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NOTA DE TAPA N° 66  / MARZO 2010
Educación política y tiempo perdido (2° Parte)
La historia continúa

Cuando hace algunos años se nos ocurrió lanzar un número de la revista dedicado al pensamiento en la Argentina, rescatamos dos intervenciones de los entonces diputados Manuel Dorrego (Sesión del 25 de septiembre de 1826) y Alfredo Palacios (Sesión de 18 y 20 de julio de 1904). Incluimos esos fragmentos no sólo por las respectivas temáticas que estaban tratando (Dorrego contra la suspensión de la ciudadanía a casi todo el mundo; Palacios contra la Ley de Residencia), sino también por la brillante oratoria, ese arte del buen político que aspira a persuadir con ideas, con fundamentos, con inteligencia en el decir sin meros formalismos, que poseían los dos. Virtud indiscutida también de Martínez Estrada, con una mirada microscópica en los problemas argentinos, como la del médico frente al enfermo con diagnósticos tan precisos como rabiosamente actuales. Y ya que estamos, de Alberdi y Echeverría. Recordar a estos hombres no es casual frente a la contingencia actual. Presenciar el espectáculo que están brindando los exponentes más altos de los poderes en la Argentina, resulta casi un apostolado. Un ejercicio de paciencia, autocontrol y tolerancia. Pero principalmente, una ratificación de ese imaginario popular sobre los reales alcances de la política sobre las necesidades del pueblo. Claro está que dicha demostración de pobreza institucional no se limita a estos ámbitos sino que, lamentablemente, se extiende a la vida cotidiana en todos sus aspectos. Cuando se observa la indigencia en el pensamiento actual no se pueden obviar las deficiencias en la educación pública y en los sistemas de salud y habitacional de gran parte de la población –esa que ahora mira entre harta y azorada esta contienda que ocupa diarios, revistas, programas de televisión, de radio y en la que parece se juega, apocalípticamente, como es el término de moda, al todo o nada si no prima una u otra postura. No se puede soslayar el estado de deterioro general en el que está sumergida la Argentina desde ya hacer varias décadas, como una enfermedad progresiva de la que no sólo no se tienen antídotos sino que, lo que es peor, ni siquiera se los busca. Y que no es otro que el deterioro de una nación que no se lee como comunidad sino como átomos librados a su suerte a manera de guetos más o menos privilegiados. Su representación más obvia a nivel material está dada en la arquitectura de la ciudad, que siempre proyecta en ladrillos, zonificaciones y privilegios lo que acontece en los otros órdenes de la vida. La construcción política está íntimamente ligada a esta concepción de ciudad fragmentada, exclusiva y excluyente, donde el bienestar de cada elemento suele ser la desgracia de los otros, con total indiferencia a cualquier idea de conjunto o de bien común. Tal vez a nuestros legisladores les cueste entenderlo pero debe haber muy poca gente, entre esa masa medio olvidada, medio azorada, a la que le interese realmente el devenir del presente conflicto. No quiere vencedores ni vencidos, ni desalojos prematuros ni una moral pandillesca que defina su suerte. Y si no quiere hablar de política, ni se interesa por ella, estos representantes, sus prácticas y sus modos pugilísticos, son la clara explicación y justificación de tanto desinterés. Pero no habría que confundir indiferencia o fastidio silencioso con inacción: esta es la misma masa que será muy necesaria el año que viene (nadie está pensando en otros tiempos) a la hora de las urnas. Allí veremos en realidad si ese ejercicio político del pensar, razonar y decidir está tan olvidado. La memoria es bastante menos frágil de lo que se cree.

Zenda Liendivit
Marzo de 2010

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