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 POESÍA

MANUEL ORTÍZ GUERRERO
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Bebe

Viajero de labio ardiente:
si es que la sed te mata,
ah beberás solamente
sin jarra de oro, ni plata;

pues que mi copa perdida,
aun no devuelve la suerte
porque no bebas la Vida,
que es el agua de la muerte.

Es agua pura, mi hermano:
te ofrezco, tan simplemente,
a beber de la surgente
con el hueco de tu mano.

Y sentirás en la boca
como un sabor de infinito,
cuando tu pobre alma loca
se te escape con un grito,

grito de sed que se atreve
llamar las aguas del cielo:
sed insaciable de anhelo,
que es más cruel, ¡pero…bebe!

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En el Belvedere

Fue una noche asuncenamente bella: fingía
desmayos de ternura por mi corbata gualda.
Verlaine, dentro de mi copa de ajenjo, sonreía
con una irresistible sonrisa de esmeralda.

Lloraban dos violines. Cien princesas había
en el café sentadas. Entró una, de espalda
tersa como la luna; radiosa geometría
me hizo soñar de paso su voluptuosa falda.

A unos metros escasos, la joven tomó asiento
y desde bajo el ala de su sombrero rosa
me miró y dio el perfume de una sonrisa al viento.

Bebí mi ajenjo, y luego, temiendo me avasalle
aquella tentadora sirena luminosa,
corazón en la mano me refugié en la calle.

Ambos poemas pertenecen al libro Surgente / Asunción 1922

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Del fuego eterno

Sobre las brasas vivas del amor, la esperanza,
arden como de aceites el dolor y el placer;
así la vida inflama su llama de luz, que danza
de júbilo ardoroso…¡El vivir es arder!

La llamarada alegre que danza, no se cansa
hasta que un día cualquiera, en que así debe ser,
las brasas se consumen y la vida se lanza,
volátil, hacia arriba… ¡Morir es ascender!

Loado una y mil veces este ardor que consume:
nos destila en rocío, nos liberta en perfume,
juramentos y deudas de pasión hace trizas,

los problemas del oro nos resuelve en cenizas,
y nos deja a los vivos la óptima enseñanza
de arder eternamente de amor y esperanza.

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Amanecer

¿Quién pincela en la noche, sobre el lienzo del Este,
con un óleo inefable, tan lejana sonrisa?
¿Quién es aquella blanca mujer que, con la veste
desceñida, desciende del cerro tan a prisa?

¿Desgarrando tinieblas, esta loca celeste
se escapó de D’Annunzio? ¡Su desnudez irisa
de júbilo al rocío! Y en el yerbal agreste,
corochiré de oro su alabanza eterniza.

Conocen a su reina las hojas y los tallos,
y adoran su tremenda blancura vencedora;
el pimpollo cerrado del pubis, sus vasallos
aclaman en tumulto!…

Va a pasar: es la hora.
Avenida de lanzas de plata alzan los gallos…
Y entre el millón de lanzas, se oye pasar la aurora.

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La cita

Por la puerta entreabierta de mi rancho de paja
entra la luna –hostia de mi sonambulismo-
y dentro de mis ojos su lividez se cuaja,
a modo de un asiduo fantasma de mí mismo.

Tras ella entra la Novia –madona o simple maja-
sus ojos fosforecen con luz de cataclismo,
con perlas dolorosas de lágrimas se alhaja,
y hay en su aliento el tufo terrible del abismo.

Al desnudarse el cuerpo, de núbiles cosquillas,
(en la caricia, diestro y en la machihembra, fuerte)
me deslumbra el teclado de sus blancas costillas,

y su vientre desierto…Era ella…¡la Muerte!
Tómame mi osamenta, si por eso te arrimas:
yo voy bajo los mirtos a recitar mis rimas.

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Munificencia

¿Por qué extrañáis, amigos, que yo también sonría,
que también yo os regale con rosas y con trinos,
si en mi jardín interno jamás hubo sequía,
y en mi médula anidan zorzales peregrinos?

No dudéis de la excelsa virtud de la poesía.
Del lodo se levantan los lirios matutinos;
succionan impurezas viñas de grata umbría
cuyos maduros frutos dan los sagrados vinos.

No dudéis de la excelsa virtud de la poesía.
La peste, el hambre, el frío son fantasmas mezquinos
que inútilmente rondan por la soledad mía

desde hace diez años, sin mirarme de frente.
Y, pues no tengo oro, reparto rosas, trinos…
Perdonadme este modo de ser munificente.

Del libro Nubes del Este / Asunción 1928

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Poemas extraídos del libro OBRAS COMPLETAS (Editas),
Manuel Ortiz Guerrero (Editorial Indoamericana, Asunción / Buenos Aires)

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