/contratiempo | El pensamiento en la Argentina / Año II N° 5 / Invierno-Primavera 2002
/LITERATURA

 
 

ROBERTO ARLT:
UN JUEGO DE MÁSCARAS

ZENDA LIENDIVIT

Buenos Aires está construida de fragmentos residuales, de deshechos que se reúnen para conformar, sin embargo, un espacio de gran cohesión. Voces carcelarias, léxicos foráneos, rufianes, prostitutas, criminales y gente hastiada hasta la muerte y soñando hechos extraordinarios, se suceden en las obras de Arlt y provocan un doble movimiento: tan pronto como reconocemos la ciudad en los datos de la realidad (barrios, costumbres, arquetipos), ella se nos vuelve ajena bajo la mirada ejercida a través del poderoso lente de aumento de la maldad. Cada uno de los fragmentos, a la vez, traza sus propios recorridos que, tarde o temprano, tendrán siempre el destino común del fracaso, o de la imposibilidad.

  El espacio donde se mueve la narrativa de Arlt es el entre tanto, la distancia entre el tiempo real y la posibilidad de la diferencia; entre el sexo prostituido y la espera del amor puro; entre la nada existencial y el deseo de ser a través de un crimen; entre la miseria del hombre masificado, que pasea su frustración por los bajos fondos, y la vista clavada en las opulentas fachadas, siempre infranqueables, de los poderosos. Esta potencialidad es la constructora de las múltiples ficciones que motorizan el relato; a la vez, la puesta en escena del mecanismo ficcional constituye el relato mismo. Aunque los personajes se moverán en torno a los diferentes modos delictivos de obtener dinero, a las satisfacciones que éste les deparará o a las expectativas que provoca el crimen, son conscientes de la gigantesca farsa en la que están sumergidos: "los hombres se sacuden sólo con mentiras. Él (Astrólogo) le da a lo falso la consistencia de lo cierto; gentes que no hubieran caminado jamás para alcanzar nada, tipos deshechos por todas las desilusiones, resucitan en la virtud de sus mentiras…Fíjese que en la realidad ocurre lo mismo y nadie lo condena. Sí, todas las cosas son apariencias… dése cuenta… no hay hombre que no admita las pequeñas y estúpidas mentiras que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad", le dirá el Buscador de Oro a Erdosain, en Los siete locos. Con el beneficio efectivo, no hay mucho que hacer: en el momento en que lo imaginado se encuentra con los bordes de la realidad, queda atrapado en un mecanismo que, como una fuerza centrípeta, siempre termina lanzándolo al punto de partida. Lo imposible en Arlt no es la concreción misma de lo soñado sino la incapacidad de éste de sobrevivir bajo las normas de lo real. Ya lo comprobó Erdosain en el robo a la Azucarera: "El placer que experimentó en un principio de disponer impunemente de lo que no le pertenecía se evaporó pronto. Erdosain descubrió un día en él la inquietud que hace ver los cielos soleados como ennegrecidos de un hollín que sólo es visible para el alma que está triste…entonces gastó el dinero en una forma estúpida"

Del mismo modo, las posibilidades de que una doncella adinerada pose su lánguida mirada sobre alguno de estos humillados, para salvarlo de su existencia condenada, son prácticamente las mismas que tiene el Astrólogo de fundar su sociedad prostibularia. En todo caso, cuando existen indicios de concreción, o es extremadamente inútil, como la rosa de cobre, o es desechado por el mismo personaje que construyó la historia. En El Amor Brujo, Balder, en lugar de ir a buscarla a su casa de Tigre, deja en manos del azar su reencuentro con Irene. "Objetivamente, la conducta de Estanislao era más absurda que la de cualquiera que necesitando imperiosamente una riqueza se niega a obtenerla en el momento que está al alcance de sus manos". Más adelante, la sospecha de que el suceso extraordinario que representaba la colegiala no era más que una trampa elaborada por la familia de la joven para devolverlo al mundo, al hastío de la vida matrimonial, a la rutina sin sobresaltos del empleado de clase media al que nunca le sucede nada, neutraliza cualquier posibilidad de redención.

Pero es en la idea del crimen como medio de trascendencia ("Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia, como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra. Y yo sería el Erdosain, previsto, temido, caracterizado por el código, y entre los miles de Erdosain, el auténtico, el que es y será") donde se realiza un recorrido casi circular para permanecer en el terreno de la ficción. Silvio Astier remata su carrera delictiva con la traición al Rengo, encontrando de esta forma un "final" adecuado para sus memorias. Por lo demás, la suerte es la misma que en los otros casos. "Aún me parece un sueño haberle delatado al Rengo" dirá al darse cuenta que, al fin y al cabo, la distancia entre los ricos y los humillados no es tanta como pensaba. Erdosain opta, en cambio, por el suicidio; previamente, le narrará durante tres días a un cronista la historia de su vida y, principalmente, de sus elucubraciones. La persistencia en la ficción es posible porque cada uno de los elementos entabla con el otro una relación de identidad y semejanza. Astier se emplea en la librería, intenta quemarla, roba la escuela y delata al Rengo porque los libros y la traición, la literatura y el crimen tienen su punto de intersección en él mismo. Los locos, que son bastante más que siete, y sus delirios forman parte de un todo que se proyecta sobre la ciudad en su conjunto, transformándola en un lugar desterrado de sí mismo. "Y ahora comenzaba, traspuesto Lanús, el siniestro espectáculo de Remedios de Escalada, monstruosos talleres de ladrillo rojo y sus bocazas negras, bajo cuyos arcos maniobraban las locomotoras, y a lo lejos, en las entrevías, se veían cuadrillas de desdichados apaleando grava o transportando durmientes".

Esta relación por identidad provoca el desplazamiento de la ficción de un espacio a otro en un intento por retardar la inevitable demolición. Sobre el final de Los lanzallamas, la catástrofe esparce sus pedazos por Buenos Aires y, nuevamente, se vuelve ficción: mientras la quinta de Temperley arde en un infierno de llamas, el barrio de Moreno se convulsiona por el suicidio de un asesino y el centro se horroriza por el crimen de una niña, la apetencia periodística junta estos fragmentos y entrega un vibrante folletín de sangre, sexo y dinero. Los siete locos conforman ahora una temible banda delictiva donde hasta el azar queda capturado en una suerte de best seller que, como en el siglo pasado, llega al público en entregas diarias: "No quedaba duda alguna de que se estaba en presencia de una banda perfectamente organizada y con ramificaciones insospechadas. El asesinato de Haffner, que el cronista de esta historia cree independiente de los otros sucesos delictuosos, fue eslabonado a la tragedia de Temperley"... "En nuestra edición de mañana daremos amplios detalles del fin de este trágico criminal (Erdosain), cuya detención no podía demorar..." (Los lanzallamas)

La expectativa cifrada en lo que no es pero que, para una imaginación febril, podría ser y la imperiosa necesidad de vivir en función a lo imaginado -a sabiendas de la imposiblidad de cualquier redención- remiten a la idea de un juego de máscaras que se relaciona con el contexto en el que aparecen las novelas de Arlt. Desde el nacimiento de la moderna nación argentina, allá por 1880, hasta la segunda década del siglo XX (cuando escribe casi toda su novelística), varios discursos habían circulado desde las esferas del poder. Orillando 1930, el país saldaba las facturas de una fiesta como de costumbre mal organizada. El elogio al europeo que poblaría el desierto había sucumbido frente a la realidad de las masas inmigrantes; la nunca resuelta antinomia civilización-barbarie se revertía a favor del revalorizado gaucho frente a esos extraños que invadían la ciudad, que la tornaban insalubre y que sembraban bombas e ideas raras no sólo para destruir un sistema opresor sino para hacer entrar en crisis el concepto mismo de nación. Ahora el peligro venía de afuera. En la mira del fusil, o en la punta de las bayonetas, ya no estaban los gauchos sino las imprentas anarquistas y los obreros rebeldes. Había que volver al campo; había que encontrar –gran desvelo de la época- una cultura propia. El mito del progreso eterno y la entrada triunfal a la modernidad por la puerta de servicio -sustentados por las vacas, el trigo y por una oligarquía festiva, primero, y por la formación y ascenso de las clases medias, después- languidecían frente al nuevo orden industrial y a la debacle mundial. Estaban dadas, entonces, todas las condiciones para el surgimiento de un nuevo discurso que después sería utilizado con oportuna frecuencia en los años venideros: la necesidad de restauración y defensa de los valores nacionales.

En ese contexto de virajes continuos y cambios de rumbo sobre la marcha, Arlt deja bien en claro que, por lo menos, la lengua no puede sumirse en la pasividad de los cementerios. " Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en continua evolución sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista…" dirá en El idioma de los Argentinos. En la mixtura del lunfardo con las voces populares inmigrantes y el español antiguo, en el recorte de la ciudad en sus márgenes deleznables y en la certeza de la ficción eterna, Arlt instaura un nuevo centro a partir del cual deberá surgir más que una literatura nacional, una nueva forma de leer la realidad nacional. El desplazamiento de la lengua oficial (la de Lugones, la de la gran tradición literaria) hacia sus "zonas negadas" obliga a abandonar los caminos del poder que ella traza y muestra el movedizo terreno en el que se asienta el concepto de nación. Mientras la lengua del poder habla de la máscara de turno, la lengua condenada, constituida por esa conjunción de afueras (fuera de la sociedad, fuera de los valores morales, fuera de la realidad), da cuenta del juego mismo. Una práctica repetitiva que tiene que ver con la elaboración de relatos y la creencia en ideas que al final terminan en catástrofe recorre buena parte de la historia argentina. Políticas relacionadas, desde el mismo origen, con el concepto de puesta en escena, de máscara que siempre estará escondiendo algo y que eso que esconde, como el famoso pecado que no se puede nombrar, será el sitio de la responsabilidad de todos los actos, pasados, presentes y futuros. Un sitio de responsabilidad sin responsables, siempre vacante. El afuera de Arlt no es Europa, tampoco el suburbio o la nostalgia épica de Borges. Así como en los conventillos de Buenos Aires de la década del veinte, donde se hacinaba gente supuestamente peligrosa, o en la Argentina del siglo XXI, receptáculo de gente sobrante, el afuera en la narrativa de Arlt es el sitio descarnado donde se acumulan los restos de tantas ficciones truncas y descabelladas que movieron al país casi desde su nacimiento. Truncas, descabelladas y tan letales como la fábrica de fosgeno ideada por el personaje de Los 7 locos.

 

Nota:
Este artículo también puede leerse, ampliado y corregido, en:
Borges y Arlt: La construcción de dos ciudades (Mayo 2004)

 

ILUSTRACIONES:
"Cosas de carnaval" / El Mosquito, 14-II-1875


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