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La
arquitectura en la época de la
globalización
Arquitectura
como mercancía
NICOLÁS
FRATARELLI, Arquitecto"La
arquitectura finge producir el
mundo que la consume".
Luis Fernández-Galiano
Vivimos bajo el
signo de una arquitectura
resignada. Una arquitectura que
alcanza alturas mensurables
jamás imaginadas y valores que
reptan por el lustroso piso del
conformismo. Ante la
imposibilidad de cambiar el mundo
(promesa incumplida del
movimiento moderno), la arquitectura
actual desdeña cualquier
atisbo de alteración al orden
establecido, y sólo se ciñe a
representar el mundo como
metáfora de lo dado. En el mejor
de los casos se contenta con
ironizar la realidad (presentada
como objetiva) buscando formas
inéditas, pero aceptando
siempre, sumisamente, las remesas
que dictan quienes comandan este
mundo estrafalario.
La nueva
racionalidad global determina que
se acabaron las utopías. Muestra
al mercado como antorcha que
señala el camino de los hombres.
Los intentos utópicos de los
años 60 y 70, eclipsados en los
80, quedaron muertos y sepultados
(under six feet) en la última
década. Los relatos reformistas
se alejaron de esta arquitectura
tanto como Michel Camdesus de su
pasado socialista.
La arquitectura
actual, sin cuestionamientos, se
pone a disposición de los
planteos extraarquitectónicos.
La tan proclamada autonomía de
la arquitectura, se desvanece en
el aire ante la primera baja de
la cotización de la bolsa de
valores.
La autonomía de la
disciplina sólo se manifiesta en
la libertad para usar las formas,
los estilemas, la semántica,
pero no para revisar contenidos.
La arquitectura actual se siente
muy cómoda musicalizando las
letras de las políticas
neoliberales, armando conciertos
que pueden sonar en algunos casos
bailanteramente posmodernos y en
otros desconstructivamente
dodecafónicos. Bajo este
concepto, la forma actúa como
contenido y la estética del
edificio es un medio de
comunicación que promueve al
mensajero como mensaje.
Así es como esta
arquitectura se viste con el
traje del conservador al que le
gusta bromear. Y bromea, con la
seguridad de quien se siente
respaldado en su transgresión. Y
desvaría con juegos
morfológicos, proponiendo
texturas, manejando fachadas,
moviendo pieles, exteriorizando
libertad; libertad formal,
libertad individual, libertad con
firma de autor, libertad sujeta a
la libertad de mercado.
Esta arquitectura no
se hace cargo de valores éticos
y morales, actúa sin culpa.
Frente a la pregunta: ¿quién es
el destinatario de la obra
arquitectónica? La respuesta es
una y contundente: el
destinatario es quien la paga. La
actual arquitectura está al
servicio del cliente, del mejor
postor, no de la sociedad; es una
arquitectura que ya no tiene
actores sociales como parte de
sus componentes, sino meros
consumidores.
Adolf Loos, quien
despotricó rabiosamente contra
la ornamentación a principios
del siglo XX, situó esta
herramienta de diseño en la
órbita del delito y llamó
engaño al lenguaje superpuesto
sobre el cuerpo de la obra
arquitectónica. Hoy vemos que en
realidad no se trataba de
mentiras sino de un discurso
ideológico con fines
predeterminados, y que un siglo
después de esta crítica, mucho
cambiaron las formas, el modo de
proyectar y los materiales, pero
poco el objetivo buscado: que la
obra de arquitectura sea
funcional al mensaje preciso que
se desee trasmitir.
Bajo esta armadura
ideológica, la arquitectura
sólo aspira a presentarse como
obra de arte y no encuentra
contradicciones entre ser objeto
artístico de consumo (masivo) y
satisfacer al cliente, pues el
primer punto responde al programa
de necesidades que debe cumplir.
La arquitectura
acatará las decisiones del
comitente-cliente (que puede o no
ser su usuario, eso está en un
segundo plano), se someterá a
sus inquietudes y se propondrá
complacer las erogaciones de los
inversores. La obra de
arte-arquitectura tomará la
forma según el cliente y el
presupuesto que se le asigne. No
importa de dónde y cómo vienen
los fondos del cliente y a qué
intereses responde, si explota
niños en el tercer mundo o lava
dinero en el primero. La
arquitectura nada tiene que decir
al respecto.
Bajo los
lineamientos de un riguroso
brief, la arquitectura, sin
apremios éticos, se remitirá a
desplegar su constelación de
formas y sabores, y ante la
atenta mirada de los CEOs y los
managements en marketing,
generará su discurso y sus
justificaciones, hablará de
transgresiones, explicará sus
caprichos formales, mostrará las
renovaciones y rupturas con los
modelos tradicionales, y
defenderá la autonomía de la
arquitectura como obra de arte.
Pero en realidad, en el subtexto
de sus argumentos, la
arquitectura muestra la hilacha
de su derrota, pues, como en un
auto de conducción dual, en un
volante se encuentra el diseño
del arquitecto y en el otro las
operaciones de marketing. La
libertad formal es completa pero
el contenido viene dado.
Así ,esta
arquitectura actúa como
mercancía y acompaña a este proceso
del capitalismo mundial,
rindiéndose a las frivolidades
de los sistemas financieros que
lo dominan, al "despilfarro
de recursos, al prestigio de los
asuntos banales. al goce
hedonista, indiferente a las
miserias propias o
circundantes" (Francisco
Liernur). Divierte y distrae
mientras el mundo se cae a
pedazos.
Hoy podemos ver
cómo, para muchas corporaciones
multinacionales, transitar por
"un Pelli", "un
Eisenman" o "un
Ghery" es tan prestigioso
como alojar dentro del mismo
edificio por ellos diseñados
"un Picasso" o "un
Van Gogh". El arte se
banaliza y la arquitectura actúa
como frívola imagen impresa en
los folletos institucionales.
Pese a que Kant sostenía que la
belleza es finalidad sin fin, la
belleza (en la arquitectura)
sigue estando "entretejida"
en el sistema de finalidades
sociales. (Albert Wellmer)
El usuario, hoy
consumidor, (cliente del cliente
de la arquitectura) es un
elemento un tanto molesto al que
paradójicamente hay que atraer.
La arquitectura actúa como un
llamador, como un generador de
divisas, que debe amortizar su
costo funcionando como medio
publicitario, y con la
aceptación de todas estas reglas
de juego, el arquitecto-artista
se diluye en la imagen del
arquitecto empresario. En la
actualidad, si bajo el catecismo
del marketing el mercado se
convirtió en religión, este
mismo mercado actúa como el opio
de los arquitectos.
Posmodernismo,
desconstructivismo,
supermodernismo, son todos
cambios que legitiman lo
instaurado, revoluciones formales
preocupadas por conservar la
esencia de lo vacuo, donde
"la racionalización es
sólo un refugio en relación con
la total irracionalidad de
nuestro cosmos social"
(Ferenc Fehér); con pieles que
se mueven al costado de la
historia, volúmenes que se
intersectan ignorando sudores
humanos, competencias deportivas
con las alturas de los
rascacielos, representaciones
insípidas que no resuelven
congojas, gestos populistas que
prometen felicidad y esconden lo
abyecto bajo la alfombra.
Francisco
Liernur. La Construcción
De Arquitectura en La
Argentina Del Siglo XX. Fondo
Nacional de las Artes. 2001
Albert Wellmer,
Sobre la Dialéctica de
Modernidad y Posmodernidad.
La crítica de la razón después
de Adorno. Visor.
Ferenc Fehér,
¿Qué hay mas allá del arte?
(sobre las teorías de la
posmodernidad) en Dialéctica
de las Formas. El pensamiento
estético de la escuela de
Budapest.
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