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NOTA DE TAPA N° 52 - MAYO  2008
¿A dónde va la Feria del Libro?

Que cada año la Feria del Libro despierta menos expectativas no es ninguna novedad. La historia es conocida: amplios stands de grandes sellos editoriales (a veces parecen demasiado amplios), novedades que se consiguen en cualquier librería, invitados recurrentes, increíbles ofertas de libros que no interesan a nadie, elevados precios de los otros, figuras mediáticas que favorecen las boleterías y generan multitudes desesperadas en los pasillos, talleres de casi cualquier cosa, charlas de casi cualquier cosa, etc. ¿Para qué sirve, realmente, una Feria del Libro?, ¿en qué contribuye a la cultura de un país?, ¿qué debates plantea más allá de las conferencias de ocasión, qué relación entabla con la economía, la educación, la comunicación, la cultura en general y hasta con el espacio urbano? La Feria podría ser un privilegiado espacio donde pensar la articulación entre la producción intelectual, materializada en el libro, y el contexto actual. Para reflexionar, por ejemplo, sobre cuáles son las condiciones reales de recepción de esta producción, cuáles las de lectura, quiénes leen, cómo se lee y quiénes se quedan afuera del este circuito. Y, sobre todo, qué libros necesitamos como sociedad -o, dicho de otro modo, cuáles son los temas que preocupan a nuestra época y que están reclamando una forma-, y no solamente cuáles los que ofrece el mercado para el consumo.  Y dentro de estas problemáticas, podría plantearse también como un espacio de apertura a los diferentes modos de producir cultura de manera independiente y alejada de los circuitos oficiales y comunicacionales. Una producción que, por otro lado, es vasta y riquísima porque precisamente, al no responder a imperativos externos (la necesidad de ser leídos con los cánones de afuera, de escribir de una determinada forma para los grandes públicos, de ser “traducidos y entendidos” para garantizarse los mercados internacionales, etc.), tiene la misma impunidad e insolencia que Borges encontraba en aquellas tradiciones  de cruce, como la nuestra.
La Feria del Libro, al no captar estos movimientos que hacen a la renovación y a la vitalidad de una cultura, va padeciendo tanto el anquilosamiento por repetición y exclusión como cierta perversión espacial: su carácter no difiere demasiado de un mero shopping de libros.
Mayo 2008

 

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