva.
Casi desde
su primer momento de existencia,
la ciudad, a pesar de su
apariencia de protección y
seguridad, fue acompañada no
sólo de la previsión de un
asalto desde afuera sino también
de una lucha intensificada en su
interior: un millar de pequeñas
guerras se hicieron en la plaza
del mercado, en los tribunales,
en el juego de pelota o en la
arena. Heródoto fue testigo
ocular de una sangrienta lucha
ritual con garrotes entre las
fuerzas de la Luz y las de las
Tinieblas, que se celebraba en el
interior de un templo egipcio.
Ejercer el poder en todas las
formas era la esencia de la
civilización; y la ciudad halló
decenas de modos de expresar la
lucha, la agresión, la
dominación, la conquista... y la
servidumbre. Tiene algo de
sorprendente que el hombre
arcaico volviera su memoria hacia
el período "anterior"
a la ciudad como si se tratara de
una Edad de Oro, o que, como
Hesíodo, considerara que cada
perfeccionamiento de la
metalurgia y de las armas era un
menoscabo de las perspectivas de
la vida, de modo que el estado
humano más bajo fue el de la
Edad de Hierro (él no podía
prever cuánto más degradarían
al hombre las exactas técnicas
científicas del exterminio
total, mediante agentes nucleares
o bacterianos).
Ahora bien,
todos los fenómenos orgánicos
tienen sus límites de
crecimiento y extensión, que son
establecidos por su misma
necesidad de permanecer
autónomos, abasteciéndose y
dirigiéndose a sí mismos: sólo
pueden desarrollarse a expensas
de sus vecinos si pierden las
comodidades mismas con las que
las actividades de éstos
contribuyen a sus propias vidas.
Las pequeñas comunidades
primitivas aceptaban estas
limitaciones y este equilibrio
dinámico, tal como las
comunidades ecológicas naturales
los registran.
Las comunidades urbanas,
entregadas de lleno a la nueva
expansión del poder, perdieron
este sentido de los límites: el
culto del poder se regodeaba en
su misma ostentación sin
límites. Ofrecía los deleites
de un juego jugado por puro
placer, así como las recompensas
del trabajo sin necesidad de la
rutina diaria, mediante la
rapiña en gran escala y la
esclavización al por mayor. El
firmamento era el único límite.
Tenemos la prueba de este súbito
sentido de exaltación en las
dimensiones cada vez mayores de
las grandes pirámides; del mismo
modo que tenemos su
representación mitológica en la
historia de la ambiciosa torre de
Babel, a la que puso fin una
incapacidad de comunicación que
una escesiva extensión del
territorio lingüístico y de la
cultura puede haber producido una
y otra vez.
Ese ciclo de expansión
indefinida de ciudad a imperio es
fácil de seguir. A medida que la
población de la ciudad
aumentaba, se hacía necesario
extender la superficie inmediata
de producción de alimentos o
bien extender las líneas de
abastecimiento y aprovechar los
artículos de consumo de otra
ciudad, ya por cooperación,
trueque o comercio, ya por
tributo forzado, expropiación o
exterminio. ¿Rapiña o
simbiosis? ¿Conquista o
cooperación? Un mito de poder
sólo conoce una respuesta. Así,
el mismo éxito de la
civilización urbana sancionó
los hábitos y reclamos belicosos
que continuamente la minaron y
anularon sus beneficios. Lo que
empezó como una gotita se
hinchó forzosamente hasta
constituir una iridiscente pompa
imperial de jabón, imponente por
sus dimensiones, pero frágil en
proporción a su tamaño.
Carentes de una cohesión
interna, las capitales más
guerreras se veían presionadas
para continuar la técnica de la
expansión, a fin de que el poder
no volviera a la aldea autónoma
y los centros urbanos donde
floreciera inicialmente. Este
proceso se produjo, de hecho,
durante el interregno feudal en
Egipto.
Si
interpreto correctamente los
datos, las formas cooperativas de
convivencia urbana fueron minadas
y viciadas desde el comienzo por
los mitos destructivos y
fanáticos que acompañaron, y
tal vez en parte causaron, la
exorbitante expansión de
poderío físico y de destreza
tecnológica. La simbiosis urbana
positiva fue reiteradamente
desplazada por una simbiosis
negativa, igualmente compleja.
Tan conscientes eran los
gobernantes de la Edad de Bronce
de esos desastrozos resultados
negativos que a veces
contrapesaban sus abundantes
fanfarronadas de conquistas y
exterminio con alusiones a sus
actividades en bien de la paz y
la justicia. Por ejemplo,
Hammurabi proclamaría
orgullosamente: "Puse fin a
la guerra; promoví el bienestar
del país; hice que las gentes
reposaran en moradas amistosas;
no permití que nadie las
aterrorizara". Pero, apenas
salieron de su boca estas
palabras, comenzó de nuevo el
ciclo de expansión, explotación
y destrucción. En los términos
favorables que deseaban dioses y
reyes, ninguna ciudad podía
lograr su expansión a menos que
arruinara y destruyera otras
ciudades.
Así, la
más preciosa invención
colectiva de la civilización, la
ciudad, a la que sólo precede el
lenguaje en la trasmisión de la
cultura, se convirtió desde el
principio en el receptáculo de
destructoras fuerzas internas,
orientadas hacia el constante
exterminio. Como consecuencia de
esa tan arraigada herencia, la
supervivencia misma de la
civilización o, para ser más
exactos, de alguna parte
considerable e incólume de la
especie humana, está ahora en
duda; y durante largo tiempo
puede seguir en duda, cualquiera
sean los arreglos provisionales
que se hagan. Camo ya hace mucho
lo destacara sir Patrick Geddes,
cada civilización histórica se
inicia con un núcleo urbano
vivo, la polis, y termina en un
cementerio común de polvo y
huesos, una Necrópolis o ciudad
de los muertos, colmada de ruinas
quemadas por el fuego, de
edificios aplastados, de talleres
vacíos, de montañas de residuos
inútiles, con la población
masacrada o sometida a
esclavitud.
Leemos en
los Jueces: "Y después de
combatir Abimelech la ciudad todo
aquel día, tomóla, y mató el
pueblo que en ella estaba, y
asoló la ciudad, y sembróla de
sal". El terror de este
episodio final, con su fria
miseria y su absoluta
desesperación, es la
culminación humana hacia la que
se dirige la Iliada; pero,
ya mucho antes de este episodio,
como demostró Heinrich
Schliemann, otras seis ciudades
habían sido destruidas; y mucho
antes de la Iliada se
encuentra un lamento, igualmente
amargo y sentido, por esa
maravilla entre las ciudades
antiguas, la misma Ur, un gemido
que sale de la diosa de la
ciudad:
"Verdaderamente
todos mis pájaros y criaturas
aladas se han volado,
'¡Ay!, por mi ciudad', es lo que
diré.
'Mis hijas y mis hijos han sido
arrastrados lejos,
¡Ay! por mis hombres', es lo que
diré.
'Oh ciudad mía que no existes
más, mi (ciudad) atacada sin
motivo,
¡Oh mi (ciudad) atacada y
destruida!'"
Por
último, considérese la
inscripción de Senaquerib sobre
la aniquilación total de
Babilonia: "La ciudad y
(sus) casas, desde los cimientos
hasta los techos, yo destruí, yo
devasté, yo quemé con fuego. El
muro y la muralla exterior, los
templos y dioses, las torres de
ladrillo y tierra de los templos,
todas cuantas había arrasé y
tiré al canal de Arakhtu. Por el
medio de esa ciudad cavé
canales, inundé su solar con
agua, y los fundamentos mismos de
ella destruí. Hice su
destrucción más completa que si
hubiera habido un diluvio".
Tanto el acto como su moral
anticipan las feroces
estravagancias de nuestra época
nuclear; de lo único que
carecía Senaquerib era de
nuestra veloz destreza
científica y de nuestra maciza
hipocrecía que nos permite
ocultar, hasta de nosotros
mismos, nuestras intenciones.
No obstante, una y otra vez las
fuerzas positivas de la
cooperación y la comunión
sentimental han hecho que las
gentes volvieran a los solares
urbanos devastados, "para
reparar las ciudades en ruinas,
la desolación de muchas
generaciones". Es irónico
-pero también es consuelo- que
las ciudades hayan sobrevivido
reiteradamente a los imperios
militares que, en apariencia, las
destruyeron para siempre. Damasco
y Bagdad, Jerusalén y Atenas
siguen en los mismos solares que
inicialmente ocupaban, vivas,
aunque poco más que fragmentos
de sus antiguos cimientos queden
a la vista.
Los
desmanes crónicos de la vida en
la ciudad bien podrían haber
causado su abandono, hasta
podrían haber llevado a una
renuncia generalizada de la vida
urbana y todos sus dones
ambivalentes, de no haber sido
por un hecho: el constante
reclutamiento de nueva vida,
fresca y tosca, procedente de las
regiones rurales, vida llena de
fuerza muscular elemental, de
vitalidad sexual, de celo de
procrear, de fe animal. Estas
gentes de campo vuelven a llenar
las ciudades con su sangre y,
más todavía, con sus
esperanzas. Incluso hoy mismo,
según el geógrafo francés Max
Sorre, las cuatro quintas partes
de la población del mundo vive
en aldeas, funcionalmente más
próximas a su prototipo
neolítico que a las metrópolis
muy organizadas que han empezado
a hacer entrar a la aldea en sus
órbitas y, cada vez con más
rapidez, a minar su antiguo modo
de vida. Pero no bien permitamos
que la aldea desaparezca, este
antiguo factor de seguridad se
desvanecerá. La humanidad
todavía tiene que reconocer este
peligro y eludirlo.
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