
Antiguo Cuartel
de Retiro (1880)
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Arquitectura,
Literatura y Ciudad
Ezequiel
Martínez Estrada
Borremos
las huellasEl presente
texto fue publicado en el libro
Microscopía de Buenos Aires,
Ezequiel Martínez Estrada
(Emece, Buenos Aires 1946)
Buenos Aires ha
avanzado borrando sus pasos. No
todos. Todavía se pueden
observar, andando, las diferentes
etapas de su adelanto. Edificios
antiguos permanecen en pie. Son
huellas que no se han borrado, y
como en lo recóndito de cada
ciudadano late un natural
instinto de
"rastreador", le es
fácil seguir sus pasos. No
valía la pena intentar esa
ocultación, echar abajo tantos
edificios, puesto que no se
trataba de una fuga, ni de una
mala acción que ocultar. Ha
echado abajo, como quien cambia
de muebles y de casa en épocas
de prosperidad, su pasado, sus
edificios públicos, el Fuerte,
las casas de los patricios, y
ahora mismo la parte de la Casa
de Gobierno que estorbaba al
Ministerio de Hacienda. Era su
pasado arquitectónico, que no
valía nada arquitectónicamente,
pero que tenía un gran
significado histórico. Ha
demolido la arquitectura, pero ha
derribado también la historia,
sin que se sepa cuál era el
móvil determinante, si éste o
aquél. Por mucho que hoy quiera
construirse arquitectura
demoliendo la historia, ambas
cosas son entre nosotros
inconciliables y grandes a su
manera.
Deberían ellos
pensar que la belleza de una
ciudad no consiste sólo en la
magnificencia de sus edificios
sino en la grandeza que
representan para el espíritu.
Para América entera aquellos
palacios y edificios, muy feos
sin duda, como todo lo que
España hizo aquí durante su
dominio, significaban mucho más
que los rascacielos. Teníamos un
pasado sin arte, sin solidez y
sin dignidad, porque no se
construía como en Roma, para
siempre, sino para hospedarse el
corto tiempo que durara la
aventura. Sin embargo, tanto más
grande resaltaría nuestro
esfuerzo cuanto más pequeños se
viera que fueron nuestros
orígenes. Todavía se han
cometido sacrilegios mayores que
el de la demolición, que es la
muerte y el sepelio, con la
mutilación. Ahí está todavía
una parte del Cabildo
"sin despenar",
dirían en el campo- hasta que
muy pronto se lo arranque de
raíz. Ya la poda lo ha dejado
sin vida, y un acto de
contrición ha sido reconstruir
su interior. Pero es una
reproducción. Creen los
gobernantes que se les va a
revisar el árbol genealógico
cuando se miran los pobres
edificios antiguos, y de verdad
no es así. ¿Quién piensa en
ellos ni en sus padres?
La mutilación del
Cabildo, que va seguida por la
mutilación de la Casa Rosada, de
la que se dejará
indiscutiblemente el muñón a la
vista, puede interpretarse en el
lenguaje de la nueva psicología
como un acto de represalia y de
sonrojo. Se dirá que la apertura
de la Avenida de Mayo o de la
Diagonal Roca hicieron
indispensable el derribo; como
también se dijo, al echar abajo
la vieja Recova, que necesitaba
darse mayor amplitud a la Plaza
de Mayo. Para erigir un nuevo
monumento a la Independencia, se
pensará en derribar, de un golpe
en la base, la Pirámide de la
República. Y así sucesivamente.
Hay anhelo de mutilación, como
en los patriotas de ahora que
sólo mencionan el primer verso
del Himno.
Dentro de los
pretextos, mueve la mano de los
ediles y gobernantes un
sentimiento extranjero de
vergüenza filial, un ansia de
matar al padre. Pues las ciudades
con historia han considerado
siempre como sagrados sus
monumentos y ruinas. Cuando el
tiempo trabaja sobre ellas se las
considera reliquias. La cárcel
donde se dice que murió
Sócrates y la estación
ferroviaria de Astapovo, donde
murió Tolstoi, así son más
grandes que demoliéndolas para
construir en su lugar otras
cosas. Ninguna nación se
avergüenza de sus orígenes sino
cuando ha degradado, y cuanto
más oscuros esos orígenes más
nobles ellas y los mismos
orígenes. El pasado es la unidad
ciudadana, y aquellas enseñas
arqueológicas dicen más al
transeúnte que las prédicas del
político y las protestas de
grandeza en las fiestas
oficiales. Mientras existen
enteras es difícil que se pueda
citar sólo un verso de ellas.
Esos insensatos que
han tirado al suelo los edificios
antiguos en alarde de
iconoclastas y progresistas,
tienen también sus fetiches que
veneran en secreto. Veneran un
pasado que modifican a su antojo
y que consiste casi siempre en
arrasar con la verdad y la
realidad superviviente (enclavada
en tierra) para adorar
regularmente una ficción
empotrada en una cláusula
retórica. Así como nuestra
historia ha sido involuntaria
pero sistemáticamente falseada
por escrúpulos urbanísticos,
nuestra ciudad ha sido
arquitectónicamente desfigurada
y embellecida para uso de
turistas. En uno y otro hecho
hemos de ver la misma fuerza
secreta que quiere hacerse un
pasado que le venga bien a su
persona, y una ciudad que
embellezca los fondos de su casa
particular.
No es el azar lo que
vincula el fenómeno que llamamos
"demoledor" con
circunstancias análogas en otro
orden de sucesos. Tampoco es un
fenómeno, sino una enfermedad,
una forma de neurosis freudiana
que Andreieff en "El
Misterio" y Shakespeare en
"Macbeth" ya habían
tratado. Borrar las huellas se
convierte en: iniciar una vida
nueva, una nueva historia, una
nueva aventura, de cuya serie a
devenir el enfermo es la piedra
sillar y el punto de arranque.
Los demoledores borran su propio
pasado, arrasando con el Pasado,
y se construyen un monumento en
lugar del que derriban. La fuga
es, en fin, un emblema.
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