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Las ambivalencias de la democracia
contemporánea
en un mundo insoportablemente complejo e
insolidario
H.C.F.
MANSILLA

Preliminares: La desilusión con el neoliberalismo
Anticipando las conclusiones se puede
aseverar lo siguiente. Un esfuerzo didáctico (desde una
perspectiva filosófica, no politológica) y una evaluación
sobria de los modelos político-institucionales contemporáneos
-que
eviten los extremos interpretativos sin declinar en la
intención crítica-
nos llevan en primer término a conocer los
aspectos negativos de los diversos sistemas, las limitaciones
de las democracias contemporáneas y hasta las carencias
intrínsecas de los designios mejor encaminados para asegurar
la convivencia razonable de los mortales. Un
bon mot
atribuido a Sir Winston S. Churchill afirma que la
moderna democracia pluralista es un régimen mediocre, pero que
todos los otros son aun peores. Este punto de vista realista
(a) nos recuerda en primer término las características
negativas de la democracia, que no pueden y no deben ser
pasadas por alto, pero también (b) nos ayuda a reconocer sus
bondades, sobre todo si realizamos un análisis comparativo con
otros sistemas de ordenamiento social en un amplio contexto
supranacional(1).
La democracia moderna resulta el mal menor, si percibimos que
el mundo actual alberga numerosos modelos autoritarios,
gobiernos autocráticos, experimentos populistas y regímenes
tradicionalistas, todos ellos plenos de elementos
irracionales. Este último calificativo está elegido
premeditadamente, pues no podemos caer en la cómoda posición
relativista que postula la incomparabilidad de los paradigmas
humanos de estructuración política, lo que significa, por
ejemplo, una indulgencia muy generosa para con fenómenos
autoritarios, sólo porque estos últimos pertenecerían a
tradiciones culturales distintas de las de Europa Occidental.
Como conclusión adicional se puede decir que los regímenes
democráticos vinculados al neoliberalismo económico y cultural
han resultado una desilusión en gran parte del Tercer Mundo,
un desencanto de magnitud considerable y con implicaciones
políticas de gran repercusión. Y hay que ver esta decepción
dentro de un contexto mundial consagrado a intentos
estrictamente racionales y modernizantes por mejorar el marco
político, social y económico de las naciones del Tercer Mundo,
contexto conformado por las instituciones supranacionales más
importantes y por el quehacer de los especialistas más
destacados en ciencias sociales. La desilusión resulta
comprensible en su dimensión e intensidad puesto que estos
modelos
-a
partir de más o menos 1980-
fueron
concebidos, justificados y publicitados como la superación de
las falencias premodernas y como la expresión más notable de
políticas públicas científicamente elaboradas.
Por otra parte no han faltado notables logros en los
procesos de modernización de las últimas décadas. Se han
expandido, sin duda alguna, los subsistemas de educación
moderna, deliberación democrática y participación popular; a
comienzos del siglo XXI América Latina, Asia y Africa
constituyen sociedades muy diferentes de sus predecesoras en
un lapso de tiempo de escasos cincuenta años, pero falta
afianzar estos factores de manera consistente y crear una
atmósfera amplia de confianza institucional. Esta carencia ha
sido decisiva para que a comienzos del siglo XXI la opinión
pública perciba más clara y dolorosamente uno de los problemas
mayores del neoliberalismo tercermundista: la conjunción de
corrupción con ineptitud.
Un factor ético con vinculaciones económicas (la corrupción
de magnitud insospechada) y uno técnico con nexos
institucionales (la ineptitud manifiesta en la administración
pública) han devaluado al neoliberalismo a los ojos de la
opinión pública y de los votantes. En América Latina, salvo
Chile y Costa Rica, se expande un marcado desencanto con la
teoría y la praxis neoliberales. La expresión "neoliberal"
está vinculada a varios aspectos. En las últimas décadas las
ideas neoliberales se han impuesto en gran parte del mundo,
sobre todo en la reorganización de la economía y las finanzas
públicas y en el redimensionamiento del rol del Estado, pero,
simultáneamente, los partidos liberales "clásicos" tienden a
desaparecer, favoreciendo agrupaciones conservadoras,
populistas, nacionalistas y regionalistas. En contraposición
al liberalismo de épocas pasadas, el neoliberalismo del
presente y del Tercer Mundo está caracterizado por la dilución
de los viejos principios liberales iusnaturalistas. A
esto corresponde, en el plano cultural y en la esfera
específicamente política, un agotamiento del liberalismo en
cuanto proyecto movilizador para el futuro y creador de
instituciones y valores de orientación de amplio alcance.
Este agotamiento puede ser aclarado recapitulando
parcialmente el debate entre comunitarismo y liberalismo.
Aunque en los últimos años las teorías comunitaristas gozan
del favor creciente del público académico, sobre todo en el
Tercer Mundo, no hay duda de que su potencial explicativo ha
sido sobreestimado en gran escala; al mismo tiempo, en el
plano político de la realidad cotidiana, la opinión pública en
Asia, Africa y América Latina percibe ahora las deficiencias
de los regímenes neoliberales de modo exagerado, cuando no
injusto. El renacimiento del comunitarismo tiene que ver con
el hecho de que el neoliberalismo ha devaluado aun más los
aspectos de solidaridad, confianza e identidad colectiva
(2) que
florecen presuntamente en el orden premoderno y comunitario,
aspectos que han sido debilitados o aniquilados por la
modernización acelerada de las últimas décadas.
La nostalgia por un sistema social que brinde solidaridad
en sus muchas facetas
(3) es uno de los factores que subyace al renacimiento de
prácticas religiosas. Este fenómeno no se da exclusivamente en
el ámbito islámico, sino que alcanza los más variados
territorios culturales. El análisis de los presupuestos
prepolíticos de la democracia (o dicho de manera más
provocativa: los cimientos en parte religiosos de la
convivencia razonable de los mortales) ha pasado a ser una
materia importante de estudio de la filosofía y sociología
políticas. La Escuela de Frankfurt, que a menudo ha producido
intuiciones clarividentes sobre temas religiosos, se ha
preocupado últimamente por esos fundamentos premodernos de la
democracia, que a priori no deben ser calificados de
irracionales. El ordenamiento social basado en el racionalismo
y configurado por la modernidad ha generado, como se sabe de
forma exhaustiva, severas pérdidas en los campos afectivo,
familiar, laboral e institucional, lo que, a su vez, ha
motivado un renovado interés por aquellos modelos
civilizatorios que aparentemente originaban prácticas
generalizadas de solidaridad no mediada burocráticamente. Y
ellos combinaban una religiosidad tomada en serio con
manifestaciones de solidaridad y con una concepción aun
intacta sobre el sentido de la historia y la existencia. Todo
esto ha complicado paradójicamente la dimensión política de la
actualidad y su tratamiento teórico.
La necesidad de la crítica a la
democracia como mecanismo mercantil
Siguiendo un teorema de Max Weber y de la Escuela
de Frankfurt,
que ha demostrado ser clarividente, se puede sostener que el
orden social actual en amplias regiones del Tercer Mundo se
encuentra sometido a la dictadura de una racionalidad
básicamente instrumental. Sus criterios de legitimización han
cesado de ser la libertad y la autonomía individuales y la
autodeterminación democrática, dando paso a valores rectores
como el desempeño económico-financiero, el éxito material y el
consumo grosero. El éxito inmenso de la tecnología y su
penetración en casi todas las esferas de la vida moderna han
conducido a atribuir a la racionalidad instrumental y a sus
manifestaciones socio-políticas un aura de verdad
inconmovible, ante la cual el debate clásico en torno a ideas
y programas, por una parte, y la concurrencia libre de los
partidos por el favor de los electores, por otra, adoptan el
aire de un penoso anacronismo. El carácter científico-técnico
de los asuntos centrales de nuestra civilización hace muy
difícil su crítica por parte de gente que no tiene los
conocimientos especializados pertinentes. La tecnificación y
la cientifización del mundo transforman la democracia liberal
en algo obsoleto.
No hay duda de que los sistemas neoliberales del presente
poseen algunos factores positivos: un alto grado de movilidad
social y personal, una notable diferenciación de roles y
funciones y unas posibilidades bastante amplias en la elección
de comportamientos y valores. Pero estas sociedades de cuño
neoliberal llevan asimismo a la atomización de los ciudadanos,
a la obsolescencia de la discusión pública intelectual, a la
competencia brutal por cualquier nimiedad y a la anomia como
factor influyente de la praxis colectiva. La decepción
mencionada tiene que ver con el hecho fundamental de que hoy
en día la actividad política ha sido degradada y convertida en
una función del mercado omnipotente, en el cual los medios
masivos de comunicación juegan un papel predominante. También
en América Latina se puede constatar la popular idea de que la
política en su forma tradicional puede dejar de existir y
transformarse en una asignación de recursos por medio del
mercado. Se disuelve la posibilidad de control democrático de
políticas públicas, ya que estas pasan a la tuición de
organismos supranacionales que generalmente no están
conformados por una elección democrática. Según Jürgen
Habermas, esta "constelación postnacional" puede conducir a
que la política se convierta en una gestión tecnocrática, sin
gozar de la necesaria legitimidad democrática. Esta es la
tendencia aparentemente universal a la economización de la
política. El poder se reduce al dinero. El poder puede ser
democratizado, dice Habermas, el dinero
no (4).
La regulación de decisiones opera como la lógica de opciones
mercantiles, para la cual criterios como el bien común
(5),
la experiencia histórica o el sopesar riesgos sociales,
simplemente no existen.
Por todo ello y a la vista del desencanto generado por el
neoliberalismo, sobre todo en América Latina, se expande en
círculos académicos la necesidad de un análisis exhaustivo de
la llamada democracia neoliberal. Adelantándose a los
cientistas políticos, un gran liberal, como lo fue Octavio
Paz, lo dijo clara y concisamente: hay que poner en duda
la ideología del mercado qua nueva religión
obligatoria. "El mercado es el promotor de los cambios y las
innovaciones técnicas; también es el rey del despilfarro.
[...] A nosotros el mercado nos condena a desechar lo que
compramos ayer y, por la boca ubicua de la publicidad, nos
intoxica con la droga infernal de la novedad. Idolatría del
siglo XX: la adoración de las cosas nuevas que duran lo que
dura un parpadeo"
(6).
En lugar de producir pocos artículos, pero de gran calidad y
durabilidad, el mercado nos inunda con cosas de baja calidad y
poca duración, pero que son vistosas y parecen irresistibles.
El mercado constituye un procedimiento inigualado en su
precisión y eficacia para detectar carencias, descubrir los
deseos de los consumidores y asignar recursos escasos, pero
también es imparable a la hora de agotar los recursos
naturales, destruir los ecosistemas, generar montañas de
basura, homogeneizar las sociedades a lo ancho y lo largo del
planeta y domeñar a los seres humanos.
Por otra parte no es conveniente en absoluto abolir el
mercado y el comercio libres, máxime si los experimentos
socialistas, que se dedicaron a este objetivo hasta 1989,
fracasaron estrepitosamente en la persecución de este fin y
sembraron más problemas que soluciones. El mercado y el
comercio libres han resultado ser indispensables: son el motor
del desarrollo y del intercambio entre las naciones y las
culturas. Sin ellos el mundo sería infinitamente más pobre...
y más aburrido. Hay que considerar, sin embargo, lo que añadió
Octavio Paz: "Pero el mercado no es una ley natural ni divina:
es un mecanismo inventado por los hombres. Como todos los
mecanismos es ciego: no sabe a dónde va, su misión es girar
sin fin"
(7).
Por lo tanto, no hay que abolirlo ni restringirlo, pero sí
humanizarlo, aunque la concreción de este postulado en la
praxis cotidiana es algo inmensamente difícil.
La crítica del mercado debe ser complementada por una de
los medios masivos de comunicación, sobre todo en vista de la
relevancia extraordinaria que éstos han adquirido en las
últimas décadas. La enorme cantidad de literatura publicada
(8) sobre
esta temática nos exime de entrar en detalles o de intentar
una especie de síntesis, reproduciendo en cambio unos
pensamientos de Octavio Paz. Los puntos principales de esta
crítica son la baja calidad cultural de lo que irradian los
medios, la cultura del conformismo que propagan y el
consumismo desbocado que impulsan. Octavio Paz señaló la
tediosa similitud de imágenes y fórmulas que los medios emiten
sin pausa: "La civilización de la libertad nos ha convertido
en una manada de borregos. [...] Uno de los rasgos en verdad
desoladores de nuestra sociedad es la uniformidad de las
conciencias, los gustos y las ideas, unida al culto de un
individualismo egoísta y desenfrenado
(9). El elevado nivel civilizatorio del presente ha producido
también una satisfacción de las masas que se destaca sólo por
su carácter apolítico, superficial y cambiante. Justamente en
relación con la política, los medios han introducido en esta
esfera una cultura del entretenimiento sin escapatoria,
vaciando de todo contenido serio a la discusión ideológica y a
la elección de alternativas programáticas. Los medios y
especialmente la televisión han transformado la libertad de
expresión
-una conquista irrenunciable de la humanidad-
en un "instrumento de domesticación intelectual, moral y
política"
(10).
El resultado global fue descrito así por Octavio Paz: "El
mercado ha minado todas las antiguas creencias
-muchas de ellas, lo acepto, nefastas-
pero en su lugar no ha instalado sino una pasión: la de
comprar cosas y consumir este o aquel objeto. Nuestro
hedonismo no es una filosofía del placer sino una abdicación
del albedrío [...]. El hedonismo no es el pecado de las
democracias modernas: su pecado es su conformismo, la
vulgaridad de sus pasiones, la uniformidad de sus gustos,
ideas y convicciones"
(11)
A esto hay poco que agregar, sobre todo si consideramos
otros aspectos negativos asociados a la moderna democracia de
masas. En un amplio estudio sobre Nigeria, la mayor democracia
africana (en términos numéricos de población), se llega a la
conclusión paradójica de que la democracia contemporánea,
basada en el derecho universal de voto, fomenta la expansión
de grandes masas de partidarios ocasionales, para los cuales
el aliciente mayor es de carácter material, como un empleo o
una gratificación, por más pequeña que esta sea
(12). En muchísimas sociedades se puede detectar un fenómeno
similar. Para ganar una elección en un sistema libre y
competitivo dentro del marco de las democracias actuales con
millones de votantes, es imprescindible contar con dilatados
grupos de simpatizantes. Para conformar estas masas y
mantenerlas contentas, hay que acudir a procedimientos
modernizados de comportamientos tradicionales, como el
favoritismo, el prebendalismo y el patrimonialismo, que no son
un dechado de virtudes democráticas. La lucha por el poder,
que constituye el núcleo de la política, se transforma en
mecanismos "eficientes" para conseguir, por lo menos
parcialmente, la preferencia de los votantes, y ello es
imposible hoy en día sin satisfacer algunos de los anhelos de
la población referidos a un mejor nivel de vida y a
distracciones de acuerdo a las modas del momento. Como
escribió Mario Vargas Llosa, "las contiendas electorales se
deciden cada vez más en función de la publicidad y cada vez
menos debido a los programas y razones que proponen los
candidatos"
(13). En
esta constelación no es sorprendente que cantantes,
presentadores de televisión y actores lleguen a ser políticos
de primer nivel.
En conclusión: el peligro inherente a la modernización
parcial, como se da en la mayoría de las naciones del Tercer
Mundo, consiste en la construcción de una sociedad urbana e
industrializada, pero sin un fundamento humanista y sin una
firme cultura democrática, pluralista y laica. Según las
circunstancias históricas, esta sociedad puede impedir el
aprendizaje de un entendimiento comunicativo de amplio alcance
y desarrollar una afinidad para con modelos autoritarios y
hasta totalitarios.
Deficiencias de la democracia
contemporánea
No sólo el actual relativismo de valores, sino también un
elemento intrínseco de la democracia nos llevan a dudar de su
bondad global, y es algo que fue tematizado ampliamente desde
pensadores clásicos como Aristóteles y Tucídides.
Hay que considerar al mismo tiempo que el estudio de la
historia y de experiencias concretas no siempre nos puede
enseñar algo: nuestros esfuerzos teóricos más notables pueden
rendir frutos muy modestos(14).
La crítica del mercado y de los medios quedaría inconclusa
sin un cuestionamiento de la democracia moderna, por más
somero que este sea. Como se sabe, el muy complejo edificio de
la democracia actual se construyó sobre cimientos que
provienen de la Grecia clásica y que fueron enriquecidos por
aportes de diferentes épocas y culturas. El respeto a la
voluntad de la mayoría es complementado por la protección de
los derechos de las minorías y, encima de todo, por el Estado
de Derecho. Este sistema, cuya calidad y eficiencia están
avaladas por un largo desarrollo histórico y por su expansión
a nivel mundial durante el siglo XX, no puede, sin embargo,
responder preguntas esenciales de los ciudadanos, como
aquellas sobre el sentido de la vida, la dirección de la
evolución a largo plazo y la consecución de la felicidad
individual.
Esta última cuestión no es una simple nostalgia
infantil. Desde Aristóteles se concibe la política como algo
más que un lugar de maximización de preferencias sociales,
porque estas preferencias tienen que ver con valores éticos y
con asuntos relativos a la justicia. La participación
política, por lo tanto, no puede ser asimilada (o reducida) a
un modelo de mercado, sino que se parece más a un foro
público, donde la participación libre de los ciudadanos es
equivalente a su autorrealización: un fin en sí mismo
(15). (No es superfluo recordar que el concepto de democracia como
fin en sí mismo es controvertido.) La participación política
no puede ser identificada con una mera forma de actividad
mercantil, pues casi todo intento en este sentido implica
nolens volens la búsqueda del bien común y, por ende, la
superación de las formas más groseras del egoísmo
individualista, aunque esto ocurra mayoritariamente en el
plano teórico.
Los dos elementos fundantes de la democracia son: (a) la
suposición de que los ciudadanos son capaces de decidir
adecuadamente acerca de los asuntos públicos y (b) que las
decisiones son tomadas con libertad individual y
responsabilidad cívica. Frente a estos supuestos teóricos se
halla la realidad empírica del presente. No sólo está el
problema contemporáneo de la creciente complejidad y
complicación de esos asuntos públicos, sino también la
posibilidad real de la manipulación de consciencias por los
demagogos, los medios de comunicación y los sistemas
educacionales. El ser humano es proclive al error y al engaño,
lo que se detectó claramente desde tiempos inmemoriales en la
esfera política. La posibilidad de informarse adecuadamente,
el análisis de los propios intereses y el debate libre,
previos a las elecciones y a la toma de decisiones, parecerían
configurar el antídoto contra estos males, pero la historia de
la democracia nos muestra precisamente que éste no es siempre
el caso. En el presente el debate libre
─
que jamás garantizó la sabiduría de los políticos y nunca
evitó la credulidad del público
─
se ha transformado en un espectáculo mediático, normado por
las leyes de la audiencia, limitado por la fugacidad del
tiempo en la televisión e influido por las necesidades del
circo. Nos queda sólo un modesto consuelo: la vigencia de la
libertad de expresión puede contribuir a mitigar las
estulticias propias de los humanos y a reducir el margen de
error.
De acuerdo a Habermas, bajo el liberalismo postmoderno el
sistema de libertades públicas e individuales tiende a
transformarse en derechos individualistas, subjetivos y
posesivos, que adoptan un carácter instrumentalista,
consagrados a defender sólo intereses particulares y motivos
utilitaristas. Por ello se puede aseverar que a los actuales
regímenes basados en el liberalismo económico les falta el
ámbito de la solidaridad. Sin esta última no puede prosperar
la dimensión de los derechos políticos, ya que la utilización
de derechos (también en la constelación de la autonomía
privada) presupone una determinada orientación hacia el bien
común: las normas, las leyes y las regulaciones generales
derivan su legitimidad del hecho de que podrían haber sido
postuladas o anheladas por todos
(16)
Los presupuestos prepolíticos de la democracia y sus
implicaciones
En la fundamentación de las bondades de la democracia
moderna Jürgen Habermas oscila entre dos suposiciones
centrales. (A) Por un lado afirma que el proceso democrático
poseería por sí mismo un desempeño racional. Su status
(histórico y práctico) superior en comparación con otros
modelos de institucionalidad política se derivaría de su
propia calidad procedimental, de su capacidad para la
formación libre y espontánea de voluntades y opiniones
políticas, a lo que contribuiría la institucionalización
jurídica del proceso de formación de opiniones y la vigencia
de los derechos humanos. La fundamentación de este tipo de
democracia sería autorreferencial y no requeriría de elementos
prepolíticos de otros orígenes o influencias.
(B) Por otro lado están sus análisis sobre la influencia
positiva de los factores culturales prepolíticos, sobre todo
la influencia de las religiones. Como se sabe por los avances
de la antropología y la historia de las ideas, el pensamiento
científico y el religioso provienen de una fuente común
(17). La formación de concepciones filosóficas ha estado, a lo largo
de milenios, influida por inspiraciones religiosas y
teológicas, lo que, según Jürgen Habermas, afecta también e
inevitablemente el contenido mismo de las teorías
(18). De acuerdo a Habermas, hasta el pensamiento postmetafísico del
presente sólo puede ser entendido adecuadamente si se incluye
en su propia genealogía a la metafísica y las grandes
tradiciones religiosas. Sería irracional el desechar este
legado como un resto arcaico sin importancia. Con alguna
reserva Habermas llamó la atención sobre los fundamentos
prepolíticos del Estado de Derecho
(19),
los cuales provienen de las grandes religiones, del
pensamiento profético y de la reflexión teológica. Las
concepciones clásicas de autonomía, individualidad,
emancipación, justicia social y solidaridad son impensables
sin el aporte de los credos judío y cristiano. Hasta hoy las
religiones articulan "una consciencia de lo que falta"
(20). Es
decir: mantienen despierta una sensibilidad hacia fallos y
carencias y, para nombrar un ejemplo actual, preservan del
olvido la memoria de la destrucción causada por el progreso
racional. Las religiones expresan intuiciones morales acerca
de nuestras formas de convivencia y nuestras soluciones
políticas. Y, sobre todo, contribuyen a vincular las reglas
frías y abstractas de la moral universalista con imágenes de
un mundo mejor, es decir con nociones de felicidad y paz.
La solución no sería, entonces, un cristianismo helenizado
(la razón proviene de Grecia y la fe de Jerusalem), porque
esta alternativa amputaría lo racional del cristianismo
primigenio, que es resistirse al olvido del sufrimiento
pasado. Su rasgo utópico es la posibilidad de vivir sin miedo.
Esta razón recordatoria o anamnética
(21)
no está contrapuesta al núcleo de la Ilustración, pues se basa
en poder experimentar el sentimiento de culpa y
responsabilidad, que es la precondición de la libertad
individual. La razón anamnética es partidaria de mantener viva
la memoria de las discontinuidades históricas y los
quebrantamientos individuales
-el
sufrimiento en general-
y es, por lo tanto, adversa a la fuerza normativa de la
facticidad, la costumbre y el olvido y a los sistemas conexos
de legitimizar la realidad por ser la única realidad
existente. Según Habermas, estos fragmentos de origen judío y
cristiano
-sentimientos y valoraciones morales de inspiración religiosa-
han posibilitado, a veces por vía indirecta, elementos
fundamentales de la tradición racional-democrática y la
constitución de una razón comunicativa. Entre ellos se
encuentran la concepción de la libertad subjetiva, la demanda
de un respeto igual para todos, el reconocimiento recíproco
(derivado de la autorrestricción de la voluntad por
consideraciones éticas), la pertenencia de los individuos a
comunidades que brindan solidaridad práctica y la consciencia
de la falibilidad del espíritu humano en medio de la
contingencia de las condiciones históricas, sin dejar caer por
ello las pretensiones morales
(22).
Es imprescindible mencionar, aunque de manera muy somera,
algunos análisis del enfoque habermasiano provenientes de
América Latina. Los más interesantes están centrados en el
renacimiento de la concepción convencional de la democracia
directa y se nutren de la tradición populista revolucionaria,
adversa, en el fondo, a la democracia representativa liberal y
pluralista. El llamado patriotismo constitucional, que
el filósofo alemán ha propugnado en las últimas décadas, no es
suficiente, dicen los críticos. La celebrada
autorreferencialidad de la democracia moderna
--en cuanto
autosuficiencia histórica, creativa y propositiva-- no
satisface a nadie: sería un reduccionismo institucionalista,
no lejos de algunos pensadores postmodernistas y
contractualistas dogmáticos. Y representaría una renuncia a
una definición de contenido de la democracia y de la soberanía
popular. Las “decisiones” del pueblo soberano, que se
comprende y se interpreta a sí mismo, pueden y deben
sobrepasar, modificar y hasta anular los procedimientos
"formales" de la democracia moderna. Numerosos autores han
señalado que el ciudadano de la democracia neoliberal del
presente
-y del modelo habermasiano-
puede ser visto paradójicamente como un consumidor de
bienes políticos (contra la convicción íntima de Habermas),
que por ello estaría excluido de los verdaderos circuitos de
decisión (que permanecerían altamente elitarios y cerrados).
Por todo ello este tipo de ciudadanía podría ser calificado de
incompleto. Lo que necesitaría la sociedad contemporánea,
sobrepasando y superando el modelo habermasiano, sería una
reconstrucción del espacio democrático y una regeneración del
espacio público
(23). Este renovado interés por la democracia directa conlleva
asimismo una consideración muy positiva de los aspectos prepolíticos y premodernos de la democracia, sobre todo los
referidos a la tradición latinoamericana del populismo y
fenómenos conexos.
Estos análisis reproducen la crítica izquierdista
convencional dirigida al núcleo de la democracia moderna.
Insistiendo en la "crisis de representatividad", que afectaría
a esta última, propugnan entonces recuperar la figura del
pueblo soberano
-presuntamente soslayada por la tradición liberal-
mediante mecanismos de mayor participación directa
(referéndum, plebiscito, consulta popular, derogatoria de
mandato, iniciativa legislativa ciudadana), que resultarían
fácilmente comprensibles para la población. Estos argumentos
pasan rápidamente por alto la experiencia histórica, repetida
muchas veces también en países latinoamericanos, de la
posibilidad de manipulación de dilatados sectores populares
por medio de plebiscitos y otros instrumentos de "democracia
directa". Los casos de Venezuela, Ecuador y Bolivia en los
primeros años del siglo XXI son elocuentes. Los valores
normativos que se hallan detrás de estos postulados pertenecen
a una visión acrítica y utopista de la democracia, aunque
estén expresados mediante enfoques exitosos mediáticamente,
que combinan a menudo un psicoanálisis simplificado, un
postmodernismo a la moda del día y el elogio del conflicto
(24).
Entre estos valores se hallan la exaltación de la acción
colectiva, la democracia como práctica real y cotidiana de la
igualdad
(25), la
superación de la comunicación meramente "formal e
institucionalizada"
(26),
el "sueño del orden justo"
(27). La realidad histórica del terrible siglo XX ha mostrado lo que
puede estar detrás de estas consignas altisonantes.
Comunitarismo vs. liberalismo
Tres factores, entre otros, han generado el actual
renacimiento del comunitarismo
(28)
(a) la experiencia de que el mundo contemporáneo es
insoportablemente complejo e insolidario, (b) la resistencia a
las tendencias nivelizadoras del proceso de globalización y
(c) la paulatina disolución de las identidades colectivas
tradicionales y de los valores de orientación propios de cada
comunidad particular. En el plano teórico ha contribuido a
este renacimiento una notable crítica combinada de la
democracia representativa, del mercado como instrumento
universal y de los fenómenos de alienación en el mundo
moderno, cuya calidad intelectual está fuera de toda duda. El
liberalismo
-y más claramente las variantes neoliberales
-ha
dejado efectivamente de lado temas relevantes hoy en el Tercer
Mundo (y no sólo allí), como la identidad colectiva, la
problemática de las minorías nacionales, la necesidad de
reconocimiento de parte de los otros y el postulado de la
redistribución equitativa de bienes e ingresos. Los enfoques
hermenéuticos
(29) asociados al comunitarismo son, por ejemplo, escépticos con
referencia a los valores universalistas del liberalismo en el
plano abstracto y a tres elementos en el nivel práctico: las
instituciones políticas "clásicas" provenientes de la
tradición liberal, el mercado como panacea general y el
derecho codificado de pretensión universalista. La
positividad liminar atribuida a las instituciones, al mercado
y al derecho está ahora en entredicho. Pero hay que señalar
que aquello que los comunitaristas proponen en el plano del
diseño institucional se destaca por su carácter nebuloso; sus
apelaciones a la democracia directa no pasan de buenos deseos,
desautorizados por la realidad histórica.
La gran concepción subyacente al comunitarismo (y a teorías
afines) parte del contextualismo histórico, cuya
fortaleza radica en observaciones de alguna precisión y en
datos empíricos sólidos
(30),
De acuerdo al contextualismo, las construcciones más esmeradas
del liberalismo político-institucional no provienen
exclusivamente de esfuerzos abstractos racionales, sino de
tradiciones históricas específicas, que distan mucho de haber
sido el producto de la reflexión racional y humanista. La
autorreferencialidad de las creaciones racionalistas o la
generación propia de valores sociales con validez normativa
racional
-es decir: sin haber sido contaminados por los
aspectos irracionales de la praxis-,
serían mitos actuales construidos según necesidades
ideológicas. La institucionalidad democrática y sus normativas
se habrían desarrollado históricamente como cualquier otro
sistema social
(31).
Estas nociones, muy populares en el Tercer Mundo por
motivos obvios
-la democracia sería, en última instancia, la obra de la
casualidad y, por lo tanto, una creación institucional como
cualquier otra-,
no pueden explicar la calidad intrínseca de la democracia
moderna occidental, su éxito a escala mundial y su alto
aprecio permanente de parte de la opinión pública esclarecida.
Pero en un punto hay que considerar seriamente a los
comunitaristas: esta democracia occidental, junto con todo el
edificio de la modernidad, ha producido el llamado
individualismo atomista y la destrucción de las formas
tradicionales de solidaridad, ayuda, identidad colectiva y
sentido de la historia. El liberalismo kantiano sería
ahistórico, alejado de contextos reales, demasiado abstracto,
insensible para con las situaciones específicas
(32). El ámbito comunitario poseería una inclinación situativa,
favorable a la prudencia en situaciones concretas (phronesis),
y por ello estaría más cerca de los verdaderos requerimientos
de hombres concretos. El comunitarismo no concibe al Estado
sólo como una gigantesca máquina bien aceitada de prestación
de servicios sociales, sino también como una comunidad de
destino y de historia.
Corrientes y valores particularistas, que están
asociados al núcleo del comunitarismo, no pueden ser
calificados sin más de irracionales y anacrónicos, como
suponen los partidarios de un liberalismo racionalista
doctrinario. Expresan, aunque sea de modo curioso y a menudo
confuso, un malestar extendido y una crítica válida con
respecto a la modernidad, a sus coerciones uniformantes y a
sus resultados ocasionalmente antihumanistas. La edificación
del Estado central modernizador, como se ha dado durante los
últimos sesenta años en casi todo el Tercer Mundo, ha
devaluado toda una gama de instituciones, normas y valores que
ahora son percibidos como anticuados: los "poderes
intermedios" (Alexis de Tocqueville), el ámbito de la
provincia y la comarca, la solidaridad de la familia extendida
y la seguridad emocional. Algunos de estos factores estaban
vinculados a la religión y a las tradiciones populares, a una
ética sólida y, más raramente, a una aceptable estética
pública.
Según los comunitaristas la modernidad coloca,
además, un ente abstracto, anónimo y casi siempre amenazador,
como el Estado central, frente a personas inermes, aisladas y
alienadas de su propia realidad. Desde los tiempos del primer
romanticismo la crítica conservadora, pero clarividente
(33)
mostró las incongruencias de la pretensión liberal, según la
cual el sujeto individual, desprovisto de contingencias y
tradiciones, sería el portador de un racionalismo instrumental
con intereses negociables y comprensibles para los otros.
Además: tratar a toda la gente como "individuos" constituye un
encubrimiento de la injusticia étnica y nacional, como lo
demostraron en sus obras Will Kymlicka y otros autores
(34)
No hay duda de que los enfoques liberales y neoliberales
exhiben limitaciones en relación a los problemas de minorías
étnicas (y de otros tipos) en las sociedades multiculturales
del presente, máxime si los seres humanos crecen dentro de
esas comunidades étnico-culturales prerracionales, donde
tienen vigencia los valores tradicionales, que moldean sus
pautas de comportamiento, sus principios religiosos y morales
y sus aspiraciones políticas. Y asimismo sus prejuicios: hay
que considerar la alta probabilidad
-descuidada, a su vez, por los teóricos del
comunitarismo-
de que las minorías de todo tipo no sólo son grupos
discriminados, sino que en su estructura interior y en sus
normativas prácticas están motivadas por el odio y la
intolerancia y por el anhelo de ejercer el poder en detrimento
de otros. Su discurso de protección contra los "intereses
predominantes" encubre muchas veces sus anhelos, demasiado
humanos, de convertirse en grupos predominantes y hacer lo
mismo que sus adversarios.
En la constelación global hay que considerar también lo
siguiente. El proceso de modernización tuvo lugar en el Tercer
Mundo durante un lapso de tiempo extraordinariamente breve y
ha tomado un carácter marcadamente traumático. Las naciones
adelantadas trataron de acelerarlo durante la era colonial
para que los países "atrasados" accedieran más rápidamente al
progreso, al bienestar y a la educación popular. Los ideólogos
del autoctonismo comunitario sostienen que para ello los
pueblos de ultramar fueron obligados a perder su identidad
específica, es decir su diferencia y distancia frente a las
sociedades ya modernizadas. Según los comunitaristas, la
ideología modernizante de hoy en sus versiones populares,
compulsiva y dogmática como una religión secular, asevera que
la imitación de lo ya alcanzado en los países metropolitanos
del Norte es no sólo el camino obligatorio de toda evolución
lograda, sino igualmente la vía más segura para liberar al
Hombre de sus prejuicios, errores y supersticiones. La versión
de los comunitaristas es radicalmente distinta: según ellos,
los individuos del Tercer Mundo, emancipados de estos factores
aparentemente negativos, se han transformado en seres
desarraigados, vaciados de su identidad, desvitalizados y
desesperanzados, desprovistos de proyectos originales para
desarrollarse de acuerdo a sus intuiciones propias.
Desde la perspectiva racional-liberal es indispensable
llamar la atención sobre la naturaleza negativa y poco idílica
de la mayor parte de las creaciones de las sociedades
premodernas defendidas por los comunitaristas. Sus sistemas de
control social pueden ser calificados de francamente
aborrecibles, su heterogeneidad no es tan amplia y colorida
como la imaginan hoy los nostálgicos del pasado, su
solidaridad está inmersa en ritos y costumbres detestables, su
pobreza y su miseria denotan rasgos muy similares a lo ancho y
a lo largo de todo el planeta y hasta sus sistemas
político-institucionales exhiben un autoritarismo que permea
toda la vida social. En ella no se da una movilidad apreciable
de roles: el individuo es comúnmente el rol al que está
predestinado desde el nacimiento, lo cual no ha sido percibido
como limitante porque el rol era y es idéntico con la
definición de la persona en cuestión
(35).
La heterogeneidad de lo premoderno es rescatable en la medida
en que enriquezca el panorama de las actividades humanas sin
significar recaídas en comportamientos y costumbres
manifiestamente bárbaras e irracionales. Lo particular,
diverso y variopinto es saludable, afirman los liberales, si
se respeta simultánea e inflexiblemente la vigencia de los
derechos humanos y políticos y si se reconoce que la sociedad
y el Estado existen, en última instancia, para el
florecimiento del individuo y el despliegue de sus facultades.
Finalmente hay que señalar que la solidaridad tradicional no
puede ser resucitada fácilmente en un entorno moderno y
complejo, donde los seres humanos no han crecido en redes de
familiaridad y sociabilidad estrechas y fáciles de comprender.
El sentimiento de solidaridad
-como su antecesora en la Revolución Francesa: la fraternidad-
puede ser manejado y desfigurado desde las instancias
estatales, dando paso a comportamientos forzosos y obligados,
con poco de espontaneidad y mucho de manipulación. La crónica
del siglo XX ha sido particularmente rica en regímenes donde
la "comunidad de destino" y la idea de un único bien común han
supuesto la eliminación de las libertades individuales.
Ensayo de síntesis
La experiencia de que el mundo contemporáneo es
insoportablemente complejo e insolidario, junto con el
análisis simultáneo de los peligros inherentes al
comunitarismo doctrinario, favorece intentos explicativos que
combinan lo rescatable del comunitarismo y del liberalismo,
como es probablemente el caso en el ensayo de una síntesis
fructífera entre universalismo y particularismo. Evitando los
extremos sin claudicar en la intención crítica, se puede
afirmar que los derechos humanos y los estatutos morales y
legales de corte universalista componen el marco dentro del
cual se da una combinación de cooperación y conflicto, basada
en el mutuo reconocimiento de las partes contendientes, que
parece ser el modelo humano de convivencia relativamente más
razonable y exitoso en la época actual y el que brinda
también un mínimo de seguridad efectiva y afectiva para el
florecimiento de la identidad individual, grupal y cultural
(36).
La organización democrático-racional de la sociedad
constituye, por ejemplo, uno de esos elementos de racionalidad
que traspasa las fronteras de la inmanencia contextual
particularista y de la contingencia del origen de los
preceptos racionales. Como afirmaron autores de la Escuela de
Frankfurt, la argumentación racional sobrepasa el propio
contexto donde ésta ha surgido y supera la llamada
etnocentricidad de cada sujeto
(37).
Una identidad personal y grupal más o menos lograda puede ser,
al mismo tiempo, nacional y universal: se puede combinar, por
ejemplo, una moral universalista y moderna (como los derechos
humanos) con un sentimiento nacional que preserve algunos
elementos particularistas. Lo que hace falta es una actitud
crítica global en torno a los aspectos negativos de las
tradiciones nacional-particularistas y con respecto a los
lados inhumanos de la visión moderna-universalista.
Inspirándose en fragmentos de G. W. F. Hegel, sobre
todo en sus escritos de juventud, Axel Honneth ha
elaborado una teoría del reconocimiento que es
importante para comprender en todas sus facetas la
controversia entre comunitarismo y liberalismo. La formación
adecuada de la identidad de un sujeto presupone el
reconocimiento de parte de los otros sujetos, que puede
expresarse en amor, reciprocidad y confianza, es decir en
elementos esenciales para la configuración de una auto-estima,
autoconfianza y un autorrespeto consolidados
(38).
Se trata de factores y características que se dan más
fácilmente en sistemas comunitarios que en modelos liberales
de ordenamiento socio-político, pero que pueden ser
preservadas en estos últimos mediante políticas públicas
(especialmente educativas) de largo aliento.
Amar y ser amado emergen como categorías condicionantes o,
por lo menos, como figuras analógicas para una participación
bien lograda en la vida pública, participación que requiere de
la dimensión de la solidaridad practicada y experimentada como
tal. Esta última tiene algo de una reciprocidad obligada, en
el sentido de una autolimitación individual por consideración
a los derechos e intereses de los otros sujetos, lo que genera
la primera consciencia del derecho como institución jurídica
de índole racional y universalista. En el reconocimiento
recíproco los sujetos se confirman mutuamente como portadores
de necesidades y, por ende, como seres fragmentarios e
imperfectos que requieren de la complementación que sólo
pueden brindar los otros. Al mismo tiempo los sujetos aprender
a vivir en la tensión permanente entre la afirmación
individual y la entrega simbiótica al otro
(39).
El reconocimiento se expresa en los campos del amor
(oportunidad de la autoconfianza), el derecho (reconocimiento
institucionalizado) y la solidaridad (la ayuda que confirma la
auto-estima), y se desarrolla desde una actitud emocional
hasta un respeto universalista hacia el otro, basado en un
esfuerzo cognitivo de comprensión. Este complejo
reconocimiento
-si tiene éxito-
fundamenta la autorrealización humana bien lograda
(40). El fenómeno negativo de la cosificación (una forma de la
alienación descrita ampliamente por Hegel y Marx) se
manifiesta, según Honneth, como el olvido del reconocimiento
(41),
fenómeno que parece ser predominante en el modelo liberal.
El enfoque de Honneth se basa en la necesidad de
superar la parcialidad de teorías anteriores sobre la
convivencia humana
(42).
La noción aristotélica y escolástica del Hombre como un ser
básicamente apto para la sociabilidad y las teorías atomistas
de Machiavelli y Hobbes en torno al conflicto y enemistad
perennes del mismo, representarían visiones unilaterales de la
problemática. Honneth propone una teoría sincretista
-que habría sido formulada primeramente por Hegel
-que retoma la vigencia intersubjetiva de normas de conducta y
elementos comunicacionales
-como diríamos hoy en día-
contenidos en la concepción hegeliana y que "superan" el
atomismo del liberalismo primigenio y la ingenuidad del
humanismo clásico
(43). Esta síntesis parece ser hoy en día lo más razonable, no para
superar el carácter insoportablemente complejo e insolidario
del mundo contemporáneo, sino para mitigar sus aspectos más
negativos.
Sobre la temática del pluralismo cf. el número monográfico
de DEBATS (Valencia), Nº 89, verano de 2005; Javier Tusell,
Democracia como realidad histórica, en: ibid., pp.
52-61.
Sobre la temática de la identidad colectiva y sus
connotaciones peligrosas, cf. el tratado exhaustivo: Lutz
Niethammer, Kollektive Identität. Heimliche Quellen einer
unheimlichen Konjunktur (Identidad colectiva. Fuentes
secretas de una coyuntura fatídica), Reinbek: Rowohlt 2000.
Cf. tres textos muy instructivos: Kurt Bayertz, Begriff
und Problem der Solidarität (Concepto y problema de la
solidaridad), en: Kurt Bayertz (comp.), Solidarität.
Begriff und Problem (Solidaridad. Concepto y problema),
Frankfurt: Suhrkamp 1998, pp. 11-53; Andreas Wildt,
Solidarität
─
Begriffsgeschichte und Definition heute
(Solidaridad
─
historia conceptual y definición actual), en: ibid., pp.
202-216; Hauke Brunkhorst, Globale Solidarität:
Inklusionsprobleme der modernen Gesellschaft
(Solidaridad global: problemas de inclusión de la sociedad
moderna), en: Lutz Wingert / Klaus Günther (comps.), Die
Öffentlichkeit der Vernunft und die Vernunft der
Öffentlichkeit. Festschrift für Jürgen Habermas (El
carácter público de la razón y la razón de lo público.
Homenaje a Jürgen Habermas), Frankfurt: Suhrkamp 2001, pp.
605-626
Jürgen Habermas, Die postnationale Konstellation.
Politische Essays (La constelación postnacional. Ensayos
políticos), Frankfurt: Suhrkamp 1998, p. 95, 119 sq., 123,
133.
Sobre la complejidad inherente al concepto de bien común cf.
el instructivo ensayo de Claus Offe, Wessen Wohl ist das
Gemeinwohl? (De quién es el bien común?), en: Wingert /
Günther (comps.), op. cit. (nota 3), pp. 459-488
Octavio Paz, Itinerario, Barcelona: Seix Barral 1994,
p. 120.
Ibid., p. 121.
Giovanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida,
Madrid: Santillana 1998; Jean-Marie Guéhenno, El fin de
la democracia, Barcelona: Paidós 1995.
Octavio Paz, op. cit. (nota 6), p. 123.
Ibid., p. 132.
Ibid., p. 133.
Richard Joseph, Democracy and
Prebendal Politics in
Nigeria: The Rise and Fall of the Second
Republic,
Ibadan: Spectrum 1999, p. 57.
Mario Vargas Llosa, La hora de los cómicos, en: LA
RAZON (La Paz) del 5 de octubre de 2003, p. A7.
A esta conclusión llega un gran conocedor de la temática,
después de constatar que carecemos hoy de un concepto
substancial de política y que estamos inundados, al mismo
tiempo, por una retórica de la politización: Rüdiger Bubner,
Polis und Staat. Grundlinien der Politischen Philosophie
(Polis y Estado. Fundamentos de la filosofía política),
Frankfurt: Suhrkamp 2002, p. 127, 192.
Cf. el brillante estudio de Jürgen Habermas,
Vorpolitische Grundlagen des demokratischen Rechtsstaates?
(Fundamentos prepolíticos del Estado democrático de
Derecho?), en: Habermas, Zwischen Naturalismus und
Religion. Philosophische Aufsätze (Entre naturalismo y
religión. Ensayos filosóficos), Frankfurt: Suhrkamp 2005,
pp. 106-118.
Jürgen Habermas, Kulturelle
Gleichbehandlung
─
und die Grenzen des postmodernen Liberalismus
(El tratamiento cultural igualitario
─
y los límites del liberalismo postmoderno), en: Habermas,
Zwischen..., op. cit. (nota 15), pp. 280-283.
Cf. entre otros: Stefan Grätzel / Armin Kreiner,
Religionsphilosophie (Filosofía de la religión),
Stuttgart: Metzler 1999; Kurt Hübner, Glaube und Denken.
Dimensionen der Wirklichkeit (Creencia y pensamiento.
Dimensiones de la realidad), Tübingen: Mohr-Siebeck 2001.-
Algunas indicaciones en torno a esta problemática en: DEBATS
(Valencia), Nº 90, otoño de 2005 (número monográfico
dedicado al paganismo).
Jürgen Habermas, Die Grenze zwischen Glauben und Wissen.
Zur Wirkungsgeschichte und aktuellen Bedeutung von Kants
Religionsphilosophie (La frontera entre fe y saber.
La historia de la influencia y la importancia
actual de la filosofía de la religión de Kant), en: Habermas,
Zwischen..., op. cit. (nota 15), p. 234.- Según
Habermas, esta concepción está esbozada en: Immanuel Kant,
Die Religion innerhalb der Grenzen der blossen Vernunft
(La religión dentro de los límites de la razón pura) [1793],
en: Kant, Werke in zehn Bänden (Obras en diez tomos),
compilación de Wilhelm Weischedel, Darmstadt: WBG 1968, t.
7, p. 752 sq.
Jürgen Habermas, Vorpolitische..., op. cit. (nota
15), pp. 106-118.
Jürgen Habermas, Einleitung (Introducción), en:
Habermas, Zwischen..., op. cit. (nota 15), p. 12 sq.;
Habermas, Religion in der Öffentlichkeit (Religión en
el ámbito público), en: ibid., p. 137, 149; Habermas, Die
Grenze..., op. cit. (nota 18), p. 222.- La concepción de
Habermas está inspirada en: Immanuel Kant, Kritik der
praktischen Vernunft (Crítica de la razón práctica)
[1788], en: Kant, Werke, op. cit. (nota 18), t. 6, p.
260.
Johann Baptist Metz, Anamnetische Vernunft (Razón
anamnética), en: Axel Honneth et al. (comps.),
Zwischenbetrachtungen. Im Prozess der Aufklärung
(Observaciones interinas. En el proceso de la Ilustración),
Frankfurt: Suhrkamp 1989, pp. 733, 736-738.
Jürgen Habermas, Vom sinnlichen
Eindruck zum symbolischen Ausdruck.
Philosophische Essays
(De la impresión sensorial a la expresión simbólica. Ensayos
filosóficos), Frankfurt: Suhrkamp 1997, pp. 100-103.- En un
importante ensayo, publicado junto con un texto de Habermas,
que trata de dilucidar los aspectos prepolíticos de la
democracia moderna, el pontífice Benedicto XVI
postuló la teoría de que los derechos humanos constituyen el
puente ético de entendimiento entre los diversos actores en
una sociedad secularizada y pluralista. Los derechos humanos
conforman el último elemento válido del derecho natural. Los
hombres se distinguen como miembros de la especie humana en
cuanto son sujetos y portadores de ellos. Sus valores
básicos pueden ser encontrados, pero no pueden ser
inventados arbitrariamente. Cf. Joseph Ratzinger, Was die
Welt zusammenhält. Vorpolitische moralische Grundlagen eines
freiheitlichen Staates (Lo que mantiene unido al mundo.
Fundamentos morales prepolíticos de un Estado liberal), en:
Jürgen Habermas / Joseph Ratzinger, Dialektik der
Säkularisierung. Über Vernunft und Religion (Dialéctica
de la secularización. Sobre razón y religión), Freiburg
etc.: Herder 2005, p. 50 sq.
Cf. Ernesto Laclau, La razón populista, Buenos Aires:
FCE 2005; Ernesto Laclau / Chantal Mouffe, Hegemonía y
estrategia socialista. Hacia una radicalización de la
democracia, Madrid: Siglo XXI 1987; Chantal Mouffe
(comp.), Deconstrucción y pragmatismo, Buenos Aires:
Paidós 1998; Enrique Dussel,
Introducción a
la Filosofía de la Liberación,
Bogotá: Nueva América 1998; Dussel, Etica de la
liberación, México: UNAM / Trotta 1998; Francisco
Naishtat, Acción colectiva y regeneración democrática del
espacio público, en: Hugo Quiroga / Susana Villavicencio
/ Patrice Vermeren (comps.), Filosofías de la ciudadanía.
Sujeto político y democracia, Rosario: Homo sapiens
2001, pp. 69-88; Jacques Rancière, El desacuerdo,
Buenos Aires: Nueva Visión 1998; Jacques Rancière, La
politique de la sirène, París: Hachette 1996; Hugo
Quiroga, La democracia que tenemos.
Ensayos políticos sobre
la Argentina actual,
Rosario: Homo sapiens 1995.
Y hasta una celebración de la guerrilla guevarista. Cf.
Miguel Benasayag / Diego Sztulwarkal, Du contre-pouvoir,
París: La Découverte 2000; Miguel Benasayag, Che Guevara:
du mythe à l'homme. Aller-retour, París: Bayard 2003;
Miguel Benasayag / Angélique del Rey, Éloge du conflit,
París: La Découverte 2007.
Sobre la complejidad del principio de igualdad y sus nexos
con la justicia, cf. Wolfgang Kersting, Kritik der
Gleichheit. Über die Grenzen der Gerechtigkeit und der Moral
(Crítica de la igualdad. Sobre los límites de la justicia y
la moral), Weilerswist: Velbrück 2005; Stefan Gosepath,
Über den Zusammenhang von Gerechtigkeit und Gleichheit
(Sobre la relación entre justicia e igualdad), en: Wingert /
Günther (comps.), op. cit. (nota 3), pp. 403-433.
La "acción colectiva" como "respuesta de índole
metacomunicativa e informal a una disrupción de la
comunicación formal e institucionalizada": Francisco
Naishtat, op. cit. (nota 23), p. 72.
Hugo Quiroga, Democracia, ciudadanía y el sueño del orden
justo, en: Quiroga / Villavivencio / Vermeren (comps.),
op. cit. (nota 23), pp. 187-207. El autor afirma que una
sociedad democrática no puede convivir con "desigualdes
insoportables", aunque admite que es muy difícil determinar
cuál es el grado de desigualdad todavía soportable en
democracia (ibid., p. 193 sq.).
Armin Pfahl-Traughber, "Gemeinwohl"
versus Freiheit.
Zur Auseinandersetzung zwischen
Kommunitarismus und Liberalismus
("Bien común" vs. libertad. Sobre el debate entre
comunitarismo y liberalismo), en: LIBERAL.
VIERTELJAHRESHEFTE FÜR POLITIK UND KULTUR (Bonn), vol. 43,
Nº 1, marzo de 2001, pp. 16-20.
Sobre las teorías comunitaristas cf. el brillante ensayo de
Wolfgang Kersting, Theoriekonzeptionen der politischen
Philosophie der Gegenwart: Methoden, Probleme, Grenzen
(Concepciones teóricas de la filosofía política del
presente: métodos, problemas, límites), en: Michael Th.
Greven / Rainer Schmalz-Bruns (comps.),
Politische Theorie
─
heute. Ansätze und Perspektiven
(Teoría política
─
hoy. Enfoques y perspectivas), Baden-Baden: Nomos 1999, pp.
41-79, especialmente pp. 71-76.
Cf. las obras clásicas: Marc Augé, Hacia una antropología
de los mundos contemporáneos, Barcelona: Gedisa 1996;
Charles Taylor, El multiculturalismo y la política del
reconocimiento, México: FCE 1993; Axel Honneth (comp.),
Kommunitarismus. Eine Debatte über die moralischen
Grundlagen moderner Gesellschaften (Comunitarismo. Un
debate sobre los fundamentos morales de las sociedades
modernas), Frankfurt / New York: Campus 1993; y el número
monográfico de ISEGORIA (Madrid), Nº 14, octubre de 1996.
Cf. Werner Becker, Die
Überlegenheit der Demokratie.
Politische Philosophie nach dem Scheitern des
Marxismus
(La supremacía de la democracia. Filosofía política después
del fracaso del marxismo), en: Kurt Bayertz (comp.),
Politik und Ethik (Política y ética), Stuttgart: Reclam
1996, pp. 40-62, especialmente pp. 55-57.
Cf. el excelente ensayo de Kurt Bayertz, Staat und
Solidarität (Estado y solidaridad), en: Kurt Bayertz
(comp.), op. cit. (nota 31), pp. 305-329.
Michael Oakeshott, El racionalismo en política y otros
ensayos, México: FCE 2000.
Will Kymlicka, Derechos individuales y derechos de grupo
en la democracia liberal, en: ISEGORIA (Madrid), Nº 14,
octubre de 1996, p. 35 sq.; Will Kymlicka, Ciudadanía
multicultural, Barcelona: Paidós 1996; Renato Ortiz,
Diversidad cultural y cosmopolitismo, en: NUEVA SOCIEDAD
(Caracas), Nº 155, mayo-junio de 1998, pp. 23-36.
Cf. el excelente estudio de Patricia Crone,
Pre-industrial Societies, Oxford: Blackwell 1989, p. 132
sq.
Cf. Nodari A. Simonia, Synthesis of Traditional and
Modern in the Evolution of Third World Societies, New
York: Greenwood 1992, passim.
Albrecht Wellmer, Endspiele: die unversöhnliche Moderne
(Juegos finales: la modernidad irreconciliada), Frankfurt:
Suhrkamp 1993, p. 54 sq., 172 sq.; Jürgen Habermas, Die
Einheit der Vernunft in der Vielfalt ihrer Stimmen (La
unidad de la razón en la diversidad de sus voces), en:
Habermas, Nachmetaphysisches Denken (Pensamiento
postmetafísico), Frankfurt: Suhrkamp 1988, p. 174 sqq.- Para
una crítica diferenciada y sugerente de la posición de
Habermas, cf. Jorge Larraín Ibáñez, Modernidad, razón e
identidad en América Latina, Santiago de Chile: Andrés
Bello 1996, p. 221 sq.
Axel Honneth, Kampf um Anerkennung.
Zur moralischen Grammatik sozialer Konflikte
(La lucha por el reconocimiento. Sobre la gramática moral de
los conflictos sociales), Frankfurt: Suhrkamp 1994, p. 64 sq.,
128, 153 sq., 172.
Ibid., p. 65 sq., 68, 73, 153 sq.
Ibid., pp. 151-154, 175-178, 278 sq.
Axel Honneth, Verdinglichung. Eine
anerkennungstheoretische Studie (Cosificación.
Un estudio en la teoría del reconocimiento),
Frankfurt: Suhrkamp 2005, pp. 62-77.
Honneth, Kampf..., op. cit. (nota 38), pp. 13-18,
21-26, 32, 110, 267.
Sobre el enfoque de Axel Honneth, que se reclama del
realismo hegeliano, es indispensable indicar también
lo siguiente. Esta teoría exhibe rasgos tan abstractos y
generales, que recae en el idealismo que critica. Las
grandes obras de la literatura, que examinan los conflictos
morales de individuos concretos en situaciones específicas,
contribuyen de manera más clara y adecuada a comprender los
problemas reales que emanan de la carencia de reconocimiento
y reciprocidad.
H. C. F. MANSILLA
(nacido en Buenos Aires en 1942; ciudadanías argentina y
boliviana de origen) estudió ciencias políticas y filosofía en
universidades alemanas. Hizo su Magister rerum politicarum
(Mag. rer. pol.) en 1968 y su doctorado (Dr. phil.) en 1973
(ambos magna cum laude). La Universidad Libre de
Berlin le confirió la venia legendi en 1976. Ha sido
profesor visitante en universidades de Alemania, Australia,
España y Suiza. En España fue catedrático visitante del
Instituto de Altos Estudios José Ortega y Gasset de la
Universidad Complutense. Desde 1999 es regularmente
catedrático visitante de la Universidad de Zurich (Suiza). Es
miembro de número de la Academia de Ciencias de Bolivia y
correspondiente de la Real Academia Española. Por lo demás es
escritor independiente. Ha publicado varios libros sobre
sociología política, crítica de mentalidades autoritarias y
ecología política.
Dirección electrónica:
hcf_mansilla@yahoo.com
Website:
http://hcf_mansilla.tripod.com
El presente texto ha sido enviado por el autor para su
publicación en Revista Contratiempo.
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