/
|
Las debilidades de la democracia contemporánea
frente a
la cultura popular
H.C.F.
MANSILLA

La tesis central de este breve texto es la
siguiente. El actual proceso de democratización ha sido
relativamente exitoso, y ahora está confrontado con algunos
dilemas que se derivan de su implantación a escala casi
mundial. Aunque no existe ninguna relación causal directa, la
democracia contemporánea de masas, la cultura popular y las
demandas crecientes de todos los pueblos de la Tierra se
hallan en un mismo contexto junto con los peligros de la
entropía social, los desarreglos ecológicos a escala global y
la manipulación que emana de los medios de comunicación. Desde
la Antigüedad clásica se sabe que, bajo ciertas
circunstancias, los regímenes democráticos pueden degenerar y
convertirse en sistemas autoritarios. En cambio una genuina
democracia está basada en factores argumentativos y
deliberativos, y estos últimos no son el fuerte del actual
modelo civilizatorio. Es probable que la ciencia política del
presente sea bastante convencional: en general no ha tomado en
cuenta las limitaciones que exhiben los regímenes
democráticos
─
como toda obra humana
─
y los límites que la naturaleza y la
escasez de recursos significan a largo plazo para una
convivencia razonable de los seres humanos.
Aspectos preliminares
No hay duda de que a nivel
mundial se puede constatar desde 1980 una saludable expansión
de gobiernos democráticos que no tiene precedente en la
historia universal. Este proceso está ligado a una dilatación
casi universal del libre mercado y del flujo irrestricto de
bienes, servicios e informaciones y, a escala mucho menor, a
una ampliación del Estado de Derecho. Este desarrollo está
vinculado a una considerable difusión de doctrinas políticas,
culturales y económicas inspiradas por el liberalismo. Tampoco
hay duda acerca de los beneficios y aspectos positivos
asociados a esta evolución: en América Latina, Africa y Asia,
por ejemplo, se puede observar hoy en día un loable retroceso
del autoritarismo y un fortalecimiento de sistemas
democráticos.
La evolución histórica de
las últimas décadas ha conllevado, empero, algunos elementos
negativos que se han agudizado paralelamente a la mencionada
expansión de la democracia, elementos que, sobre todo en el
Tercer Mundo, ponen en peligro a esta última. En las prósperas
naciones de Europa y Norteamérica el riesgo mayor debe ser
visto en el socavamiento de la democracia desde adentro, el
cual se expresa en el sentimiento general de pérdida de
sentido, la popularización del relativismo axiológico y la
despolitización del conjunto social. La complejidad creciente
de la vida social entorpece respuestas creíbles a los dilemas
que surgen cuando la gente se pregunta acerca del sentido de
todos los esfuerzos cotidianos. En otras palabras: ahora se
vislumbran inexorablemente las fronteras e insuficiencias de
la obra político-institucional más notable del ser humano, que
es la modernidad liberal-democrática, aunque críticas
clarividentes surgieron desde los comienzos del romanticismo.
Ya en el siglo XIX, durante el mayor florecimiento de una
atmósfera de seguridad y prosperidad, se percibieron en Gran
Bretaña algunas limitaciones del liberalismo como doctrina
dogmática: se aceptaba que el libre mercado funcionaba como un
mecanismo excelente para asignar recursos escasos, pero no
como el método ideal para definir objetivos a largo plazo
(1).
La gran desilusión vino cuando en 1914 las naciones más
adelantadas de ese modelo civilizatorio liberal se lanzaron a
la Primera Guerra Mundial, es decir a un intento masivo de
autodestrucción.
Hoy se puede notar algo mucho más alarmante a
nivel mundial: un incremento exponencial del crecimiento
demográfico a partir de 1945 y un aumento concomitante de la
destrucción ambiental a ritmo exponencial. Sin los adelantos
técnicos y sin una ampliación considerable de los servicios de
salud
─
por más modestos que sean
─,
esta evolución hubiera sido imposible. En las nuevas
democracias del Tercer Mundo y en regímenes autoritarios se
detecta una expansión de demandas múltiples (mejor nivel de
vida, mayores oportunidades de consumo masivo, mejor
educación) que también pueden ser consideradas como únicas en
la historia universal. Es superfluo añadir que en numerosos
países falta la base material para satisfacer esas demandas,
por más legitimas que sean.
La reflexión en ciencias sociales y políticas que
se practica en el Tercer Mundo exhibe un marcado desinterés
por este tipo de cuestiones y se concentra en asuntos de
factibilidad económica e ingeniería institucional. Algunos
problemas mencionados aquí han entrado tardíamente al debate
(como conservar el medio ambiente y reducir fricciones
emergentes de la presión demográfica), pero a regañadientes y
a la zaga de temáticas impuestas por la cooperación
internacional. El gran debate teórico sobre la transición a la
democracia, que tiene lugar en países latinoamericanos
(2),
no muestra la necesaria sensibilidad para comprender la
relevancia a largo plazo de estas cuestiones. También en Asia
y Africa la ciencia política convencional está demasiado
ocupada en celebrar las victorias de la democratización y los
aspectos promisorios de la globalización y sólo en casos
aislados analiza en profundidad las insuficiencias y paradojas
de la transición.
Un gran peligro adicional es
el siguiente: paralelamente a las leyes físicas (sobre todo en
la termodinámica), Manfred Wöhlcke postuló la
existencia de una entropía social, que se manifiesta en
la disipación continua de la energía, en la desintegración de
las instituciones que garantizan el orden, en el incremento de
una descomposición de normativas estructurantes, en la
declinación cualitativa de las actividades científicas,
artísticas y literarias, en formas exorbitantes de consumo
masivo (insostenibles a largo plazo) y finalmente en
tendencias autodestructivas a nivel mundial (por ejemplo el
incremento de la criminalidad y la inseguridad, la aparición
de dilatadas guerras civiles sin metas claras y, con respecto
a nuestra base misma de la vida, la destrucción incesante del
medio ambiente)
(3).
Estos problemas anotados por Wöhlcke tienen vigencia en todo
el planeta.
Temas tratados tangencialmente en la
politología convencional
Es de justicia señalar,
aunque muy someramente, los aspectos positivos de la cultura
contemporánea: la difusión de una ética universalista; la
mayor vigencia de los derechos humanos; el afianzamiento del
diálogo entre actores plurales dentro de una democracia
deliberativa; la dilución de factores tradicionales en las
relaciones entre los géneros y en la vida familiar; la
disminución de lo convencional en el estilo de la vida
cotidiana; la mayor diversidad en las mentalidades y en los
vínculos entre las personas; y en la esfera institucional, una
incipiente reducción de las jerarquías dentro de las fábricas
y empresas y, ocasionalmente, una cierta desburocratización de
los servicios públicos
(4).
Paralelamente a los mecanismos legal-formales (elecciones
correctas, competencia efectiva de actores políticos, rotación
de élites) se ha desarrollado una amplia variedad de formas de
organización y participación, que tienen la facultad de
inspirar o modificar políticas públicas y así tomar parte
indirecta, pero efectiva en las decisiones gubernamentales. La
ganancia más notable del proceso de democratización de América
Latina a partir de 1980 debe ser vista en el enorme incremento
de estas instancias participativas de rango intermedio, que se
ocupan de casi todas las actividades sociales y que
─
como propugnó Alexis de Tocqueville
─
actúan entre los individuos aislados y las instituciones
políticas
(5).
Según Ulrich Menzel estamos transitando de
una moderna sociedad industrial a un orden postmoderno basado
en la prestación de servicios. La producción de bienes
materiales pierde relevancia en favor del ámbito financiero y
la generación de bienes virtuales
(6). Pero este proceso denota también factores poco promisorios. El
incremento exponencial de este sector inmaterial requiere de
una fuerza laboral muy pequeña. La implementación exitosa del
principio del mercado a todo nivel y la desregulación radical
en el campo laboral pueden expulsar a mucha gente de
oportunidades de trabajo y a numerosos países del perímetro
del mercado mundial. El resultado es la marginalización y el
empobrecimiento de personas y sociedades. Esta evolución
debilita a los estados nacionales del Tercer Mundo mucho antes
de que estos alcancen el grado de racionalidad administrativa
y política que es necesario para sobrevivir en la modernidad
tardía. La sociedad concebida exclusivamente como un mercado
autorregulado puede ser una utopía peligrosa, pues también el
mercado requiere de toda suerte de regulaciones, límites y
controles, funciones a las que el Estado no debería renunciar
en vista de los efectos ambiguos de más de veinte años de
políticas públicas llamadas neoliberales.
El globalismo (como concepto distinto de la
globalización) prescribe que el mercado mundial desplaza y
reemplaza la acción política propiamente dicha; el pensamiento
neoliberal, con su unilateralidad, no comprende las muchas
facetas de los procesos de globalización y, en forma
monocausal
─
no muy diferente del marxismo
─,
cree que todo está definido por factores
económico-comerciales. Sobre todo las esferas de la ecología,
la cultura y la educación sufren bajo esta falta de matices.
La política se revela como un factor subalterno de la
economía, lo que precisamente dificulta una gobernabilidad que
sea relevante temporal y geográficamente
(7). Como afirmó Norbert Lechner,
el mercado constituye un "potente mecanismo de coordinación
social", que se caracteriza por no necesitar un acuerdo
normativo. Pero el mercado no da un sentido a la convivencia
social; no genera acuerdos sobre la interacción de los
factores político-sociales. Es como una "máquina avasalladora
que expulsa a quien no sabe adaptarse"
(8). Puede funcionar muy bien en su área, pero puede producir
dilatados fenómenos de violencia y otras patologías políticas
(o, al menos, convivir con ellas). Una de las causas profundas
de esta evolución reside en que la democracia se halla
impotente frente a la creciente complejidad de la esfera
social y política.
Hay que mencionar otros
aspectos negativos de la democracia contemporánea: la
fragmentación social, la pérdida de la solidaridad y la
monetarización de todos los sectores de la vida. Con la
declinación del clásico Estado nacional se socavan los
fundamentos mismos de la democracia
(9). La política como tal deja de existir y se transforma en un
asunto de asignación de recursos por medio del mercado. Se
disuelve la posibilidad de control democrático de políticas
públicas, ya que estas pasan a la tuición de organismos
supranacionales que generalmente no están conformados por una
elección democrática. Según Jürgen Habermas esta
"constelación postnacional" puede conducir a que la política
se convierta en una gestión tecnocrática, sin gozar de la
necesaria legitimidad democrática. Esta es la tendencia
aparentemente universal a la economización de la política. El
poder se reduce al dinero. El poder puede ser democratizado,
dice Habermas, el dinero no
(10). La regulación de decisiones opera como la lógica de opciones
mercantiles, para la cual criterios como el bien común, la
experiencia histórica o el sopesar riesgos sociales,
simplemente no existen. Se pierde la posibilidad de
transparencia del debate político y así del mejoramiento de
políticas públicas mediante una discusión colectiva entre
actores bien informados. De acuerdo a Habermas, bajo el
liberalismo postmoderno el sistema de libertades públicas e
individuales tiende a transformarse en derechos
individualistas, subjetivos y posesivos, que adoptan un
carácter instrumentalista, consagrados a defender sólo
intereses particulares y motivos utilitaristas. Por ello a los
actuales regímenes basados en el liberalismo económico les
falta el ámbito de la solidaridad. Sin esta última no puede
prosperar la dimensión de los derechos políticos, ya que la
utilización de derechos (también en la constelación de la
autonomía privada) presupone una determinada orientación al
bien común: las normas, las leyes y las regulaciones generales
derivan su legitimidad del hecho de que podrían haber sido
postuladas o anheladas por todos
(11).
La globalización contribuye a que los Estados
nacionales pierdan el control sobre mercados financieros y la
legislación de la esfera productiva y, de esta manera, se
reduce enormemente la capacidad estatal de influir sobre la
legislación contemporánea
(12).
Finalmente desaparecen los actores políticos imbuidos de una
ética social, inspirados por el bien común o algo similar, y
surgen los tecnócratas que tienen pocos valores de
orientación, como ser la reducción de los costes laborales.
Según Hans Herbert von Arnim una de las características
de la democracia actual es que en este sistema nadie
personalmente (ni tampoco una instancia claramente delimitada)
acepta la responsabilidad por hechos y procesos calificados
como negativos por la opinión pública
(13)..
La carencia de controles democráticos no es percibida por el
élite política como algo negativo; todo lo contrario.
La moderna cultura populista
agrava estas características mencionadas. Los parlamentos
pueden terminar como meras instancias de aclamación de las
decisiones tomadas por la alta burocracia del Poder Ejecutivo.
La calidad del debate en la prensa y en el Poder Legislativo
experimentan un descenso de nivel, sobre todo cuando las
dirigencias partidarias se dedican a ganar popularidad, es
decir legitimidad de ancha base. Los políticos se asemejan a
los presentadores de televisión. Esto es, según Ralf
Dahrendorf, el "autoritarismo furtivo"
(14).
que sobreviene cuando se acaban las grandes concepciones y
cuando la política se convierte en una actividad ligera y
desechable, como una moda efímera y cambiante. La programática
tiende a limitarse a políticas públicas ensayadas ad hoc
para cada ocasión, con la intención de resolver (o mitigar) un
problema momentáneo y nada más. La élite política, la
nomenclatura de las democracias contemporáneas, trata de
justificar y racionalizar sus decisiones políticas al margen
de una amplia discusión pública de calidad. Paulatinamente la
población se va transformando en apática y apolítica. La gente
vota, dice Dahrendorf, pero hoy apenas existe un control
efectivo, un sistema de vigilancia, bien informado y
permanente de las actividades gubernamentales. Son
"democracias sin demócratas"
(15).
Se diluyen las comunidades
solidarias. La autonomía individual se reduce a la elección
libre de objetos de consumo. En este consumismo sin sentido
inherente se disuelve la dialéctica entre diferencia e
igualdad; todo se vuelve uniforme pese a una vigencia
superficial de elementos multiculturalistas. Este peligro
también corren las sociedades étnicamente muy heterogéneas,
donde la tolerancia se vuelve indiferencia y donde la
diversidad se transforma en aspectos inofensivos de técnicas
de mercadeo. El multiculturalismo resulta ser una salsa que
sirve para condimentar prácticamente todo, porque contiene un
poco de cada cultura, en dosis aguadas, inofensivas y módicas,
y cuyo resultado final son productos bienvenidos por la moda
porque son inocuos e intercambiables entre sí
(16)..
Como aseveró Michael Th.
Greven, la ciencia política actual es insensible (1) a los
aspectos negativos de la cultura de masas, (2) a la
sorprendente adaptabilidad de los individuos con respecto de
las pautas colectivas de comportamiento y (3) a la
perdurabilidad y extensión de los fenómenos de alienación
(como se decía en tiempos recientes)
(17).
Entre tanto esta adaptabilidad ha alcanzado niveles de
sospechosa flexibilidad, lo que generalmente queda fuera del
examen politológico, pues para la ciencia política
convencional este asunto y materias afines constituyen sólo
temas filosóficos o hasta literarios, es decir poco dignos de
ser tomados en cuenta. La tendencia de hoy es el análisis, muy
sutil y detallista, de instituciones, procedimientos y reglas.
Para esta doctrina, una cuestión como la propia racionalidad a
largo plazo del sistema de libre mercado es percibida como un
problema metafísico e impropio de esfuerzos científicos
modernos. Esta posición tiene sus consecuencias. El dejar de
lado esta problemática favorece indirectamente una actitud
acrítica y apologética frente al mundo del neoliberalismo
porque se encubre la problemática del potencial
autodestructivo de un orden social basado y legitimado por el
crecimiento económico perpetuo e irrestricto. La gravedad del
asunto, sobre todo en el Tercer Mundo, se hace evidente cuando
consideramos que el crecimiento económico permanente no es
inocuo con respecto a los recursos naturales ni inofensivo
frente a los desarreglos ecológicos. Paradójicamente la
eliminación de numerosos ecosistemas terminará a largo plazo
por afectar los derechos igualitarios de consumo de los
ciudadanos, pues con la destrucción ecológica masiva
regresarán los tiempos de escasez, la necesidad de
restricciones con respecto a los bienes disponibles y la
emergencia de oligarquías que administrarán el acceso cada vez
más difícil a los mismos. Y esta "administración" se prestará
en la mayoría de las naciones del Tercer Mundo a potenciar los
conocidos fenómenos de corrupción y formación de élites poco
interesadas en el bien común.
La democracia actual, la cultura popular
y
los medios modernos de comunicación
Tempranamente pensadores
cercanos a la Escuela de Frankfurt, como Franz Neumann
y Otto Kirchheimer, llegaron a la conclusión de que un
juego democrático auténtico y pluralista es socavado
paulatinamente por las formas específicas que han adoptado en
la actualidad los partidos de masas, la propaganda política
electoral y la cultura popular, es decir por fenómenos propios
e inherentes a la democracia
moderna (18).
De modo muy sumario se puede aseverar lo siguiente. El proceso
de democratización denota algunas desventajas en una sociedad
altamente compleja y diferenciada. La toma de decisiones de
vuelve lenta y trabajosa; la autoridad derivada del
conocimiento, la experiencia, la ciencia y la ética queda
reducida a la calidad de una opinión entre otras. La
mediocridad emerge como el compromiso constructivo y funcional
en medio de un debate moroso e interminable. Los criterios de
la estética pública adoptan rasgos plebeyos y se sirven de
motivos contingentes y efímeros, pero inmensamente populares
y, por ello, hoy en día legítimos y casi obligatorios. Los
tribunales están recargados de trabajo y tienen que juzgar
cosas tan complejas que los jueces habitualmente no las
entienden (del todo, por lo menos). A los partidos les falta
un verdadero liderazgo, como en su época fueron De Gasperi, el
General de Gaulle, Adenauer, Roosevelt. Las iglesias se han
secularizado en tal grado que han perdido su capacidad de
brindar normas y valores de orientación y se han convertido en
instituciones de beneficencia pública, especialmente para los
ancianos. El potencial de sanciones del orden social
contemporáneo tiende a cero, lo que aumenta el peligro de la
entropía social.
Es el gran mérito de la
Escuela de Frankfurt el haber llamado tempranamente la
atención sobre esta paradoja: una cierta democratización en el
acceso a los bienes culturales se paga con el empobrecimiento
de los mismos. Por ello hay que recordar las secuelas de la
industria de la cultura sobre los individuos en cuanto actores
socio-políticos: la disminución de la sensibilidad y la
espontaneidad de la persona, el atrofiamiento de la fantasía y
la merma en la capacidad de reflexión. En su conjunto, la
industria de la cultura es conservadora en el sentido de
preservar el status quo político-cultural de un momento
dado: así ejerce, indirecta pero efectivamente, funciones de
poder, creando sobre todo dilatadas lealtades de las masas con
respecto a valores que no son puestos en cuestionamiento. La
industria de la cultura manipula y deforma las necesidades de
la población, no sólo en el campo del consumo masivo, sino
también en el terreno de las alternativas programáticas. Es
arduo encontrar algo espontáneo en ella, como lo propugnan
ahora los apologistas del postmodernismo. El individuo como
ser autónomo se convierte en algo residual e ilusorio; ninguna
democracia que merezca ese nombre puede realizarse con ovejas
(19).
Esta opinión de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer
(formulada en las primeras etapas de la Escuela de Frankfurt),
ha resultado poco diferenciada y difícilmente aplicable hoy en
día en las naciones muy desarrolladas, pero puede ser aun
válida para los países del Tercer Mundo.
Al suponer que la cultura
popular es democrática y espontánea, se hace una contribución
involuntaria a una mayor estulticia social. Al aceptar como
positivos e inescapables los rasgos fundamentales de la
sociedad contemporánea en cualquier latitud geográfica, se
admite igualmente el predominio de élites tecnocráticas, cuya
habilidad actual reside precisamente en autojustificarse
mediante los partidos de masas, la manipulación de los medios
de comunicación y la celebración de elecciones entre partidos
muy similares entre sí. Las teorías que en el fondo legitiman
(o toleran) este estado de cosas son de carácter resignativo,
pues se limitan a detectar y eliminar las fallas más
flagrantes del orden formal-democrático; al mismo tiempo dejan
de lado los problemas de la solidaridad y autodeterminación
práctico-efectivas y la compleja vinculación entre las
posibilidades de alcanzar felicidad personal y sus
condicionantes socio-culturales.
Estas visiones acríticas de la democracia
moderna, divulgadas por los medios masivos de comunicación,
fomentan la expansión de un igualitarismo peligroso, ya que
este despierta en todos los sectores poblacionales,
particularmente en los países del Tercer Mundo, anhelos de
progreso material que muy probablemente no podrán ser
satisfechos a causa de las limitaciones ecológicas del
planeta. Y además este igualitarismo estimula un designio de
participación política que quedará restringido por la
complejidad técnica del actual estadio civilizatorio, por las
prácticas tecnocráticas de las élites administrativas modernas
y por las destrezas manipulativas de la clase política
gobernante. Las fronteras de la democratización
─
de las cuales se ocupa muy poco la politología convencional
─
están dadas por la escasez de recursos naturales, la
precariedad del medio ambiente, el aumento demográfico sin
precedentes en la historia universal (a partir de 1945
aproximadamente) y por la exitosa resistencia a un cambio
auténtico de normativas de parte de las élites.
No es una exageración
afirmar que la visión de que todos pueden y deben acceder a un
alto nivel de vida, exhibido por los países altamente
industrializados del Norte, ha conducido en algunos países del
Tercer Mundo y en un lapso muy corto de tiempo a la
desestabilización de sus valores culturales y a la
desestructuración de su orden social. Indirectamente estos
factores han contribuido a la anomia expandida, a la
privatización de la violencia, al retorno de la etnicidad
agresiva y, por ende, a conflictos bélicos. Para que se llegue
a este extremo se requiere que los agravios alcancen una
relevancia socio-política inmensa, ayudados por la televisión
y el cine, y que las clases medias experimenten una envidia
socialmente relevante decidida a alcanzar los valores
materiales de la cultura occidental en el menor tiempo posible
(20).
Curiosamente la democracia moderna
─
a la que es propia una considerable diversidad de opiniones y
una pluralidad de intereses
─
no funciona bien bajo la presión de los medios modernos de
comunicación social, que, pese a su extraordinario número,
producen como efecto final un uniformamiento de ideas matrices
e imágenes cotidianas, con lo cual la dimensión del futuro
(político, programático, cultural) se empobrece. La
sobresaturación mediática con fragmentos informativos de
dudoso valor específico provoca la apatía de los votantes,
entre otras cosas porque desaparece la diferencia entre votar
y ser encuestado. Además: el desplazamiento de la política
desde el foro clásico y otras instancias de reflexión
hacia el espectáculo televisivo (y, en general, hacia
el plano audiovisual) lleva a que la política se contagie del
carácter de los medios y se vuelva algo temáticamente efímero,
intelectualmente ligero, fácilmente digerible. Las imágenes
fugaces tienen preeminencia sobre lo inteligible y lo
reflexivo: con esto está dicho casi todo. Pues la
transitoriedad de la información impide normalmente la
formación de una memoria adecuada, y sin esta no se da
fácilmente una solidaridad de largo alcance
(21).
La política se ha
convertido, por lo menos parcialmente, en estrategias de
teatralización, que tratan de impresionar al público a
través de expresiones dramatúrgicas y otros mecanismos de
manipulación de sentimientos, para conseguir la adhesión del
público o inducirlo a una cierta toma de posición sobre una
determinada política pública. Esta adhesión es intransparente
en el sentido de que no deja ver la verdadera intención de los
actores políticos
(22).
La política tiende a basarse en la nueva Santísima Trinidad:
técnica escenográfica, información dosificada y comunicación
orientada unilateralmente
(23).
La democracia efectiva en amplias regiones
del Tercer Mundo
Una buena porción de las
teorías contemporáneas sobre los regímenes democráticos y
especialmente sobre la transición a la democracia en el
llamado Tercer Mundo no puede ser eximida de un sesgo
tecnocrático y apologético, que se manifiesta en una notoria
ausencia de crítica de las pautas de comportamiento y del
imaginario de las nuevas élites políticas, temas que son hoy
imprescindibles para comprender la configuración interna de
numerosos regímenes del Tercer Mundo. Esta evolución no ha
sido, en general, un dechado de virtudes. Ya que el
colonialismo directo está cada día más lejano en la memoria de
los pueblos, se hace ahora menos creíble, como aseveró
Rainer Tetzlaff, el atribuir todas las causas del malestar
actual a la acción de poderes exteriores y se percibe
simultáneamente la necesidad de analizar los valores de
orientación de las clases gobernantes, que a menudo han gozado
de una amplia legitimidad democrática, avalada por elecciones
generales, por la cooperación exterior que brindan las
naciones más prósperas y por el apoyo de los grandes
organismos financieros supranacionales
(24).
Por otra parte, y lo que es más grave aun, es posible que haya
existido una suerte de congruencia entre la mentalidad
colectiva de la sociedad respectiva y la élite gobernante.
Considérese el ejemplo del
Africa subsahariana: la realidad contemporánea está signada en
varios países por una guerra de baja intensidad, pero de larga
duración, por recursos naturales valiosos, y muy escasos, lo
que conduce a la conversión de la democracia en un conflicto
étnico con base popular muy amplia, dilatada y justificada
paradójicamente por la introducción de la democracia electoral
de masas
(25).
No es enteramente diferente la situación en los estados
sucesorios de la antigua Unión Soviética, donde se da en parte
una lucha étnica por recursos naturales devenidos escasos, una
pugna violenta alentada por la continuación de la tradición
del autoritarismo, pese a pequeños avances, nada
despreciables, en Georgia y Ucrania
(26).
En Asia, Africa y América Latina hay democracias
defectivas o defectuosas: las elecciones para renovar los
órganos del Estado tienen lugar debidamente, prevalece
formalmente la separación de poderes y reina la libertad de
expresión, pero no hay en la realidad un Estado de Derecho
digno de ser tomado en serio, sino prácticas autoritarias,
mafiosas, corruptas, oligárquicas, que a la larga socavan el
edificio democrático
(27).
Uno de los casos más notables y conocidos es Nigeria, donde
hasta fines del siglo XX predominaban la falta del Estado de
Derecho y una corrupción inenarrable, paralelamente al
funcionamiento correcto de numerosos subsistemas democráticos
(28).
En regímenes presuntamente
democráticos se da la tendencia hacia la corrupción, la
búsqueda de rentas no productivas (rent-seeking) y el
clientelismo, porque hay un abismo entre el ámbito de las
reglas formal-legales y la esfera de los códigos paralelos o
practicados cotidianamente. Estos códigos crean una atmósfera
de intransparencia política, aumentada por la cultura
tradicional, por ejemplo por la subordinación del Poder
Judicial frente al Ejecutivo, su bajo rendimiento y sus
prácticas corruptas. Todo esto dificulta un control
verdaderamente eficaz de parte de la población. Así florecen
las democracias delegativas y defectuosas. Los partidos
políticos exhiben poca institucionalización, mucha
personalización y un gran vacío programático: son
transformados en meras maquinarias electorales
(29).
Pero también se ensancha la corrupción porque el contexto
social e histórico apoya y premia a los corruptos exitosos. A
todo esto contribuye la tradición de la cultura política
autoritaria, muy reacia a la modificación, pese a la fácil
adopción de la modernidad en sus aspectos técnicos y
económicos. Entre sus rasgos principales se hallan la
impunidad de los poderosos, la deliberada complicación de los
mecanismos y procesos legales y el tratamiento desigual de los
acusados según su importancia política o financiera. La
consecuencia, como puede observarse en América Latina y Africa,
es la dilución del Estado de Derecho, la desincentivación de
la honradez, la transparencia y la efectividad, el predominio
de una cultura televisiva de pésima calidad intelectual y la
alocación deficiente de recursos mediante procedimientos
económicamente improductivos
(30). Los tratadistas con simpatías por los regímenes liberales
sostienen que los sistemas autoritarios premodernos son mucho
más favorables a toda forma de corrupción, pero la evolución
en todo el Tercer Mundo a partir de 1980 nos muestra que los
sistemas democráticos han generado modos técnicamente
creativos y rentables de corrupción, muy difíciles de ser
detectados por las instancias del Poder Judicial y por la
opinión pública.
Finalmente hay que considerar la fatal
influencia de los medios masivos de comunicación en conjunción
con la persistencia del autoritarismo en el ámbito islámico.
De acuerdo a la teoría de Bassam Tibi, no habría
existido allí una consciencia crítica de relevancia colectiva
que ponga en cuestionamiento la historia, los valores de
orientación, las normativas políticas y las instituciones de
esta enorme área geográfico-cultural. La escuela, la
universidad y los medios ofrecerían a un público relativamente
ingenuo una visión edulcorada e idealizada del propio pasado.
Esto cimentaría una actitud social favorable a priori a
la continuación del autoritarismo, revestido de un barniz de
modernismo técnico. Faltaría, por ejemplo, un continuado
debate público
─
que tuviese consecuencias políticas
─
en torno a la tensión nunca resuelta entre el credo religioso
proclamado de dientes para afuera y el comportamiento
cotidiano, que no coincide con el primero, tensión que está
revestida de un tabú muy sólido. Esto crea una doble moral
permanente, que no es favorable ni a la democracia genuina, ni
al Estado de Derecho, ni a un espíritu de indagación
intelectual y científica
(31).
La posibilidad de la comunicación racional
y la
necesidad de la resolución pacífica de conflictos
A lo largo de su ya vasta
obra, Bassam Tibi
(32)
ha postulado la tesis de que en el espacio islámico la acción
de la racionalidad instrumental (el progreso
técnico-económico) puede significar un reforzamiento de una
tradición cultural autoritaria, a lo que contribuyen también
el cine, la televisión y los otros medios. Este conjunto de
factores puede representar una clara amenaza para la
implantación de una democracia efectiva y para una
comunicación racional intersubjetiva. Este peligro puede ser
constatado en otros ámbitos del Tercer Mundo. El progreso
técnico no es garantía de emancipación política
(33).
No existe una alternativa clara a esta
constelación en Asia, Africa y América Latina. Y tampoco en
las naciones prósperas del Norte se puede descubrir o elaborar
una solución ideal contra las debilidades que manifiesta la
democracia contemporánea frente a la exitosa cultura popular y
ante los peligros que provienen de la entropía social y de los
desarreglos ecológicos a escala global. En el campo de la
organización política, que constituye, después de todo, un
modesto espacio dentro de las actividades humanas, podemos
recurrir al modelo teórico de una democracia deliberativa y de
una comunicación racional que ha sido propuesto, entre otros,
por Jürgen Habermas
─
sin muchas esperanzas y en la figura del mal menor.
Desde Aristóteles se concibe la política
como algo más que un lugar de maximización de preferencias
sociales, porque estas preferencias tienen que ver con valores
éticos y con asuntos relativos a la justicia. La política, por
lo tanto, no puede ser asimilada (o reducida) a un modelo de
mercado, sino que se parece más a un foro público, donde la
participación libre de los ciudadanos es equivalente a su
autorrealización: un fin en sí mismo
(34).
No puede ser identificada con ninguna forma de mercado, pues
esta participación implica nolens volens la búsqueda
del bien común y, por ende, la superación del egoísmo
individualista, aunque esto ocurra mayoritariamente en el
plano teórico. Aun los participantes en el debate público que
sólo rinden un respeto formal a la democracia como ágora
actúan a la larga en favor de formas deliberativas de la
democracia, pues existe "la fuerza civilizadora de la
hipocresía"
(35), como dice Jon Elster (siguiendo un argumento del
Duque de La Rochefoucauld, el gran moralista francés del
siglo XVII).
Si consideramos un largo periodo evolutivo,
por ejemplo, desde el Renacimiento hasta hoy
─
como lo hizo la Escuela de Frankfurt en su notable filosofía
de la historia
(36)
─,
podemos percibir que las diferentes variantes del racionalismo
no dan cuenta adecuadamente de la complejidad de la naturaleza
humana. Este es el tenor general de la crítica postmodernista
al racionalismo, alimentada por las obras magnas de
Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Probablemente
el modo más razonable de superar estas manifiestas carencias
del racionalismo sea, sin embargo, aplicar el espíritu crítico
y racional a todos los productos de la razón, especialmente en
el ámbito socio-político. Desde Immanuel Kant el
esclarecimiento en torno a la propia Ilustración, es decir: el
someter todas las formas de racionalismo a una crítica
racional, es nuestro deber, y no claudicar ante estas
evidentes dificultades y dejar el campo a doctrinas
partidarias del irracionalismo
(37). Este es también el proyecto de Jürgen Habermas. Las heridas y
cicatrices que ha dejado la razón sólo pueden ser remediadas
─
si es posible el intento
─
mediante la misma razón y no acudiendo a fórmulas y mecanismos
irracionales. La moral misma debe ser vista como un
dispositivo de protección, tejido con elementos comunicativos,
que resguardan la vulnerabilidad de individuos que han sido
socializados mediante procesos de comunicación y que por ello
se exponen a los riesgos de una reciprocidad denegada. Estas
falencias sólo pueden ser reducidas por medio de una
comunicación libre, cuyo trasfondo es una moral pública que
parta del mismo respeto para con todos, que rechace toda forma
de discriminación y que esté basada en una solidaridad general
(38).
En un mundo pequeño e
interconectado son inevitables los conflictos entre modelos
civilizatorios diferentes en todo sentido. Cada sociedad
recibe los impulsos más diversos y es afectada por ellos en su
propia identidad. La consecuencia es una politización
profunda, caótica e imprevisible, que desemboca en una crisis
permanente de identidad. Esto lo podemos observar hoy en el
mundo islámico. Precisamente porque la tecnología bélica
actual potencia conflictos internos y externos a dimensiones
nunca conocidas antes, es que necesitamos mecanismos de
solución pacífica de conflictos, que aseguren una convivencia
civilizada de los mortales. Y justamente para este fin nos
hace falta una democracia genuina, que no se reduzca a
formalismos electorales y administrativos, que no se limite a
reformas de ingeniería institucional y que no reproduzca el
populismo improductivo de la cultura contemporánea de masas.
Los conflictos de identidad colectiva son
particularmente traumáticos, pero pueden ser solucionados
mediante procesos de aprendizaje, a veces con resultado
incierto, a menudo contra las convicciones dogmáticas más
arraigadas de una sociedad, procesos, empero, que pueden
terminar en una acumulación cognoscitiva, que enseñan, por
ejemplo, que la violencia abierta es simplemente un gasto
innecesario. Como en todo aprendizaje, se aprende a menudo
contra las inclinaciones más íntimas de uno mismo
(39).
La oportunidad que tenemos
es, como afirmó Habermas, que la comunicación verbal nos
permita una comprensión de y con los otros, dentro de los
parámetros establecidos por el racionalismo en sus muchas
variantes, matices y juegos. La comprensión es posible en una
constelación de diálogo en la cual los interlocutores se
hallen en una cierta simetría sin privilegiar la objetividad
interpretativa y hermenéutica de una de las partes y cuando
los interlocutores creen que pueden aprender uno del otro y
entender recíprocamente la vigencia de la perspectiva del
otro. Así se aproximan y acercan las perspectivas de
comprensión
(40).
La aproximación a la verdad, el mejor argumento racional, la
plausibilidad argumentativa de una tesis
─
y no la tradición dada, la autoridad del gobierno existente,
la fuerza de los credos religiosos
─,
son los criterios que inclinan (o que deberían inclinar) al
público razonador a adoptar esta u otra decisión. El resultado
es (o debería ser) el ciudadano autónomo, activo,
participante, crítico, que aprende a emitir opiniones
individuales, y estas transcienden la calidad de meras
opiniones personales por su fundamentación lógica e histórica.
Este tipo de argumentación puede ser enriquecido por los
criterios y procedimientos de la hermenéutica filosófica. El
resultado es un potencial universalista y racional de
comprensión.
Puede ser que esta
concepción habermasiana sea de índole general y abstracta, y
que, por consiguiente, tenga plena vigencia sólo en el terreno
teórico, y por ello una validez mucho más restringida en el
complejo y profano campo de la praxis política cotidiana. En
la grosera vida diaria la concepción habermasiana de la
política como la autorreflexión sobre la moralidad
universalista puede aparecer obviamente como irrealista y
hasta ingenua
(41).
De todas maneras: el enfoque de Habermas nos muestra
que, sin renunciar a su propia verdad, por ejemplo en la
esfera ética, un interlocutor puede proseguir un debate
racional que no termina necesariamente en un consentimiento
con las opiniones y los intereses del otro, pero que resulta
brindando un disenso productivo. Y este es, en el fondo, lo
que requiere una auténtica democracia: una alta estima
recíproca de formas de vida y de culturas extrañas a uno
mismo. Esta precondición para la comunicación impide la
violencia y la implementación unilateral de una sola "verdad";
la consideración recíproca de tradiciones diversas hace que
uno pueda aprender algo del otro. Esto dificulta una
"comprensión fundamentalista de uno mismo"
(42):
diluye el fanatismo que significa eliminar toda comunicación.
Esta concepción está basada en un impulso moral: la voluntad
de comprender y de querer comunicarse con los otros. Pese a su
carácter abstracto, esta predisposición es indispensable para
establecer una cultura política democrática y respetuosa de
los derechos humanos, que es lo que aun falta en amplios
sectores del Tercer Mundo. Los derechos humanos, tal como los
conocemos hoy, adquieren una importancia supranacional no por
provenir de una filosofía por encima de todo cuestionamiento o
de un contexto geográfico e histórico privilegiado, sino
porque universalizan el pluralismo de valores. Este pluralismo
está históricamente asociado al tránsito exitoso de la tradicionalidad a la modernidad; resulta paradójicamente
favorable a todo tipo de culturas premodernas de alcance
localista, oponiéndose, por ejemplo, a la idea de que culturas
particulares deberían ser barridas por una ola uniformizadora
globalizante y obligatoria. Las patologías asociadas a la
modernidad son bien conocidas y no necesitan aquí ser
recordadas, pero hay una ventaja innegable de la modernidad
sobre otros sistemas sociales, ventaja que deviene un factor
positivo para modelos civilizatorios premodernos: la capacidad
de autocrítica, la facultad antidogmática de ponerse en
cuestión.
El comunitarismo y la
Escuela de Frankfurt comparten algunos principios
fundamentales, como el rechazo de concepciones ahistóricas y
atomísticas sobre la identidad y el individuo y la necesidad
de una moral pública universalista
(43).
Existen naturalmente fuertes argumentos contra esta
concepción. El principal proviene de Nietzsche y Freud, aunque
puede ser rastreado hasta el romanticismo: hay instintos y
motivaciones del comportamiento humano que están fuera del
control de la plena consciencia, que poseen una enorme fuerza
práctica y escapan a un control racional. Por lo tanto las
actuaciones humanas nunca llegan a ser totalmente
transparentes ni comprensibles para el propio sujeto. La
autonomía del sujeto individual cognoscente es, por ende, muy
limitada. La influencia de teorías sobre la lingüística hace
suponer que el sujeto siempre es dependiente de contextos
histórico-sociales previos a todo acto racional; el ser humano
no actúa ni crea sentido de manera realmente creativa y
autónoma.
A esto se puede contestar
que las fuerzas detectadas por el psicoanálisis y la
lingüística, que estarían fuera del control de la consciencia,
nunca adquieren la cualidad de lo liminarmente Otro con
respecto al sujeto y que no pueden ser exaltadas y objetivadas
a la cualidad de fuerzas anónimas incontrolables, como lo hace
la mayoría de los pensadores postmodernistas. Una posibilidad
de evitar este dilema es la teoría de la intersubjetividad de
Habermas, según la cual la autonomía individual no es
concebida como lo opuesto a las fuerzas contingentes, sino
como una posibilidad de canalizarlas y organizarlas. Esta
posibilidad ya fue esbozada por Immanuel Kant para la
conformación de juicios morales
(44).
En una palabra: las personas no están jamás libres de
motivaciones inconscientes, que pueden ser altamente
irracionales, pero mediante la reflexión crítica se puede
transformar estos impulsos en algo relativamente más
transparente y, sobre todo, se puede arribar a decisiones
basadas en un mínimo de racionalidad. Esta era también la gran
esperanza de Sigmund Freud. Y esta posibilidad ya es decisiva
para el ámbito político.
Esta posición surge como más
plausible y convincente a la luz de los consejos insuficientes
de los filósofos postmodernistas para la vida política: ellos
propagan normativas axiológicas minimalistas, la aceptación de
la contingencia, una moral sin código ético, el reconocimiento
de la ambigüedad, una moral no universalizable y aporética. En
resumen: se quiere un mundo que acepte todo esto, y que por
ello sea más realista y más modesto
(45). La gran ventaja de estos postulados es que son gelatinosos,
ambivalentes y de alguna manera simpáticos y sintonizados con
las modas del día
─
y no obligan a nada serio
(46). En comparación con ellos el enfoque habermasiano se destaca
como el relativamente más adecuado a las necesidades
contemporáneas, pese a su alto grado de abstracción teórica.
David Thomson, England in the Nineteenth Century
1815-1914, Harmondsworth: Penguin 1967, p. 227 sq.
Cf. el compendio más completo sobre esta discusión en
América Latina: Martin Lauga, Demokratietheorie in
Lateinamerika. Die Debatte in den Sozialwissenschaften
(La teoría de la democracia en América Latina. El debate en
las ciencias sociales), Opladen: Leske + Budrich 1999.
Manfred Wöhlcke, Soziale Entropie. Die Zivilisation und
der Weg allen Fleisches (Entropía social. La
civilización y el destino de toda carne), Munich: dtv 1996,
p. 15.- Para una visión diferente cf. el temprano texto de
Ramón García Cotarelo, Crítica de la consciencia
contemporánea de catástrofe, en: REVISTA DE ESTUDIOS
POLITICOS (Madrid), Nº 43, enero/febrero de 1985, pp. 67-82.
Jürgen Habermas, Die postnationale Konstellation.
Politische Essays (La constelación postnacional. Ensayos
políticos), Frankfurt: Suhrkamp 1998, p. 132.
Cf. Luis Salazar, Vom Gebrauch und Missbrauch des
Begriffs Zivilgesellschaft (Uso y abuso del concepto de
sociedad civil), en: Peter Hengstenberg et al. (comps.),
Zivilgesellschaft in Lateinamerika. Interessenvertretung und
Regierbarkeit (La sociedad civil en América Latina.
Representación de intereses y gobernabilidad), Frankfurt:
Vervuert 2000, pp. 23-32.
Cf. las tesis de Ulrich Menzel, Globalisierung versus
Fragmentierung (Globalización vs. fragmentación),
Frankfurt: Suhrkamp 1998, p. 248 sq. Cf. también: Elmar
Altvater / Birgit Mahnkopf, Grenzen der Globalisierung.
Ökonomie, Ökologie und Politik in der Weltgesellschaft
(Límites de la globalización. Economía, ecología y política
en la sociedad mundial), Münster: Westfälisches Dampfboot
1999, p. 15 sq.
Rainer Tetzlaff, Globalisierung
─
"Dritte Welt"-Kulturen zwischen Zukunftsängsten und
Aufholhoffnungen
(Globalización
─
las culturas del "Tercer Mundo" entre los miedos del futuro
y las esperanzas de ganar terreno), en: Rainer Tetzlaff
(comp.), Weltkulturen unter Globalisierungsdruck.
Erfahrungen und Antworten aus den Kontinenten (Culturas
mundiales bajo la presión globalizadora. Experiencias y
respuestas desde los continentes), Bonn: Dietz 2000, p. 26
sq.
Norbert Lechner, Los desafíos políticos del cambio
cultural, en: NUEVA SOCIEDAD (Caracas), Nº 184,
marzo-abril de 2003, p. 60, 62.
Otfried Höffe, Demokratie im Zeitalter der Globalisierung
(La democracia en la era de la globalización), Munich: Beck
1999, pp. 160-173, 376-379.
Jürgen Habermas, Die postnationale..., op. cit. (nota
4), p. 95, 119 sq., 123, 133.
Jürgen Habermas, Kulturelle
Gleichbehandlung
─
und die Grenzen des postmodernen Liberalismus
(El tratamiento cultural igualitario
─
y los límites del liberalismo postmoderno), en: Habermas,
Zwischen Naturalismus und Religion. Philosophische Aufsätze
(Entre naturalismo y religión. Ensayos filosóficos),
Frankfurt: Suhrkamp 2005, pp. 280-283.
Jürgen Habermas, Die Einbeziehung des Anderen. Studien
zur politischen Theorie (La inclusión del otro. Estudios
sobre teoría política), Frankfurt: Suhrkamp 1999, p. 203 sq.
Hans Herbert von Arnim, Vom schönen Schein der Demokratie
(Sobre la hermosa apariencia de la democracia). Munich:
Droemer 2000, p. 13.
Lord Ralf Dahrendorf, Die Krisen der Demokratie (Las
crisis de la democracia), Munich: Beck 2003, p. 91.
Ibid., p. 92
Manfred Wöhlcke, op. cit.
(nota 3), p. 195 sqq.- Cf. una crítica
convincente al multiculturalismo y al relativismo
axiológico: Giovanni Sartori, La sociedad multi-étnica.
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, Madrid:
Taurus 2001.
Michael Th. Greven, Die fehlende Demokratietheorie der
Kritischen Theorie (La carencia de una teoría sobre la
democracia en la Teoría Crítica), en: Wolfgang Merkel /
Andreas Busch (comps.), Demokratie in Ost und West. Für
Klaus von Beyme (Democracia en Oriente y Occidente. Para
Klaus von Beyme), Frankfurt: Suhrkamp 1999, pp. 73-89,
especialmente pp. 85-88.
Cf. el excelente ensayo de Alfons Söllner, Politische
Dialektik der Aufklärung. Zum Spätwerk von Franz Neumann und
Otto Kirchheimer 1950-1965 (La dialéctica política de la
Ilustración. Sobre la obra tardía de Neumann y Kirchheimer),
en: Wolfgang Bonss / Axel Honneth (comps.),
Sozialforschung als Kritik. Zum sozialwissenschaftlichen
Potential der Kritischen Theorie (Investigación social
como crítica. Sobre el potencial sociológico de la Teoría
Crítica), Frankfurt: Suhrkamp 1982, pp. 281-326.
Según numerosos críticos de esta posición, entre ellos
Jürgen Habermas, esta visión "clásica" de la industria de la
cultura de la primera Escuela de Frankfurt no toma en cuenta
el proceso de diferenciación al que están sometidos hoy los
medios de comunicación. Cf. el instructivo resumen: Rainer
Erd, Kulturgesellschaft oder Kulturindustrie? Anmerkungen
zu einer falsch formulierten Alternative (Sociedad
cultural o industria cultural? Notas sobre una alternativa
falsa), en: Rainer Erd et al. (comps.), Kritische Theorie
und Kultur (Teoría crítica y cultura), Frankfurt:
Suhrkamp 1989, pp. 216-235.
Sobre esta conjunción entre agravios y envidia cf. Mats
Berdal / David Malone (comps.),
Greed and Grievance.
Economic Agendas in Civil Wars,
Boulder: Westview 2000; Stefan Mair, The New World of
Privatized Violence, en: INTERNATIONALE POLITIK UND
GESELLSCHAFT (Bonn), vol. 2003, Nº 2, pp. 11-28; Stephen
Ellis, The Old Roots of Africa's New Wars, en: ibid.,
pp. 23-43.
Cf. el interesante ensayo de Jesús Peña Cedillo, Sociedad
de la información y democracia. El impacto de las nuevas
tecnologías en el orden político, en: REVISTA VENEZOLANA
DE CIENCIA POLITICA (Mérida), Nº 20, julio-diciembre de
2001, pp. 9-31; y los clásicos sobre la temática: Giovanni
Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida,
Madrid: Santillana 1998; Jean-Marie Guéhenno, El fin de
la democracia, Barcelona: Paidós 1995; Manuel Castells,
La democracia electrónica, en: José Félix Tezanos
(comp.), La democracia postliberal, Madrid: Sistema
1996, pp. 59-74.
Franco Gamboa Rocabado, Itinerario de la esperanza y el
desconcierto. Ensayos sobre política, sociedad y democracia
en Bolivia, La Paz: Muela del Diablo 2001, p. 186.
Sobre la sociedad de consumo y el populismo que producen
aparentemente la degradación de la democracia y el
apoliticismo, cf. dos posiciones diferentes, entre ellas una
crítica plausible a la Escuela de Frankfurt: Natan Sznaider,
Der Konsum der Demokratie oder der demokratische Konsum:
für eine neue Bürgerlichkeit (El consumo de la
democracia o el consumo democrático: para una nueva
civilidad), en: INTERNATIONALE POLITIK UND GESELLSCHAFT,
vol. 1999, Nº 4, pp. 392-401; Heinz Steinert,
Kulturindustrielle Politik mit dem Grossen und Ganzen:
Populismus, Politik-Darsteller, ihr Publikum und seine
Mobilisierung (La política cultural-industrial con lo
grande y total: populismo, actores políticos, su público y
su movilización), en: ibid., pp. 402-413.
Rainer Tetzlaff, Afrika
─
zwischen Demokratisierung und Staatenzerfall
(Africa entre la democratización y la descomposición
estatal), en: Dirk Messner (comp.), Die Zukunft des
Staates und der Politik. Möglichkeiten und Grenzen
politischer Steuerung in der Weltgesellschaft (El futuro
del Estado y de la política. Posibilidades y límites del
manejo político en la sociedad mundial), Bonn: Dietz 1998,
p. 200.
Cf. el muy interesante artículo de David Keen, Greedy
Elites, Dwindling Resources, Alienated Youths. The Anatomy
of Protracted Violence in Sierra Leone, en:
INTERNATIONALE POLITIK UND GESELLSCHAFT, vol. 2003, Nº 2,
pp. 67-94; cf. también: Daniel Stroux,
Rohstoffe, Ressentiments und staatsfreie
Räume.
Die Strukturen des Krieges in Afrikas Mitte
(Materias primas, resentimientos y espacios sin presencia
del Estado. Las estructuras de la guerra en el centro de
Africa), en: ibid., pp. 95-111.
Hans-Peter Meier-Dallach, The Civil
Society between Globalization, Nations, and People's Mind
─
A Comparative Outlook,
en: Hans-Peter Meier-Dallach / Jakob Juchler (comps.),
Postsocialist Transformations and Civil Society in a
Globalizing World, New York: Nova Scientia 2002, pp.
207-229.
Wolfgang Merkel, Defekte Demokratien (Democracias
defectuosas), en: Merkel / Busch (comps.), op. cit. (nota
17), pp. 361-381.- Sobre la "democracia fictiva" cf. Hans
Herbert von Arnim, op. cit.
(nota 13), p. 32.
Johannes Harnischfeger, Die Bakassi-Boys in Nigeria
(Los chicos de Bakassi en Nigeria), en:
KAS-AUSLANDSINFORMATIONEN (Bonn), vol. 17 (2001), Nº 12, pp.
13-46; Jean-François Bayart et al., The Criminalization
of the State in Africa, Oxford / Bloomington: Indiana U.
P. 1999.
Cf. un magnífico estudio sobre el caso argentino bajo la
presidencia de Carlos S. Menem (1989-1999): Julia Burmann,
Der Einfluss politischer Institutionen auf die
Wirtschaftsentwicklung am Beispiel Argentiniens unter Menem
(La influencia de las instituciones políticas sobre el
desarrollo económico: el ejemplo argentino bajo Menem), en:
KAS-AUSLANDSINFORMATIONEN, vol. 19, Nº 6, junio de 2003, pp.
36-68.
Rupert F. J. Pritzl, Korruption und
Rent-Seeking in Lateinamerika.
Zur politischen Ökonomie autoritärer
politischer Systeme
(Corrupción y rent-seeking en América Latina. Sobre la
economía política de los sistemas políticos autoritarios),
Baden-Baden: Nomos 1997, pp. 111-143, 209, 267-272.
Bassam Tibi, Die neue
Weltunordnung.
Westliche Dominanz und islamischer
Fundamentalismus
(El nuevo desorden mundial. El dominio occidental y el
fundamentalismo islámico), Munich: Econ 2001, p. 100, 290 sq.
Como muestra aquí se mencionan únicamente dos obras que
tienen que ver directamente con la temática de este ensayo:
Bassam Tibi, Die Krise des modernen
Islams.
Eine vorindustrielle Kultur im
wissenschaftlich-technischen Zeitalter
(La crisis del Islam moderno.
Una cultura preindustrial en la era
científico-técnica), Munich: Beck 1981; Tibi, Vom
Gottesreich zum Nationalstaat (Del imperio divino al
Estado nacional), Frankfurt: Suhrkamp 1991.
Manuel Herrera Gómez, Lenguaje y acción en la teoría de
la acción comunicativa de Jürgen Habermas, en: REVISTA
DE ESTUDIOS POLITICOS (Madrid), Nº 121, julio/septiembre de
2003, pp. 31-70; Axel Honneth / Hans Joas (comps.),
Communicative Action.
Essays on Jürgen Habermas's Theory of
Communicative Action,
Cambridge: Polity 1991.
Cf. el brillante estudio de Jürgen Habermas,
Vorpolitische Grundlagen des demokratischen Rechtsstaates?
(Fundamentos prepolíticos del Estado democrático de
Derecho?), en: Habermas, Zwischen..., op. cit. (nota
11), pp. 106-118
Jon Elster, Ulises y las sirenas. Estudios sobre
racionalidad e irracionalidad, México: FCE 1989, passim;
Jon Elster (comp.), Deliberative Democracy, Cambridge:
Cambridge U. P. 1998. Cf. el brillante ensayo de José Luis
Martí Mármol, Democracia y deliberación. Una
reconstrucción del modelo de Jon Elster, en: REVISTA DE
ESTUDIOS POLITICOS, Nº 113, julio-septiembre de 2001, pp.
161-192.
Cf. Max Horkheimer / Theodor W. Adorno, Dialektik der
Aufklärung. Philosophische Fragmente (Dialéctica de la
Ilustración. Fragmentos filosóficos), Amsterdam: Querido
1947; Max Horkheimer, Kritische Theorie (Teoría
crítica), Frankfurt: Fischer 1968 (2 vols.).
Cf. el hermoso texto de Iring Fetscher, Aufklärung über
Aufklärung (Esclarecimiento sobre la Ilustración), en:
Axel Honneth et al. (comps.), Zwischenbetrachtungen. Im
Prozess der Aufklärung (Observaciones provisorias. En el
proceso de la Ilustración), Frankfurt: Suhrkamp 1989, pp.
657-689.
Jürgen Habermas, Öffentlicher Raum und politische
Öffentlichkeit (Espacio público y opinión política), en:
Habermas, Zwischen..., op. cit. (nota 11), p. 21
Cf. una concepción similar en: Dieter Senghaas,
Zivilisierung wider Willen. Der Konflikt der Kulturen mit
sich selbst (Civilización contra la propia voluntad. El
conflicto de las culturas consigo mismas), Frankfurt:
Suhrkamp 1998, pp. 33-46
Jürgen Habermas, Die postnationale..., op. cit. (nota
4), p. 192.- Los saberes técnicos no deben prevalecer sobre
la experiencia colectiva y la deliberación democrática,
justamente cuando el abismo entre la "culturas de los
expertos" y el gran público tiende a ensancharse. Cf. Rolf
Wiggershaus, Jürgen Habermas, Reinbek: Rowohlt 2004,
p. 110, 113.
Cf. sobre todo el pasaje en: Jürgen Habermas, Die
Einbeziehung..., op. cit.
(nota 12), pp. 278-283.
Jürgen Habermas, Vom sinnlichen
Eindruck zum symbolischen Ausdruck.
Philosophische Essays
(De la impresión sensorial a la expresión simbólica.
Ensayos filosóficos), Frankfurt: Suhrkamp
1997, pp. 46, 56-58.
Cf. Sheyla Benhabib, Autonomy, Modernity, and Community.
Communitarianism and Critical Social Theory in Dialogue,
en: Axel Honneth et al. (comps.), op. cit. (nota 37), pp.
373-394.
Cf. Axel Honneth, Das Andere der
Gerechtigkeit.
Aufsätze zur praktischen Philosophie
(Lo Otro de la justicia. Ensayos sobre filosofía práctica),
Frankfurt: Suhrkamp 2000, pp. 237-247.
Zygmunt Bauman, Postmoderne Ethik (Etica
postmoderna), Hamburgo: HIS 1995, p. 13, 24 sq., 29, 54, 57.
Para una crítica a estas posiciones cf. la gran obra de
Otfried Höffe, op. cit. (nota 9), pp. 110-120, libro
centrado en aspectos históricos y de filosofía del derecho.
H. C. F. MANSILLA
(nacido en Buenos Aires en 1942; ciudadanías argentina y
boliviana de origen) estudió ciencias políticas y filosofía en
universidades alemanas. Hizo su Magister rerum politicarum
(Mag. rer. pol.) en 1968 y su doctorado (Dr. phil.) en 1973
(ambos magna cum laude). La Universidad Libre de
Berlin le confirió la venia legendi en 1976. Ha sido
profesor visitante en universidades de Alemania, Australia,
España y Suiza. En España fue catedrático visitante del
Instituto de Altos Estudios José Ortega y Gasset de la
Universidad Complutense. Desde 1999 es regularmente
catedrático visitante de la Universidad de Zurich (Suiza). Es
miembro de número de la Academia de Ciencias de Bolivia y
correspondiente de la Real Academia Española. Por lo demás es
escritor independiente. Ha publicado varios libros sobre
sociología política, crítica de mentalidades autoritarias y
ecología política.
Dirección electrónica:
hcf_mansilla@yahoo.com
Website:
http://hcf_mansilla.tripod.com
El |