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Life and Work in
Universal City
12:05 Noon (1919)
GEORG GROSZ Y JOHN HEARTFIELD
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Metrópolis
El
corazón de la ciudad
EZEQUIEL MARTÍNEZ
ESTRADADel libro
Microscopía de Buenos Aires / La cabeza
de Goliat, EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
La maquinaria de la ciudad
es el reloj, porque el automóvil
representa la vida colectiva de la calle
y el reloj la vida mecanizada del
individuo. En el bolsillo o en la muñeca
de cada habitante existe un reloj que
regula los actos mayúsculos y
minúsculos de su historia. La vida del
ciudadano está milimetrada y a cada
milímetro cuadrado corresponde un
segundo redondo. El sentido vital del
hombre está en las minucias; a tal hora
y minutos, tal cosa. La vida del
ciudadano es una especie de dolencia en
que hay que tomar las cosas a hora
exacta. Aunque el día entero se haya
perdido, el año no deje saldo a favor y
la vida entera sea una catalepsia,
segundo a segundo ha cumplido con su
misión en la urbe, también
cuadriculada. El reloj redondo es
análogo a la ciudad cuadriculada en su
regularidad y monotonía. Termina un
ciclo de segundos y empieza otro; giran
las agujas un círculo completo y
comienzan de nuevo, cada día como los
demás, sin dejar rastros. Porque tampoco
el reloj marca el tiempo, sino los
fragmentos del tiempo, cuyo sentido es
efímero y no deja rastro alguno.
Toda ciudad debe ostentar en
sus grandes edificios públicos algunos
relojes, con lo que da la sensación de
que todo está en forma y marcha bien.
Desde el comienzo del uso de los relojes
murales, en las iglesias el reloj
señalaba cosa bien distinta del tiempo
terreno de la vida de la ciudad;
señalaba el memento homo, lo
pasajero y fugaz, el tiempo perdido, el
tiempo que es un sueño. Todavía
señalan la inutilidad del tiempo más
bien que la hora. Con pocas excepciones,
esos relojes andan mal. El del Cabildo
era célebre en sus tiempos, y sigue
siéndolo todavía en su torre de San
Ignacio, porque indicaba un tiempo fuera
del tiempo.
Rosas dispuso en enero de
1849 que ese reloj fuera considerado, lo
que no quería decir, ni mucho menos, que
marchara bien. Desde 1764, cuando se
trataba de pagarlo (con dinero destinado
a otra cosa, por supuesto: a pagar la
torre) se pensó que habría de
colocárselo donde .
El cuidado de ese reloj
capitular dio motivo a enojosos
conflictos, pues casi nunca se le pagaban
con puntualidad los sueldos al relojero
encargado de cuidarlo, y de ahí que
tampoco el mecanismo anduviera con
puntualidad. Hoy sigue siendo el
escándalo cronológico de la ciudad,
pues en su vieja torre de marfil sueña
un tiempo que se fue y así se pasa
extático las horas y los días. El
sucesor, que descuella en la nueva torre
del Concejo, se comporta con más
solicitud que el padre; pero todos los
demás vástagos de ése, diseminados por
la ciudad, en columnas y minaretes,
salieron al abuelo.
Hace poco leí una lucha
patética entre la Municipalidad y un
reloj, el Reloj de Calandro, instalado en
Rivadavia cerca de Medrano. Ese reloj
familiar desde tres cuartos de siglo a
los vecinos del barrio de Almagro, parece
que cumplía su deber con diligencia; en
cambio, frente a él, otro de la
Municipalidad persistía en su paso ad
libitum, lo cual llevaba en la sangre
por decirlo así. Se entabló una lucha a
muerte entre los dos relojes, el
cronométrico y paradójico. Al fin
intervino la Municipalidad en persona
para concluir con la divergencia. Agobió
de impuestos al honrado Reloj de Calandro
y obligó al dueño a retirarlo del
servicio público.
Si se piensa bien, acaso la
Municipalidad y la Iglesia tienen razón
acerca de la relatividad einsteniana del
tiempo y de la misión ornamental del
reloj. ¿Tiene razón de ser, un reloj
público? ¿Hay un tiempo general para
todos? No dan esos relojes la hora exacta
para lo que tenemos que hacer a cada
momento, porque en cada momento cada cual
está haciendo cosa muy distinta y
personal, aunque ejecute la misma tarea:
se muere para sí mismo. Marcan lo que
tenemos que hacer para la inmortalidad o
para los otros, y no lo que estamos
haciendo efectivamente. Los de bolsillo y
de muñeca nos condicionan nuestro
tiempo, como si palpitara en ellos
nuestro corazón, y con sus escapes nos
pespuntan el lienzo que nos estamos
cosiendo para descansar.
Si esos relojes públicos
estuvieran detenidos, como los del
Paraíso, tendrían el mismo sentido para
la ciudad, aunque los ciudadanos llegaran
tarde a las citas y deberes. De todos
modos tampoco ahora son puntuales, y ésa
es una virtud porteña imputable al
Cabildo. Se detiene el reloj del Palacio
del Consejo y es como si del tiempo
general y abstracto cayéramos de golpe
en el nuestro propio; de inmediato
consultamos el reloj del tiempo personal
y a nadie se le ocurre que ha de
rectificarlo según el otro que no anda.
Pero si en vez de detenerse anduviera
unos minutos adelantado o retrasado sí
lo haríamos, porque cuando en los
mecanismos oficiales las cosas no andan
del todo bien, suponemos que estamos
equivocados; y cuando andan de verdad muy
mal nos callamos y con nuestro reloj
sabemos a qué atenernos. ¿O vamos a
ponernos a rectificar todos los relojes
públicos?
En este orden de cosas, los
relojes estáticos de los niños pobres,
que antes gustaban todos los niños de
tener, son ideales para cualquier hombre
que, como ellos, tengan todavía sentido
de la realidad. Pues el reloj que anda
nos arrebata de la realidad y la verdad,
y por eso los habitantes de la ciudad han
perdido el sentido de la realidad aunque
hayan adquirido el sentido microscópico
del tiempo. Han cuadriculado su vida y
ahora tienen que medirla con el reloj de
segunderos porque en verdad carece de
todo sentido eterno y está desmenuzada
en partículas sin cohesión, como un
puñado de arena.
El reloj simbólico de la
urbe es el despertador. La Torre de los
Ingleses nos enseñó por primera vez que
no hay que despertar sobresaltados.
Embelleció las horas, haciéndolas
cantar una melodía melancólica y
sedante, única suplantación digna del
saludo del viejo cuclillo de los relojes
de la infancia. El reloj de la Torre de
los Ingleses es algo así como Dickens
para quienes no saben qué es eso. Canta
una nenia que sirve para despertar y para
dormir. La obligación que él señala es
menos dura que la que silenciosamente
indica la aguja móvil-inmóvil del reloj
de vivir.
El reloj de Mr. Humphrey.
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