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Literatura y Ciudad
EZEQUIEL
MARTÍNEZ ESTRADA
Casas
colectivasEl presente
texto fue publicado en el libro
Microscopía de Buenos Aires,
Ezequiel Martínez Estrada
(Emece, Buenos Aires 1946)
En diversas zonas de
la ciudad se han construido
barrios de casas económicas para
empleados y obreros. El Gobierno
y la industria privada cooperaron
en la obra de dar al trabajador
un hogar cómodo, higiénico y
módico. En Parque Chacabuco,
Nazca, Liniers, en los Barrios
Cafferata, Rawson, Alvear, en
tantos otros sitios y con tantos
otros nombres, se han edificado
bloques celulares de casas de
agradable apariencia y suficiente
comodidad.
Esas casas se
obtienen por sorteo, una vez
inscriptos los interesados y
llenadas las condiciones
reglamentarias. Regularmente el
sorteo consiste en la elección
de los candidatos recomendados a
cualquiera de las personas
encargadas de la adjudicación, o
a cualquiera de las personas que
tienen amistad con ellas, o
también por influencias
políticas, eclesiásticas o de
otra naturaleza sobrenatural.
Hecha la
insaculación, se dejan en el
saco a los que no tienen en su
favor nada más que la suerte,
que suele ser mala cuando anda
sola. Así se evita la
infiltración de elementos
indeseables, de credos, razas,
sectas, costumbres, salud,
fecundidad, altanería,
afiliación comicial, etc. no
gratas, es decir: distintas de
las que tienen los honorables
miembros de la comisión y que
deben servir de pliego de
condiciones morales para obtener
la casa o no en el sorteo. Pues
se comprenderá que el Gobierno
procura mejorar el nivel de vida
del obrero y el empleado y no el
formar ghettos o campos de
concentración, o racimos de
delincuencia, ni otras cosas por
el estilo, como ocurriría si el
sorteo quedara librado a la buena
de Dios.
Este sistema no es
una anomalía ni una regla, que
podríamos llamar de oro, no
sólo de la construcción, sino
del modo de hacer nosotros las
cosas. Por lo cual no es asunto
de ponerse a reflexionar sobre
cuestiones esenciales de nuestra
vida institucional, del modo como
administran los dirigentes, del
patriotismo, de la buena fe, ni
de ponernos a gritar o a tirarnos
de los pelos.
Es muy agradable
transitar por las callejuelas de
esos barrios, donde millares de
familias conviven bajo un destino
y ordenanzas idénticos. Parecen
estrellas de una constelación,
ligadas entre sí por leyes que
escapan a toda comprensión
humana. Los seres que habitan
esas casitas ideales, con su
jardincito al frente, pertenecen
todos a una clase social, a un
sueldo mínimo y a muy semejantes
moiras. Tienen también cierto
parentesco espiritual, cierta
común papeleta de buena conducta
con el visado oficial de que
reúnen un conjunto de cualidades
típicas, que forma el plexo
inferior al astrológico que los
mantiene en contigüidad. Así
como las casas son semejantes,
cuando no idénticas, las
familias se parecen también
entre sí por rasgos esenciales y
hasta fisonómicos. A
determinadas horas salen los
esposos a sus ocupaciones;
después las esposas a sus
menesteres; luego los chicos a
sus colegios. Difícilmente se
saludan los vecinos porque hay
siempre, en el fuero interno de
cada cual, la conciencia de
alguna superioridad de cualquier
orden que sea: intelectual,
ético, económico, aunque la
diferencia sea nula en
proporción a las similitudes.
Cuando se saludan y
se visitan, regularmente la
amistad se corta por fútiles
pretextos o languidece hasta la
congelación; y cada uno vuelve a
encerrarse en su aislamiento
espiritual y a seguir de largo
como entre desconocidos. No son
familias colectivas, sino casas
colectivas; la convivencia crea
la contigüidad, no la amistad.
Son demasiado semejantes las
casas y ellos, son demasiado
fuertes los rasgos de las moiras
que los tienen enhebrados con
invisibles hilos de acero como
para permitir la perduración de
sentimientos cohesivos. A nadie
le gusta, seguramente, que sepan
que no es más ni menos que el
otro, y ha de nacer entre ellos
más bien esa molestia que
experimentan los empleados de una
oficina que se han comprado en
liquidación sobretodos o trajes
iguales.
Al cabo del tiempo,
la necesidad de tener que seguir
viviendo en la misma casa, en la
misma calle con el mismo número
del mismo barrio, termina por
llagar las zonas de contacto y
fricción con las otras personas
y el ideal de la casa propia se
convierte en un cepo. Se
comprende entonces que vivir en
esas casitas con jardincito al
frente y una cantidad de
habitaciones y comodidades
calcadas en los detalles
minúsculos, es vivir en una
celda y que el carcelero es en
realidad ese destino que los
tiene sometidos a un horario que
cumplir, a un escaso sueldo que
cobrar, a más o menos las mismas
cosas que comer y a un programa
de distracciones y enfermedades
estándar también.
Desde tras las
persianas se sabe que en las
casas de enfrente y en las de al
lado, en las otras que siguen y
rodean la manzana, en las
restantes de todo el barrio, se
hacen casi las mismas cosas a la
misma hora. De modo que aun los
actos más íntimos parecen
reproducidos en tiradas de medio
millar, al mismo instante. La
vida ha perdido toda
espontaneidad; el hogar tiene un
signo fatídico de taller y de
oficina; el ser humano se
convierte en un espejo que mima
exactamente los movimientos del
otro. Se puede afirmar que esos
barrios de casas baratas reducen
al mínimo la voluntad del
individuo, y que al asegurarle el
confort, higiene y tranquilidad
de orden material, lo priva de
otros alicientes que tiene la
vida por mucho que veinte años
de oficina hayan raído la psique
y la hayan puesto lustrosa y lisa
como las mangas y los fondillos.
La neurastenia reviste en esos
mundos enquistados caracteres
epidérmicos y da al cutis y las
facciones palideces hepáticas y
tensiones de sobrevivientes de
diarias derrotas. Es muy caro lo
que se paga por sentir en la
carne la forma dura y fría del
destino, de la igualdad y de la
comunidad.
Cada palabra parece
que ha de ser oída a través del
tabique a todo lo largo de la
cuadra, y dar la vuelta y
perderse en las últimas casas
del barrio. Se supone que en ese
preciso momento otras personas
estarán diciendo la misma
palabra en cuatrocientas
habitaciones amuebladas más o
menos lo mismo a cuatrocientas
personas vestidas más o menos
igual. El amor, la esperanza, la
iracundia, la depresión se
reflejan centenares de veces como
en un diabólico juego de
espejos. Se oye a veces la voz
indignada de la esposa que
reprende a los hijos allá, en el
fondo del barrio. La misma
reconvención por la misma falta,
en el mismo tono. O las canciones
que también se cruzan en el
aire, sin saludarse. O el sueño,
posiblemente soñado por otros,
que cae colectivo sobre cinco mil
párpados a las 10 en punto.
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