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Retratos Urbanos / Experiencias de viaje
MADRID

La vida reciclada
Lo nuevo y lo usado se mezclan, se entremezclan, se retuercen, se confunden en el Rastro. Esto ya pasó, nos murmuran los objetos viejos que se ofrecen sobre las mesas, sobre el piso, colgados o arrojados a un costado. A veces son los juguetes de la infancia, de plomo, hojalata, porcelana, después plástico y madera; o las colecciones juveniles de tapas amarillas con dibujos; o los artefactos de un hogar que ya no existe o la moda pasada de moda hace rato hasta volverse excéntrica. Una multitud incesante va tras esas huellas, como si intentara rearmar su biografía a través de desechos valiosos solo por el paso del tiempo, atravesados de modernidad por el deseo. Una señora vocifera "hoy todo a 10 euros" y parece que la oferta es tentadora; la gente se arremolina sobre un gigantesco bulto de camperas de cuero, se prueba, pide opinión, elige otra. Hombres y mujeres que se calzan fragmentos de vida de otros y se quedan con ellos en cada elección. El ritual dura toda la mañana y las primeras horas de la tarde. La Feria arranca de uno de los pórticos de la bella Plaza Mayor y se extiende por cuadras, en calles demasiado estrechas, todas encajonadas por edificios, que se precipitan en pendiente hacia la Puerta de Toledo. Por lo que el circuito abarca bodegones con comidas típicas, artistas callejeros, filatelia y cosas viejas. Así circula y recircula la vida durante las mañanas de domingo en el centro de Madrid.

El barrio de la luz
Atardece en Lavapiés. El ocaso invade el colorido de los edificios, todos iguales, austeros, y llena de melancolía el barrio. En la atmósfera se confunden el secreteo amoroso de los jóvenes que se arriman a la plaza, la intimidad de las ropas colgadas en las ventanas y la charla animada del reencuentro de amigos. Un anciano se acerca y nos cuenta la historia del lugar: que es uno de los más antiguos de Madrid, que era la judería y hasta había una sinagoga, que más allá, siguiendo la calle de la Fe, están las ruinas de la Escuela de las Pías, ahora transformada en Biblioteca, en ruinas pero biblioteca. Para mantener el espíritu del barrio. Y que desde hace alrededor de una década es territorio ocupado por inmigrantes, indios, marroquíes, nigerianos, bolivianos, ecuatorianos, chinos, por eso el deterioro, porque el Estado lo dejó en el olvido, agrega convencido.
En Lavapiés las calles se intrincan, suben, bajan, se estrechan, se defienden y tienden a extraviar a los que no son del lugar. Se suceden los teatros independientes, las galerías de arte, los bares literarios, muchas veces en espacios oscuros, reducidos, como según dicen son la mayoría de las casas de departamentos. También abundan las marquesinas y los carteles escritos a mano que ofrecen soluciones a problemas sentimentales, tarot egipcio, comida centroamericana o de Bangladesh, y trámites de ciudadanía en cuestión de horas. Lavapiés es bohemio, bullicioso, precario, tiene aires de gheto y de guarida, de exilio y añoranzas, de aristocrático deterioro. De alguna manera la heterogeneidad y el olvido son sus formas de resistencia. Resistencia a la Madrid monumental y anónima que está a solo unas pocas cuadras de distancia.

Todos amamos a Tintoretto
El circuito cultural que conforman el Museo Arqueológico, la Biblioteca Nacional, el Museo del Prado, el Thyssen y el Centro de Arte Reina Sofía, entre otros, articula una de las zonas más prósperas de Madrid. Con el prestigioso pulmón verde del Parque del Buen Retiro cerca, el poder y la alta cultura sellan allí una entrañable comunión urbanística. Es la Madrid de la modernidad, con los amplísimos bulevares que permiten apreciar la fastuosidad edilicia del neoclasicismo y que rematan en Atocha, el corazón ferroviario de la ciudad. La perspectiva ese domingo, sin embargo, no era muy alentadora. Una larguísima cola, de varias cuadras, esperaba frente al Museo del Prado. La mayoría jóvenes que parecían salidos de algún atelier o facultad de artes. Grandes carteles anunciaban una muestra temporaria de Tintoretto, le echamos la culpa del contratiempo, entonces, al pintor italiano. "¿Tanta gente por Tintoretto?", le pregunto a un uniformado del Museo. El hombre me mira desconcertado. "¡Era un maestro!", exclama con un gesto de reprobación. Le aclaro que concuerdo con él, que me encantan el Renacimiento y el Manierismo, que es una lástima que no lo hubieran traido también a Caravaggio y que no se quedaran ambos para siempre en el Prado, que todo era un problema de tiempo, de espera, pero me interrumpe en seco: "Las colas no son solo por Tintoretto, el domingo la entrada al Museo es gratuita", agrega con cierto desgano.
Volvemos el martes, no hay colas, solo turistas. Hay, indudablemente, una ciudad que, a pesar del esplendor, se está volviendo difícil también para sí misma.

El tiempo suspendido
Un maestro joven preside la fila, lo siguen alrededor de 20 niños de entre tres y cuatro años, acompañados de algunas madres. El maestro camina haciendo ostentosos gestos de que allí había que hacer silencio. Los niños lo imitan. Madrid es vieja, los jóvenes son escasos y la niñez parece proscripta. Esa procesión resulta entonces, por escasez, una multitud. Llegan hasta una de las salas del Centro de Arte Reina Sofía y se sientan en el piso, en varias filas, frente al cuadro, gigante, que hegemoniza la pared. Así se quedan varios minutos, en absoluto silencio. Nosotros nos ubicamos atrás de ellos, casi en puntas de pie para no hacer ruido. Durante un rato evitamos la mirada frontal, nos detenemos en esos rostros expectantes, boquiabiertos algunos, en sus cuerpos inmóviles, suspendidos más por sorpresa que por obediencia, en el silencio que contagiaron al resto de la sala y que ya se está volviendo sepulcral, o místico, en la atmósfera pesada de una irrealidad con 20 niños quietos, desentendidos del resto del mundo. La Guernica está enfrente nuestro.

El objeto indestructible
Max Ernst, Dalí, Miró, Magritte, Picabia y por fin la sala de cine y fotografía, negra y oscura como debe ser, con obras de Man Ray, Bresson y un desopilante film de Buñuel. El objeto de Man Ray, que al parecer y contra todos los principios del arte de vanguardia sueña eternidades -una aguja, un ojo, un elemento de medición, un triángulo, un mecanismo indescifrable-, es el remate de la sala surrealista de la segunda planta del Reina Sofía. En la cuarta hay arte contemporáneo. Instalaciones con redes, latas oxidadas que juegan con el equilibrio, la trillada obsesión por el detalle y el fragmento, tres gigantografías de perros –pienso en mis dos gatos siameses de una belleza casi insultante, irían bien alli-, un Kuitca en el corredor, pinturas de la nada, nada en las pinturas, un punto y la nada, un rostro a mitad de camino entre el collage y la foto, a mitad de camino entre los sexos, a mitad de camino entre la nada y la nada, y nuestro paso que se encamina presuroso al ascensor de salida.

Las pasiones del alma
Noche de Derby en Madrid. El fútbol me aburre, a Beckam y a Raul los conozco solo por las publicidades; hasta estaba convencida de que Gago era un jugador portugués. Los fanáticos del grupo, sin embargo, se abalanzan sobre los boletos que ofrecen los revendedores de las cercanías del Bernabeu; yo me niego rotundamente a pagar los 100 euros que piden por cada uno (en las ventanillas, obviamente, ya no quedan entradas), y me quedo en el hotel. Confío erróneamente en la televisión (ver televisión local es imprescindible en cualquier viaje). Solo encuentro programas de entretenimientos o de mentalistas que anticipan la suerte o resuelven problemas de toda índole. Y luego, en los mismos canales y bien entrada la noche, sexo y más sexo del tipo "llame ya". Juegos, predicciones extraterrenales y placeres carnales sin solución de continuidad. Extraño Friends, Médium, Desperate housewife y las otras series de Sony, sin doblar. Me salva Hopkins con El silencio de los inocentes, que veo por cuarta vez. Me vuelve a aterrar como la primera. La noche es muy fría, desde la ventana del hostal se ven las luces de la Gran Vía, que no duerme jamás. En el Bernabeu los clásicos rivales terminan empatando 1 a 1, aunque todos coinciden en que el Atlético mereció ganar. Hubo expulsiones, goles anulados, suspensiones momentáneas del partido, calor humano en una noche helada, todo una fiesta que termina a medianoche. Es nuestro primer día en Madrid y aún me pesan las tres horas de diferencia entre un continente a otro y el pasaje de verano a invierno en menos de 12 horas. Tal vez por todo eso contraigo una bronquitis que no me suelta hasta el último día. Y así llego a Lisboa, afiebrada y ligeramente alejada de la realidad.

Zenda Liendivit (Febrero 2007)

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2000-2007 Revista Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit

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