Buenos Aires se reconoce por
una de las más pobladas de gente española entre las
ciudades que ocupan el dilatado país de la América
Meridional. Se computa existen al presente en los
límites de su jurisdicción cincuenta mil almas, de
las que treinta mil o poco más componen el
vecindario de la Ciudad, y las restantes pueblan la
Campaña, que tiene repartida en varios distritos que
llaman pagos. Cada uno de éstos tiene señalados su
términos con su particular parroquia en él y cabeza
de gobierno, que tiene toda la gente de su partido
alistada y pronta a revistarse en los casos que
puedan ocurrir de salida o defensa.
El número de negros y mulatos
es corto en comparación de las otras ciudades de
esta América. A excepción de muy pocos, son todos
esclavos y en una gran parte nacidos en las casas de
los particulares, que tienen para su servicio más o
menos familias, según sus posibles, y exceptuando
una cuarta parte de todos los que allí habitan, se
encuentra en las casas de los demás a lo menos una
familia o persona de esa clase. Muchos les hacen
aprender varios oficios para aprovecharse de sus
jornales. En el que principalmente se ejercitan, es
en el de aguadores, yendo a sacar a caballo con
barriles las agua del Río, que distribuyen,
vendiendo sus cargas a todas las casas de la Ciudad.
Pocos de esta casta trabajan en los campos, siendo
gente blanca y de alguna mezcla la mayor parte de la
que se asalaria para ese trabajo por un tanto al mes
con nombre de peones.
El número de indios y
mestizos es muy pequeño: su ocupación es de
trabajar de peones en los hornos de ladrillo,
haciendas y carreterías.
Hay establecido en Buenos
Aires un gran número de Portugueses o descendientes
de ellos, que con otros muchos forasteros de esa
nación compondrá como una cuarta parte de sus
moradores. Se avienen bien generalmente con ellos los
demás naturales, sin el reparo que es común entre
los extranjeros, o sea, porque su industria y
habilidad en toda suerte de oficios los hace allí
muy apreciables, o porque la abundancia del país no
da lugar a que fomente envidia su adelantamiento o
estación.
Entre las familias más
sobresalientes de esta Ciudad no ha habido hasta el
presente, como en las demás de la América, alguna
condecorada con la dignidad de título. Son
originadas unas de la dependencia que han dejado
algunos que han vivido allí, sirviendo empleos
militares o políticos: otras de muchos vecinos que
les han dejado una asegurada subsistencia en
posesiones y haciendas, que han adquirido con su
fortuna en el comercio y labranza o en sus frecuentes
viajes al interior del Perú. Estas casas,
entroncadas unas con otras, son las que se reputan
por las de mayor distinción, y se les están
continuamente agregando al presente otras nuevas de
vecinos y forasteros, que fomenta el mayor comercio
que goza ese país, principalmente de diez años a
esta parte.
No se reconocen grandes
caudales, pero es crecido el número de los medianos.
Las conveniencias están en este país, generalmente,
más repartidas que en otro alguno, y aun entre las
gentes pobres no se encuentra miseria, por razón de
ser tan barato el renglón de la comida, que les hace
ahorrar mucho de su trabajo para alguna decencia en
el vestir.
El vestuario que acostumbran
los hombres y mujeres en Buenos Aires, es el mismo
que se estila en España, de quien siguen los trajes,
imitando sus modas en los principios unas familias
más breve que otras, según sus posibles o
proporción.
La única diferencia que hay,
es en el que usan regularmente los vecinos, cuando
montan a caballo, sirviéndose del poncho en lugar de
capa o capote por su mayor comodidad. Viene a ser una
manta de dos varas y media de largo o poco más y
menos de ancho, tejido de lana o algodón y dibujada
con varios colores y labor. Se viste pasando la
cabeza por una pequeña abertura que tiene en medio,
con lo que queda descansando sobre los hombros, y
cuelgan por uno y otro lado sus extremos, que se
levantan cuando se quiere desembarazar los brazos,
echando para atrás la falda delantera, o terciando
sus costados sobre los hombros. Los tejidos son más
o menos finos y de varios precios; suele haberlos muy
ricos así por la tela como por sus dibujos.
La gente del campo de todas
clases usa siempre en todo tiempo de este traje tanto
en casa, como afuera así a pie como a caballo. Es
también propio de los peones y de toda la gente de
servicio que lo visten muy ordinario.
Todos, generalmente, usan
poner sobre sus sillas de montar, que son sin fuste,
muy bajas y de diferente hechura que en España, uno
o dos pellones con que consiguen un asiento muy
descansado...Es de mucha comodidad en los campos el
uso del poncho y pellón, principalmente en viajes,
en que lleva una persona consigo una buena cama con
sus colchas, que bien lejos de causar embarazo,
sirven en el camino de descanso y abrigo.
El ejercicio de andar allí a
caballo es muy común a los más de la Ciudad y
continuo en los que habitan en la Campaña, en donde
igualmente lo frecuentan las mujeres con mucha
destreza.