
Composición
1915
Malevich
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Literatura y Ciudad
Macedonio
Fernández
Los amigos de la ciudadDel libro
Papeles de Reciénvenido, Centro
Editor de América Latina (1966)
En los vendavales lo
primero que vuela, sin
desanimarse, con toda
regularidad, son los techos; más
fácilmente cuando la población
termina por todos los rumbos en
casas. Si no hubiera sino
edificios centrales, muy mitigado
sería este desorden, así como
es cosa segura que la supresión
de la delantera de los autos
imposibilitaría a los
transeúntes de darse contra
ellos y estos vehículos serían
usados solo por dentro.
Sin ninguna
pretensión difundo estas
informaciones. Pero sí es cierto
que me halago de poder comunicar
lo siguiente:
En cierta localidad
por influencia de un municipal
cuyo nombre no os perdono
equivocar pese a mi modestia,
organizóse tan bien el desorden
de partida y de llegada de los
techos en las tempestades que
todo perjuicio se anuló, pues si
bien es cierto que no pudo
impedirse que estos preciosos
adornos de las habitaciones se
alistaran, como siempre, de los
primeros en la subversión del
viento, se les había podado con
medida tan exacta los aleros
anualmente, junto con la poda de
árboles y por el mismo personal
municipal tan experto, que las
azoteas expedicionarias ofrecían
el espectáculo de un trabajo
inútil, dado que iban cayendo
sobre las casas cuyo techo
acababa de volar, reemplazándolo
tan bonitamente, que la familia
ocupante no notaba interrupción
alguna en el servicio de
techados.
Cuando la
circulación de techos se daba
por terminada, quedaba,
naturalmente, destechada la
primera fila de casas y descasada
la última línea de techos,
algunos de los cuales podían
haberse asentado sobre una vaca o
un peral, sin provecho comparable
al que procuran cubriendo casas.
Entonces por un movimiento
municipal envolvente se hacía
girar los techos dispersos, en
una hermosa curva hacia atrás
hasta que cayeran sobre la fila
de las casas destapadas; a veces
una tormenta del opuesto
cuadrante lo hacía todo. Solo
una vez se tuvo inconveniente con
esta preparación sabia; y fue
que los techos de aquel municipio
eminente volaron
injustificadamente, engañados
por un remesón de terremoto que
creyeron vendaval y usurpando por
error el turno de los cristales,
que son los que deben romperse y
desordenarse en los días en que
corresponde terremoto.
La hábil fórmula
de municipal preocupación que
rememoro, tuvo particular premio
por obra de un vecino rico y
agradecido, quien regaló a la
urbe un bosque; y la
municipalidad dispuso dotarlo
inmediatamente de arbolado, pues
nuestra comuna no aprobaba otro
decorado, con fondos oficiales,
que el constituido por plantas y
no era congruente que el bosque,
nuevo bien municipal gratuito y
valioso, careciera de este ornato
invariable de calles, plazas y
jardines.
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