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Comunicación / Conocimiento y cultura


 
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HOY COMO AYER
Paideia, cultura y domesticación

Preludio sobre la posibilidad de una cultura popular (1956)
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Del libro Cuadrante del Pampero (Ed. Deucalion / Buenos Aires, 1956)

Hay una acepción teórica de la cultura que se aplica al saber personal y cuyo grado de excelencia varía conforme a la capacidad de cada individuo. Scheler y Simmel definen la cultura como un bien adquirido y que pertenece en propiedad exclusiva al adquirente. Es una forma de ser y los valores cualitativos están dados por la inteligencia y la moral, dentro de un terreno de sabiduría y norma ética al que no tienen acceso las multitudes. La definición de Scheler, como la de Simmel, es que ese bien de cultura que cada cual posee, debe acusar un matiz absolutamente propio, estar de acuerdo consigo, llevar su efigie. Y que es intransferible, aunque comunicable. Simmel da un ejemplo muy bien encontrado: dice que la cultura espiritual es análoga al cultivo de la botánica. Si un hortelano trasplanta una especie silvestre, la cuida, la injerta y obtiene excelentes frutos del árbol, ha realizado una clase de cultivo que puede compararse al del espíritu. Pero si con ese árbol, crecido ya, se construye un mástil, este mástil ya no pertenece al mismo tipo que el árbol; ha pasado a ser un objeto de utilidad o de belleza, una cosa puesta en el mundo de las cosas. Parecería, pues, que Simmel priva a los objetos de la cultura de toda aplicación a fines extraños a sí misma, y que el fruto de la cultura debe formar parte de ella, tal como el árbol lo da.

Este es, en fin, el concepto clásico de cultura, desde los creadores, los griegos, y a través del Renacimiento y del Humanismo hasta nosotros. Pero hemos de hacer algún distingo. Aun en Grecia, donde la cultura personal sobresalió como en ninguna otra parte ni tiempo, considerábase el saber como un bien social, perteneciente a la nación. Si se destacan figuras gigantescas como las de Solón, Pericles, Heráclito, Pitágoras, Heródoto, Fidias, Sócrates, Platón, Artistóteles, Demóstenes, es porque descuellan de un orbe ecuménico de cultura; son las cúspides de una alta cordillera. No se concibe al sabio, al poeta, al filósofo como una creación autónoma, y la finalidad de la vida intelectual de Grecia parece haber sido, como lo demuestra Werner Jaeger, la educación general, la "Paideia".

Para el griego, la educación era una técnica, lo que quiere decir que el saber se adquiría y transmitía conforme a reglas especiales, y que el pensar, el razonar, el discurrir tenían sus normas como todo lo que el griego concibió. Pero había, asímismo, otra forma popular, mediante la cual el saber más fino y abstruso trascendía al pueblo. Y esto tanto en los gobiernos democráticos como el de Atenas, cuanto en los dictatoriales o aristocráticos, como el de Esparta. El vehículo de difusión de la cultura era el teatro, muchísimo más que el libro. Y aun el libro, como las "Historias" de Heródoto, se leía en público, en los estadios de los juegos atléticos, donde adquirían publicidad, popularidad e inmortalidad. Así la "Ilíada" y la "Odisea" se recitaban en las fiestas panateneas y las tragedias y las comedias se representaban en idénticas ocasiones con asistencia de gentes de las colonias, porque era un rito obligatorio, el de Dionisos. La tragedia exponía y comentaba los eternos problemas de las fuerzas superiores a la voluntad y previsión del hombre, su destino, su lucha por la virtud, el heroísmo, la verdad, la belleza y la justicia. Ante el populacho se debatían las cuestiones más trascendentales, la teología y la metafísica de suprema elevación. Ese teatro poético y filosófico a un tiempo tenía en la comedia el reverso, en que se comentaban y criticaban los sucesos políticos de la actualidad. El espectador, que era el pueblo, todos los ciudadanos libres, veía en forma de grandiosas caricaturas la acción de los hombres notables expuesta al sarcasmo, en que una filosofía, siempre muy sutil, perfilaba el sentido de esas acciones que formaban parte de la historia viva, como ni aproximadamente se permite hoy en ningún país democrático. Es asombroso el grado de perspicacia y delicadeza mental de ese pueblo analfabeto, que era capaz de captar los matices más fugaces del pensamiento y la emoción. Sin duda tiene razón Simone Weil cuando afirma que el pueblo es capaz de gustar las obras más perfectas de la mente, si se sabe exponérselas, no en forma inferiorizada, sino adecuada. Que Aristófanes fuera comprendido es más increíble que el que lo hayan sido Esquilo, Sófocles, Eurípides o Euclides. Ahora es la prensa, además del cine, la radio y el libro, la que tiene a su cargo esta forma de educación y de crítica. En aquellos tiempos no se conocía otra que la lectura, el recitado o la exhibición pública, y sabemos que sólo subsistió durante los gobiernos democráticos, muriendo justamente con la libertad. Todos estos elementos, más los específicos, configuraban la "Paideia", educación total de todos por todos, para todos.

Los nuevos procedimientos descubiertos y puestos en práctica por los gobiernos dictatoriales y democráticos indistintamente, consisten en la domesticación más que en la educación del pueblo. Goebbels es el Pestalozzi de la Nueva Era. Una cultura popular sin grandes órdenes de publicidad –copados por los domesticadores- no es tal cultura. En el siglo XIX fue el periódico el libro correspondiente a la elevación del nivel intelectual y moral del Tercer Estado, que nació como hermano gemelo de la prensa libre; libertaria, que es más expresivo. Insensiblemente hasta los líderes de la libertad de pensamiento pusieron su inteligencia al servicio de las grandes empresas de amaestramiento del ser humano libre.


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