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NOTA DE TAPA N° 80 /
MARZO 2011
DELEUZE EN LA
TELEVISIÓN
Devenires y
territorializaciones

Encender el televisor y encontrar a Deleuze hablando de lo que
es ser de izquierda, de devenir mujer, niño o animal, de
percepciones y agenciamientos, constituye casi un shock para un
sábado a la tarde -recién levantada, la tele encendida sólo para
saber la temperatura y otros datos útiles y de pronto, esos
inquietos ojos verdes, el gesto ligeramente burlón, la frase
interrumpida, el balbuceo, las definiciones. En instantes como
estos siempre sobrevuela la misma duda: ¿hasta qué punto se
puede conjurar el sortilegio de un soporte como el televisivo y
entablar, efectivamente, una comunicación verdadera? ¿Hasta qué
punto Deleuze sirve en la televisión? O, dicho de otra
forma: ¿no encubre la alta cultura televisada la trivialización
de toda la cultura actual argentina y, seguramente, mundial? Deleuze
(y Voltaire, el Barroco, Joyce y demás) resulta trivial en
cuanto no está inserto en un determinado contexto de recepción
capaz de escuchar lo que dice y no solamente observar que está
hablando. El modo de propagación, o difusión, de un contenido no
es menos importante que el contenido mismo y que sus contextos
de producción y recepción. Cuando ese modo de difusión responde
a los mismos mecanismos que construyen un país con un profundo
empobrecimiento educativo y cultural, poco importa qué se esté
trasmitiendo, el resultado será siempre el mismo. Una política
educativa liberadora actúa de manera inversamente proporcional a
aquellas que, ostentando la masividad como objetivo, se dirigen
a todo el mundo para no ocuparse de nadie. O dicho a modo
Deleuze, una actúa, y es actuada, sobre minorías específicas
incluyendo al educando y alejándolo de su rol de consumidor, de
sujeto abstracto; las otras, sobre patrones vacíos, invisibles.
Una apunta a la liberación de todas las formas de dominio
(principalmente, intelectual) a través de la comunión entre
práctica, contenido, formas y existencia, y la otra, como todo
lo anclado en el vacío, a la prosecución de intereses que nada
tienen que ver con aquello que ya niegan fundamentalmente.
Deleuze en la televisión no puede crear ese contexto ideal,
perseguido solamente en los discursos y metódicamente
traicionado en la práctica. Eso que siempre pasa entre las
cosas, esa instancia intermedia que reniega de las líneas rectas
y apela al claroscuro, al quiebre, al desdoblamiento, a los
movimientos de la elipse y a todas las figuras abiertas, esa
geografía que prefiere las intensidades y no la fría geometría,
no es un concepto dado, un legado que posee la humanidad a
priori, sino una construcción inherente a cada época. Una
construcción a encarar para que, precisamente, esos patrones
vacíos, esas perversas territorializaciones no sigan actuando a
manera de bloques que configuran lo que no existe y fabrican
fantasmas donde siempre pretendemos espejamos y donde, en
realidad, nunca nos encontramos.
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