/Los discursos del deseo / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02

BARROCO
Las pasiones del alma

La principal utilidad de la prudencia o templanza es la de enseñarnos a ser dueños de nuestras pasiones, y así dominarlas y dirigirlas de forma que los males que ocasionen sean más llevaderos y que incluso podamos obtener algún gozo de ellos.
Descartes, Traité des passions de l'áme (1649)

JOHN RUPERT MARTIN

La sensualización barroca de la experiencia tiene tanto su lado subjetivo como objetivo. El retrato de la vida interior del hombre, que no había recibido mucha atención por parte de los manieristas, adquirió repentino protagonismo a principios del siglo XVII.

El método de expresar las pasiones mediante los gestos y el semblante no fue naturalmente una invención barroca, sino que ya había sido formulado por los artistas y teóricos del siglo XVI que habían buscado inspiración en las obras de Aristóteles y de los antiguos teóricos; tanto Alberti como Leonardo habían considerado el estudio de la expresión como algo de importancia fundamental para el pintor de historia. Con Rafael, en obras como los cartones para tapices, la idea renacentista de lo que era la representación de las emociones alcanzó su punto culminante. Lo que distingue principalmente la actitud barroca de la renacentista es la urgencia de ampliar la gama de la experiencia sensorial y de profundizar e intensificar la interpretación de los sentimientos.

El resurgimiento de las pasiones en el terreno artístico puede considerarse como una de las consecuencias del naturalismo barroco, que al mismo tiempo que extremaba la observación de las acciones y la fisonomía humanas, condujo a un mayor interés por la vida emocional. Existe un obvio paralelismo, también, con la aparición de la ciencia de la psicología, que en el siglo XVII se entendía como la parte del estudio del hombre que se ocupa del alma. El problema de las pasiones se convirtió en un tema absorbente para los filósofos, que trataron de definir su papel en el destino humano. La visión materialista de las emociones está formulada en su forma más extrema en el Leviathan de Thomas Hobbes (1651). Para Hobbes, "los deseos, y otras pasiones de los hombres, no son pecado en sí mismos". En el funcionamiento de las pasiones puede verse la prueba del humano "deseo perpetuo e insaciable de poder, de un poder tras otro, que sólo cesa con la muerte". Pues es la adquisición de poder lo único que constituye la felicidad humana. "El éxito continuo en la obtención de las cosas que el hombre va deseando cada vez, es decir, el continuo prosperar, es lo que los hombres llaman Felicidad; quiero decir la felicidad de esta vida".
 
LA EXPRESIÓN DE LOS SENTIMIENTOS Y LOS ESTADOS DE ÁNIMO
En los primeros años del siglo XVII, las emociones que los artistas trataban de captar en sus obras eran generalmente las más vivas y espontáneas.(...) El poder del amor resuena en todo el arte barroco. Sea en los temas eróticos de la mitología clásica, en los episodios de lujuria y violencia del Antiguo Testamento, en escenas de género tomadas aparentemente de la vida real, las relaciones entre los sexos y los efectos de la pasión carnal están representados con sinceridad y penetración. Se nos viene a la memoria el fresco de Annibale Carracci de
Júpiter y Juno en el techo Farnese (Roma), donde, como para ilustrar la universal soberanía del amor, el rey de los dioses aparece mirando amorosamente a los ojos de su desposada mientras la atrae hacia sus brazos. ¿Recordaba Rubens esta extraordinaria obra cuando pintó su Venus y Adonis (Nueva York, Metropolitan)? Los dos amantes forman un grupo más o menos piramidal, y el semblante delicuescente de Venus mientras acaricia al impaciente Adonis tiene cierto parecido con la ardorosa expresión del Júpiter de Carracci. Sin embargo, no habría que exagerar la comparación, pues Venus teme que, al dejarla, Adonis vaya hacia su muerte, y Rubens nos hace ver que sus sentimientos amorosos están mezclados con la angustia cuando suplica llorosa a Adonis que se quede.

El equivalente burgués de estos amores de diosas y héroes es el divertido Almuerzo de ostras de Frans van Mieris (La Haya, Mauritshuis). Un galante caballero, que sonríe confiado llevándose la mano al corazón con fingida sinceridad, ofrece un plato de ostras a una joven vestida en salto de cama, cuya boba expresión demuestra que ha bebido ya demasiado y ha aflojado la guardia. El desenlace inevitable de este coqueteo se insinúa abiertamente en la cama endoselada que hay tras la pareja. "¿Quién -pregunta Robert Burton en la Anatomy of Melancholy (1621)- podrá contar la enajenación, el desvarío, la servidumbre y la ceguera, los absurdos fantasmas y vanidades de los Amantes, sus tormentos, sus vanas tentativas?"

Las miradas y gestos elocuentes no son los únicos medios por los que pueden comunicarse los sentimientos; muy a menudo es la radical inmovilidad e inexpresividad de la figura la que deja desnuda la actividad del alma. La Magdalena arrepentida del cuadro de Georges de La Tour contempla hipnotizada la luz de la lamparilla, desentendida de la calavera que sostiene en el regazo y de los libros, el azote y el crucifijo que hay sobre la mesa. La recluyente oscuridad, el silencio y la quietud absoluta transmiten con extraordinaria claridad el estado de ánimo de la pecadora penitente.

Incluso el mundo profano de la pintura holandesa de género nos sorprende algunas veces con sugerimientos de esta especie. La llamada Amonestación paternal de Gerard ter Bosch (Amsterdan, Rijksmuseum) parece ser en realidad una escena de burdel, donde un oficial, sentado a una mesa junto a una celestina de engañoso aire respetable, enseña una moneda de oro a la muchacha inmóvil que está de pie frente a ellos. La joven está de espaldas a nosotros, de forma que no vemos nada de su cara, pero hay algo en su hermosa figura, en su cabeza agachada y el gesto sumiso de sus brazos doblados, que expresa de forma inequívoca el sentimiento de resignación y de vergüenza, y el brillo lustroso de su traje de raso no hace sino acentuar el patetismo de la situación en que se encuentra.

 
LA VISIÓN Y EL ÉXTASIS
La representación de la experiencia mística es un tema reiterado en la iconografía devota del Barroco. Una de las formas más típicas del arte religioso católico de este periodo es el cuadro de altar que representa, en un tono intensamente emotivo, un santo en estado de trance, absolutamente anonadado por la presencia tremenda de lo divino. No basta atribuir estas visiones místicas a las enseñanzas de la Contrarreforma católica: pues el arte manierista del período siguiente al Concilio de Trento, en que la actitud de la Iglesia era austera e incluso iconoclasta, no produjo nada comparable a ellas. El fenómeno que aquí nos ocupa no surgió hasta la fase posterior de la Contrarreforma: la fase más realista y más emocional, que se inició, como el propio arte barroco, en los últimos años del siglo XVI. Pero podemos también advertir que los éxtasis barrocos no fueron motivados exclusivamente por las sensibilidades religiosas, sino que los artistas percibieron en estos temas, aparte y por encima de su propósito específicamente devocional, una oportunidad para explorar la psicología del misticismo, y que aportaron a esta tarea, siguiendo el ejemplo de los antiguos retóricos, un conocimiento práctico del arte, o la técnica, de la persuasión.

El papel precursor de Annibale Carracci, en ésta como en otras tendencias del Barroco, puede ilustrarse con su Visión de San Francisco (Londres, colección Pope-Hennessy), en que un ángel actúa como intermediario entre el santo y la aparición milagrosa de la Virgen y el Niño. Lo que el artista debe al efusivo sentimentalismo de Correggio es obvio. Pero la intensidad del sentimiento expresado por el rostro y la actitud de San Francisco, que se arrodilla arrebatado ante la virgen, ilumina de una forma enteramente nueva el significado de la entrega mística y pertenece sin disputa al vocabulario afectivo del Barroco.(...)

Ahora bien, tal como el artista barroco lo interpreta, el amor divino tiene algo en común (al menos en sus manifestaciones externas) con su equivalente terrenal, y es consecuencia inevitable de ello que muchas representaciones de visiones extáticas sean más que sugestivas de una experiencia erótica sublimada. Esto es sin duda aplicable a la brillante obra de Lanfranco, El éxtasis de Sta. Margarita de Cortona, de hacia 1620. El movimiento impetuoso de los ropajes encrespados, y la iluminación violenta y vibrante hablan de las vehementes emociones que embargan a la monja en su estado de trance.

Las posibilidades expresivas sugeridas por el cuadro de Lanfranco serían plenamente aprovechadas por Bernini en su Éxtasis de Sta. Teresa de hacia 1650 (Roma, Santa María della Vittoria). El escultor ha seguido con notable fidelidad el relato de la visión hecho por la propia gran mística española, en que describe al ángel que clava un dardo de oro en su corazón, dejándola "toda abrasada de un amor grande de Dios". El desvanecimiento de la santa, la agitación turbulenta de sus hábitos y la expresión apasionada del rostro -con la boca abierta como en un gemido- se unen para crear una imagen inolvidable del transporte carnal y espiritual. Ningún otro artista ha logrado una cristalización comparable en formas concretas de todos los matices de la experiencia extática; la sensación mística de abandono del mundo, los estados alternos de placer y dolor, la expansión del yo que se produce en la unión con la divinidad. Y todo ello representado con un realismo que trasciende el mero virtuosismo para traer lo ilimitado y lo incomprensible al reino de lo visible y lo tangible.
 
La capacidad de Bernini para conseguir la fusión de los opuestos -placer y dolor, temporalidad e infinitud, pintura y escultura- está empleada en forma aún más imaginativa en La Beata Ludovica Albertoni, una obra de los útlimos años del maestro (Roma, S. Francesco a Ripa). Pues lo que contemplamos en esta escultura extraordinaria es la agonía final de la Beata Ludovica, en la que se mezcla la gozosa anticipación de la vida eterna. Bernini fue, pues, capaz de materializar, por sensibilidad y pura intuición, aquellas pasiones encontradas que Le Brun trató en vano de sugerir en su Alejandro (Versalles) mediante un estudio sistemático de la expresión.

BARROCO (Capítulo III, Las pasiones del alma), John Rupert Martin (Xarait Libros, Bilbao-1986)

FOTOS:
1)
Costanza Bonarelli (GIAN LORENZO BERNINI, 1635), mármol. Museo Nacional del Bargello (Florencia)
2)
La Magdalena meditando (GEORGES DE LA TOUR, 1636/38), óleo sobre lienzo. Museo del Louvre (París)
3)
Éxtasis de Santa Teresa (GIAN LORENZO BERNINI, 1645-1652), detalle, mármol. Iglesia de Santa María de la Victoria (Roma)

 

Volver a Portada Revista Contratiempo Nº 3
Volver a Inicio