La galera
MANUEL MUJICA LÁINEZ
Publicado en Misteriosa Buenos Aires
(Sudamericana, 1998), y reproducida en Cuentos
duplicados (Buenos Aires, Cántaro, 2005)
1803
¿Cuántos días,
cuántos crueles, torturadores días hace que
viajan así, sacudidos, zangoloteados,
golpeados sin piedad contra la caja de la
galera, aprisionados en los asientos duros?
Catalina ha perdido la cuenta. Lo mismo pueden
ser cinco que diez, que quince; lo mismo puede
haber transcurrido un mes desde que partieron
de Córdoba, arrastrados por ocho mulas
dementes. Ciento cuarenta y dos leguas median
entre Córdoba y Buenos Aires; y aunque
Catalina calcula que ya llevan recorridas más
de trescientas, sólo ochenta separan, en
verdad, a su punto de origen y la Guardia de
la Esquina, próxima parada de las postas.
Los otros
viajeros vienen amodorrados, agitando las
cabezas como títeres; pero Catalina no logra
dormir. Apenas si ha cerrado los ojos desde
que abandonaron la sabia ciudad. El coche
chirría y cruje columpiándose en las sopandas
de cuero estiradas a torniquete, sobres las
ruedas altísimas de madera de urunday. De nada
sirve que ejes y mazas y balancines estén
revueltos en largas lonjas de cuero fresco
para amortiguar los encontrones. La galera
infernal parece haber sido construida a
propósito para martirizar a quienes la ocupan.
¡Ah, pero esto no quedará así! En cuanto
lleguen a Buenos Aires, la vieja señorita se
quejará a don Antonio Romero de Tejada,
administrador principal de correos; y si es
menester, irá hasta la propia virreina Del
Pino, la señora Rafaela de Vera y Pintado. ¡Ya
verán quién es Catalina Vargas!
La señorita se
arrebuja en su amplio manto gris y palpa una
vez más, bajo la falda, las bolsitas que cosió
en el interior de su ropa y que contienen su
tesoro. Mira hacia sus acompañantes, temerosa
de que sospechen de su actitud; más su
desconfianza se deshace pronto. Nadie se fija
en ella. El conductor de la correspondencia
ronca atrozmente en un rincón; al pecho, el
escudo de bronce con las armas reales;
apoyados los pies en la bolsa del correo. Los
otros se acomodaron en posturas disparatadas,
sobre las mantas con las cuales improvisan
lechos hostiles cuando el coche se detiene
para el descanso. Debajo de los asientos, en
cajones, canta el abollado metal de las
valijas al chocar contra las provisiones y las
garrafas de vino.
Afuera el sol
enloquece al paisaje. Una nube de polvo
envuelve a la galera y a los cuatro soldados
que la escoltan al galope, listas las armas,
porque en cualquier instante, puede surgir un
malón de indios y habrá que defender las
vidas. La sangre de las mulas hostigadas por
los postigotes mancha los vidrios. Si abrieran
las ventanas, la tierra sofocaría a los
viajeros; de modo que es fuerza andar en el
agobio de la clausura que apesta el olor a
comida guardada y a gente y ropa sin lavar.
¡Dios mío! ¡Así
ha sido todo el tiempo, todo el tiempo, cada
minuto, lo mismo cuando cruzaron los bosques
de algarrobos, de chañares, de talas y de
piquillines, que cuando vadearon el Río
Segundo y el Saladillo!
Ampía, los Puestos de Ferreira, Tío
Pugio,
Colmán, Fraile
Muerto, la Esquina de Castillo, la Posta del
Zanjón, Cabeza de Tigre… Se confunden los
nombres en la mente de Catalina Vargas, como
se confunden los perfiles de las estancias que
velan en el desierto, coronadas por miradores
iguales, y de las fugaces pulperías donde los
paisanos suspendían las partidas de naipes y
de taba para acudir al encuentro de la
diligencia enorme, único lazo de noticias con
la ciudad remota.
¡Dios mío!
¡Dios mío! ¡Y las tardes que pasan sin dormir,
pues casi todo el viaje se cumple de noche!
¡Las tardes durante las cuales se revolvió
desesperada sobre el catre rebelde del
parador, atormentados los oídos por la risa
cercana de los peones y los esclavos que
desafiaban la vihuela o asaban el costillar! Y
luego, a galopar nuevamente…. Los negros se
afirmaban en el estribo, prendidos como
sanguijuelas; y era milagro que la zarabanda
no los despidiera por los aires; las petacas,
baúles y colchones se amontonaban sobre la
cubierta. Sonaba el cuerno de los postillones
enancados en las mulas, y a galopar, a
galopar.
Catalina
tantea, bajo la saya que muestra tantos tonos
de mugre como lamparones, las bestias uncidas
al vehículo, los bolsos cocidos, los bolsos
grávidos de monedas de oro. Vale la pena el
despiadado ajetreo, por lo que aguarda
después, cuando las piezas redondas que
ostentan la soberana efigie enseñen a Buenos
Aires su poderío. ¡Cómo la adularán! Hasta el
señor virrey del Pino visitará su estrado al
enterarse de su fortuna.
¡Su fortuna! Y
no sólo esas monedas que se esconden bajo su
falda con delicioso balanceo: es la estancia
de Córdoba y la de Santiago, y la casa de la
calle de las Torres… Su hermana viuda ha
muerto y, ahora a ella, le toca la fortuna
esperada. Nunca hallarán el testamento que
destruyó cuidadosamente; nunca sabrán lo otro…
lo otro… aquellas medicinas que ocultó… y
aquello que mezcló con las medicinas… Y ¿qué?
¿No estaba en su derecho al hacerlo? ¿Era
justo que la locura de su hermana la privara
de lo que se le debía? ¿No procedió bien al
protegerse, al proteger sus últimos años? El
mal que devoraba a Lucrecia era de los que no
admiten cura…
El galope… el
galope… el galope…. Junto a la portezuela
traqueteante, baila la figura de uno de los
soldados de la escolta. El largo gemido del
cuerno anuncia que se acercan a la Guardia de
la Esquina. Es una etapa más.
Y las
siguientes se suceden: costean el Carcarañá,
avizorando lejanas rancherías diseminadas
entre pobres lagunas donde bañan sus trenzas
los sauces solitarios; alcanzan a India
Muerta; pasan el Arroyo del Medio. Días y
noches, días y noches. He aquí Pergamino, con
su fuerte rodeado de ancho foso, con su puente
levadizo de madera y cuatro cañoncitos que
apuntan a la llanura sin límites. Un teniente
de dragones se aproxima, esponjándose,
hinchado el buche como un pájaro multicolor, a
buscar los pliegos sellados con lacre rojo.
Cambian las mulas que manan sudor y sangre y
fango. Y por la noche, reanudan la marcha.
El galope… el
galope… el tamborileo de los cascos y el
silbido veloz de las fustas… No cesa la
matraca de los vidrios. Aun bajo el cielo
fulgente de astros, maravilloso como el manto
de una reina, el calor guerrea con los
prisioneros de la caja estremecida. Las ruedas
se hunden en las huellas costrosas dejadas por
los carretones tirados por bueyes. Pero ya
falta poco. Arrecifes…
Areco… Luján… Ya falta poco.
Catalina Vargas
va semidesvanecida.
Sus dedos estrujan las escarcelas donde oscila
el oro de su hermana. ¡Su hermana! No hay que
recordarla. Aquello fue una pesadilla soñada
hace mucho.
El correo real
fuma una pipa. La señorita se incorpora,
furiosa. ¡Es el colmo! ¡Como si no bastaran
los sufrimientos que padecen! Pero cuando se
apresta a increpar al funcionario, Catalina
advierte dentro del coche la presencia de una
nueva pasajera. La ve detrás del cendal de
humo; brumosa, espectral. Lleva una capa gris
semejante a la suya, y como ella, se cubre con
un capuchón. ¿Cuándo subió al carruaje? No fue
en Pergamino. Podría jurar que no fue en
Pergamino, la parada postrera, ¿cómo es
posible…?
La viajera gira
el rostro hacia Catalina Vargas; y Catalina
reconoce, en la penumbra del atavío, en la
neblina que todo lo invade, la fisonomía
angulosa de su hermana, de su hermana muerta.
Los demás parecen no haberse percatado de su
aparición. El correo sigue fumando. Más acá,
el fraile reza con las palmas juntas; y el
matrimonio que viene del Alto Perú dormita y
cabecea. La negrita habla por lo bajo con el
oficial.
Catalina se
encoge, transpirando de miedo. Su hermana la
observa con los ojos desencajados. Y el humo,
el humo crece en bocanadas nauseabundas. La
vieja señorita quisiera gritar, pero ha
perdido la voz. Manotea en el aire espeso; más
sus compañeros no tienen tiempo de ocuparse de
ella, porque en ese instante, con gran
estrépito, algo cede en la base del vehículo y
la galera se tuerce y se tumba entre los
gruñidos y corcovos de las mulas sofrenadas
bruscamente. Uno de los ejes se ha roto.
Postillones y
soldados ayudan a los maltrechos viajeros a
salir de la casilla. Multiplican las
explicaciones para calmarlos. No es nada.
Dentro de media hora, estará arreglado el
desperfecto y podrán continuar su andanza
hacia Arrecifes, de donde los separan cuatro
leguas.
Catalina vuelve
en sí de su desmayo y se halla tendida sobre
las raíces del ombú. El resto rodea al coche,
cuya caja ha recobrado la posición normal
sobre las sopandas. Suena el cuerno, y los
soldados montan en sus cabalgaduras. Uno
permanece junto a la abierta portezuela del
carruaje para cerciorarse de que no falta
ninguno de los pasajeros a medida que trepan
al interior.
La señorita se
alza, mas un peso terrible le impide
levantarse. ¿Tendrá quebrados los huesos, o
serán las monedas de oro las que tironean de
su falda como si fueran de mármol, como si
todo su vestido se hubiera transformado en un
bloque de mármol que la clava en tierra? La
voz se le anuda en la garganta.
A pocos pasos,
la galera vibra, lista para salir. Ya se
acomodaron el correo y el fraile franciscano y
el matrimonio y la negra y el oficial. Ahora,
idéntico a ella, con la capa color de ceniza y
el capuchón bajo, el fantasma de su hermana
Lucrecia se suma al grupo de pasajeros. Y
ahora lo ven. Rehúsa la diestra galante que le
ofrece el postillón. Están todos. Ya recogen
el estribo. Ya chasquean los látigos. La
galera galopa, galopa hacia Arrecifes,
trepidante, bamboleante,
zigzagueante, como un ciego animal desbocado,
en medio de una nube de polvo.
Y Catalina
Vargas queda sola, inmóvil, muda, en la
soledad de la pampa y de la noche, donde en
breve no se oirá más que el grito de los
caranchos.