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EZEQUIEL MARTÍNEZ
ESTRADA
El alma de la ciudad
Del libro Radiografía de la
Pampa, Ezequiel Martínez Estrada
(Losada, Buenos Aires 1983)Frente a la
política, el arte queda como una
manifestación esporádica y
subsidiaria, como un fenómeno
restrictivamente porteño dentro
del otro metropolitano. Las
inquietudes espirituales dan su
brote, su flor y su hoja amarilla
en Buenos Aires; y ha de
considerarse la cultura como un
caso particular de urbanismo. Al
talento no le queda otro camino
que aquel de los productos en
desagüe de la periferia al
centro y del centro onfálico al
exterior. Fuera de la capital
arrastra su existencia
parasitaria de lo que aquí se
produce, emigra o sucumbe. Sin
embargo, el talento no es oriundo
de la metrópoli, también como
en los buenos tiempos de Roma. En
provincias no se escribe ni se
lee; la llanura inmensa es
refractaria a la intensidad de
cualquier cultivo y los artistas
que fatídicamente nacen en ella,
tienen implicado el trágico
destino de ser una negación en
diversas formas, de la llanura;
de no aclimatarse ni acá ni
allá. Diarios, periódicos y
libros se imprimen en Buenos
Aires, con vistas al consumo
rural. Los que se editan en el
interior cabestrean su existencia
baladí de pordioseros del
gobierno comunal o provincial,
con sus eternas cuatro u ocho
páginas de avisos interpolados
de las clásicas cursilerías y
lugares comunes del periodismo y
la tipografía de campaña.
Pueden llamarse los
órganos paródicos del
periodismo, aunque como ninguna
otra forma de publicidad expresa
con ingenua pretensión, la
fusión simbiótica de la
política y la literatura, del
alfabetismo y de las artes
gráficas. Aquello mismo que los
periódicos de campaña revelan
sin saberlo, puede aplicarse a la
gran ciudad, y bastaría buscar,
como en el gaucho urbano, cuáles
son las transformaciones que ha
experimentado al crecer en
tamaño y número de ejemplares.
Cultura y política son una misma
cosa; gobernante y pedagogo,
institución artística o
científica y autores que entran
en una coordinada acción de
recíprocos derechos y deberes.
Un gobierno quiso caracterizarse
por cierto filisteísmo augusteo,
precisamente porque era oriundo
de la masa refractaria a la
cultura, e incurrió en actos
teatrales de mecenismo. Hizo
repartir, por ejemplo, entre los
campesinos una traducción de las
Geórgicas. La
transfiguración de elementos de
la cultura más auténtica en ese
renacimiento, sirvió para
corroborar un plan de urbanismo
romántico y como el autor de la Novela
Cómica, dio su Virgile
travesti. Llévese, si se
quiere el caso a las sociedades
artísticas y turfísticas que
protegen las artes y las letras,
como órganos representativos de
la ganadería y del pensamiento.
Ésa es la suerte de la
inteligencia que huye de la
llanura y es en pleno centro
recapturada por las fuerzas
eternas de la pampa.
Ningún órgano que
en la ciudad dé forma para negar
la realidad del campo niega la
realidad del campo. Más que el
gobierno paladinamente oriundo de
la masa refractaria de la
cultura, el gobierno nacido de la
negación de ese tabú político
quiso consumar la obra
devastadora de la pampa; negó al
intelectual, prescindió
ostentosamente de él y además
lo persiguió hasta donde pudo.
Privando al intelectual de sus
legítimos derechos,
acorralándolo en un brete sin
salida, completó aquel programa.
Y sin embargo, Buenos Aires, la
obra más extraordinaria de la
política argentina, atrae al
artista, lo seduce y lo corrompe.
Es verdad que en
Buenos Aires hay lo que podría
llamarse estructuras concretas de
ciencia, de arte, de profesores
liberales, pero no son autónomas
de la ciudad y obedecen a la
política que hizo a la ciudad,
dependiendo indirectamente del
erario. Todos ellos son
fenómenos municipales,
patrocinados o subvencionados en
última instancia por la comuna o
el gobierno, un poco en secreto.
Para abrirse paso en la maraña
de los intereses que monopoliza
la política, ha de ofrecer su
talento a los dos únicos
postores: el periodismo o la
administración pública. Sin
poder sacar provecho ni regocijo
de su obra, que nadie lee,
reclama el subsidio y ya está
vencido; ya no es él sino un
colaborador de las fuerzas de la
llanura que se refugiaron en la
aldea. Simulacros de escritores,
de artistas, de sabios han
ocupado mediante la entrega
condicional de su persona los
altos puestos. Enseñoreados de
los diarios, las cátedras y los
cenáculos, defienden con uñas y
dientes su empleo. Aquellos
apóstatas que claudicaron en su
fe son los apóstoles de ese
ideal urbano, los herejes
sublimados del contraideal.
Diarios, universidades y salones
se sostienen por un complejo
sistema de intereses cruzados;
unos amparan a los otros y a lo
largo de los personajes
encadenados circula una sola
sangre y un solo fluido vital: la
política. El método de la
"cadena" descubierto
por los tahures de comité es
antiguo y continental. Ese
sistema de la "cadena",
de la complicación en serie, es
el esquema de las actividades
lícitas que se basan en la
política y lo practican sin
saberlo todos los que anhelan por
encima de sus fuerzas. El artista
honesto está predestinado a
sucumbir porque está solo, y su
rebeldía o su renuncia contrasta
con el canevá de los intereses
en juego. No tiene compromisos
recíprocos; es un eslabón
suelto.
La ciudad es de una
textura homogénea aunque parezca
abigarrada y cosmopolita; tiene
el alma en bloque. Los
trabajadores solitarios son hijos
de la soledad; y veinte hombres
libres son los que levan sobre
sus espaldas el prestigio de la
Nación. Si murieran de pronto,
la Nación caería por su propio
peso en las tinieblas australes a
un nivel a ras de toda la latitud
sudamericana. La ciencia se
recluye en gabinetes y
laboratorios; la literatura se
ofrece al periódico y la revista
para morir finalmente en el
libro. El Estado que no cree sino
en el peligro, concluye
adquiriendo los libros y los
cuadros que nadie compra y los
distribuye en las bibliotecas y
los museos que nadie visita. La
vocación del artista y del sabio
es un contrasentido con la
realidad profunda, y el crítico
que pasa en silencio las obras de
enjundia y trompetea alrededor de
las mistificaciones, está
inconscientemente al servicio de
las fuerzas oscuras de la pampa.
Sobre los que se mantienen en pie
trepa la hiedra de los que han
fracasado hasta que los cubre el
pasto. Los muertos matan a los
vivos, como en el palacio de los
Atridas. Formas abortivas y
monstruosas, nacidas de cópulas
gubernamentales, engendradas con
los logos espermáticos de la
política, se multiplican por sí
mismas en pululación de
bacterias, en obras completas de
treinta títulos. El Congreso
vota fondos para que se escriban
obras o para adquirirlas. Son
fantasmas a la rústica. Las
plazas están llenas de
simulacros de bronce y de
mármol; los museos atestados de
simulacros; los programas
sinfónicos mechados de
fantasmas. Todo ese mundo de los
abortos inmortales nace de la
política y es hijo de las
cámaras, de los gabinetes y de
los comités. El público está
complicado en el sistema de la
cadena y aplaude; llena los
teatros y repite los gloriosos
nombres de los espectros. Pero
con socarrona picardía guiña un
ojo; porque miente mucho más que
se equivoca. Espera la muerte
verdadera y olvida. Dramaturgos,
poetas, músicos y pintores:
todos amortajados en la misma
tumba continental del olvido, han
muerto. Los muertos de ayer
parecen antiguos y distantes. Es
la política, que empuja con
todas sus fuerzas hacia delante,
que teje de día sus telas y las
desteje de noche. Mientras vive
el defensor de sus intereses,
mientras pueda hacer daño o
bien, es respetado, como el
político en auge; cae y se le
olvida. En esa nefanda obra de
cremación y aventamiento de las
cenizas están complicados el
gobierno y el pueblo, que
prefieren al impostor vivo y no
al talento muerto. Los monederos
falsos de la cultura se nutren de
cadáveres; aquel olvido es este
renombre.
La falta de estados
verdaderos de cultura se suplanta
con estados ficticios de cultura;
empresas poderosas de publicidad
y de noticias sostienen la
política de la literatura
estándar. Si el periodista tiene
las ideas de la administración,
ésta tiene las ideas de los
anunciadores de página entera,
que casi siempre coincide con el
mismo universal sistema de la
cadena, con lo que se lleva y se
consume con mayor cantidad.
Centenares de cerebros trabajan
diariamente en la misma tarea,
modelando y puliendo con arreglo
a un canon periodístico del
mayor consumo. La personalidad
del autor, incluso cuando le
permiten que firme, se disuelve
en una liga de plomo fundente, y
toda la redacción es una masa
gris de ideas y de renglones de
linotipo. No tener qué comer es
peor.
La suerte del
escritor es todavía más triste
que la del periodista; tiene que
transigir con el lector de
diarios, o tener fortuna. Los
mejores son pobres y viven de
otras cosas. Persisten en su
trabajo porque Dios lo quiere
así. Los intelectuales libres de
la política de las empresas de
prensa son destruidos de cuajo.
Quien tiene dinero tiene fama;
sus libros circulan al amparo de
una firma bancaria de reconocida
solvencia, y entonces puede
cometer las mayores indignidades
sin que se afecte su prestigio.
La reputación es una incansable
paciencia. El mismo lector que se
pasma del éxito de su novelista
predilecto, gusta pecaminosamente
de las ediciones clandestinas,
como si realmente estuvieran
prohibidas.
No menos tiránico
que la prensa, el comité
político-literario y la
administración pública acogen
con reservas al hombre de acción
fracasado y al idealista a
ultranza. El autor costea la
impresión de su obra con el
sueldo que le paga el Estado y el
Estado le compra el libro,
devolviéndole su dinero.
Devuelve el costo y recupera las
ideas, retirándolas de
circulación. Una vez hecha la
fama se respeta hasta que la
muerte barre con todo. La cadena
queda soldada entre autores,
impresores y consumidores.
Lograda una buena
posición, ahí termina toda
inquietud, se echa vientre y se
espera la jubilación o las
palmas académicas. Y entonces
con la muerte llega la
inmortalidad mientras se vive.
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