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Literatura y Ciudad
El café de Cassoulet
JOSÉ S.
ÁLVAREZ (FRAY MOCHO)Del libro
Cuentos con policías / Memorias
de un vigilante, José S.
Álvarez (Losada, Buenos Aires,
1994)
Este era el paradero
nocturno de todos los vagos de la
ciudad y famoso entre la gente
maleante, no solamente por la
comodidad que, a poco costo se
obtenía en él, cuanto por la
relativa seguridad que se
disfrutaba: en caso de producirse
visita de la autoridad, los
propietarios tenían dispuestas
las cosas de modo tal que la
clientela tenía fácil escape.
Estaba ubicado en la
esquina Viamonte, antes Temple, y
Suipacha. Como dependencia del
café, y formando parte de la
planta baja que daba hacia la
primera, había hasta la mitad de
la cuadra una veintena de cuartos
a la calle, con puertas que se
abrían a ésta y otra interior
que daba al gran patio del café:
eran otras tantas salidas
clandestinas del antro
misterioso.
Estos cuartos los
ocupaban mujeres de vida airada
que eran como la crema de aquel
mundo de vicio, cuyo centro era
la famosa calle del Temple, y que
extendía sus brazos a las
adyacentes, teniendo como
encerrado entre ellos el corazón
de la ciudad.
El café debía ser
una mina de plata.
Allí los ladrones,
con todo su cortejo de corredores
y auxiliares, los asesinos, los
peleadores, los prófugos, toda
la gente que tenía cuentas que
saldar con la justicia o tenía
por qué saldarlas, buscaba un
refugio para dormir o vivir con
tranquilidad, para hacer con todo
sigilo una operación comercial
inconfesable o para ocultarse
discretamente, mientras pasaban
las primeras averiguaciones
subsiguientes a un delito
descubierto por la policía.
Allí todo era
cuestión de dinero. Teniéndolo,
se hallaba desde la pieza
lujosamente amueblada, hasta el
tugurio infame, donde podía
gozarse de las comodidades de un
catre de los muchos que, en fila
y pegados unos a otros, contenía
un pequeño cuarto de madera, y
desde el vino y los manjares
exquisitos, hasta las sobras de
éstos, barajadas en un champurriao
indescifrable, y que podía
remojarse con el agua turbia del
aljibe, donde viboreaban los
pequeños gusanos rojos,
descendientes quién sabe de qué
putrefacción y cuyos movimientos
rápidos y variados podían
servir de diversión al ánimo
preocupado.
Tarde de la noche,
cuando el café se cerraba,
decenas de desgraciados, sin
hogar, tomaban posesión de las
mesas del largo salón bajo
la vigilancia de los
dependientes, que tendían sus
colchones sobre las de billar,
cuando las otras estaban
ocupadas- y por dos pesos de los
antiguos, encontraban un techo y
una tabla para dormir, y por uno,
lo primero y el duro suelo de los
patios y pasillos.
Aquello era un
verdadero hervidero del bajo
fondo social porteño: allí se
barajaban todos los vicios y
todas las miserias humanas, y
allí encontraban albergue todos
los desgraciados que aún tenían
un escalón que recorrer antes de
llegar a los caños de las aguas
corrientes que, apilados allá en
el bajo de Catalinas, ofrecían
albergue gratuito.
Cassoulet era, en la
noche, la providencia de los
míseros desterrados de un mundo
superior, era la ensenada que
recogía la resaca social que en
su continuo vaivén arrastraba
hacia playas desconocidas el
oleaje incesante.
Hoy comparten con
él los beneficios de la
industria protectora los
pequeños cafés del Riachuelo y
la ribera, que venden marineros
borrachos a los buques que
necesitan completar su rol
clandestinamente, para borrar las
huellas de un crimen o de un
accidente a fin de evitarse
las molestias que en nuestro
país acarrea cualquier gestión
ante la autoridad-, y los
tugurios que, con el nombre de
posadas o sin nombre alguno,
encierran entre su paredes y
alojan, según el dinero con que
cuentan, a los desgraciados que
vagan sin hogar, o a aquellos que
legalmente no pueden habitar en
parte alguna.
En aquel tiempo
compartían la clientela de
Cassoulet, pero sólo durante el
día, el café Chiavari, en la
esquina de Cuyo y Uruguay, y el
café de Italia, en la misma
calle, frente al Mercado del
Plata.
Estas tres eran las
cloacas máximas de Buenos Aires,
en tiempos que ya no volverán,
pero que se repetirán,
transformándose.
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