ARCHIVO DE REVISTA CONTRATIEMPO / TIEMPOS VIOLENTOS
SOBRE LA DESTITUCIÓN DE LOS INDIVIDUOS DEL CABILDO

Gaceta de Buenos Aires
2 de octubre de 1810


El justo enojo de los patriotas no ha quedado satisfecho, y aunque la aversión de los capitulares a nuestra gran causa no ha debido sorprenderlos, los crímenes ocultos a que se habían arrojado, han causado un general asombro, que se convertirá en la más horrorosa execración, cuando se publiquen prolijamente. Haber reconocido secretamente al Consejo de Regencia contra las intenciones del pueblo, contra las disposiciones del Gobierno y con violación de los sagrados derechos que resisten aquel reconocimiento; dirigir al cabildo de Montevideo un oficio denigrativo a los patriotas, y en que se animaba la división, que nos ha producido tantos males; conservar relaciones ocultas dirigidas a nuestro descrédito, y al trastorno de nuestra grande obra; afectar en su conducta un desvío del Gobierno y hacer alarde de un total abandono de sus deberes hacia la causa pública; tales han sido los pasos comunes de los capitulares expulsos, de que ningún vecino está hoy día ignorante. Sin embargo, el alma feroz que daba impulso a tantas maldades, no se contentaba con su ejecución; nuestra sangre era el principal objeto de sus empeños, y el exterminio de los buenos patriotas era el puntal con que pretendía sostener el desmoronado edificio del despotismo, que veía derrumbarse con asombro.

Habitantes de Buenos Aires, os estremeceréis cuando se pongan a vuestra vista los horrorosos planes de esos hombres que se atrevían a llamarse representantes de un pueblo contra cuya seguridad atentaban; por sus votos debieron ya haber desaparecido de entre vosostros esas columnas fuertes de la libertad americana; y después de pelear los hermanos con los hermanos, el oprobio debía cubrir sus cenizas y sofocar las semillas del bien y de las virtudes sociales, que crecen con rapidez a pesar suyo. Un proceso formado legalmente prepara su convencimiento; y si nuestra vigilancia burló sus planes, nuestra firmeza escarmentará su audacia, y los pueblos recibirán otra nueva lección de que nadie ha de atacar sus derechos impunemente.

Entretanto, debéis reposar tranquilos y celebrar la desaparición del último apoyo que restaba a vuestros enemigos; hombres patriotas, acérrimos defensores de vuestra causa, han sucedido a los que trabajaban ocultamente vuestras cadenas; ellos sostendrán como jueces los derechos que proclamaron con entusiasmo como particulares, y respetando la apreciable confianza que se ha hecho de sus personas, cifrarán toda su gloria en merecer el glorioso renombre de padres de la patria.

Para el ciudadano virtuoso no hay estímulo más fuerte que las aclamaciones de un pueblo reconocido; la expresión general de confianza y agradecimiento es capaz de convertir a los mismos malvados; pasarán muchos años sin ver repetida la conducta del síndico Leiva, que insensible al candor y buena fe con que los patriotas ponían en sus manos la suerte de su país, combinaba secretamente con el déspota los medios de frustrar el justo resultado de nuestro congreso.

Dejemos al tiempo la completa manifestación de esta conducta, y convirtiéndonos a las ventajas que debe esperar el pueblo de sus nuevos representantes, reconozcamos en ellos un firme apoyo del adelantamiento y estabilidad de la grande obra que hemos empezado. Los asuntos municipales se desempeñarán con actividad y celo; revivirá la policía, que yacía en lastimoso abandono; se fomentarán diversiones púbicas que alivien las fatigas y tareas de los particulares; el pueblo tendrá quien vele en su beneficio, quien promueva sus derechos, y quien ayude a sostenerlos; y el Gobierno contará con los auxilios y recursos del Ayuntamiento, para ejecutar las medidas concernientes a la felicidad general.

Todos los poderes derivan de un mismo origen, terminan a un mismo fin y se ejercen por hombres animados de un mismo espíritu, excitados de un mismo interés y empeñados en una misma causa. Que los riesgos de lo pasado sirvan de escarmiento para lo venidero; que el pueblo no sea segunda vez burlado en sus esperanzas; que un religioso respeto a la alta confianza que hemos merecido a nuestros conciudadanos regle las tareas que se consagran a su desempeño; y que no lleguemos una sola vez a la silla de nuestros empleos, sin estremecernos, acordándonos que fueron profanadas por nuestros predecesores. No olvidemos la censura que como particulares hicimos a su molicie y poco patriotismo; temblemos de dar al pueblo iguales motivos a los que ejercitaron nuestra crítica; no creamos cumplidos nuestros deberes, mientras nuestras obras no formen un notorio contraste con las debilidades y miserias que hemos llorado tantas veces, no nos contemplemos superiores a los demás sino por las mayores obligaciones que nos ligan; y acostumbrándonos a respetar la opinión del pueblo y buscar en su aprobación el verdadero premio de nuestras tareas, figurémonos que en el semblante de cada ciudadano leemos aquella importante lección que por la boca de un gran filósofo dirigen los pueblos a los que toman por primera vez el cargo de gobernarlos y constituirlos. Os hemos hecho superiores a nosotros, a fin de que descubráis el conjunto de nuestras relaciones, y estéis fuera del tiro de vuestras pasiones; pero acordáos de que sois nuestros semejantes, y que el poder que os conferimos dimana de nosotros; que os lo damos en depósito y no en propiedad ni a título de herencia; que vosotros seréis relevados, y que ningún derecho adquiriréis sino el de la estimación y el reconocimiento; y considerad con qué tributo de gloria el universo que reverencia a tantos secuaces del error, honrará la primera asamblea de hombres racionales que declare solemnemente los principios inmutables de la justicia y consagre a la faz de los tiranos los derechos de las naciones.

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