El justo
enojo de los patriotas no ha quedado satisfecho, y
aunque la aversión de los capitulares a nuestra gran
causa no ha debido sorprenderlos, los crímenes
ocultos a que se habían arrojado, han causado un
general asombro, que se convertirá en la más
horrorosa execración, cuando se publiquen
prolijamente. Haber reconocido secretamente al
Consejo de Regencia contra las intenciones del
pueblo, contra las disposiciones del Gobierno y con
violación de los sagrados derechos que resisten
aquel reconocimiento; dirigir al cabildo de
Montevideo un oficio denigrativo a los patriotas, y
en que se animaba la división, que nos ha producido
tantos males; conservar relaciones ocultas dirigidas
a nuestro descrédito, y al trastorno de nuestra
grande obra; afectar en su conducta un desvío del
Gobierno y hacer alarde de un total abandono de sus
deberes hacia la causa pública; tales han sido los
pasos comunes de los capitulares expulsos, de que
ningún vecino está hoy día ignorante. Sin embargo,
el alma feroz que daba impulso a tantas maldades, no
se contentaba con su ejecución; nuestra sangre era
el principal objeto de sus empeños, y el exterminio
de los buenos patriotas era el puntal con que
pretendía sostener el desmoronado edificio del
despotismo, que veía derrumbarse con asombro.
Habitantes
de Buenos Aires, os estremeceréis cuando se pongan a
vuestra vista los horrorosos planes de esos hombres
que se atrevían a llamarse representantes de un
pueblo contra cuya seguridad atentaban; por sus votos
debieron ya haber desaparecido de entre vosostros
esas columnas fuertes de la libertad americana; y
después de pelear los hermanos con los hermanos, el
oprobio debía cubrir sus cenizas y sofocar las
semillas del bien y de las virtudes sociales, que
crecen con rapidez a pesar suyo. Un proceso formado
legalmente prepara su convencimiento; y si nuestra
vigilancia burló sus planes, nuestra firmeza
escarmentará su audacia, y los pueblos recibirán
otra nueva lección de que nadie ha de atacar sus
derechos impunemente.
Entretanto,
debéis reposar tranquilos y celebrar la
desaparición del último apoyo que restaba a
vuestros enemigos; hombres patriotas, acérrimos
defensores de vuestra causa, han sucedido a los que
trabajaban ocultamente vuestras cadenas; ellos
sostendrán como jueces los derechos que proclamaron
con entusiasmo como particulares, y respetando la
apreciable confianza que se ha hecho de sus personas,
cifrarán toda su gloria en merecer el glorioso
renombre de padres de la patria.
Para el
ciudadano virtuoso no hay estímulo más fuerte que
las aclamaciones de un pueblo reconocido; la
expresión general de confianza y agradecimiento es
capaz de convertir a los mismos malvados; pasarán
muchos años sin ver repetida la conducta del
síndico Leiva, que insensible al candor y buena fe
con que los patriotas ponían en sus manos la suerte
de su país, combinaba secretamente con el déspota
los medios de frustrar el justo resultado de nuestro
congreso.
Dejemos al
tiempo la completa manifestación de esta conducta, y
convirtiéndonos a las ventajas que debe esperar el
pueblo de sus nuevos representantes, reconozcamos en
ellos un firme apoyo del adelantamiento y estabilidad
de la grande obra que hemos empezado. Los asuntos
municipales se desempeñarán con actividad y celo;
revivirá la policía, que yacía en lastimoso
abandono; se fomentarán diversiones púbicas que
alivien las fatigas y tareas de los particulares; el
pueblo tendrá quien vele en su beneficio, quien
promueva sus derechos, y quien ayude a sostenerlos; y
el Gobierno contará con los auxilios y recursos del
Ayuntamiento, para ejecutar las medidas concernientes
a la felicidad general.
Todos los
poderes derivan de un mismo origen, terminan a un
mismo fin y se ejercen por hombres animados de un
mismo espíritu, excitados de un mismo interés y
empeñados en una misma causa. Que los riesgos de lo
pasado sirvan de escarmiento para lo venidero; que el
pueblo no sea segunda vez burlado en sus esperanzas;
que un religioso respeto a la alta confianza que
hemos merecido a nuestros conciudadanos regle las
tareas que se consagran a su desempeño; y que no
lleguemos una sola vez a la silla de nuestros
empleos, sin estremecernos, acordándonos que fueron
profanadas por nuestros predecesores. No olvidemos la
censura que como particulares hicimos a su molicie y
poco patriotismo; temblemos de dar al pueblo iguales
motivos a los que ejercitaron nuestra crítica; no
creamos cumplidos nuestros deberes, mientras nuestras
obras no formen un notorio contraste con las
debilidades y miserias que hemos llorado tantas
veces, no nos contemplemos superiores a los demás
sino por las mayores obligaciones que nos ligan; y
acostumbrándonos a respetar la opinión del pueblo y
buscar en su aprobación el verdadero premio de
nuestras tareas, figurémonos que en el semblante de
cada ciudadano leemos aquella importante lección que
por la boca de un gran filósofo dirigen los pueblos
a los que toman por primera vez el cargo de
gobernarlos y constituirlos. Os hemos hecho
superiores a nosotros, a fin de que descubráis el
conjunto de nuestras relaciones, y estéis fuera del
tiro de vuestras pasiones; pero acordáos de que sois
nuestros semejantes, y que el poder que os conferimos
dimana de nosotros; que os lo damos en depósito y no
en propiedad ni a título de herencia; que vosotros
seréis relevados, y que ningún derecho adquiriréis
sino el de la estimación y el reconocimiento; y
considerad con qué tributo de gloria el universo que
reverencia a tantos secuaces del error, honrará la
primera asamblea de hombres racionales que declare
solemnemente los principios inmutables de la justicia
y consagre a la faz de los tiranos los derechos de
las naciones.
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