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Comunicación / Conocimiento y cultura


 
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Cultura, Sociedad y Política
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Del libro Análisis funcional de la cultura, Ezequiel Martínez Estrada (C.E.A.L., Buenos Aires 1967)
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CULTURA Y SOCIEDAD

En líneas generales es preciso considerar dos formas específicas de organización de las sociedades: la que se opera orgánicamente, por evolución biológica (que da el homínido) y la que se opera por presión modeladora de normas políticas (que da el humánido). Las instituciones culturales siempre son simétricas a las instituciones políticas, y los estudiosos de las sociedades primitivas, entre ellos, Lowie, Linton, Benedict y Malinowski, han hallado discrepancias notables entre la organización y funcionamiento del estado político y las comunidades regidas por preceptos religiosos y éticos, y solo secundariamente legales. Malinowski, en toda su teoría funcional de la cultura, establece el axioma de que ésta es un producto institucional.

A cierta altura de los conocimientos técnicos y de los intereses económicos, el Estado se convierte en un artefacto que traba el libre desarrollo de la sociedad (opinión de Godwin, Jefferson, Thoreau, Tolstoi) y la cotización de sus valores espirituales, actuando sobre la educación popular –que es una forma de la cultura organizada- en el sentido de orientarla fuera de su móviles y destinos propios. Así se engendra el saber vicario que fortalece las estructuras de poder en detrimento de las estructuras de saber. Crea un tipo de cultura mecánica y estática, antagónica en muchos aspectos de la cultura orgánica y funcional, que es la que el sociólogo, el filósofo y el etnólogo deben tener en cuenta. En sus dos máximas expresiones históricas ambos tipos antagónicos de cultura están representados por Oriente (India, China, Persia, Judea) y por Occidente (Inglaterra, Alemania, Norteamérica). A este último tipo corresponde mejor la designación de Civilización, determinándoselas más concretamente con los calificativos de industrial y tecnológica. La cultura occidental se inserta en el sistema más amplio de civilización, e inversamente, la civilización oriental se inserta en el sistema más amplio de cultura. El carácter de aquella es positivista, racional y económico; el de ésta metafísico, religioso y especulativo.

Cuando se habla de sociedad se entiende que es una entidad abstracta, configurada políticamente y que, por lo tanto, hállase representada por el Estado. En consecuencia no es fácil concebir un tipo de cultura social, humana y simplemente gregaria unida por el simple instinto de asociación y apoyo mutuo, sin adjudicársele atributos políticos. No obstante, ese tipo de cultura existe en numerosos pueblos prealfabetos, y juzgada con criterio ecuánime y axiológico, de valores absolutos muy altos. Tal es el carácter prototípico de las culturas occidentales, que dificulta valorar equitativamente a las culturas cuyos modeladores no son ésos, sino otros basados en el sentido pánico de la vida o en creencias que se fundan más en lo que desconocemos aún que en lo que creemos haber llegado a conocer. La civilización es propia del Estado; la cultura de la sociedad.

Las masas han ingresado a participar en la vida cultural de las naciones por los peldaños más bajos y por los órganos de culturación más percudidos: arte folklórico, deporte, prensa comercial, literatura folletinesca y, finalmente, cine, radio, televisión. También como consumidores en gran escala. Por esos medios pasados a los enemigos del hombre, les fue posible a los gobiernos autocráticos suministrar a las masas una especie de droga enervante o furente de política económica y estatal, en los excipientes de la cultura. Percance que aconteció por haberse olvidado que la civilización del espíritu tiene otros fines y necesariamente ha de tener otros medios de acción que la civilización de las cosas.

En cuanto la cultura ha de ser entendida en sentido lato (etnológico); es un instrumento esencial y no accesorio de la vida. La sociedad, según sus pautas de convivencia y de conducta, condiciona una posibilidad de tipo de cultura, y precisamente la forma de cultura más adherida a la vida; nunca se evadió de la esfera de la utilidad o del placer eudemonístico y lúcido, en lo que consiste su enjundia específicamente humana. A esta condición de ser la cultura inherente aunque también accesoria de la vida, recurrieron los que la consideraron un bien social comercializable, semejante a toda otra mercancía, y la administración de un tipo bajo de cultura controlada no solo fue la mejor para mantener seguros los intereses del Estado, sino la más apta para ser gustada y comprendida por las masas. Mucho más aún: para ser adoptada y defendida por ellas como propia y adecuada a la clase de vida sin ocios que impusieron a título de divulgación y coparticipación del pueblo en los bienes del espíritu los organizadores del sometimiento científico, cuyo sumo pontífice fue el doctor Joseph Goebbels.

Las relaciones entre cultura y sociedad que en nuestros días hallamos fundida en un bloque tiene sus orígenes en Grecia, uno de cuyos aspectos hemos enunciado ya. Las masas no podían tener exigencias acerca de la cultura, que al fin era un lujo entre los muchos otros de que estuvieron privadas por siglos y siglos bajo todos los sistemas de gobierno. Grecia (debemos entender las grandes ciudades metropolitanas y coloniales: Atenas, Esparta, Corinto, Mileto, Siracusa) intentó una culturación general en razón del limitado número de ciudadanos libres para quienes se legislaba, y que organizaron la polis como barrios de familias. Pero aún así, el caso de Esparta demuestra la posibilidad de una forma disciplinaria y servicial de la cultura a los fines políticos del Estado (Tirteo); y es de Esparta de donde los italianos, alemanes y rusos, veintitrés siglos después de Platón, tomaron su ideal oligárquico de gobierno y de cultura dirigida. Mas esta cultura espartana –en solo ese sentido racial y patriótico- difiere de la ateniense no solo en casi todos los puntos de vista, y diametralmente, sino que presenta un cariz nuevo en todo problema social actual, que es el del área o cantidad de espacio y del número de ciudadanos que comprende la culturación de masas. La cultura ateniense tenía como límites máximos la polis; con determinado ámbito espiritual, clasificados los ciudadanos funcionalmente capacitados para los cargos públicos. La política era entonces, como leeremos en La República de Platón, un sistema de enseñanza enciclopédica. La sociedad entera podía manejarse por normas individuales, familiares cuando mucho. Tras Platón, Aristóteles concibe la política como una organización doméstica, o sea, de grupos pequeños, en espacios reducidos, como la polis ateniense. De todo ello no se trasiega a los regímenes totalitarios sino la fuerza de dominio que posee en sí la inteligencia disciplinada. La educación estética del hombre, que Schiller toma de esa paideusis para la dignidad, se convierte en el amaestramiento para la servidumbre satisfecha.

La cultura espartana es de conquista, lo que quiere decir capaz de absorber nuevas gentes y territorios sin que sus preceptos pierdan valor. Ya es la cultura emancipada de sus padres de la Europa del Renacimiento, y mucho más de la Europa colonizadora de fines del siglo XVIII, que se configura ya como un sabio artefacto de dominio. Mas lo curioso es que Atenas pudo aspirar igualmente a la colonización del mundo (se advierte en Tucídides –La guerra del Peloponeso- y en Jenofonte –Las Helénicas-), como la realizaría más tarde Roma, pero a condición de que las gentes incorporadas al imperio lo fuesen en calidad de súbditos sin que jamás alcanzasen ciudadanía. El sistema espartano no necesitaba someter la conquista, desde que ya el propio pueblo de Esparta estaba sometido, y el gobierno de clase, el de la casta militar-financiera, se adaptaba tanto a la pequeña comunidad, como al gran Estado o al imperio universal. La servidumbre no tiene fronteras.

Entre las formas democráticas de la cultura en Atenas han de distinguirse: el gobierno constituido democráticamente y la educación del pueblo. Todo estaba organizado para la educación integral del ciudadano (Cf. Paideia, de Werner Jaeger), pero ya se vio cómo la educación verdaderamente libre y no sometida a los principios del Estado fue repentina y trágicamente coartada en la persona de Sócrates. Todavía hoy se condena con la cicuta –o con sucedáneos acerbos- a los que se proponen la educación del pueblo para la verdad, la justicia y la libertad. De su caso podemos extraer preciosas enseñanzas. Necesito demorarme un instante en esta perspectiva.

Hay un interés, hoy más grande acaso que antaño, en mantener a la especie humana en un estado crepuscular de inteligencia subdesarrollada, que en mantenerla sometida por la presión económica. Los predicadores de la libertad económica sirven los intereses de los opresores, cualesquiera sean las tácticas que empleen, si domestican e inferiorizan la mente del pueblo y bastardean sus sentimientos. Es natural que existe el círculo vicioso de que los planificadores del aprovechamiento de las energías psíquicas han sido modelados por los que domestican como si ilustrasen. El hombre libre económicamente no es tan peligroso para un status de injusticia como el hombre intelectualmente libre. Si en algún país se obtuviera la liberación económica del hombre sin su liberación intelectual y ética, la especie entera permanecería sometida, esclavizada y quizá satisfecha, como en todo élevage. Así aconteció durante millares y centenares de millares de años, cuando la especie humana participaba de la comunidad zoológica de los bienes naturales. No hay en estas palabras ninguna clase de retórica, ni de la política ni menos de la filosófica; pues precisamente si la injusticia social existe no es solo por la diferencia de clases económicas, sino también por la diferencia de grados de cultura y de conciencia del bien y del mal en el sentido socrático. Somos injustos porque somos ignorantes y malvados, y ésta no es una cuestión económica, como Marx lo sabía perfectamente bien y sus prosélitos lo olvidan. Precisamente esto es marxismo: crear la conciencia de la esclavitud del hombre a sus fantasmas, que son sus peores amos, mucho más que a los patrones y al capitalismo. El hombre es el esclavizador de sí mismo porque no sabe lo que hace, ni le duele, y para esto lo educan. El marxismo mal entendido, llamado "marxismo vulgar" por los teóricos, no se detiene a considerar que la emancipación de las clases trabajadoras no significa apenas algo deseable si no se la emancipa de la concepción teocrática, metafísica y al par utilitaria de la vida que las mantiene sojuzgadas. Pues están sojuzgadas porque no pueden razonar sensata, rectamente, es decir, con libertad. Para aliviar esta penuria, Marx, que era humanista antes que economista, imaginó una complicada teoría del capitalismo y de todo la Economía Política. El verdadero marxismo quiere liberar al hombre de sí tanto como del amo, porque él suele ser su amo peor, el "amo de sí mismo", que lo somete y expolia. El fin del marxismo es la libertad, y para obtener la libertad humana proclama la necesidad de la libertad económica. La cultura para el pueblo no puede ir contra estos fines sagrados.

Bien: hay un "sistema capitalista del embrutecimiento" que no es menos nocivo y hasta tenebroso que el económico, y que en esa tarea también están hoy complicados los educadores y los libertadores. Así como para mantener el desnivel social de las clases económicas existe todo el complejísimo mecanismo del mando y la obediencia, los precios, los jornales y las ganancias, para que el trabajador permanezca al pie de la máquina existen complicadísimos mecanismos de periódicos, radios, literatura, arte, espectáculo y hasta ciencias aplicadas y recreativas. Educar mal al pueblo es someterlo. Ya son enjaulados los niños desde que aprenden a leer, por un sistema de enseñanza en el que se le predica la obediencia pasiva en vez que el razonamiento libre y la libre iniciativa. Se le ponen cerrojos a la jaula cuando se le enseña que adquiere un saber con que podrá dominar a los que no saben y servir a los intereses de los poderosos contra los indefensos. Es toda una cultura de la servidumbre dogmática al progreso y no a la justicia. Se esteriliza por esos mecanismos el alma del niño, del adolescente y del adulto. Para ello están montadas científicamente grandes empresas o industrias del embrutecimiento esclavizador en masa; ese sistema de servidumbre en la libertad o, como dijo Max Weber, "de esclavitud sin amos". Directa o indirectamente esas empresas están protegidas cuando no también subvencionadas por el Estado, lo que equivale a decir que el pueblo, cuando se resiste a pagar a sus amos tiene que aceptar el pago a los que sirven a sus amos. El pueblo al que se debe emancipar no es un pueblo esclavizado cuanto un pueblo embaucado. A toda esa constelación de la servidumbre de ciegos sin amo se la abastece con la llamada cultura de masas, y se la considera una rama, la más baja, del árbol de la ciencia y de la vida. Esto tiene relación, pero no es lo mismo, con otras formas bastardeadas e inferiorizadas de la cultura, como aquella que pretende ser refinada y es sencillamente presuntuosa. Es una forma apócrifa de incultura, como observa Scheler: "La cultura soberbia, el saber orgulloso es a priori incultura, y más a menudo es la presunción".

La cultura inferiorizada a que me refiero no implica necesariamente que sea popular, ni siquiera adecuada al pueblo. Originaria y corrientemente no pertenece al pueblo sino a la burguesía, y se la encuentra con más frecuencia en las clases patricias que en las plebeyas. Pues lo inferior está también contenido en la cultura de elites. No es que determinados individuos, por su posición económica, sus conocimientos, su grado de instrucción, sean miembros de una masa de creyentes o de amateurs; es que hay una clase de espíritus, una forma de ser y de vivir, que engendra su propia manera de saber y de creer, tan naturalmente como secreta cera la abeja o perfume la flor. Hay gentes humildes –muy corriente en los indígenas de México, Perú, Ecuador y Bolivia- de espíritu delicado y gentil, como hay grandes espíritus de ofensiva ordinariez, o teólogos de una sacrílega fraudulencia mental. El espíritu de fineza poco tiene que ver con el espíritu de geometría. Las obras de Julien Benda abundan en acusaciones de este género, y en Belphegor cita la opinión de Mme. Lambert, para quien era plebeyo todo lo ordinario, de lo cual agregaba, "estaba llena la Corte".

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CULTURA Y POLÍTICA

Sobre la posibilidad de reimplantar los ideales de las antiguas culturas ecuménicas, cuyo paradigma es la griega, llevándola sin desfigurar al pueblo con métodos y medios adecuados, es poco lo que conozco; puedo decir nada. En general, quienes se han ocupado de la educación del pueblo han pensado directa y exclusivamente en una clase inferiorizada de educación, "puesta a su alcance", lo que quiere decir desnaturalizada en su esencia misma por adecuación incorrecta. Es la postura de los educadores, a quienes se halla profusamente en la docencia y en el periodismo. Se trataría en cambio de trasladar de un plano a otro, sin desfigurarlo, un saber de máxima jerarquía, en cuanto ello es posible. A mi juicio –fiel a las convicciones de Charles Péguy y de Simone Weil- ello es posible si antes educamos a los educadores y los liberamos del prejuicio de considerar al pueblo como masa incapaz de entender y sentir por encima de cierto nivel muy bajo de excelencia. Se confunde pobreza con abyección, ignorancia con estolidez.

El acceso de las masas a la cultura superior habría sido mucho más eficiente cuando éstas podían organizarse bajo ideales humanos propios, cuando los pueblos tenían un vigor más lozano. Posiblemente así nacieron todas las grandes culturas, hasta que la estratificación de las clases sociales arrojó al mayor número al margen, al suburbio de la civilización. Desde entonces ¿qué sentido pudo tener para ellos una cultura que había sido elaborada con prescindencia de esa fuerza vital lozana? Hoy la "cultura para el pueblo" está condicionada como subproducto del poder político, militar y mercantil, como antes lo fuera del poder religioso. En la forma vulgar de divulgación de las ciencias, las letras y las artes ha adquirido un poder vicario, pues sirve a intereses que por lo regular emplean tácticas de persuasión o intimidación, o sectarios, que contribuyen a ofuscar el sano juicio de las gentes, a exacerbar sus prejuicios, a decidir la opinión pública en pro de esos intereses. El coeficiente de educación e instrucción es tan equívoco y discutible como el alfabetismo, cuando conduce a una culturación que generalmente equivale a un embrutecimiento por la lectura. El uso que de la prensa y la radio hicieron los gobiernos totalitarios ha revelado la magnitud de ese poder demoníaco, y en países democráticos del tipo de los iberoamericanos es común encontrar que los mismos defensores de la autonomía o libertad que es indispensable en el mundo del espíritu, proponen cierta forma delicada y aviesa de someter los fines propios de la cultura a intereses de las potencias colonizadoras que gobiernan a los gobiernos.

El acceso de las muchedumbres y de los públicos aleccionados a la cultura cualificada y al disfrute de los adelantos de la ciencia (siempre en carácter de consumidores) no se ha producido sino indirectamente en el plano de la calidad, y el arte se ha empleando como incentivo para la venta de mercancías. Los partidarios del progreso en bloque registran las ganancias globales de la empresa, pero no el déficit moral y estético con que se lo paga. La realización de los ideales democráticos ha entrañado, como consecuencia, la confusión de socialización con vulgaridad, y de cultura popular con ordinariez; fenómeno agudamente advertido por Tocqueville al describir la grandeza de la democracia norteamericana. Simone Weil ha visto con claridad este malentendido. Dice en Raíces del existir: "La búsqueda de modos de transmitir la cultura al pueblo sería aún más saludable para la cultura que para el pueblo. Sería un estímulo infinitamente precioso. Así saldría de la atmósfera confinada en que está encerrada. Dejaría de ser cosa de especialistas. Como lo es actualmente, de arriba abajo, degrada en la medida en que se dirige hacia abajo. Así como se trata a los obreros como alumnos de liceo un poco tontos, se trata a los alumnos de liceo como a estudiantes universitarios muy fatigados, y a los estudiantes como a profesores que hubieran sufrido de amnesia y necesitaran una reeducación. La cultura es un instrumento manejado por profesores que a su vez fabricarán profesores".

En última instancia la cultura debiera tener a la política por instrumento y no al revés, como acontece actualmente. Esto se creyó posible, hasta que la democracia adoptó los malos hábitos de la burguesía y dejó de confiar en las dotes naturales del hombre de la calle. Pues en sus manos la política como instrumento seguía respondiendo en sus móviles y técnicas a los intereses organizados más poderosos. En verdad, nunca había dejado de ser instrumento del poder, creado con una finalidad muy concreta y aplicado a la acción de gobierno más que a la salud moral de la sociedad. Como sistema instrumental político, Malinowsky lo define así: "A: La cultura es esencialmente un patrimonio instrumental por que el hombre es colocado en la mejor posición para solucionar los problemas concretos y específicos que encara dentro de su ambiente, en el curso de la satisfacción de esas necesidades. B: es un sistema de objetos, de actividades y actitudes en el cual cada parte existe como un medio para un fin. C: Es un conjunto integral en que los varios elementos son interdependientes. D: Tales actividades, actitudes y objetos están organizados alrededor de importantes y vitales tareas de instituciones como la familia, el clan, la comunidad local, la tribu y los equipos organizados para la cooperación económica y la actividad política, jurídica y educacional. E: Desde un punto de vista dinámico, esto es con referencia al tipo de actividades, la cultura puede ser analizada en cierto número de aspectos como la educación, el control social, la economía, los sistemas de conocimiento, creencias y moralidad, y aun modos de expresión artística y creadora".

La índole del poder político ya era, desde su organización técnica, contraria a la verdadera cultura, a la humanística, que exigía tomar en cuenta valores muy finos. En cambio la tecnológica se conformaba con los valores gruesos de mercado. El hombre no era una meta para ella sino un medio, aunque proclamara otra cosa. Una política de cultura solo es viable en una sociedad organizada para el bienestar espiritual y eudemonístico de todos los hombres y las mujeres, tomados como un fin. Este es un tema de suma importancia, tendenciosamente tratado por la casi generalidad de los estadistas y sociólogos. Necesito recurrir a un investigador imparcial, Malinowski, cuyas opiniones responden a la observación directa de hechos fundamentales que reaparecen modificados en las civilizaciones avanzadas. El mencionado etnólogo formula en este orden de ideas las siguientes observaciones que coinciden con las de otros científicos de su misma especialidad: "Todos los problemas de gobierno y el uso de la fuerza política se dan como opuestos a la organización cultural en una comunidad. Es el problema de Estado versus Nación. Un previo análisis antropológico puede proporcionar una plena comprensión de lo que significa nacionalidad como opuesta a ciudadanía, lo cual es la esencia del nacionalismo, tal como aparece a lo largo del último siglo y medio de historia. Esto pondría de manifiesto que la nacionalidad es principio mucho más antiguo y fundamental que la organización política de un sistema policial, una tribu-estado o un imperio. Mostraría también que la autonomía cultural de nuestras nacionalidades modernas acaso se enriqueciera y vitalizara con la limitación de la soberanía política, especialmente en cuanto se refiere a la autodeterminación militar del Estado". "Estoy de acuerdo completamente con los resultados del análisis del profesor Lowie, en su libro sobre el origen del Estado, en el sentido de que aquellas agrupaciones políticas están ausentes entre las culturas más primitivas, accesibles a la observación etnográfica. Allí existen, sin embargo, agrupaciones culturales". Coincidentemente con el dictamen de Malinowski es el de Spranger: "El mayor peligro para un Estado portador de cultura es la masificación de los hombres. Lo mismo como masa homogénea que como masa que sirve de instrumento a ciegos poderes del destino, la masa carece siempre de conciencia. Si se asegura por la libertad política la libertad de la persona, aún quedan dos cosas por hacer: la primera es de naturaleza política-técnica, y por ello no más importante que toda técnica en la vida. Si entendemos por constitución libre una democracia, necesita ésta los métodos buscados siempre desde Rousseau para sacar a la luz la verdadera "volonté génerale". Pero esto significa: la lucha de los programas culturales que rivalizan entre sí y que aparecen en la forma de partidos y eventualmente también de Estados, tiene que realizarse en forma pacífica. Para ello hay diferentes caminos posibles. Sobre esto han de reflexionar los políticos. La segunda es de naturaleza ética y por eso de urgente importancia. La más bella democracia no sirve de nada si los hombres no viven según su conciencia o, quizá, si no tienen conciencia alguna. Aun con una técnica muy definida de la formación del poder, no se puede remediar la enfermedad si ataca a la vida política. Hay que educar para la vida de conciencia, para una política fundada moralmente. Como se hace esto, deben pensarlo los educadores". Si los educadores no forman parte de la política en servicio de los enemigos de la cultura, para formar parte de las falanges indisciplinadas creadoras y destructoras de valores. Y en verdad no es ésa la tarea ni el propósito realista de la enseñanza oficial, que utiliza la cultura, la condiciona y administra conforme a su programa de gobierno. La enfermedad que la cultura sufre en nuestro tiempo tiene, sin ninguna duda, una de sus causas en el poderío desmesurado de los Estados. Su síntoma externo más perceptible es que impone una obediencia política al educando, como ser capacitado que ha de servir en adelante a los mismo planes que a él lo han configurado. Y estas reflexiones convalidan la opinión de que la cultura (la alta, media y baja, pues solo hay una para cada nación) se genera, transmite y perpetúa fuera de las aulas, en la escuela de la vida, contra la que están alerta todos los órganos que sirven al Estado contra el individuo, a las instituciones contra la sociedad. Intentarlo a fondo les costó la vida a Sócrates y a Giordano Bruno. Encuadrado bien concretamente en este marco el problema, debo reproducir algunos párrafos decisivos del estudio de Spranger en el citado opúsculo: "La industria exigía extraordinarios progresos de la técnica, y esta técnica produjo al mismo tiempo los medios técnicos más perfectos de destrucción. En contra de los tranquilos ideales del Herbert Spencer, la gran industria ha destruido del modo más grave el equilibrio de la cultura". "No cabe sustraerse a la impresión de que la cultura europea no ha vuelto a estar propiamente sana desde la marcha triunfal de la industria, que comenzó a más tardar a principios del siglo XIV aun en el continente. La gran industria produjo la desmedida extensión de la economía mundial, y por mucho que se nos asegure que los intereses económicos unen a los pueblos, lo único que han hecho es desencadenar guerras".

La situación que los gobiernos dictatoriales plantean a los pueblos, en cuanto se relaciona con la cultura popular, es muy complicada. Por una parte, restringen la libertad de adquirir y difundir cierto tipo de cultura que entienden desfavorable a sus designios políticos, y por otra infunden coactivamente la vigencia obligatoria de un tipo de cultura dirigida que cohonesta esos designios. Todavía no se ha legislado la implantación de un tipo de cultura de fuste correlativa a los adelantos del orbe industrializado, es cierto; pero de hecho se han ido colocando al margen de las formas de pensar consentidas por los regímenes de fuerza. El monopolio de los órganos difusores de cultura prácticamente ha consumado un sacrifico más lesivo, haciendo obligatorio el uso de valores nominales representativos de la cultura, como lo hizo con el papel moneda. La cultura quedó equiparada al dinero, además, por un sinnúmero de circunstancias, no impuestas por decreto sino resultantes del contexto de la vida social; expuesta, por consiguiente, a experimentar las fluctuaciones de la inflación monetaria, lo que equivale a decir a la pérdida intrínseca de su valor efectivo, no conservando sino el valor compulsivo de una mercadería de monopolio. Este tipo de cultura no es programado por los institutos fiscales encargados de la enseñanza, que simplemente se limitan a condicionarla y controlarla; sus contenidos sustanciales y sus formas de cultivo y propagación continúan siendo patrimonio de las naciones. Les basta el veto de las formas que no coordinan con el espíritu de la empresa de gobierno y la aplicación de sus limitados medios de protección policíaca y pecuniaria a los órganos adscritos al Estado. Esto se evidencia tomando en consideración la enseñanza universitaria o superior. Por lo demás, solo para un sector muy reducido de la población realmente culta de un país bajo tales condiciones, es sensible la desvalorización de la cultura de calidades, pues en los grandes números de población analfabeta o semialfabeta prosigue su estándar de vida sin déficit.

La alta cultura nunca fue patrimonio de los pueblos; más bien ha sido índice superior revelador de su organización como un todo autónomo, confirmando justamente una noción de distancia o alejamiento entre el hombre superior y la masa. De ahí que todavía en los pueblos prealfabetos se exprese un tonus vital más que un tonus espiritual en sus culturas. De modo que si se considera la civilización occidental como un status, la cultura puede aún descender a grados muchísimo más bajos sin detrimento para el funcionamiento regular de su maquinaria. Hasta es posible que lo que hemos entendido hasta hace poco por cultura carezca de aplicación útil en una clase de organización de la vida social, cuyo automatismo solo requiere un tipo de conocimientos prácticos de medición extraños a una axiología propiamente dicho.

Es perceptible que a la primera fase de consolidación de los gobiernos fascistas correspondió una enconada lucha contra la cultura; la quema de libros, la expulsión de los representantes del saber de afinación, el confinamiento a círculos cada vez más cerrados de los eruditos e investigadores, considerados como bizantinos y heterodoxos. Más tarde la eliminación y excomunión se produjeron por medios rutinarios, imponiéndose con beneplácito de los semialfabetos un tipo de cultura manufacturada que entraba ya a participar de las características propias de las mercancías standarizadas. Era una nivelación según comunes denominadores, para lo que habrían trabajado de consuno tanto los iconoclastas políticos y religiosos como los amaestradores de juventudes. Cooperaban en llevar los bienes del espíritu a los puestos del mercado y a las cantinas del cuartel.


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