
EZEQUIEL MARTÍNEZ
ESTRADA
Foto publicada en la revista
Caras y Caretas a raíz
de
haber obtenido el autor
el Premio Nacional de Letras
del Año 1929
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EZEQUIEL
MARTÍNEZ ESTRADA
Las
Diez de Últimas
Del
libro Las 40, Ezequiel Martínez
Estrada (Ediciones Gure S.R.L.,
Buenos Aires 1957)Mi vieja denuncia de
que somos un pueblo acobardado,
con los años va perfilándose
mejor y obteniendo amplia
iluminación desde diversos
ángulos. Cuáles pueden haber
sido los eventos históricos y
caracterológicos que hayan
concurrido a fijar una modalidad
tan favorable al despotismo, a la
dominación
"extranjera" y a la
explotación del compatriota
infeliz, no es ésta la
oportunidad de que lo repita. He
encontrado seis causas
determinantes, una de ellas las
continuas, periódicas o
intermitentes revueltas, que
además del sacrificio de vidas y
bienes deja como secuela la
incertidumbre o el miedo al
mañana. Miedo inclusive, como
dice Fromm, a la libertad. Es lo
que ha denunciado Alberdi en El
crimen de la guerra y lo que
mucho antes había denunciado
hasta el cansancio Sarmiento en Facundo
y otras obras: "La América
del Sur es un pronunciamiento
permanente hasta 1875, en que fue
cayendo de pronunciamiento en
pronunciamiento en manos de
tenientes y coronelillos que se
fortificaron en los cuarteles y
abolieron o desvirtuaron con el
auxilio de la plebe, las
instituciones populares" (Conflictos
y Armonías).
Del daño que causó
la tiranía de Rosas y de sus
tácticas de terror, lo mismo que
los caudillos en el interior, me
he ocupado muchas veces; de
manera que he de limitarme a
insinuar que debe hacerse
extensivo el veredicto a los
motines, saqueos, atropellos e
iniquidades del gobierno y la
Justicia, que han denunciado
muchos patriotas exiliados en el
silencio. No es posible juzgar,
sin tener en cuenta la magnitud
de esos traumas que en la
historia han dejado ejemplo de
que se perpetúan por
generaciones y generaciones, en
qué situación se encuentra el
pueblo, ya para no resistir a los
invasores de cualquier género,
ya para entregarse
incondicionalmente al vencedor.
Pero si se enseña nuestra
historia como una novela de
aventureros gloriosos, ¿se le
dan defensas a ese pueblo
intimidado y embaucado? Hoy
estamos seguros pero ignoramos
qué nos acontecerá mañana; lo
que sí sabemos es que las
invasiones ya no se nos hacen
desde fuera. Advenedizos y
usurpadores como antaño
degolladores y matarifes tienen
en sus manos nuestros destinos y
nuestro honor.
Pero al final se ha
encontrado el procedimiento, no
sólo aquí sino en todas partes
del mundo, de sostener un estado
permanente de temor y de
incertidumbre como medio de
reducir a impotencia a
poblaciones de las que se exige
más de lo que pueden dar. La
experiencia de la guerra de
1914-1918 dio las normas y las
pautas. Observados los efectos
psicológicos de la guerra y de
todas las calamidades que
perturban la vida pacífica y
consuetudinaria, los gobernantes
de los países que por su
constitución democrática no
pueden ejercer sobre sus pueblos
el poder brutal de la fuerza
armada, han apelado a la guerra
fría o guerra de nervios que
mantiene la zozobra y la
sobreexcitación animal en
épocas de paz.
Gobernar es más
difícil que mandar, y el ideal
de convertir al país en un
cuartel es la solución gordiana
del que no sabe qué hacer con
él; pero también es la forma
más cínica y astuta de obligar
a un millón de hombres con un
grito
.
Hoy en día,
muchísimo más que en 1848 y en
Francia, le es imposible al
trabajador de Sudamérica tener
idea ni aproximada de la
situación nacional, y menos de
la mundial, de los intereses
capitalistas en juego, sospechar
cómo se combinan y coordinan, de
qué recursos de espionaje y
soborno disponen los enemigos,
dónde están, cuántos son, qué
poderes manejan, qué tácticas
emplean para el dominio incruento
de los países
"satélites". Ni el
intelectual que está al
corriente de publicaciones de
prensa y de librería
-¡precisamente!- sabe nada.
Estamos todos ciegos y los
colirios que nos suministran son
enceguecedores. Como decía un
magnate de la industria americana
refiriéndose en un banquete a
los líderes de los sindicatos
obreros y a los agitadores
no sé su elenco-, son
"ciegos guiando a
ciegos".
¿Qué hacer? Los
servidores gratuitos y los
estipendiados, que se parecen
muchísimo, nos aconsejan estar
conformes, ser optimistas,
"cantar a la libertad",
decir que sí y, como ya nos han
cacheteado ambas mejillas, que
presentemos ambas nalgas.
Consentir, aplaudir y, puesto que
no vemos, cerrar los ojos.
Son las tácticas
experimentadas en Italia y
Alemania para mantener el orden
de una población de cien mil
almas con dos gendarmes. ¿Y qué
otros medios, que los de la
intimidación se ponen en juego?
Infinitos. Uno de ellos es el
desvío de la conciencia
ciudadana hacia valores viles que
también debilitan y enervan.
Proponer la admiración de
hazañas escenográficas para
ocultar el mérito del esfuerzo
constante y anónimo, creando
ídolos de trapo y yeso, es una
forma de cortarle el pelo al
gigante. Si se induce al pueblo a
admirar y honrar a los reos de
lesa patria paseándoselos
coronados de laureles y ataviados
con la pompa que deslumbra a las
mujeres pruriginosas y a los
mozalbetes con inclinación
retrógrada, ¿qué falta hacen
otros recursos más costosos? Ese
teatro, ese circo, ese desfile de
monigotes facilita el contrabando
en gran escala de los productos
declarados contrarios a la salud
pública. Bajo esos entorchados,
penachos, galones, tricornios y
charangas se meten en el alma del
pueblo, no en las aduanas, los
traidores desterrados por
decreto. Moreno observó hace
siglo y medio: "En vano
publicaría esta Junta principios
liberales que hagan apreciar a
los pueblos el inestimable don de
su libertad, si permitiese la
continuación de aquellos
prestigios, que por desgracia de
la humanidad inventaron los
tiranos para sofocar los
sentimientos de la naturaleza.
Privada la multitud de luces
necesarias para dar su verdadero
valor a todas las cosas; reducida
por la condición de sus tareas a
no extender sus meditaciones a
más allá de sus primeras
necesidades; acostumbrada a ver
los magistrados y jefes envueltos
en un brillo que deslumbra a los
demás y los separa de su
inmediación, confunde los
inciensos y homenajes con la
autoridad de los que los
disfrutan y jamás se detiene a
buscar los jefes por los títulos
que los constituyen, sino por el
voto y condecoraciones con que
siempre los ha visto
distinguidos".
Nos hacen aborrecer
lo sagrado y lo venerable. Todo
lo ensucian y acibaran; de modo
que tenemos que privarnos de lo
poco que nos dejan porque queda
manchado. La libertad es un
estorbo, la franqueza un óbice,
la buena fe una chambonada, la
decencia una pamplina, la
rectitud una mochila con piedras.
Todos los días con noticias
ambiguas, desmentidos, con
rectificaciones y amenazas, con
propagar noticias de los
atropellos que nuestros
gobernantes policiales y los de
otros países cometen ( -No se
queje; hay otros peores), con
loar a los inquisidores, nos
desarman y acobardan. "Con
máscaras para gases, refugios y
alertas se pueden formar rebaños
miserables de seres humanos
enloquecidos, prontos a ceder a
los temores más insensatos y a
acoger con entusiasmo las más
humillantes tiranías, pero no
ciudadanos" (Simone Weil)
El modo más eficaz
y económico de someter a los
individuos y a los pueblos, no es
usando el látigo y el cepo como
antaño. Más simple y de menos
costo es embrutecerlo, cegarlo y
arrancarle los estímulos de
vivir. Para atarlo a la noria y
obligarlo a girar, mejor que
fustigarlo es arrancarle los
ojos. De todos modos hay que
vendárselos. Eso hicieron con
Sansón y eso aconsejó un
caudillo del nacional-socialismo
que se hiciera con los niños
destinados a los trabajos
mecánicos, de malacate.
Explicó Miranda a
Pitt: "España le saca los
ojos del entendimiento a los
americanos para tenerlos más
sujetos"
Intimidar,
embrutecer, desalentar, ésa es
la consigna. Si razona el caballo
se acabó la equitación. Para
esos fines se practican
procedimientos de laboratorio,
creados por Pavlov, y el
mecanismo de los reflejos
condicionados llega a actuar
mecánicamente apretando un
botón, produciendo un sonido,
encendiendo una luz, sobre
millones de seres
simultáneamente. Embrutecer al
propio pueblo, y si el poderío
de la nación es grande,
embrutecer a otros pueblos, lo
cual puede realizarse limpia y
elegantemente con el mismo elenco
de mando, copando los comandos
directivos y sometiéndolos a un
plan de entrega de la población
inerme y vendada. Puede usarse de
la cortesía diplomática y de la
ayuda financiera; en realidad
todos los órganos de dominio
pueden y lo han sido- ser
puestos al servicio de la
conquista y esclavitud del hombre
por sus salvadores y redentores.
¿Se comprende lo que
significaría que los apóstoles
estuvieran al servicio de
Satanás? Pues eso es,
literalmente, lo que ocurre. Los
métodos y procedimientos son
exquisitos, en ocasiones
deleitosos. Se emplean los
instrumentos creados y
habilitados para funciones de
progreso, libertad, instrucción,
legalidad, ética, respeto, los
mismos instrumentos,
perfeccionados en lo posible,
para que rindan resultados
imprevistos, contrarios a su
misión. El diálogo entre
Montesquieu y Maquiavelo, de
Joly, que cito en otro lugar, es
informativo: con los artefactos
de la democracia es posible
realizar un gobierno despótico,
con la ventaja de que los pueblos
no advertirán que son
traicionados y sometidos. Aún
llevarán guirnaldas a los
verdugos. Advirtió Moreno:
"Cualquier déspota puede
obligar a sus esclavos a que
canten himnos a la libertad, y
este cántico maquinal es muy
compatible con las cadenas y
opresión de los que lo entonan.
Si deseamos que los pueblos sean
libres, observemos religiosamente
el sagrado dogma de la
igualdad".
La radio, el cine,
el diario, la revista, los libros
de texto y de imaginación en un
noventa y cinco por ciento están
al servicio de esa empresa
satánica de embrutecimiento e
intimidación en gran escala.
Servidores de esos intereses son
los manipuladores de esos
instrumentos de dominio y
perversión, más culpables
cuanto más altos se hallan en la
escala de los poderes del saber.
El peligro que Marx
y Engels revelaron, para las
organizaciones estabilizadoras
del orden injusto e ignominioso,
era que el pueblo se instruyese y
se uniera. Oponerse a ese
designio que parece inscripto en
el destino de la especie humana,
por la violencia, por el soborno,
por el temor fue tentativa
frustrada y hasta la primera
guerra mundial se las puso en
práctica. El fascismo (que
encarna una doctrina política,
económica y social de largo
alcance) descubre la forma de
utilizar las banderas del
adversario para reclutar a los
destructores del bien público.
Ya no es necesario emplear la
violencia, oponer a las
muchedumbres enardecidas las
tropas disciplinadas, a las
barricadas los maúseres, a las
poblaciones fugitivas los
bombardeos en picada. Se usan a
las muchedumbres enardecidas y a
las barricadas ocasionales, se
usan los lemas de democracia,
libertad y cultura para vencerlas
en su propio terreno y con sus
propias armas. Esto se llama
corromper y vencer sin derramar
sangre, que al fin es cristiano.
Literalmente es la
táctica de Napoleón III, cuyo
imperio se caracterizó por haber
corrompido todo lo que Napoleón
I había exhumado del osario
borbónico, apoyándose en ello.
No atacó, envileció; dijo todo
lo que pensaba no hacer; atrajo
hacia sí a los opositores
enlodazándolos, y tanto los
prostituyó que las víctimas
acabaron por defender al
corruptor. Es la táctica que
creen haber descubierto los
gobernantes latinoamericanos, que
siempre imitan lo peor, que es lo
que más les gusta y que
juntamente es lo más fácil.
Pero hay los tratantes de blancas
y sus agentes comerciales; los
estadistas que no se ensucian las
manos, pues para eso usan
guantes, y los infelices que se
pringan todo el hocico; países
que convencen con el garrote
gordo y países que conquistan
con sus ejércitos de salvación.
Hace más de un siglo que
Inglaterra y Estados Unidos han
puesto detrás de la puerta el big
stick y retribuyen en dinero
los servicios de los traficantes
de pueblos.
Este tema de la
oscuridad y de la ceguera, común
en los antiguos mitos religiosos
y que hallamos en el Zend Avesta
como en los Evangelios, debe
explicarse. Que lo haga otro. Es,
en efecto, el recurso más
expeditivo para privar de la
fuerza, el cegar. El ciego es,
por excelencia, el ser indefenso.
Eso hicieron los filisteos con
Sansón, eso hacían los asirios
con los prisioneros de guerra.
También Jehová cegaba a quienes
quería perder. Pero mi tema es
que somos nosotros los
prisioneros de guerra y que hemos
sido vencidos en casa, durante la
noche, ¡y que no hay maquies ni
requetés contra los
colaboracionistas! Para
mantenernos quietos, el pesebre y
las anteojeras; para que no nos
enervemos, el cambio de jinetes.
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