| |
El espacio donde se mueve la
narrativa de Arlt es el entre tanto, la
distancia entre el tiempo real y la posibilidad
de la diferencia; entre el sexo prostituido y la
espera del amor puro; entre la nada existencial y
el deseo de ser a través de un crimen; entre la
miseria del hombre masificado, que pasea su
frustración por los bajos fondos, y la vista
clavada en las opulentas fachadas, siempre
infranqueables, de los poderosos. Esta
potencialidad es la constructora de las
múltiples ficciones que motorizan el relato; a
la vez, la puesta en escena del mecanismo
ficcional constituye el relato mismo. Aunque los
personajes se moverán en torno a los diferentes
modos delictivos de obtener dinero, a las
satisfacciones que éste les deparará o a las
expectativas que provoca el crimen, son
conscientes de la gigantesca farsa en la que
están sumergidos: "los hombres se
sacuden sólo con mentiras. Él (Astrólogo)
le da a lo falso la consistencia de lo cierto;
gentes que no hubieran caminado jamás para
alcanzar nada, tipos deshechos por todas las
desilusiones, resucitan en la virtud de sus
mentiras
Fíjese que en la realidad ocurre
lo mismo y nadie lo condena. Sí, todas las cosas
son apariencias
dése cuenta
no hay
hombre que no admita las pequeñas y estúpidas
mentiras que rigen el funcionamiento de nuestra
sociedad", le dirá el Buscador de Oro a
Erdosain, en Los siete locos. Con el
beneficio efectivo, no hay mucho que hacer: en el
momento en que lo imaginado se encuentra con los
bordes de la realidad, queda atrapado en un
mecanismo que, como una fuerza centrípeta,
siempre termina lanzándolo al punto de partida.
Lo imposible en Arlt no es la concreción misma
de lo soñado sino la incapacidad de éste de
sobrevivir bajo las normas de lo real. Ya lo
comprobó Erdosain en el robo a la Azucarera:
"El placer que experimentó en un principio
de disponer impunemente de lo que no le
pertenecía se evaporó pronto. Erdosain
descubrió un día en él la inquietud que hace
ver los cielos soleados como ennegrecidos de un
hollín que sólo es visible para el alma que
está triste
entonces gastó el dinero en
una forma estúpida" Del mismo
modo, las posibilidades de que una doncella
adinerada pose su lánguida mirada sobre alguno
de estos humillados, para salvarlo de su
existencia condenada, son prácticamente las
mismas que tiene el Astrólogo de fundar su
sociedad prostibularia. En todo caso, cuando
existen indicios de concreción, o es
extremadamente inútil, como la rosa de cobre, o
es desechado por el mismo personaje que
construyó la historia. En El Amor Brujo,
Balder, en lugar de ir a buscarla a su casa de
Tigre, deja en manos del azar su reencuentro con
Irene. "Objetivamente, la conducta de
Estanislao era más absurda que la de cualquiera
que necesitando imperiosamente una riqueza se
niega a obtenerla en el momento que está al
alcance de sus manos". Más adelante, la
sospecha de que el suceso extraordinario que
representaba la colegiala no era más que una
trampa elaborada por la familia de la joven para
devolverlo al mundo, al hastío de la vida
matrimonial, a la rutina sin sobresaltos del
empleado de clase media al que nunca le sucede
nada, neutraliza cualquier posibilidad de
redención.
Pero
es en la idea del crimen como medio de
trascendencia ("Y sin embargo, sólo el
crimen puede afirmar mi existencia, como sólo el
mal afirma la presencia del hombre sobre la
tierra. Y yo sería el Erdosain, previsto,
temido, caracterizado por el código, y entre los
miles de Erdosain, el auténtico, el que es y
será") donde se realiza un recorrido
casi circular para permanecer en el terreno de la
ficción. Silvio Astier remata su carrera
delictiva con la traición al Rengo, encontrando
de esta forma un "final" adecuado para
sus memorias. Por lo demás, la suerte es la
misma que en los otros casos. "Aún me
parece un sueño haberle delatado al Rengo"
dirá al darse cuenta que, al fin y al cabo, la
distancia entre los ricos y los humillados no es
tanta como pensaba. Erdosain opta, en cambio, por
el suicidio; previamente, le narrará durante
tres días a un cronista la historia de su vida
y, principalmente, de sus elucubraciones. La
persistencia en la ficción es posible porque
cada uno de los elementos entabla con el otro una
relación de identidad y semejanza. Astier se
emplea en la librería, intenta quemarla, roba la
escuela y delata al Rengo porque los libros y la
traición, la literatura y el crimen tienen su
punto de intersección en él mismo. Los locos,
que son bastante más que siete, y sus delirios
forman parte de un todo que se proyecta sobre la
ciudad en su conjunto, transformándola en un
lugar desterrado de sí mismo. "Y ahora
comenzaba, traspuesto Lanús, el siniestro
espectáculo de Remedios de Escalada, monstruosos
talleres de ladrillo rojo y sus bocazas negras,
bajo cuyos arcos maniobraban las locomotoras, y a
lo lejos, en las entrevías, se veían cuadrillas
de desdichados apaleando grava o transportando
durmientes".
Esta
relación por identidad provoca el desplazamiento
de la ficción de un espacio a otro en un intento
por retardar la inevitable demolición. Sobre el
final de Los lanzallamas, la catástrofe
esparce sus pedazos por Buenos Aires y,
nuevamente, se vuelve ficción: mientras la
quinta de Temperley arde en un infierno de
llamas, el barrio de Moreno se convulsiona por el
suicidio de un asesino y el centro se horroriza
por el crimen de una niña, la apetencia
periodística junta estos fragmentos y entrega un
vibrante folletín de sangre, sexo y dinero. Los
siete locos conforman ahora una temible banda
delictiva donde hasta el azar queda capturado en
una suerte de best seller que, como en el siglo
pasado, llega al público en entregas diarias: "No
quedaba duda alguna de que se estaba en presencia
de una banda perfectamente organizada y con
ramificaciones insospechadas. El asesinato de
Haffner, que el cronista de esta historia cree
independiente de los otros sucesos delictuosos,
fue eslabonado a la tragedia de
Temperley"... "En nuestra edición de
mañana daremos amplios detalles del fin de este
trágico criminal (Erdosain), cuya
detención no podía demorar..." (Los
lanzallamas)
La
expectativa cifrada en lo que no es pero que,
para una imaginación febril, podría ser y la
imperiosa necesidad de vivir en función a lo
imaginado -a sabiendas de la imposiblidad de
cualquier redención- remiten a la idea de un
juego de máscaras que se relaciona con el
contexto en el que aparecen las novelas de Arlt.
Desde el nacimiento de la moderna nación
argentina, allá por 1880, hasta la segunda
década del siglo XX (cuando escribe casi toda su
novelística), varios discursos habían circulado
desde las esferas del poder. Orillando 1930, el
país saldaba las facturas de una fiesta como de
costumbre mal organizada. El elogio al europeo
que poblaría el desierto había sucumbido frente
a la realidad de las masas inmigrantes; la nunca
resuelta antinomia civilización-barbarie se
revertía a favor del revalorizado gaucho frente
a esos extraños que invadían la ciudad, que la
tornaban insalubre y que sembraban bombas e ideas
raras no sólo para destruir un sistema opresor
sino para hacer entrar en crisis el concepto
mismo de nación. Ahora el peligro venía de
afuera. En la mira del fusil, o en la punta de
las bayonetas, ya no estaban los gauchos sino las
imprentas anarquistas y los obreros rebeldes.
Había que volver al campo; había que encontrar
gran desvelo de la época- una cultura
propia. El mito del progreso eterno y la entrada
triunfal a la modernidad por la puerta de
servicio -sustentados por las vacas, el trigo y
por una oligarquía festiva, primero, y por la
formación y ascenso de las clases medias,
después- languidecían frente al nuevo orden
industrial y a la debacle mundial. Estaban dadas,
entonces, todas las condiciones para el
surgimiento de un nuevo discurso que después
sería utilizado con oportuna frecuencia en los
años venideros: la necesidad de restauración y
defensa de los valores nacionales.
En
ese contexto de virajes continuos y cambios de
rumbo sobre la marcha, Arlt deja bien en claro
que, por lo menos, la lengua no puede sumirse en
la pasividad de los cementerios. " Los
pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como
que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no
necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero
en cambio, los pueblos que, como el nuestro,
están en continua evolución sacan palabras de
todos los ángulos, palabras que indignan a los
profesores, como lo indigna a un profesor de
boxeo europeo el hecho inconcebible de que un
muchacho que boxea mal le rompa el alma a un
alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto
pugilista
" dirá en El idioma
de los Argentinos. En la mixtura del
lunfardo con las voces populares inmigrantes y el
español antiguo, en el recorte de la ciudad en
sus márgenes deleznables y en la certeza de la
ficción eterna, Arlt instaura un nuevo centro a
partir del cual deberá surgir más que una
literatura nacional, una nueva forma de leer la
realidad nacional. El desplazamiento de la lengua
oficial (la de Lugones, la de la gran tradición
literaria) hacia sus "zonas negadas"
obliga a abandonar los caminos del poder que ella
traza y muestra el movedizo terreno en el que se
asienta el concepto de nación. Mientras la
lengua del poder habla de la máscara de turno,
la lengua condenada, constituida por esa
conjunción de afueras (fuera de la sociedad,
fuera de los valores morales, fuera de la
realidad), da cuenta del juego mismo. Una
práctica repetitiva que tiene que ver con la
elaboración de relatos y la creencia en ideas
que al final terminan en catástrofe recorre
buena parte de la historia argentina. Políticas
relacionadas, desde el mismo origen, con el
concepto de puesta en escena, de máscara que
siempre estará escondiendo algo y que eso que
esconde, como el famoso pecado que no se puede
nombrar, será el sitio de la responsabilidad de
todos los actos, pasados, presentes y futuros. Un
sitio de responsabilidad sin responsables,
siempre vacante. El afuera de Arlt no es Europa,
tampoco el suburbio o la nostalgia épica de
Borges. Así como en los conventillos de Buenos
Aires de la década del veinte, donde se hacinaba
gente supuestamente peligrosa, o en la Argentina
del siglo XXI, receptáculo de gente sobrante, el
afuera en la narrativa de Arlt es el sitio
descarnado donde se acumulan los restos de tantas
ficciones truncas y descabelladas que movieron al
país casi desde su nacimiento. Truncas,
descabelladas y tan letales como la fábrica de
fosgeno ideada por el personaje de Los 7 locos.
Nota:
Este artículo también puede leerse, ampliado y
corregido, en:
Borges y
Arlt: La construcción de dos ciudades (Mayo
2004)
|