Sexo y Traición en Roberto Arlt
OSCAR MASOTTA

Del libro SEXO Y TRAICIÓN EN ROBERTO ARLT (La plancha de metal, págs. 53/77), Oscar Masotta
(Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982)

El método de razonar de Arlt es sencillo, sordo y difuso. Diseminadas sus partes a lo largo de la obra, no deja de ser en cambio bastante preciso. Si los sociólogos se topan con dificultades bastante espinosas cuando tratan de definir las clases sociales y fijar sus límites, en Arlt el asunto es simple: inicia dos caminos al mismo tiempo, en la convicción de que son uno solo, y termina por hacernos comprender hasta la náusea qué es una clase social.

Adopta un método adecuado, en zig-zag, para dar cuenta de un objeto que se bifurca, y trabaja en la certeza de que cuando está transitando por un camino determinado transita al mismo tiempo por otro. Por un lado deja al desnudo la condición social de los personajes, salpica abundantemente a sus novelas con dinero, nombra el precio de las cosas y pone en relación a los hombres con sus salarios. Por otro lado, y simultáneamente, se vuelve hacia las normas éticas que rigen a la clase. Y más específicamente, a la moralidad sexual, o la sexualidad moral. Toda su obra está plagada de escenas, de acontecimientos, de imágenes y de símbolos que implican o nombran directamente a lo sexual.

Se diría que un aliento expreso unas veces, pero otras anónimo, impregna la totalidad de sus situaciones, y en las novelas de Arlt, se podría decir, como en Freud, que todo es sexualidad. Sin embargo, y sin caer en la paradoja, sin colocarnos en un plano donde se podría jugar con las ideas jugando con las palabras, habría que agregar, por lo mismo, que nada tiene aquí únicamente sentido sexual. Habría que aplicar a la obra de Arlt esta idea que encuentra Merleau-Ponty para comprender el pansexualismo de Freud. Es solamente porque lo sexual se generaliza por lo cual todo lo que es sexo queda imbrincado con todo lo que no lo es, y es gracias a su completo grado de difusión que lo sexual se impregna con otros niveles significativos de la existencia; el paisaje, las ropas, la ciudad, todo cobra un sentido sexual; pero entonces, y del mismo modo, la vida sexual, el paisaje, las ropas, cobran una fuerte significación económica. El sexo es por decirlo así un síntoma, disfraza y revela a la vez a algo que no es sexo; y todo lo que no es sexo es simultáneamente síntoma con respecto a lo sexual.

En las novelas de Arlt no existe un mundo o una esfera de significaciones sociales y económicas. La esfera aparentemente abstracta de lo económico no es ni más ni menos real que la vida sexual de los individuos, lo real es la estructura total, la totalización del sentido de cada esfera particular por la presencia en ella de las otras esferas. Como en nuestro mundo, la percepción no es un mosaico en el que se acumulan las impresiones, sino que el mundo es percibido como un todo, que si se nos entrega por partes, posee una forma significativa que puede ser reconocida en cada una de esas partes, en distintos niveles, y en que las cosas y los hombres aparecen en un campo en que se opera una constante conversión de uno a otro de ellos. Un objeto percibido como sucio y como perteneciente a un determinado status económico, queda del mismo golpe impregnado de una tonalidad sexual, sugiere o reenvía a un cierto "estilo" de sexualidad, o para parafrasear a Merleau-Ponty, sobre un objeto sucio se bosqueja ya, como en filigrana, un determinado estilo de práctica sexual y es posible como palpar en él las aristas de una sexualidad inquietante y promiscua. Arlt saca todo el provecho de ese transitivismo y en algunos párrafos se muestra perfectamente consciente de él: hace de lo que es sexualidad algo tan simétrico y tan isomórfico de lo que es el status económico de la clase, que es como si quisiera introducirnos en el secreto mismo de ese mecanismo:

"Erdosain se imaginaba las relaciones sexuales con la Bizca después del aborto, la malevolencia de la mujer en entregarse temerosa de que suceda 'eso' otra vez, las fornicaciones incompletas, como de las que hablan las escrituras refiriéndose a Onán, la impaciencia casi frenética a fin de mes en saber si ha 'venido' o no la menstruación y toda la realidad inmunda de los millares de empleados de la ciudad, de los hombres que viven de un sueldo y que tienen un jefe".

Estos paralelismos tan estrictos son algo más que casos límites y en ellos aparece con todo vigor la verdad del transitivismo. Estos puentes de sentido, esa fusión de significaciones donde la sexualidad se tiñe con el valor que emana de las relaciones efectivas de producción, y donde lo económico, sexualizado, pasa por el mismo movimiento y a través del mismo puente a configurar la tonalidad afectiva del paisaje y la vida en la ciudad tal como aparece en las novelas de Arlt, tienen un origen y una génesis que queda descripta en esas mismas novelas. (...)

Una clase obligada al cinismo, a la ridiculez, a la mentira; es seguro que si le hubieran preguntado a Arlt que definiera a la clase media hubiera contestado: histérica. Un conglomerado de individuos temerosos, temblorosos, comediantes, inocentemente mentirosos. Es que en una sociedad donde el hombre se define por lo que tiene, gran parte de ella queda condenada a ocultar lo que no tiene, esto es, que debe resignarse a incursionar por el penoso e interminable camino de la hipocresía.

La clase media carece de conciencia de sí, y sólo tiene un turbado sentimiento de sí: el individuo de la clase media se autodesconoce a sí mismo y no sabe confesarse que su clase es ya el fruto podrido que se separa del árbol social. Es que la propia situación en el circuito de la producción le vela que está más cerca del proletariado que de las clases poseedoras. Pero si se esconde a sí mismo lo que efectivamente es, no deja en cambio de tener un sentimiento de sí, una certeza vivida en el ocultamiento donde el hueco interior de lo que no se tiene aparece como escondido, una conciencia turbada donde lo que se esconde amenaza a cada instante con aparecer a la luz.(...)

Tener no significa solamente poseer objetos, sino poseer objetos para poseer a través de ellos a los hombres. Tener es tener hombres. El enamoramiento que un industrial o los dueños de la tierra soportan por sus máquinas o por la extensión de sus campos, no es en verdad más que autofascinación por su poder efectivo sobre los demás. Y más acá de los instrumentos de la producción o de la posesión de la tierra, más acá de los objetos útiles están los objetos inútiles, y como su género más alto, los objetos lujosos. Se ha señalado con razón que el lujo no es una cualidad del objeto poseído, sino una cualidad de la posesión, que es un modo de tener: es que si la posesión reenvía inmediatamente al poder efectivo que se detenta sobre los demás, el objeto lujoso reenvía a lo mismo, pero a través de un rodeo simbólico. Su posesión significa la mediatización simbólica de ese poder, su alejamiento. Simbólica: pues en la producción del objeto lujoso el que no tiene ha trabajado para el que tiene, y el resultado de ese trabajo, un objeto inútil oficiará de potlach indicador del tipo de relación humana que lo ha hecho nacer.(...)

Si no olvidáramos que el fondo de donde emana la legitimidad de la persona es su status económico, y que quienes pertenecen a las clases altas son personas legítimas por derecho divino, apresaremos inmediatamente cuál es origen de la obscenidad que las individualidades sobresalientes perciben en el coito más vulgarmente cuando no está sostenido por esa fuente de toda legitimidad. Cuando la carne no aparece como puesta a salvo por ese fondo de derecho, se revela entonces en toda su facticidad y sólo queda una "cáscara de carne en las oscuridades". Y a partir de lo mismo podemos entender inversamente por qué las individualidades sueñan con "doncellas" adineradas y por qué la sexualidad cuando es referida a las clases altas se envuelve de placer y pierde lo pringoso que la caracteriza cuando queda referida a las clases bajas; si en las abyectas e ilegítimas clases no poseedoras el coito normal es espantoso y aprehensivo, para las clases poseedoras la sexualidad más viciosa podrá trocarse en la manifestación misma de la belleza, y el joven Astier no deja de pensar, como en una esperanza imposible, en ese mundo que le dejó atisbar aquel beso fugaz que recibiera de propina en un departamento de la calle Juncal.

La abyección sexual queda ligada al dinero y a la jerarquía social, y cuanto más bajemos en esta jerarquía nos toparemos con una sexualidad pensada como más abyecta; y el lumpenproletariado económico, en el escalón más bajo, será a la vez lumpenproletariado sexual:

"Una multitud de hombres terribles que durante el día arrastra su miseria vendiendo artefactos o biblias, recorriendo al anochecer los urinarios donde exhiben sus órganos genitales a los mozalbetes que entran a los mingitorios acuciados por necesidades semejantes" (Los siete locos)

(...)Pero, ¿hemos logrado sugerir la concurrencia de significaciones que están en la base del momento en que Erdosain asesina a la Bizca? Ante todo, en este infantil y estúpido mundo de derecha, la Bizca debe ser ajusticiada por su defecto físico: "guárdate de los señalados de Dios" (El jorobadito). Por otra parte el acto por el cual el homicidio se superpone al coito es del más rancio sabor puritano: "se encaramó suavemente sobre ella, con las dos manos le abarcó la cintura creyendo que la iba a poseer", y si reflexionamos en su atmósfera veremos que por su estructura es inmediatamente semejante a la delación de Astier. Es como si se encontraran en esa zona inquietante y horrorosa el subyacente delirio de identificación que vive en Erdosain con el movimiento erótico que viene de la Bizca. Erdosain "no pensaba en nada", sin embargo, una "idea subterránea más densa no tardaría en despertarse". He aquí a la flor negra, el "suceso", emergiendo desde el fondo de la nada: es la idea del homicidio, ¿pero en qué momento se le aparece? Nosotros podemos suponerlo, en el momento en que el cuerpo del otro, el polo del juicio puritano y del delirio de identificación, ese cuerpo aprehensivo se vuelve hacia Erdosain para poseerlo:

"Volvióse al tiempo que la Bizca lo atraía hacia sus senos, y como su brazo estaba debajo de la almohada, al hacer el movimiento de retirarlo, involuntariamente tocó la pistola. Un antiguo movimiento se reiteró en él".

Es que Erdosain, ha de temer, antes que ninguna otra cosa, al erotismo de la Bizca; y aun más que a ese erotismo, a la posibilidad de corresponderle; si se entregara al deseo no podría evitar seguirlo hasta el fondo, es decir, hasta ese momento en que los amantes realizan la fusión de sus cuerpos y se crea con el ser del otro un ser-a-dos.

Es cierto que esa fusión es un imposible, pero en el instante del orgasmo la degradación de la conciencia permite que sobre el nivel del encuentro de los cuerpos se realice el contenido del delirio de identificación: yo soy el cuerpo del otro y el otro en el mismo instante absorbe hacia su yo a mi propio cuerpo. Bastaría sin embargo dejar atrás el momento del orgasmo para alcanzar el momento en que la conciencia se recupera a sí misma y donde el cuerpo propio es vivido entonces en su aislamiento con respecto al otro. Pero Erdosain no quiere sumirse en el proceso, en el que está la mujer, y siente una inquietud profunda: "la boca de la Bizca se había agrandado y era una hendidura convulsa que se apegaba como una ventosa a su boca resignada"; porque la mujer pretende diluir su conciencia, trabaja para que ésta se deslice totalmente hacia su cuerpo y se encarne en él, o lo que es lo mismo: la Bizca es simplemente una amante que en el cuerpo quiere poseer a la conciencia del otro. Si consigue su objetivo Erdosain estaría perdido y la actitud de la mujer es entonces suficiente para que él encuentre indicada la que deberá seguir; abandonar el cuerpo propio a sus reflejos y mantener a la conciencia separada de él:

"Erdosain involuntariamente tanteaba debajo de la almohada el cabo del revólver. Y la frialdad del arma le devolvía una conciencia helada que hacía independiente su sensualidad de aquel otro propósito paralelo".

Este propósito es el sueño profundo e irrealizable del hombre de Arlt, la metalización del ser, y la necesidad de poner a la conciencia a salvo del cuerpo no es otra cosa que la culminación del círculo en que se mueve la clase, el más alto grado de la coherencia interna que la atraviesa, es el instante en que la libertad es libertad en el mal.

Se atisba así la grandeza y la miseria del hombre de Arlt: estos apestados que pasan de alienación en alienación, que separan la conciencia del cuerpo para obligar a los otros a vivir las miserias del cuerpo mientras ellos se confinan en las miserias de la conciencia pura, sueñan, como nosotros, en un tiempo en que los hombres podrían encontrarse entre sí en una relación abierta que pasara por los cuerpos, donde el cuerpo no fuera el instrumento del extrañamiento de sí mismo en el otro, sino el vehículo de la relación auténtica de cada uno consigo mismo y con cada uno de todos los otros y con todos los otros.

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