
Las tres Parcas,
F. Salviati
(Florencia, Palacio Pitti)
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| LA PREGUNTA
POR LA MUERTE |
JEAN-FRANCOIS
LYOTARD
Sobreviviente
Comenzaré por recordar
algunos lugares comunes, bien o mal
conocidos, relativos al principio mismo
de lo que puede pensarse bajo el título
de "sobreviviente" (
) La
palabra "sobreviviente" implica
que una entidad que ha muerto o que
debería haber muerto, todavía
está viva. Con el pensamiento de este
"todavía", de un aplazamiento
o de una detención de muerte, se
introduce una problemática de tiempo,
pero no cualquiera. Una problemática del
tiempo en su relación con la cuestión
del ser y del no-ser de lo que es. Más
precisamente, de un tiempo en que el ente
(la entidad) se encuentra en relación
con su comienzo y su fin, como se dice
corrientemente (corriendo). En relación
con el enigma de que la entidad llega
a su ser de ente y se va de este
ser. Que está, pues, en relación, dos
veces, necesariamente dos veces, con
"su" no-ser. Aparece y
desaparece. Pero como cuando no es,
tampoco tiene "su" no-ser, o
mejor dicho, como el no-ser es lo sin
relación, el enigma al que aludo es el
de una relación con lo que no tiene
relación, con un absoluto.
Observación familiar, si
puedo llamarla así. Ahora, para tratar
de ser menos familiares, hay que
preguntarse cuál es la instancia con
relación a la cual el sobreviviente
sobrevive. Sobrevive siempre a una
muerte, pero ¿a la muerte de qué vida?
Hegel dice: la muerte es la
vida del espíritu. En la fenomenología,
el espíritu no sobrevive a la muerte, es
el relevo de la vida inmediatamente, y
por ende a la vez esa vida en tanto
muerta (pasada) y reavivada,
reviviente. El espíritu vive en tanto
muerto para la instancia que él mismo
fue. Él es constitutivamente un
duelo, en el sentido de Freud, es decir,
la pérdida de sí mismo en tanto,
investido primero en una formación, la
objetiviza para conocerla, en tanto ella
deviene así muerte (a) para él, y por
que por este mismo hecho él vuelve a sí
(narcisismo del duelo) en una formación
nueva. El espíritu no es más que
objetividad, investido (una entidad es
eso), y la nueva objetivización
comporta, contiene, conserva la antigua
pero, digamos, modalizada, según
el modo del no más. El modo del no
más es el de la necesidad, o de la
tercera persona. La formación anterior
no está más viva, la entidad que fui no
puede decir más "yo". Yo
no puedo hablar más de eso sino como de ella,
entonces, en tercera persona. Ella no
puede ser otra que lo que fue (ésta
es su necesidad): ella es habiendo sido
("siendo-sido", escribe
Heidegger). Hegel resuelve este problema
con un "nosotros"; él (es
decir yo entonces) y yo (ahora). Misterio
de este y.
Sobrevivir se entiende,
según este pensamiento donde nada
se pierde, como ser todavía
según los modos del poder
(posibilidad, capacidad, eventualidad: event,
algo indeterminado ocurre todavía),
mientras que uno debería no más, no
poder, no poder más.
El relevo hegeliano es el de
un modo por el otro. Expresa en un
sentido la constitución paradójica del
instante para el pensamiento: éste no es
t, sino siempre t.dt. El siendo-sido
(Heidegger) implica en su determinación
a la vez que él no es más y por lo
tanto no podría ser otro, sino también
que él es la potencia (la derivada) de
otro instante, llamado
"siguiente", de donde se dará
como no siendo más.
La formulación matemática
y fenomenológica del instante en t.dt
suministra también una inteligencia
de la supervivencia. Lo que es, es vivo,
pero contiene su no todavía, de
donde él es ya muerto. El tiempo
asegura así, suficientemente para el
espíritu, el fundamento de su idea de la
supervivencia en la problemática
filosófica del espíritu o conciencia.
La Retención de Husserl encierra,
en un sentido, todo el secreto de la
supervivencia. En filosofía del lenguaje
se dirá, con el sentido corriente, que
el tiempo no es más que el juego de las
modalidades: no poder más y poder
este no más. La imposibilidad y
la posibilidad de este imposible.
Este tiempo es el de la
conciencia o del espíritu, y esa
supervivencia es su seguridad absoluta,
como su muerte está asegurada. Asegurada
por cuanto es siempre una bella muerte,
por "retenida", en el
"nosotros" que forman juntos el
yo ahora y el yo entonces.
Pero un problema es si, en
el retorno sobre el no más, no se
ha olvidado algo que, por ende, no
sobrevive, un resto que no resta. Lo que
parecer tener que estar necesariamente
perdido es la presencia entonces
de lo que es ahora pasado. Lo que
es ahora necesario, incambiable,
era entonces contingente. Lo que
no tiene más poder (más posible)
ahora, era entonces poder o potencia. Hay
una tristeza mortal de eso mismo que es
retenido o transmitido. Tristeza de la
lechuza. De lo que está ligado.
La tradición de lo que entonces se
experimentaba en el presente es su traición.
El pasado es traicionado por el solo
hecho de que la presencia que él era es
puesta en ausencia. Un modo le falta, el
tono de lo vivo, aun cuando se lo
recuerde.
En términos
epistemológicos: su contingencia, lo que
Arendt, citando a Kant, llama la
"desoladora contingencia".
Desoladora por ser absolutamente rebelde
al encadenamiento necesitante,
universalizante, por causas y efectos.
Pero desoladora también porque el sabor
singular de ser-ahí (ese gusto),
que es ontológico, la memoria ordinaria
no puede sino perderlo. (¿Tiene acaso lugar
alguna vez, ese sabor? ¿No es esencial
haber solamente tenido lugar? ¿No
resulta sólo del hecho de acordarse?
¿Es otra cosa que un efecto de falta, el
efecto de que la memoria falte al
rememorar? Cualquier fotografía,
reciente inclusive, ¿no está
esencialmente amarilla?) La traición del
vivo está contenida en su tradición por
el sobreviviente. Se la requiere para que
alguna huella persista de la antigua
presencia, necesariamente alterada,
"recalentada". El testigo es
siempre un mal testigo, un traidor. Pero,
con todo, él testimonia.
La cuestión así planteada
lo es en el marco de una filosofía del
sujeto o del espíritu, en una
fenomenología. La de la síntesis del
tiempo, en Agustín, Descartes, Kant,
Hegel, Heidegger, que es también la del
sujeto.
Debe apuntarse ahora que, en
el interior de esta problemática, si se
designa la vida del espíritu como una
supervivencia, se pone el acento en la
ausencia, en lo que se pierde en lo
conservado. El mundo es gris para la
lechuza hegeliana, es un desastre para el
Ángel de Benjamin, que el viento del
pasado empuja al futuro a tropezones. Él
no ve más que desastre en el pasado,
como la lechuza es ciega al color de la
vida. El Ángel sólo ve el pasado como
presente desastrado. El astro es el tono
de lo que está vivo. Y la pregunta
retorna: si el pasado fue efectivamente,
como presente entonces, un desastre, o si
lo desastra el re-verlo. Hegel dice esto,
Benjamin dice aquello. Esto marca una
diferencia, toda la diferencia de lo
especulativo con lo post-especulativo. En
Hegel el duelo se hace, en Benjamin se ha
vuelto imposible.
Esta imposibilidad de hacer
el duelo de la presencia pasada (y de
reconducir su fuerza sobre el sí mismo
presente, gracias a nuevos objetos) se
llama melancolía. Si no la imposibilidad
de hacer el duelo, al menos el subrayado
de la pérdida irremisible de presencia,
es decir la muerte, de lo que fue ahí.
Y, según esta pendiente, incluso lo que
es presente ahora puede ser sentido como
condenado ya a no ser más ahí, y
resultar objeto de una melancolía
"preventiva": ¿no está ya
muerto, que en el presente parece tan
vivo?
El nacimiento mismo, el
comienzo, se juzga melancólicamente como
una ilusión. Lo que llega a la vida, es
decir, el instante como acontecimiento
el llegar fuera de la nada-, está
ya condenado a retornar a la nada. El
solo ser-en-verdad no es ahí. Esta
inversión de las apariencias puede dar
lugar a metafísica. El eterno presente,
el presente vivo, está siempre ausente.
El ser no es ente. Melancolía que llaman
"occidental", desde el
platonismo, no sé bien por qué, se la
reencuentra en todo pensamiento cuando
tropieza con su fracaso, que es también
la pasibilidad, la temporalidad, la
modalidad.
Sería, parece, la manera
para el pensamiento de no traicionar
la presencia, rehusarse a todo ente y
mantenerse en la melancolía. Velar por
el perpetuo retiro del ser verdadero. La
serie de los entes, instantes, e
instancias que no hacen más que
desenrollar la innumerable serie de
falsos nacimientos, que son otras tantas
desapariciones de lo verdadero. Los
presentes quedan como desempleados de la
presencia. Un hombre dice a una mujer:
"No, no quiero un hijo, sería un
desempleado más." Él dice la
melancolía, la escasa fe en el ser del
ser-ahí. No quiere traicionar. Siente
que la transmisión, la tradición de la
vida es la traición de la verdad, la
cual es distinta de la vida, está
"en otra parte". En cuanto al
modo auténtico de la presencia (¿quién
lo conoce?), todo ente es un
sobreviviente.
Del libro
LECTURAS DE INFANCIA, Jean-Francois
Lyotard (EUDEBA, Buenos Aires/1997)
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