
Fachada Hospital
Moyano

Detalle Pabellón
Hospital Moyano

Pabellón sobre
Brandsen y Ramón Carrillo

Brandsen, entre el
Moyano y el Borda

Café ubicado en la
esquina de
Brandsen y Ramón Carrillo

Pabellones del
Borda, vistos desde
el Hospital Moyano

Vista del Hospital
Borda desde
Ramón Carrillo

Pabellones, parque y
rejas. Hospital Borda

Detalle Fachada
Hospital Borda

Detalle Pabellón.
Hospital Borda

Corredor entre
Pabellones. Hospital Borda

Guardia Hospital
Borda

Vista Hospital
Neuropsiquiátrico
Infanto Juvenil Tobar García

Detalle Fachada
Hospital Tobar García

Hospital Borda.
Fachada
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INTRODUCCIÓN / EL
MOYANO Y EL BORDA
Las
primeras visitasEl Hospital
Moyano
De afuera el
edificio del Hospital Moyano es
imponente; con aires
italianizantes y de fachada
clara, dialoga sobre la calle
Brandsen con los pabellones y el
murallón del Borda, ubicados
enfrente, y se confunde con el
Hospital Ramón Carrillo en el
extremo sobre la calle del mismo
nombre. Psiquiátricos,
hospitales, fábricas y talleres
definen el perfil de esta zona de
Barracas, cruzada por arterias de
tránsito rápido y donde a las
horas de la tarde escasean los
peatones. A diferencia del Borda,
en el Moyano se ponen en guardia
cuando se enteran de los motivos
de nuestra visita. El Dr.
Rostica, con el que habíamos
hablado por teléfono, nos pide
que lo esperemos, está en una
reunión muy importante, aclara.
Las paredes del hall del edificio
están cubiertas de afiches,
carteles gremiales, avisos de
cursos, llamados a concursos,
campañas de vacunación,
noticias periodísticas sobre la
intervención del hospital y, por
todas partes, la expresa
prohibición de sacar fotos. Todo
con un fondo descascarado y mal
mantenido, como si algo se
estuviera viniendo abajo. Pero en
el lugar hay mucho bullicio, la
gente de Seguridad y de Informes
habla fuerte; a cada rato
descienden estudiantes y
profesores del Área de
Investigación y Posgrado que
queda unos pisos arriba. Una
puerta de madera con paneles de
vidrio separa el parque donde
deambulan las internas. Tres
mujeres y un hombre controlan el
acceso. Pedimos permiso para
pasar mientras esperamos a
Rostica.
- Esto es un
hospital, no un lugar de paseo,
ni para que vengan a hacer
entrevistas o a sacar fotos a las
internas nos contesta la
que parece la Jefa.
Le aclaramos que no
pensábamos hacer ninguna de las
tres cosas. El no es
rotundo. La única forma de
ingresar es con un permiso del
Director. A través del vidrio
observamos a las mujeres
deambular entre los gatos, hablan
solas, hay árboles centenarios y
mucho verde. Los de Seguridad
nos miran fijo, no convencidos
del todo de que nos quedaremos
detrás de la puerta, que no
tiene cerradura; los que parecen
familiares entran y salen sin
problemas. Rostica nos hace
pasar. Muy amable, pero aunque
algo tenso, nos explica que
debido a la intervención, sólo
el Dr. Pablo Berrettoni, el
Interventor, habla con los
medios. Que podíamos venir
cualquier día, a la mañana, que
siempre seríamos recibidos. No
hace falta concertar entrevista,
agrega.
Volvemos la semana
siguiente, a la mañana. Primer
problema: se nos acerca un
policía y nos pregunta por qué
estamos sacando fotos. Le
aclaramos que son sólo fotos de
fachadas, y desde la calle, que
es un espacio público. Nos dice
que también hay autos en el
estacionamiento, y que éste
pertenece al Hospital; le
aseguramos que nos interesan los
edificios, la calle, los
pabellones a lo lejos, que no
hicimos foco en los autos. Nos
mira con cara de duda. Le
enseñamos el papel de Rostica,
con el nombre del Dr. Berrettoni.
Nos hace pasar al hall y le
anuncia a la gente de Informes
que estamos buscando al
Interventor. Nos mandan a
Dirección. Allí, la secretaria
nos aclara que ese no es el
procedimiento, que tenemos que
elevar una nota para hablar con
el Director. Insistimos; le
recordamos que el Dr. Rostica nos
dijo que viniéramos en cualquier
momento, que Berrettoni siempre
nos atendería. Pone cara de duda
y nos dice que esperemos en el
hall. Donde hay mucho más
bullicio que la tarde de nuestra
primera visita. La gente entra y
sale, se saludan y bromean a los
gritos. Todos se conocen, parece
la oficina de cualquier edificio
público, de esos donde uno
pierde el día entero haciendo
trámites. La puerta de madera y
vidrio sigue custodiada, pero la
gente entra y sale. De tanto en
tanto Seguridad nos mira
y no, ya entendemos que
nosotros no podemos pasar-. El
policía de la entrada se nos
acerca y gentilmente nos ofrece
un banco, ubicado contra una de
las paredes: allí podríamos
esperar a Berrettoni. Nos aclara
que lo vio en el Hospital pero
que nunca se sabe a qué hora
caerá por Dirección. Le decimos
que no tenemos apuro. Nos
sentamos y seguimos observando.
Una anciana, desde el parque,
intenta traspasar la puerta
aprovechando el tráfico
incesante. Un guardia la empuja
para afuera; la mujer le pega con
una bolsa y maldice a los gritos.
El guardia se ríe y cierra la
puerta. El piso del hall está
muy sucio: comida, colillas de
cigarrillos, golosinas. Un hombre
bromea con tres mujeres, "si
en el Moyano no te divertís
entonces dónde" grita a las
carcajadas. Los estudiantes son
fácilmente reconocibles.
Silenciosos, se dirigen a la
escalera que conduce al área de
Investigación. En algún
momento, entra un hombre alto,
canoso, de guardapolvo blanco. El
policía de la entrada sale a su
encuentro. El médico nos mira y
nos hace una seña para que lo
acompañemos. Entramos a la
Dirección y allí empieza la
charla con el Dr. Berrettoni.
El Hospital
Borda en horas de la tarde
La entrada del
Hospital Borda está a la vuelta,
sobre la calle Ramón Carrillo,
justo frente a una conocida
fábrica de cereales y al lado
del Hospital Neuropsiquiátrico
Infanto Juvenil Tobar García. El
edificio nuevo tiene una
estructura pabellonal; altas
moles de color marrón, e
idénticas entre sí, se recortan
contra el cielo, separadas por
espacios verdes y ubicadas como
en procesión a ambos lados del
cuerpo principal. El extenso
parque sobre Carrillo está
cerrado con altas rejas. El
hombre de seguridad de la entrada
nos deja pasar sin hacer
preguntas. El hall de acceso es
mucho más moderno que el del
Moyano, pero a diferencia de
éste esa primera tarde está
casi desierto. Cuando llegamos,
sólo hay un hombre que yace
tirado en el suelo contra una de
las paredes: tendrá alrededor de
60 años mal llevados, o tal vez
menos -en Informes, un mostrador
que domina el centro del salón,
no hay nadie-. Carlos Alberto se
llama, y nos pide monedas:
- Mi mujer y mis
hijos me abandonaron y ¿a dónde
voy a ir? Estoy desde el 96, mi
hermano antes venía a verme pero
hace un año ya no viene. Ya
nadie viene a verme, me
olvidaron, estoy solo. ¿A dónde
voy a ir?
Carlos Alberto habla
en tono lastimero y llora. Está
vestido con un traje marrón muy
claro, que le queda algo chico.
La persona de Informes brilla por
su ausencia; nos comenta que ya
va a venir, que es una mujer
rubia, mayor y que está desde
que él entró. Vuelve a pedirnos
monedas, para algo, dice,
y se encoge de hombros.
- Aquí me tratan
bien, tengo muchos médicos,
psicólogos, psiquiatras y qué
se yo, pero son muy exigentes, me
piden mucho. La comida es mala,
es comida barata, mucho guiso,
fideos, pero no tengo a dónde
ir, ¿qué voy a hacer allá
afuera?, ya no tengo a nadie
prosigue- Por las noches
duermo bien
Entretanto, en el
salon ya hay más gente, todos
hombres que deambulan de un lado
a otro. Todos se nos acercan y
piden monedas. Uno me llama desde
el otro extremo, me señala un
papel y la cabina telefónica: me
pide que lo ayude a discar; tiene
medio rostro paralizado y cojea.
No sé qué hacer, le contesto
que ni bien vea a la persona de
Informes lo ayudaré con el
teléfono. Entra otro, un
grandote, a los gritos dice que
hoy tiene ganas de reventar a
alguno pero que no se decide a
quien. Le arrebata el papel al
del teléfono y hace la llamada.
Le recrimina a Carlos Alberto por
no haberlo ayudado. Este se
defiende diciendo que a él no le
pidió. Un joven se acerca, mira
fijo y pasa de largo. Es rubio,
vestido de la cabeza a los pies
con un joggin azul, lleva una
carpeta, como si fuera un
estudiante o un personal
administrativo. Da varias vueltas
por el hall, con paso decidido, y
se nos vuelve a acercar; estamos
por pedirle información cuando
en tono imperativo, y hablar
dificultoso, pide monedas. Sigue
de largo. Luego habla por
teléfono, a los gritos, está
enojado con alguien y se entera
todo el salón. A lo largo de un
corredor se alinean las oficinas
administrativas: están todas
vacías, algunas directamente
cerradas. Se escuchan voces al
final de otro pasillo adonde se
abren los consultorios externos,
también cerrados o vacíos; al
final, una puerta de vidrio,
cerrada con una cadena, separa
una sala de espera donde varios
hombres conversan. Parecería que
el psiquiátrico está tomado por
los internos. De vuelta al
parque, las siluetas de los
pabellones se alzan monstruosas y
hay algo tenebroso en todo el
conjunto, tal vez el color
marrón o el franco deterioro que
se observa, paredes
descascaradas, barrotes oxidados,
humedad y olvido por todas
partes. Hay algunos hombres más
que deambulan y piden monedas a
los autos que estacionan justo
frente al edificio. La Guardia
está ubicada en el otro extremo;
allí, un hombre semidormido
sobre una silla y vestido de azul
nos manda a la ventanilla de
enfrente. Nos atienden un joven
con guardapolvo blanco y una
secretaria administrativa. Ésta
me mira fijo y me pregunta si
necesito una consulta con algún
médico. La oferta es tentadora
(las consultas son gratuitas),
pero no, le digo que no
exactamente, que estamos haciendo
un informe pero no me deja
continuar. Levanta las manos en
señal de yo no tengo nada que
ver y dice que si queremos
entrevistas volviéramos a la
mañana. Que ella no puede decir
nada.
Ahora están todos
afuera del hall, a las puertas
del edificio y cerca del playón
de los autos: Carlos Alberto, el
chico del joggin, el del
teléfono, el que quería
reventar a alguno y un par más,
están en grupo, hablando.
Volvemos a la entrada; el hombre
de seguridad no necesita
demasiadas preguntas.
-Todos esos son
internos que tienen permiso para
pasear, son inofensivos - agrega
por las dudas-. Pero solo hasta
aquí -aclara señalando la
barrera-, de aquí no pasa nadie.
Hay muchos pabellones, el que
está atrás de todo corresponde
a los que vienen de la
penitenciaria, allí hay asesinos
y violadores, gente violenta.
Algunos hacen un tratamiento y
son devueltos al penal, otros se
quedan. Hay otros pabellones
donde están los portadores de
HIV, etc. Todos los que ingresan
al hospital hicieron algo. Aquí
nadie ingresa sin orden del juez.
Si yo tengo un familiar al que
quiero internar, no lo puedo
traer así nomás. El juez
decide. Y decide cuando es un
problema para los de allá afuera
dice y señala la calle.
Nos cuenta que a la
tarde sólo hay enfermeros y 10
personas de seguridad. Seguimos
charlando y sale el tema de la
convivencia con los internos, si
hay problemas con ellos. Se ríe,
aclara que nadie puede tener
problemas con ellos porque están
siempre medicados.
- Los que están
afuera de los pabellones son los
que todavía pueden hacer
contacto con la gente, los que se
relacionan, que te perciben, y
piden monedas - agrega-. Los
otros, los que no salen ni al
hall, ni siquiera tienen idea de
donde están, no te miran, no te
registran, están en su mundo.
Hay pabellones de muy violentos-
insiste.
- ¿Uds. portan
armas?
- ¡No, claro que
no! Solo la policía, que anda
por la guardia. El problema es la
entrada prosigue- vienen
muy violentos, muy sacados,
quieren romper todo. Entran en
ambulancia a la guardia, y hasta
que los tranquilizan se necesita
protección (suponemos entonces
que el hombre semidormido y
vestido de azul era policía). Es
el único momento verdaderamente
peligroso. Después, la
medicación hace el resto. Es que
siempre hicieron algo jodido,
aquí vienen con historias muy
densas remarca, como dando
a entender que si uno anda
hablando solo o se cree Napoleón
no basta para internarse en el
hospital.
Después habla del
equipo médico, lo califica de
excelente, los profesionales se
desviven por estos hombres, dice,
los siguen, conocen a cada uno,
todo el tiempo están trabajando
con ellos (aquí coincide con
Carlos Alberto, que se quejaba
que le exigían demasiado).
Muestra de paso un pabellón
nuevo, blanco, muy luminoso, que
se ve a lo lejos. La idea es
tirar abajo todo y hacer todo
nuevo, prosigue, y queda flotando
en el aire la sensación que
aquella imagen del hospital, con
sus pabellones de perfiles
siniestros, no ayuda demasiado
para la recuperación de nadie.
- ¿Hay gente que no
sale más?
- Claro, hay gente
que muere aquí, que ya no puede
volver responde- Ya se
fueron completamente.
- ¿Y Carlos
Alberto, por ejemplo, que no
tiene familia?
- Y no, ese se va a
morir aquí. Para abandonar el
hospital necesitás el alta del
médico y un familiar que se haga
cargo. Si no tenés esto, no
salís. Ese se va a morir aquí,
ya nadie viene a verlo. Así hay
muchos, o ya no tienen cura o ya
no tienen a nadie que se pueda
encargar de ellos afuera.
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Redacción de Contratiempo
Setiembre 2006
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