Si el
hombre no hubiera sido constantemente combatido por
las preocupaciones y los errores, y si un millón de
causas que se han sucedido sin cesar, no hubiesen
grabado en él una multitud de conocimientos y de
absurdos, no veríamos, en lugar de aquella celeste y
majestuosa simplicidad que el autor de la naturaleza
le imprimió, el deforme contraste de la pasión que
crece que razona cuando el entendimiento esté en
delirio. Consúltese la historia de todos los
tiempos, y no se hallará en ella otra cosa más que
desórdenes de la razón, y preocupaciones
vergonzozas. ¡Qué de monstruosos errores no han
adoptado las naciones como axiomas infalibles, cuando
se han dejado arrastrar del torrente de una
preocupación sin examen, y de una costumbre siempre
ciega, partidaria de las más erróneas máximas, si
ha tenido por garantes la sanción de los tiempos y
el abrigo de la opinión común! En todo tiempo ha
sido el hombre el juguete y el ludibrio de los que
han tenido interés en burlarse y de su sencilla
simplicidad. Horroroso cuadro, que ha hecho dudar a
los filósofos, si había nacido sólo para ser la
presa del error y la mentira o si por una inversión
de sus preciosas facultades se hallaba
inevitablemente sujeto a la degradación en que el
embrutecimiento entra a ocupar el lugar del
raciocinio.
¡Levante
el dedo el pueblo que no tenga que llorar hasta ahora
un cúmulo de adoptados errores y preocupaciones
ciegas, que viven con el resto de sus individuos; y
que exentas de la decrepitud de aquéllos, no se
satisfacen con acompañar al hombre hasta el
sepulcro, sino que retroceden también hasta las
generaciones nacientes para causar en ellas igual
cúmulo de males!
En
vista de esto, pues, ¿no sería la obra más acepta
a la humanidad, porque la pondría a cubierto de la
opresora esclavitud de sus preocupaciones, el dar
ensanche y libertad a los escritores públicos para
que las atacasen a viva fuerza, y sin compasión
alguna? Así debería ser, seguramente; pero la
triste experiencia de los crueles padecimientos que
han sufrido cuantos han intentado combatirlas, nos
arguye la casi imposibilidad de ejecutarlo.
Sócrates, Platón, Diágoras, Anaxágoras, Virgilio,
Galileo, Descartes, y otra porción de sabios que
intentaron hacer de algún modo la felicidad de sus
compatriotas, iniciándolos en las luces y
conocimientos útiles y descubriendo sus errores,
fueron víctimas del furor con que se persigue la
verdad.
¿Será
posible que se haya de desterrar del universo, un
bien que haría sus mayores delicias si se alentase y
se supiese proteger? ¿Por qué no le ha de ser
permitido al hombre el combatir las preocupaciones
populares que tanto influyen, no sólo en la
tranquilidad, sino también en la felicidad de su
existencia miserable? ¿Por qué se le ha de poner
una mordaza al que intenta combatirlas, y se ha de
poner un entredicho formidable al pensamiento,
encadenándole de un modo que se equivoque con la
desdichada suerte que arrastra el esclavo entre sus
cadenas opresoras?
Desengañémonos,
al fin, que los pueblos yacerán en el
embrutecimiento más vergonzozo, si no se da una
absoluta franquicia y libertad para hablar en todo
asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades
santas de nuestra augusta religión, y a las
determinaciones del gobierno, siempre dignas de
nuestro mayor respeto. Los pueblos correrán de error
en error, y de preocupación en preocupación, y
harán la desdicha de su existencia presente y
sucesiva. No se adelantarán las artes, ni los
conocimientos útiles, porque no teniendo libertad el
pensamiento, se seguirán respetando los absurdos que
han consagrado nuestros padres, y han autorizado el
tiempo y la costumbre.
Seamos,
una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas
opiniones, tengamos menos amor propio; dése acceso a
la verdad y a la introducción de las luces y de la
ilustración no se reprima la inocente libertad de
pensar en asuntos del interés universal; no creamos
que con ella se atacará jamás impunemente el
mérito y la virtud, porque hablando por el mismo su
favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al
pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que
indignamente osasen atacarles. La verdad, como la
virtud, tienen en sí mismas su más incontestable
apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas
aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen
restricciones al discurso, vegetará el espíritu
como la materia; el error, la mentira, la
preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento,
harán la divisa de los pueblos, y causarán para
siempre su abatimiento, su ruina, su miseria.