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Se acercan las elecciones y ya lo sabemos, o lo intuimos: habrá un muerto. Claro que el que muere siempre es el otro, por lo general pobre, desconocido y remoto. "Tirar un muerto" es la expresión tal vez más temida entre gobernantes y dirigentes políticos. Lo supo Duhalde, lo pagó Néstor Kirchner, y hasta tal vez Cristina con Nisman. Sin contar con el caso paradigmático de Lugo en Paraguay, durante cuyo gobierno fueron masacrados once campesinos en Curuguaty. Así le fue: tuvo una destitución express.

 

Tirar un muerto: expresión monstruosa desde su misma enunciación, con múltiples interpretaciones. Como esta práctica está tan difundida en países políticamente subdesarrollados como el nuestro, y como obscenamente se muestra, y se presume, el artilugio escénico para lograr cometidos, el ciudadano común queda desconcertado: ¿Es real o es simulacro? ¿Hubo asesinato, desaparición o hubo sabotaje? ¿A quién le conviene/le convino más Nisman,  Ferreyra, Kosteky, Santillán o la desaparición de Maldonado? ¿Quién o quiénes se llevarán el premio mayor con estos crímenes políticos? 


Preguntas incómodas como pocas porque nos ubican, sin escalas, en trincheras indeseables. Ingenuo es el gesto burgués de pretender que con unos cuantos tecleos, ahora en versión tecnicolor, se gane el cielo revolucionario y combativo cuando durante el resto del año, probablemente, ni se sepa (ni interese) quiénes son los mapuches, su historia, sus condiciones de subsistencia. O peor aún, que en el resto de la Argentina hay poblaciones originarias que se mueren de hambre desde tiempo inmemorial. O que, por ejemplo, la trata en las provincias más humildes de la Argentina se disfraza de wiskerías y prostíbulos que, por lo visto, son difíciles de localizar en el mapa (hasta para las entusiastas Ni una menos).

 

No hay dudas de que tanto la derecha como la progresía y la izquierda comparten los criterios de selección de “crímenes cualificados”. Tampoco hay dudas de que ambos se fundan, se sostienen y se difunden en oscuras estructuras por fuera de sus límites. Facciones, mafias y fascismos merodean la lamentable escena política actual. Y el imaginario de ese ciudadano común, que ya desconfía casi como acto reflejo porque desconoce dónde exactamente está el poder y hasta dónde puede llegar con el fin de sostenerse. O de recuperarse. 

 

Queremos saber dónde está Santiago Maldonado. Pero también, preguntarnos por esta enfermedad terminal de la que nadie habla y que se alimenta de obediencias de vida, de eslóganes elaborados a velocidades asombrosas, difundidos ya no por militantes sino por reclutados, y de agujeros negros que desafían cualquier verosimilitud y que cuentan con la complicidad de un sistemático empobrecimiento educativo, cultural y sobre todo, crítico, de la población.

 

En otras palabras, la política argentina es un pésimo relato.

 
 
 
Nota Editorial Revista Contratiempo Agosto 2017
 
 
 

 

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