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Cine / Millenium
LOS HOMBRES QUE NO
AMABAN A LAS MUJERES
Sonrían, los estuvimos observando

La mirada de Harriet lleva literalmente a los investigadores -el
periodista y la hacker- a develar el misterio de su desaparición
hace 40 años. La chica mira hacia un lado en las fotos que le
tomó un periódico local durante un desfile, y allí está su
presunto asesino. El resto es tecnología, o el buen uso de ella.
O, mejor dicho, todo el misterio de la película reside, en
realidad, en cómo usar esa tecnología de control de cuerpos,
propia de la modernidad, para dar con el cazador. Fotos de
archivo, periódicos, balances, buenos programas de computación
y, por supuesto, un par de inteligencias deductivas, y listo.
Crimen resuelto. No sólo se trata de seguir las pistas y las
huellas, eso sería demasiado convencional. Ni siquiera de quién
es el asesino (el film apenas se detiene en la lista de
sospechosos): se trata de una aplicación inteligente de esa
tecnología que permite saber dónde se estuvo, a qué hora y a
quién se miró, aunque hubieran pasado 40 años. Y si en 1966 no
había los recursos de ahora, no importa. La técnica actúa con
retroactividad, interfiere con procedimientos actuales el
pasado, positiviza sus zonas grises y demuestra que la
vigilancia empezó hace rato. Que, en realidad, no hay sombras
posibles en ninguna biografía cuando se va tras ella. Mientras
se mire, hay posibilidades ilimitadas. Por eso, la confesión
final acerca de la expresión de las víctimas y el efímero
triunfo del asesino. Efímero, porque esa mirada no se interrumpe
ni siquiera con la muerte. Sólo cambia de observador.
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