/

Chopería del Puerto
/ Asunción (Paraguay)
Fotos: Zenda Liendivit
|
NOTA DE TAPA N° 68 /
MAYO 2010
Cerveza, romance y nostalgia
A
contrapelo de la historia, de lugar fundacional y generador de
ciudad, el centro de Asunción padece los efectos de los actuales
criterios urbanísticos de metropolización. La constante
expulsión de las actividades del casco histórico hacia
periferias más espaciosas y modernas y el consecuente abandono
de aquél. El centro de Asunción, a la noche, está desierto. Y la
expresión es literal. Más que pueblo fantasma, las calles
parecen la escenografía olvidada de una película que suspendió
su rodaje. No hay nadie, ni autos ni gente. De tanto en tanto,
muy de tanto en tanto, uno se topa con algún mendigo o algún
móvil policial. Caminar por Palma o Estrella a las diez de la
noche es escucharse a sí mismo y, a veces también, reflotar el
antiguo temor infantil de sombras y pasos que nos acechan en la
oscuridad. La zona portuaria, sin embargo, resiste con sus
reductos: hay choperías y karaoke para el turismo, cabarets de
poca monta y sitios indescifrables para la población marginal.
La Chopería del Puerto está en los confines de Palma, allí donde
ya se presiente la presencia del río; es el bar de moda y
alternativo al ocio acomodado de Villa Morra o Los Laureles. Esa
noche de lunes hay poca gente. Un sólo salón en penumbras, que
se desmaterializa en la vereda, atestada de mesas y sillas, de
cuyas paredes cuelgan anclas, redes, fotos antiguas y elementos
portuarios varios. En la barra, ubicada en el medio, un par de
parroquianos bebe en silencio y mira la nada. La atmósfera es
tan lograda que, en cualquier momento, podrían entrar los
marineros y golpeando la mesada, exigir cerveza y mujeres. Pero
nada de eso ocurre. La moza, una joven morena que tiene un
ligero tono portugués, nos sugiere la especialidad de la casa
que no figura en la lista, lomo con base de salsa de cerveza que
resulta exquisito. A las diez en punto, un guitarrista solitario
ocupa el fondo del salón y arremete con temas viejos. Ven,
que el tiempo corre y nos separa, la vida nos está dejando
atrás… canta y no se parece a Roberto Carlos pero está
bien. El lugar se sigue poblando; a pesar del frío, los más
jóvenes prefieren la vereda. En las inmediaciones, el silencio
sólo se quiebra por el karaoke que amenaza los oídos y por
chicos que brindan por lo que sea. El resto, desierto. El
fin de semana esto se llena, nos dice el encargado.
Para que todos sepan, a quien tú perteneces, con sangre de mis
venas te marcaré la frente… exagera el otro. Rosamel Araya
en un bar de marineros, pensamos, y suena medio contradictorio
aunque no tanto. En última instancia, la zona –excluyendo a
estos pocos sitios de moda- está como cuando éramos chicos. Que
es una forma de decir que se mantiene igual a sí misma a través
de los siglos. Aquí no hubo topadoras sino un leve reciclaje, de
allí cierto aire nostálgico que la envuelve, una forma de
resguardo de la mitología portuaria a fuerza de abandono que
sobrevive entre galpones, tinglados, luces rojas y algún
edificio de estilo de tiempos mejores
Fines de
abril de
2010
Ver más notas de Viaje en el Blog del
sitio
Volver a Notas de tapa
|
|