Cultura,
Sociedad y Política
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADADel
libro Análisis funcional de la cultura,
Ezequiel Martínez Estrada (C.E.A.L.,
Buenos Aires 1967)
/
CULTURA Y SOCIEDAD
En líneas generales es
preciso considerar dos formas
específicas de organización de las
sociedades: la que se opera
orgánicamente, por evolución biológica
(que da el homínido) y la que se opera
por presión modeladora de normas
políticas (que da el humánido). Las
instituciones culturales siempre son
simétricas a las instituciones
políticas, y los estudiosos de las
sociedades primitivas, entre ellos,
Lowie, Linton, Benedict y Malinowski, han
hallado discrepancias notables entre la
organización y funcionamiento del estado
político y las comunidades regidas por
preceptos religiosos y éticos, y solo
secundariamente legales. Malinowski, en
toda su teoría funcional de la cultura,
establece el axioma de que ésta es un
producto institucional.
A cierta altura de los
conocimientos técnicos y de los
intereses económicos, el Estado se
convierte en un artefacto que traba el
libre desarrollo de la sociedad (opinión
de Godwin, Jefferson, Thoreau, Tolstoi) y
la cotización de sus valores
espirituales, actuando sobre la
educación popular que es una forma
de la cultura organizada- en el sentido
de orientarla fuera de su móviles y
destinos propios. Así se engendra el
saber vicario que fortalece las
estructuras de poder en detrimento de las
estructuras de saber. Crea un tipo de
cultura mecánica y estática,
antagónica en muchos aspectos de la
cultura orgánica y funcional, que es la
que el sociólogo, el filósofo y el
etnólogo deben tener en cuenta. En sus
dos máximas expresiones históricas
ambos tipos antagónicos de cultura
están representados por Oriente (India,
China, Persia, Judea) y por Occidente
(Inglaterra, Alemania, Norteamérica). A
este último tipo corresponde mejor la
designación de Civilización,
determinándoselas más concretamente con
los calificativos de industrial y
tecnológica. La cultura occidental se
inserta en el sistema más amplio de
civilización, e inversamente, la
civilización oriental se inserta en el
sistema más amplio de cultura. El
carácter de aquella es positivista,
racional y económico; el de ésta
metafísico, religioso y especulativo.
Cuando se habla de sociedad
se entiende que es una entidad abstracta,
configurada políticamente y que, por lo
tanto, hállase representada por el
Estado. En consecuencia no es fácil
concebir un tipo de cultura social,
humana y simplemente gregaria unida por
el simple instinto de asociación y apoyo
mutuo, sin adjudicársele atributos
políticos. No obstante, ese tipo de
cultura existe en numerosos pueblos
prealfabetos, y juzgada con criterio
ecuánime y axiológico, de valores
absolutos muy altos. Tal es el carácter
prototípico de las culturas
occidentales, que dificulta valorar
equitativamente a las culturas cuyos
modeladores no son ésos, sino otros
basados en el sentido pánico de la vida
o en creencias que se fundan más en lo
que desconocemos aún que en lo que
creemos haber llegado a conocer. La
civilización es propia del Estado; la
cultura de la sociedad.
Las masas han ingresado a
participar en la vida cultural de las
naciones por los peldaños más bajos y
por los órganos de culturación más
percudidos: arte folklórico, deporte,
prensa comercial, literatura folletinesca
y, finalmente, cine, radio, televisión.
También como consumidores en gran
escala. Por esos medios pasados a los
enemigos del hombre, les fue posible a
los gobiernos autocráticos suministrar a
las masas una especie de droga enervante
o furente de política económica y
estatal, en los excipientes de la
cultura. Percance que aconteció por
haberse olvidado que la civilización del
espíritu tiene otros fines y
necesariamente ha de tener otros medios
de acción que la civilización de las
cosas.
En cuanto la cultura ha de
ser entendida en sentido lato
(etnológico); es un instrumento esencial
y no accesorio de la vida. La sociedad,
según sus pautas de convivencia y de
conducta, condiciona una posibilidad de
tipo de cultura, y precisamente la forma
de cultura más adherida a la vida; nunca
se evadió de la esfera de la utilidad o
del placer eudemonístico y lúcido, en
lo que consiste su enjundia
específicamente humana. A esta
condición de ser la cultura inherente
aunque también accesoria de la vida,
recurrieron los que la consideraron un
bien social comercializable, semejante a
toda otra mercancía, y la
administración de un tipo bajo de
cultura controlada no solo fue la mejor
para mantener seguros los intereses del
Estado, sino la más apta para ser
gustada y comprendida por las masas.
Mucho más aún: para ser adoptada y
defendida por ellas como propia y
adecuada a la clase de vida sin ocios que
impusieron a título de divulgación y
coparticipación del pueblo en los bienes
del espíritu los organizadores del
sometimiento científico, cuyo sumo
pontífice fue el doctor Joseph Goebbels.
Las relaciones entre cultura
y sociedad que en nuestros días hallamos
fundida en un bloque tiene sus orígenes
en Grecia, uno de cuyos aspectos hemos
enunciado ya. Las masas no podían tener
exigencias acerca de la cultura, que al
fin era un lujo entre los muchos otros de
que estuvieron privadas por siglos y
siglos bajo todos los sistemas de
gobierno. Grecia (debemos entender las
grandes ciudades metropolitanas y
coloniales: Atenas, Esparta, Corinto,
Mileto, Siracusa) intentó una
culturación general en razón del
limitado número de ciudadanos libres
para quienes se legislaba, y que
organizaron la polis como barrios de
familias. Pero aún así, el caso de
Esparta demuestra la posibilidad de una
forma disciplinaria y servicial de la
cultura a los fines políticos del Estado
(Tirteo); y es de Esparta de donde los
italianos, alemanes y rusos, veintitrés
siglos después de Platón, tomaron su
ideal oligárquico de gobierno y de
cultura dirigida. Mas esta cultura
espartana en solo ese sentido
racial y patriótico- difiere de la
ateniense no solo en casi todos los
puntos de vista, y diametralmente, sino
que presenta un cariz nuevo en todo
problema social actual, que es el del
área o cantidad de espacio y del número
de ciudadanos que comprende la
culturación de masas. La cultura
ateniense tenía como límites máximos
la polis; con determinado ámbito
espiritual, clasificados los ciudadanos
funcionalmente capacitados para los
cargos públicos. La política era
entonces, como leeremos en La
República de Platón, un sistema de
enseñanza enciclopédica. La sociedad
entera podía manejarse por normas
individuales, familiares cuando mucho.
Tras Platón, Aristóteles concibe la
política como una organización
doméstica, o sea, de grupos pequeños,
en espacios reducidos, como la polis
ateniense. De todo ello no se trasiega a
los regímenes totalitarios sino la
fuerza de dominio que posee en sí la
inteligencia disciplinada. La educación
estética del hombre, que Schiller toma
de esa paideusis para la dignidad, se
convierte en el amaestramiento para la
servidumbre satisfecha.
La cultura espartana es de
conquista, lo que quiere decir capaz de
absorber nuevas gentes y territorios sin
que sus preceptos pierdan valor. Ya es la
cultura emancipada de sus padres de la
Europa del Renacimiento, y mucho más de
la Europa colonizadora de fines del siglo
XVIII, que se configura ya como un sabio
artefacto de dominio. Mas lo curioso es
que Atenas pudo aspirar igualmente a la
colonización del mundo (se advierte en
Tucídides La guerra del
Peloponeso- y en Jenofonte Las
Helénicas-), como la realizaría
más tarde Roma, pero a condición de que
las gentes incorporadas al imperio lo
fuesen en calidad de súbditos sin que
jamás alcanzasen ciudadanía. El sistema
espartano no necesitaba someter la
conquista, desde que ya el propio pueblo
de Esparta estaba sometido, y el gobierno
de clase, el de la casta
militar-financiera, se adaptaba tanto a
la pequeña comunidad, como al gran
Estado o al imperio universal. La
servidumbre no tiene fronteras.
Entre las formas
democráticas de la cultura en Atenas han
de distinguirse: el gobierno constituido
democráticamente y la educación del
pueblo. Todo estaba organizado para la
educación integral del ciudadano (Cf. Paideia,
de Werner Jaeger), pero ya se vio cómo
la educación verdaderamente libre y no
sometida a los principios del Estado fue
repentina y trágicamente coartada en la
persona de Sócrates. Todavía hoy se
condena con la cicuta o con
sucedáneos acerbos- a los que se
proponen la educación del pueblo para la
verdad, la justicia y la libertad. De su
caso podemos extraer preciosas
enseñanzas. Necesito demorarme un
instante en esta perspectiva.
Hay un interés, hoy más
grande acaso que antaño, en mantener a
la especie humana en un estado
crepuscular de inteligencia
subdesarrollada, que en mantenerla
sometida por la presión económica. Los
predicadores de la libertad económica
sirven los intereses de los opresores,
cualesquiera sean las tácticas que
empleen, si domestican e inferiorizan la
mente del pueblo y bastardean sus
sentimientos. Es natural que existe el
círculo vicioso de que los
planificadores del aprovechamiento de las
energías psíquicas han sido modelados
por los que domestican como si
ilustrasen. El hombre libre
económicamente no es tan peligroso para
un status de injusticia como el hombre
intelectualmente libre. Si en algún
país se obtuviera la liberación
económica del hombre sin su liberación
intelectual y ética, la especie entera
permanecería sometida, esclavizada y
quizá satisfecha, como en todo élevage.
Así aconteció durante millares y
centenares de millares de años, cuando
la especie humana participaba de la
comunidad zoológica de los bienes
naturales. No hay en estas palabras
ninguna clase de retórica, ni de la
política ni menos de la filosófica;
pues precisamente si la injusticia social
existe no es solo por la diferencia de
clases económicas, sino también por la
diferencia de grados de cultura y de
conciencia del bien y del mal en el
sentido socrático. Somos injustos porque
somos ignorantes y malvados, y ésta no
es una cuestión económica, como Marx lo
sabía perfectamente bien y sus
prosélitos lo olvidan. Precisamente esto
es marxismo: crear la conciencia de la
esclavitud del hombre a sus fantasmas,
que son sus peores amos, mucho más que a
los patrones y al capitalismo. El hombre
es el esclavizador de sí mismo porque no
sabe lo que hace, ni le duele, y para
esto lo educan. El marxismo mal
entendido, llamado "marxismo
vulgar" por los teóricos, no se
detiene a considerar que la emancipación
de las clases trabajadoras no significa
apenas algo deseable si no se la emancipa
de la concepción teocrática,
metafísica y al par utilitaria de la
vida que las mantiene sojuzgadas. Pues
están sojuzgadas porque no pueden
razonar sensata, rectamente, es decir,
con libertad. Para aliviar esta penuria,
Marx, que era humanista antes que
economista, imaginó una complicada
teoría del capitalismo y de todo la
Economía Política. El verdadero
marxismo quiere liberar al hombre de sí
tanto como del amo, porque él suele ser
su amo peor, el "amo de sí
mismo", que lo somete y expolia. El
fin del marxismo es la libertad, y para
obtener la libertad humana proclama la
necesidad de la libertad económica. La
cultura para el pueblo no puede ir contra
estos fines sagrados.
Bien: hay un "sistema
capitalista del embrutecimiento" que
no es menos nocivo y hasta tenebroso que
el económico, y que en esa tarea
también están hoy complicados los
educadores y los libertadores. Así como
para mantener el desnivel social de las
clases económicas existe todo el
complejísimo mecanismo del mando y la
obediencia, los precios, los jornales y
las ganancias, para que el trabajador
permanezca al pie de la máquina existen
complicadísimos mecanismos de
periódicos, radios, literatura, arte,
espectáculo y hasta ciencias aplicadas y
recreativas. Educar mal al pueblo es
someterlo. Ya son enjaulados los niños
desde que aprenden a leer, por un sistema
de enseñanza en el que se le predica la
obediencia pasiva en vez que el
razonamiento libre y la libre iniciativa.
Se le ponen cerrojos a la jaula cuando se
le enseña que adquiere un saber con que
podrá dominar a los que no saben y
servir a los intereses de los poderosos
contra los indefensos. Es toda una
cultura de la servidumbre dogmática al
progreso y no a la justicia. Se
esteriliza por esos mecanismos el alma
del niño, del adolescente y del adulto.
Para ello están montadas
científicamente grandes empresas o
industrias del embrutecimiento
esclavizador en masa; ese sistema de
servidumbre en la libertad o, como dijo
Max Weber, "de esclavitud sin
amos". Directa o indirectamente esas
empresas están protegidas cuando no
también subvencionadas por el Estado, lo
que equivale a decir que el pueblo,
cuando se resiste a pagar a sus amos
tiene que aceptar el pago a los que
sirven a sus amos. El pueblo al que se
debe emancipar no es un pueblo
esclavizado cuanto un pueblo embaucado. A
toda esa constelación de la servidumbre
de ciegos sin amo se la abastece con la
llamada cultura de masas, y se la
considera una rama, la más baja, del
árbol de la ciencia y de la vida. Esto
tiene relación, pero no es lo mismo, con
otras formas bastardeadas e
inferiorizadas de la cultura, como
aquella que pretende ser refinada y es
sencillamente presuntuosa. Es una forma
apócrifa de incultura, como observa
Scheler: "La cultura soberbia, el
saber orgulloso es a priori incultura, y
más a menudo es la presunción".
La cultura inferiorizada a
que me refiero no implica necesariamente
que sea popular, ni siquiera adecuada al
pueblo. Originaria y corrientemente no
pertenece al pueblo sino a la burguesía,
y se la encuentra con más frecuencia en
las clases patricias que en las plebeyas.
Pues lo inferior está también contenido
en la cultura de elites. No es que
determinados individuos, por su posición
económica, sus conocimientos, su grado
de instrucción, sean miembros de una
masa de creyentes o de amateurs; es que
hay una clase de espíritus, una forma de
ser y de vivir, que engendra su propia
manera de saber y de creer, tan
naturalmente como secreta cera la abeja o
perfume la flor. Hay gentes humildes
muy corriente en los indígenas de
México, Perú, Ecuador y Bolivia- de
espíritu delicado y gentil, como hay
grandes espíritus de ofensiva
ordinariez, o teólogos de una sacrílega
fraudulencia mental. El espíritu de
fineza poco tiene que ver con el
espíritu de geometría. Las obras de
Julien Benda abundan en acusaciones de
este género, y en Belphegor cita
la opinión de Mme. Lambert, para quien
era plebeyo todo lo ordinario, de lo cual
agregaba, "estaba llena la
Corte".
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CULTURA Y POLÍTICA
Sobre la posibilidad de
reimplantar los ideales de las antiguas
culturas ecuménicas, cuyo paradigma es
la griega, llevándola sin desfigurar al
pueblo con métodos y medios adecuados,
es poco lo que conozco; puedo decir nada.
En general, quienes se han ocupado de la
educación del pueblo han pensado directa
y exclusivamente en una clase
inferiorizada de educación, "puesta
a su alcance", lo que quiere decir
desnaturalizada en su esencia misma por
adecuación incorrecta. Es la postura de
los educadores, a quienes se halla
profusamente en la docencia y en el
periodismo. Se trataría en cambio de
trasladar de un plano a otro, sin
desfigurarlo, un saber de máxima
jerarquía, en cuanto ello es posible. A
mi juicio fiel a las convicciones
de Charles Péguy y de Simone Weil- ello
es posible si antes educamos a los
educadores y los liberamos del prejuicio
de considerar al pueblo como masa incapaz
de entender y sentir por encima de cierto
nivel muy bajo de excelencia. Se confunde
pobreza con abyección, ignorancia con
estolidez.
El acceso de las masas a la
cultura superior habría sido mucho más
eficiente cuando éstas podían
organizarse bajo ideales humanos propios,
cuando los pueblos tenían un vigor más
lozano. Posiblemente así nacieron todas
las grandes culturas, hasta que la
estratificación de las clases sociales
arrojó al mayor número al margen, al
suburbio de la civilización. Desde
entonces ¿qué sentido pudo tener para
ellos una cultura que había sido
elaborada con prescindencia de esa fuerza
vital lozana? Hoy la "cultura para
el pueblo" está condicionada como
subproducto del poder político, militar
y mercantil, como antes lo fuera del
poder religioso. En la forma vulgar de
divulgación de las ciencias, las letras
y las artes ha adquirido un poder
vicario, pues sirve a intereses que por
lo regular emplean tácticas de
persuasión o intimidación, o sectarios,
que contribuyen a ofuscar el sano juicio
de las gentes, a exacerbar sus
prejuicios, a decidir la opinión
pública en pro de esos intereses. El
coeficiente de educación e instrucción
es tan equívoco y discutible como el
alfabetismo, cuando conduce a una
culturación que generalmente equivale a
un embrutecimiento por la lectura. El uso
que de la prensa y la radio hicieron los
gobiernos totalitarios ha revelado la
magnitud de ese poder demoníaco, y en
países democráticos del tipo de los
iberoamericanos es común encontrar que
los mismos defensores de la autonomía o
libertad que es indispensable en el mundo
del espíritu, proponen cierta forma
delicada y aviesa de someter los fines
propios de la cultura a intereses de las
potencias colonizadoras que gobiernan a
los gobiernos.
El acceso de las
muchedumbres y de los públicos
aleccionados a la cultura cualificada y
al disfrute de los adelantos de la
ciencia (siempre en carácter de
consumidores) no se ha producido sino
indirectamente en el plano de la calidad,
y el arte se ha empleando como incentivo
para la venta de mercancías. Los
partidarios del progreso en bloque
registran las ganancias globales de la
empresa, pero no el déficit moral y
estético con que se lo paga. La
realización de los ideales democráticos
ha entrañado, como consecuencia, la
confusión de socialización con
vulgaridad, y de cultura popular con
ordinariez; fenómeno agudamente
advertido por Tocqueville al describir la
grandeza de la democracia norteamericana.
Simone Weil ha visto con claridad este
malentendido. Dice en Raíces del
existir: "La búsqueda de modos
de transmitir la cultura al pueblo sería
aún más saludable para la cultura que
para el pueblo. Sería un estímulo
infinitamente precioso. Así saldría de
la atmósfera confinada en que está
encerrada. Dejaría de ser cosa de
especialistas. Como lo es actualmente, de
arriba abajo, degrada en la medida en que
se dirige hacia abajo. Así como se trata
a los obreros como alumnos de liceo un
poco tontos, se trata a los alumnos de
liceo como a estudiantes universitarios
muy fatigados, y a los estudiantes como a
profesores que hubieran sufrido de
amnesia y necesitaran una reeducación.
La cultura es un instrumento manejado por
profesores que a su vez fabricarán
profesores".
En última instancia la
cultura debiera tener a la política por
instrumento y no al revés, como acontece
actualmente. Esto se creyó posible,
hasta que la democracia adoptó los malos
hábitos de la burguesía y dejó de
confiar en las dotes naturales del hombre
de la calle. Pues en sus manos la
política como instrumento seguía
respondiendo en sus móviles y técnicas
a los intereses organizados más
poderosos. En verdad, nunca había dejado
de ser instrumento del poder, creado con
una finalidad muy concreta y aplicado a
la acción de gobierno más que a la
salud moral de la sociedad. Como sistema
instrumental político, Malinowsky lo
define así: "A: La cultura es
esencialmente un patrimonio instrumental
por que el hombre es colocado en la mejor
posición para solucionar los problemas
concretos y específicos que encara
dentro de su ambiente, en el curso de la
satisfacción de esas necesidades. B: es
un sistema de objetos, de actividades y
actitudes en el cual cada parte existe
como un medio para un fin. C: Es un
conjunto integral en que los varios
elementos son interdependientes. D: Tales
actividades, actitudes y objetos están
organizados alrededor de importantes y
vitales tareas de instituciones como la
familia, el clan, la comunidad local, la
tribu y los equipos organizados para la
cooperación económica y la actividad
política, jurídica y educacional. E:
Desde un punto de vista dinámico, esto
es con referencia al tipo de actividades,
la cultura puede ser analizada en cierto
número de aspectos como la educación,
el control social, la economía, los
sistemas de conocimiento, creencias y
moralidad, y aun modos de expresión
artística y creadora".
La índole del poder
político ya era, desde su organización
técnica, contraria a la verdadera
cultura, a la humanística, que exigía
tomar en cuenta valores muy finos. En
cambio la tecnológica se conformaba con
los valores gruesos de mercado. El hombre
no era una meta para ella sino un medio,
aunque proclamara otra cosa. Una
política de cultura solo es viable en
una sociedad organizada para el bienestar
espiritual y eudemonístico de todos los
hombres y las mujeres, tomados como un
fin. Este es un tema de suma importancia,
tendenciosamente tratado por la casi
generalidad de los estadistas y
sociólogos. Necesito recurrir a un
investigador imparcial, Malinowski, cuyas
opiniones responden a la observación
directa de hechos fundamentales que
reaparecen modificados en las
civilizaciones avanzadas. El mencionado
etnólogo formula en este orden de ideas
las siguientes observaciones que
coinciden con las de otros científicos
de su misma especialidad: "Todos los
problemas de gobierno y el uso de la
fuerza política se dan como opuestos a
la organización cultural en una
comunidad. Es el problema de Estado
versus Nación. Un previo análisis
antropológico puede proporcionar una
plena comprensión de lo que significa
nacionalidad como opuesta a ciudadanía,
lo cual es la esencia del nacionalismo,
tal como aparece a lo largo del último
siglo y medio de historia. Esto pondría
de manifiesto que la nacionalidad es
principio mucho más antiguo y
fundamental que la organización
política de un sistema policial, una
tribu-estado o un imperio. Mostraría
también que la autonomía cultural de
nuestras nacionalidades modernas acaso se
enriqueciera y vitalizara con la
limitación de la soberanía política,
especialmente en cuanto se refiere a la
autodeterminación militar del
Estado". "Estoy de acuerdo
completamente con los resultados del
análisis del profesor Lowie, en su libro
sobre el origen del Estado, en el sentido
de que aquellas agrupaciones políticas
están ausentes entre las culturas más
primitivas, accesibles a la observación
etnográfica. Allí existen, sin embargo,
agrupaciones culturales".
Coincidentemente con el dictamen de
Malinowski es el de Spranger: "El
mayor peligro para un Estado portador de
cultura es la masificación de los
hombres. Lo mismo como masa homogénea
que como masa que sirve de instrumento a
ciegos poderes del destino, la masa
carece siempre de conciencia. Si se
asegura por la libertad política la
libertad de la persona, aún quedan dos
cosas por hacer: la primera es de
naturaleza política-técnica, y por ello
no más importante que toda técnica en
la vida. Si entendemos por constitución
libre una democracia, necesita ésta los
métodos buscados siempre desde Rousseau
para sacar a la luz la verdadera
"volonté génerale". Pero esto
significa: la lucha de los programas
culturales que rivalizan entre sí y que
aparecen en la forma de partidos y
eventualmente también de Estados, tiene
que realizarse en forma pacífica. Para
ello hay diferentes caminos posibles.
Sobre esto han de reflexionar los
políticos. La segunda es de naturaleza
ética y por eso de urgente importancia.
La más bella democracia no sirve de nada
si los hombres no viven según su
conciencia o, quizá, si no tienen
conciencia alguna. Aun con una técnica
muy definida de la formación del poder,
no se puede remediar la enfermedad si
ataca a la vida política. Hay que educar
para la vida de conciencia, para una
política fundada moralmente. Como se
hace esto, deben pensarlo los
educadores". Si los educadores no
forman parte de la política en servicio
de los enemigos de la cultura, para
formar parte de las falanges
indisciplinadas creadoras y destructoras
de valores. Y en verdad no es ésa la
tarea ni el propósito realista de la
enseñanza oficial, que utiliza la
cultura, la condiciona y administra
conforme a su programa de gobierno. La
enfermedad que la cultura sufre en
nuestro tiempo tiene, sin ninguna duda,
una de sus causas en el poderío
desmesurado de los Estados. Su síntoma
externo más perceptible es que impone
una obediencia política al educando,
como ser capacitado que ha de servir en
adelante a los mismo planes que a él lo
han configurado. Y estas reflexiones
convalidan la opinión de que la cultura
(la alta, media y baja, pues solo hay una
para cada nación) se genera, transmite y
perpetúa fuera de las aulas, en la
escuela de la vida, contra la que están
alerta todos los órganos que sirven al
Estado contra el individuo, a las
instituciones contra la sociedad.
Intentarlo a fondo les costó la vida a
Sócrates y a Giordano Bruno. Encuadrado
bien concretamente en este marco el
problema, debo reproducir algunos
párrafos decisivos del estudio de
Spranger en el citado opúsculo: "La
industria exigía extraordinarios
progresos de la técnica, y esta técnica
produjo al mismo tiempo los medios
técnicos más perfectos de destrucción.
En contra de los tranquilos ideales del
Herbert Spencer, la gran industria ha
destruido del modo más grave el
equilibrio de la cultura". "No
cabe sustraerse a la impresión de que la
cultura europea no ha vuelto a estar
propiamente sana desde la marcha triunfal
de la industria, que comenzó a más
tardar a principios del siglo XIV aun en
el continente. La gran industria produjo
la desmedida extensión de la economía
mundial, y por mucho que se nos asegure
que los intereses económicos unen a los
pueblos, lo único que han hecho es
desencadenar guerras".
La situación que los
gobiernos dictatoriales plantean a los
pueblos, en cuanto se relaciona con la
cultura popular, es muy complicada. Por
una parte, restringen la libertad de
adquirir y difundir cierto tipo de
cultura que entienden desfavorable a sus
designios políticos, y por otra infunden
coactivamente la vigencia obligatoria de
un tipo de cultura dirigida que cohonesta
esos designios. Todavía no se ha
legislado la implantación de un tipo de
cultura de fuste correlativa a los
adelantos del orbe industrializado, es
cierto; pero de hecho se han ido
colocando al margen de las formas de
pensar consentidas por los regímenes de
fuerza. El monopolio de los órganos
difusores de cultura prácticamente ha
consumado un sacrifico más lesivo,
haciendo obligatorio el uso de valores
nominales representativos de la cultura,
como lo hizo con el papel moneda. La
cultura quedó equiparada al dinero,
además, por un sinnúmero de
circunstancias, no impuestas por decreto
sino resultantes del contexto de la vida
social; expuesta, por consiguiente, a
experimentar las fluctuaciones de la
inflación monetaria, lo que equivale a
decir a la pérdida intrínseca de su
valor efectivo, no conservando sino el
valor compulsivo de una mercadería de
monopolio. Este tipo de cultura no es
programado por los institutos fiscales
encargados de la enseñanza, que
simplemente se limitan a condicionarla y
controlarla; sus contenidos sustanciales
y sus formas de cultivo y propagación
continúan siendo patrimonio de las
naciones. Les basta el veto de las formas
que no coordinan con el espíritu de la
empresa de gobierno y la aplicación de
sus limitados medios de protección
policíaca y pecuniaria a los órganos
adscritos al Estado. Esto se evidencia
tomando en consideración la enseñanza
universitaria o superior. Por lo demás,
solo para un sector muy reducido de la
población realmente culta de un país
bajo tales condiciones, es sensible la
desvalorización de la cultura de
calidades, pues en los grandes números
de población analfabeta o semialfabeta
prosigue su estándar de vida sin déficit.
La alta cultura nunca fue
patrimonio de los pueblos; más bien ha
sido índice superior revelador de su
organización como un todo autónomo,
confirmando justamente una noción de
distancia o alejamiento entre el hombre
superior y la masa. De ahí que todavía
en los pueblos prealfabetos se exprese un
tonus vital más que un tonus espiritual
en sus culturas. De modo que si se
considera la civilización occidental
como un status, la cultura puede aún
descender a grados muchísimo más bajos
sin detrimento para el funcionamiento
regular de su maquinaria. Hasta es
posible que lo que hemos entendido hasta
hace poco por cultura carezca de
aplicación útil en una clase de
organización de la vida social, cuyo
automatismo solo requiere un tipo de
conocimientos prácticos de medición
extraños a una axiología propiamente
dicho.
Es perceptible que a la
primera fase de consolidación de los
gobiernos fascistas correspondió una
enconada lucha contra la cultura; la
quema de libros, la expulsión de los
representantes del saber de afinación,
el confinamiento a círculos cada vez
más cerrados de los eruditos e
investigadores, considerados como
bizantinos y heterodoxos. Más tarde la
eliminación y excomunión se produjeron
por medios rutinarios, imponiéndose con
beneplácito de los semialfabetos un tipo
de cultura manufacturada que entraba ya a
participar de las características
propias de las mercancías standarizadas.
Era una nivelación según comunes
denominadores, para lo que habrían
trabajado de consuno tanto los
iconoclastas políticos y religiosos como
los amaestradores de juventudes.
Cooperaban en llevar los bienes del
espíritu a los puestos del mercado y a
las cantinas del cuartel.
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