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Las 40
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
Del libro Las 40. (Buenos Aires, Ediciones Gure, 1957)

De unos cincuenta libros de especialistas de Economía que he consultado, desde mi juventud, para tener alguna idea de lo que otros creen tener conceptos claros, he llegado a la conclusión de que lo más inteligente y profundo es el capítulo así titulado de Walden, de Thoreau. Para convenir en mi dictamen es preciso, por supuesto, adoptar su concepción existencialista y naturalista de la vida, lo cual suele estar reñido con la mentalidad propia de los economistas que consideran al productor humano de mercancías como un animal fabricante de ellas y a éstas como bienes sociales. He aquí algunos párrafos: “Algunos han querido saber con qué contaba yo para comer; si no me sentía muy solo; si no tenía miedo, y cosas por el estilo. Otros tenían curiosidad por saber qué parte de mis entradas destinaba a fines caritativos; y algunos que tenían familia numerosa, a cuántos niños pobres mantenía.” “Pero un error preside el trabajo de los hombres, la mejor parte de él va a servir ponto de abono a la tierra. Por un hado engañoso, llamado comúnmente necesidad, se aplican ellos, como dice un viejo libro, a guardar tesoros que la polilla y el moho han de corromper y los ladrones encontrar y robar”. “Considere uno al carretero que va camino del mercado de día y de noche; ¿cuál es la divinidad que palpita dentro de él? ¡Su más elevada misión es dar forraje y agua a los caballos!  Qué es para él su destino comparado por mercaderías que transporta?” “Por cosas necesarias a la vida entiendo cualesquiera de las que el hombre obtiene por su esfuerzo… para el bisonte de la pradera lo necesario consiste en pocos metros de sabrosa hierba, con agua para beber; a menos que también busque albergue en el bosque o la sombra de una montaña.”

En consecuencia, decidió plantar un lote de habas, hacerse los vestidos y los muebles y vivir filosofando como un silente junto al lago de Walden. Hace cuentas de lo que gasta y de lo que obtiene. Esta ciencia no es realmente la que enseñan los profesores en las universidades de Ciencias Económicas, pero es la doctrina sana y humana que, aunque no se practique, debe tenerse en cuenta para orientar la vida superior del alma. Así como se tienen en cuenta por los cristianos los evangelios aun cuando practiquen la moral de los cochinos. Forma parte de mi credo, el que he predicado siempre para corromper a la juventud.

Empero, todas estas consideraciones se relacionan tanto con el hombre como con el Estado. Pues la economía capitalista es hermana siamesa del Estado castrense. Aunque nosotros poco tenemos que ver con la teoría del Estado y sí con el Estado en barbecho, acudiré a una de mis autoridades.

Hasta una mujer tan exquisita, cauta y pulcra en todo concepto como Simone Weil, ha emitido opiniones sobre política que horrorizarían a los más desmelenados ácratas revolucionarios argentinos. Yo necesito ponerme tras su égida para ahorrarme algunos arañazos, que no son profundos pero sí enconosos, de mis amigos y congéneres, ya que mis enemigos parecerían ser más aliados. La definición del Estado que transcribo se aplica no sólo a los de corte nacifascista, que se han caracterizado por consagrar las bodas morganáticas del capital y del ejército, sino a los coloniales típicos de la América Latina, tengan o no los virus seminales de esa o de cualquier otra clase de despotismo. “Si el Estado es opresor y la democracia un señuelo –dice Simone Weil-, es porque el Estado se compone de tres cuerpos permanentes, reclutados por cooptación, distintos del pueblo: el ejército, la policía y la burocracia. Los intereses de estos tres cuerpos son distintos de los intereses de la población, y por consecuencia se le oponen. Así, “la máquina del Estado” es opresiva por su propia naturaleza; sus engranajes no pueden funcionar sin moler a los ciudadanos; ninguna buena voluntad puede convertirlo en instrumento del bien público; no hay modo de impedir su opresión salvo quebrándolo. Por lo demás –y en este punto el análisis de Marx, es menos estricto- la opresión ejercida por la máquina del Estado se confunde con la que ejerce la gran industria; esta máquina se halla automáticamente al servicio de la principal fuerza social, es decir, del capital, o dicho de otro modo: es instrumento de las empresas industriales. Los que son sacrificados al desarrollo del aparato industrial, es decir, los proletarios, son también los que se exponen a toda brutalidad del Estado, y el Estado los mantiene por la fuerza esclavos de las empresas”.

Estos estados hacen crisis, pero no siempre implican una revolución, como la francesa de 1789, que es la única a la que se le puede llamar así. Nosotros asistimos a una crisis y no creo que haya, entre los que pueden hacer algo por el bien de todos, quien vea que es el instante providencialmente propicio para realizar un avance, si no una revolución, en la marcha de la historia argentina. Los períodos de corrupción que siguen a los de dominio brutal, son los más fecundos. El estado que fustiga Voltaire estalla en 1789; el de Balzac en 1870; el de Zola en 1914; el de Tolstoi en 1917; el de Sarmiento en 1930. El actual, ¿cuándo dará sus frutos en sazón?

Los Caballeros de las Tinieblas han aprendido tácticas nuevas y gobiernan nuevos aliados. El espionaje tiende sus redes hasta cubrir prácticamente el planeta; al fracasado imperio universal de Alejandro o de César o de Carlomagno o de Hitler, por la fuerza bruta de las armas, sucede el “imperio de los papeles”. Los ejércitos pasan a categoría policíaca de gendarmes del orden social y cubren puntualmente con sus fuerzas la red del espionaje internacional. “Todo lo saben, todo lo ven”. Pero es el caso de pensar si la policía uniformada sirve para despistar, por cuanto los espías, delatores y rufianes entregadores forman legión. Como cierta clase temperamental de mujeres, cobren o no por sus servicios, los prestan a piacere. Son Circe, que convierte en cerdos a los seres humanos. Cuando esto no se logra por persuasión, se logra por intimidación.

 

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