ARCHIVO DE REVISTA CONTRATIEMPO / VIDA COTIDIANA
Vecindario, vestimenta y costumbres en Buenos Aires de 1772

Relato de un marino español


Buenos Aires se reconoce por una de las más pobladas de gente española entre las ciudades que ocupan el dilatado país de la América Meridional. Se computa existen al presente en los límites de su jurisdicción cincuenta mil almas, de las que treinta mil o poco más componen el vecindario de la Ciudad, y las restantes pueblan la Campaña, que tiene repartida en varios distritos que llaman pagos. Cada uno de éstos tiene señalados su términos con su particular parroquia en él y cabeza de gobierno, que tiene toda la gente de su partido alistada y pronta a revistarse en los casos que puedan ocurrir de salida o defensa.

El número de negros y mulatos es corto en comparación de las otras ciudades de esta América. A excepción de muy pocos, son todos esclavos y en una gran parte nacidos en las casas de los particulares, que tienen para su servicio más o menos familias, según sus posibles, y exceptuando una cuarta parte de todos los que allí habitan, se encuentra en las casas de los demás a lo menos una familia o persona de esa clase. Muchos les hacen aprender varios oficios para aprovecharse de sus jornales. En el que principalmente se ejercitan, es en el de aguadores, yendo a sacar a caballo con barriles las agua del Río, que distribuyen, vendiendo sus cargas a todas las casas de la Ciudad. Pocos de esta casta trabajan en los campos, siendo gente blanca y de alguna mezcla la mayor parte de la que se asalaria para ese trabajo por un tanto al mes con nombre de peones.

El número de indios y mestizos es muy pequeño: su ocupación es de trabajar de peones en los hornos de ladrillo, haciendas y carreterías.

Hay establecido en Buenos Aires un gran número de Portugueses o descendientes de ellos, que con otros muchos forasteros de esa nación compondrá como una cuarta parte de sus moradores. Se avienen bien generalmente con ellos los demás naturales, sin el reparo que es común entre los extranjeros, o sea, porque su industria y habilidad en toda suerte de oficios los hace allí muy apreciables, o porque la abundancia del país no da lugar a que fomente envidia su adelantamiento o estación.

Entre las familias más sobresalientes de esta Ciudad no ha habido hasta el presente, como en las demás de la América, alguna condecorada con la dignidad de título. Son originadas unas de la dependencia que han dejado algunos que han vivido allí, sirviendo empleos militares o políticos: otras de muchos vecinos que les han dejado una asegurada subsistencia en posesiones y haciendas, que han adquirido con su fortuna en el comercio y labranza o en sus frecuentes viajes al interior del Perú. Estas casas, entroncadas unas con otras, son las que se reputan por las de mayor distinción, y se les están continuamente agregando al presente otras nuevas de vecinos y forasteros, que fomenta el mayor comercio que goza ese país, principalmente de diez años a esta parte.

No se reconocen grandes caudales, pero es crecido el número de los medianos. Las conveniencias están en este país, generalmente, más repartidas que en otro alguno, y aun entre las gentes pobres no se encuentra miseria, por razón de ser tan barato el renglón de la comida, que les hace ahorrar mucho de su trabajo para alguna decencia en el vestir.

El vestuario que acostumbran los hombres y mujeres en Buenos Aires, es el mismo que se estila en España, de quien siguen los trajes, imitando sus modas en los principios unas familias más breve que otras, según sus posibles o proporción.

La única diferencia que hay, es en el que usan regularmente los vecinos, cuando montan a caballo, sirviéndose del poncho en lugar de capa o capote por su mayor comodidad. Viene a ser una manta de dos varas y media de largo o poco más y menos de ancho, tejido de lana o algodón y dibujada con varios colores y labor. Se viste pasando la cabeza por una pequeña abertura que tiene en medio, con lo que queda descansando sobre los hombros, y cuelgan por uno y otro lado sus extremos, que se levantan cuando se quiere desembarazar los brazos, echando para atrás la falda delantera, o terciando sus costados sobre los hombros. Los tejidos son más o menos finos y de varios precios; suele haberlos muy ricos así por la tela como por sus dibujos.

La gente del campo de todas clases usa siempre en todo tiempo de este traje tanto en casa, como afuera así a pie como a caballo. Es también propio de los peones y de toda la gente de servicio que lo visten muy ordinario.

Todos, generalmente, usan poner sobre sus sillas de montar, que son sin fuste, muy bajas y de diferente hechura que en España, uno o dos pellones con que consiguen un asiento muy descansado...Es de mucha comodidad en los campos el uso del poncho y pellón, principalmente en viajes, en que lleva una persona consigo una buena cama con sus colchas, que bien lejos de causar embarazo, sirven en el camino de descanso y abrigo.

El ejercicio de andar allí a caballo es muy común a los más de la Ciudad y continuo en los que habitan en la Campaña, en donde igualmente lo frecuentan las mujeres con mucha destreza.

 

El presente texto fue publicado en el libro "Descripción de la Provincia del Río de la Plata (1772)" (Capítulo III), Francisco Millau (Colección Austral / Buenos Aires, 1947)

 

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