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Arquitectura, Literatura y Ciudad
Ezequiel Martínez Estrada
Borremos las huellas

El presente texto fue publicado en el libro Microscopía de Buenos Aires, Ezequiel Martínez Estrada (Emece, Buenos Aires 1946)

Buenos Aires ha avanzado borrando sus pasos. No todos. Todavía se pueden observar, andando, las diferentes etapas de su adelanto. Edificios antiguos permanecen en pie. Son huellas que no se han borrado, y como en lo recóndito de cada ciudadano late un natural instinto de "rastreador", le es fácil seguir sus pasos. No valía la pena intentar esa ocultación, echar abajo tantos edificios, puesto que no se trataba de una fuga, ni de una mala acción que ocultar. Ha echado abajo, como quien cambia de muebles y de casa en épocas de prosperidad, su pasado, sus edificios públicos, el Fuerte, las casas de los patricios, y ahora mismo la parte de la Casa de Gobierno que estorbaba al Ministerio de Hacienda. Era su pasado arquitectónico, que no valía nada arquitectónicamente, pero que tenía un gran significado histórico. Ha demolido la arquitectura, pero ha derribado también la historia, sin que se sepa cuál era el móvil determinante, si éste o aquél. Por mucho que hoy quiera construirse arquitectura demoliendo la historia, ambas cosas son entre nosotros inconciliables y grandes a su manera.

Deberían ellos pensar que la belleza de una ciudad no consiste sólo en la magnificencia de sus edificios sino en la grandeza que representan para el espíritu. Para América entera aquellos palacios y edificios, muy feos sin duda, como todo lo que España hizo aquí durante su dominio, significaban mucho más que los rascacielos. Teníamos un pasado sin arte, sin solidez y sin dignidad, porque no se construía como en Roma, para siempre, sino para hospedarse el corto tiempo que durara la aventura. Sin embargo, tanto más grande resaltaría nuestro esfuerzo cuanto más pequeños se viera que fueron nuestros orígenes. Todavía se han cometido sacrilegios mayores que el de la demolición, que es la muerte y el sepelio, con la mutilación. Ahí está todavía una parte del Cabildo –"sin despenar", dirían en el campo- hasta que muy pronto se lo arranque de raíz. Ya la poda lo ha dejado sin vida, y un acto de contrición ha sido reconstruir su interior. Pero es una reproducción. Creen los gobernantes que se les va a revisar el árbol genealógico cuando se miran los pobres edificios antiguos, y de verdad no es así. ¿Quién piensa en ellos ni en sus padres?

La mutilación del Cabildo, que va seguida por la mutilación de la Casa Rosada, de la que se dejará indiscutiblemente el muñón a la vista, puede interpretarse en el lenguaje de la nueva psicología como un acto de represalia y de sonrojo. Se dirá que la apertura de la Avenida de Mayo o de la Diagonal Roca hicieron indispensable el derribo; como también se dijo, al echar abajo la vieja Recova, que necesitaba darse mayor amplitud a la Plaza de Mayo. Para erigir un nuevo monumento a la Independencia, se pensará en derribar, de un golpe en la base, la Pirámide de la República. Y así sucesivamente. Hay anhelo de mutilación, como en los patriotas de ahora que sólo mencionan el primer verso del Himno.

Dentro de los pretextos, mueve la mano de los ediles y gobernantes un sentimiento extranjero de vergüenza filial, un ansia de matar al padre. Pues las ciudades con historia han considerado siempre como sagrados sus monumentos y ruinas. Cuando el tiempo trabaja sobre ellas se las considera reliquias. La cárcel donde se dice que murió Sócrates y la estación ferroviaria de Astapovo, donde murió Tolstoi, así son más grandes que demoliéndolas para construir en su lugar otras cosas. Ninguna nación se avergüenza de sus orígenes sino cuando ha degradado, y cuanto más oscuros esos orígenes más nobles ellas y los mismos orígenes. El pasado es la unidad ciudadana, y aquellas enseñas arqueológicas dicen más al transeúnte que las prédicas del político y las protestas de grandeza en las fiestas oficiales. Mientras existen enteras es difícil que se pueda citar sólo un verso de ellas.

Esos insensatos que han tirado al suelo los edificios antiguos en alarde de iconoclastas y progresistas, tienen también sus fetiches que veneran en secreto. Veneran un pasado que modifican a su antojo y que consiste casi siempre en arrasar con la verdad y la realidad superviviente (enclavada en tierra) para adorar regularmente una ficción empotrada en una cláusula retórica. Así como nuestra historia ha sido involuntaria pero sistemáticamente falseada por escrúpulos urbanísticos, nuestra ciudad ha sido arquitectónicamente desfigurada y embellecida para uso de turistas. En uno y otro hecho hemos de ver la misma fuerza secreta que quiere hacerse un pasado que le venga bien a su persona, y una ciudad que embellezca los fondos de su casa particular.

No es el azar lo que vincula el fenómeno que llamamos "demoledor" con circunstancias análogas en otro orden de sucesos. Tampoco es un fenómeno, sino una enfermedad, una forma de neurosis freudiana que Andreieff en "El Misterio" y Shakespeare en "Macbeth" ya habían tratado. Borrar las huellas se convierte en: iniciar una vida nueva, una nueva historia, una nueva aventura, de cuya serie a devenir el enfermo es la piedra sillar y el punto de arranque. Los demoledores borran su propio pasado, arrasando con el Pasado, y se construyen un monumento en lugar del que derriban. La fuga es, en fin, un emblema.

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