Revista de pensamiento y cultura
/ ¿Existe la libertad? / Año IV N° 7 / Primavera - Verano 2004/05

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Life and Work in Universal City
12:05 Noon (1919)
GEORG GROSZ Y JOHN HEARTFIELD

   
Metrópolis
El corazón de la ciudad
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Del libro Microscopía de Buenos Aires / La cabeza de Goliat, EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

La maquinaria de la ciudad es el reloj, porque el automóvil representa la vida colectiva de la calle y el reloj la vida mecanizada del individuo. En el bolsillo o en la muñeca de cada habitante existe un reloj que regula los actos mayúsculos y minúsculos de su historia. La vida del ciudadano está milimetrada y a cada milímetro cuadrado corresponde un segundo redondo. El sentido vital del hombre está en las minucias; a tal hora y minutos, tal cosa. La vida del ciudadano es una especie de dolencia en que hay que tomar las cosas a hora exacta. Aunque el día entero se haya perdido, el año no deje saldo a favor y la vida entera sea una catalepsia, segundo a segundo ha cumplido con su misión en la urbe, también cuadriculada. El reloj redondo es análogo a la ciudad cuadriculada en su regularidad y monotonía. Termina un ciclo de segundos y empieza otro; giran las agujas un círculo completo y comienzan de nuevo, cada día como los demás, sin dejar rastros. Porque tampoco el reloj marca el tiempo, sino los fragmentos del tiempo, cuyo sentido es efímero y no deja rastro alguno.

Toda ciudad debe ostentar en sus grandes edificios públicos algunos relojes, con lo que da la sensación de que todo está en forma y marcha bien. Desde el comienzo del uso de los relojes murales, en las iglesias el reloj señalaba cosa bien distinta del tiempo terreno de la vida de la ciudad; señalaba el memento homo, lo pasajero y fugaz, el tiempo perdido, el tiempo que es un sueño. Todavía señalan la inutilidad del tiempo más bien que la hora. Con pocas excepciones, esos relojes andan mal. El del Cabildo era célebre en sus tiempos, y sigue siéndolo todavía en su torre de San Ignacio, porque indicaba un tiempo fuera del tiempo.

Rosas dispuso en enero de 1849 que ese reloj fuera considerado, lo que no quería decir, ni mucho menos, que marchara bien. Desde 1764, cuando se trataba de pagarlo (con dinero destinado a otra cosa, por supuesto: a pagar la torre) se pensó que habría de colocárselo donde .

El cuidado de ese reloj capitular dio motivo a enojosos conflictos, pues casi nunca se le pagaban con puntualidad los sueldos al relojero encargado de cuidarlo, y de ahí que tampoco el mecanismo anduviera con puntualidad. Hoy sigue siendo el escándalo cronológico de la ciudad, pues en su vieja torre de marfil sueña un tiempo que se fue y así se pasa extático las horas y los días. El sucesor, que descuella en la nueva torre del Concejo, se comporta con más solicitud que el padre; pero todos los demás vástagos de ése, diseminados por la ciudad, en columnas y minaretes, salieron al abuelo.

Hace poco leí una lucha patética entre la Municipalidad y un reloj, el Reloj de Calandro, instalado en Rivadavia cerca de Medrano. Ese reloj familiar desde tres cuartos de siglo a los vecinos del barrio de Almagro, parece que cumplía su deber con diligencia; en cambio, frente a él, otro de la Municipalidad persistía en su paso ad libitum, lo cual llevaba en la sangre por decirlo así. Se entabló una lucha a muerte entre los dos relojes, el cronométrico y paradójico. Al fin intervino la Municipalidad en persona para concluir con la divergencia. Agobió de impuestos al honrado Reloj de Calandro y obligó al dueño a retirarlo del servicio público.

Si se piensa bien, acaso la Municipalidad y la Iglesia tienen razón acerca de la relatividad einsteniana del tiempo y de la misión ornamental del reloj. ¿Tiene razón de ser, un reloj público? ¿Hay un tiempo general para todos? No dan esos relojes la hora exacta para lo que tenemos que hacer a cada momento, porque en cada momento cada cual está haciendo cosa muy distinta y personal, aunque ejecute la misma tarea: se muere para sí mismo. Marcan lo que tenemos que hacer para la inmortalidad o para los otros, y no lo que estamos haciendo efectivamente. Los de bolsillo y de muñeca nos condicionan nuestro tiempo, como si palpitara en ellos nuestro corazón, y con sus escapes nos pespuntan el lienzo que nos estamos cosiendo para descansar.

Si esos relojes públicos estuvieran detenidos, como los del Paraíso, tendrían el mismo sentido para la ciudad, aunque los ciudadanos llegaran tarde a las citas y deberes. De todos modos tampoco ahora son puntuales, y ésa es una virtud porteña imputable al Cabildo. Se detiene el reloj del Palacio del Consejo y es como si del tiempo general y abstracto cayéramos de golpe en el nuestro propio; de inmediato consultamos el reloj del tiempo personal y a nadie se le ocurre que ha de rectificarlo según el otro que no anda. Pero si en vez de detenerse anduviera unos minutos adelantado o retrasado sí lo haríamos, porque cuando en los mecanismos oficiales las cosas no andan del todo bien, suponemos que estamos equivocados; y cuando andan de verdad muy mal nos callamos y con nuestro reloj sabemos a qué atenernos. ¿O vamos a ponernos a rectificar todos los relojes públicos?

En este orden de cosas, los relojes estáticos de los niños pobres, que antes gustaban todos los niños de tener, son ideales para cualquier hombre que, como ellos, tengan todavía sentido de la realidad. Pues el reloj que anda nos arrebata de la realidad y la verdad, y por eso los habitantes de la ciudad han perdido el sentido de la realidad aunque hayan adquirido el sentido microscópico del tiempo. Han cuadriculado su vida y ahora tienen que medirla con el reloj de segunderos porque en verdad carece de todo sentido eterno y está desmenuzada en partículas sin cohesión, como un puñado de arena.

El reloj simbólico de la urbe es el despertador. La Torre de los Ingleses nos enseñó por primera vez que no hay que despertar sobresaltados. Embelleció las horas, haciéndolas cantar una melodía melancólica y sedante, única suplantación digna del saludo del viejo cuclillo de los relojes de la infancia. El reloj de la Torre de los Ingleses es algo así como Dickens para quienes no saben qué es eso. Canta una nenia que sirve para despertar y para dormir. La obligación que él señala es menos dura que la que silenciosamente indica la aguja móvil-inmóvil del reloj de vivir.

El reloj de Mr. Humphrey.

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