/ Contratiempo Revista de cultura y pensamiento / La cultura crítica en América Latina / Otoño - Invierno 2007 / N° 2 Edición Impresa

       


Foto: Zenda Liendivit

Zenda Liendivit es Arquitecta (UBA), docente y coordinadora de grupos de estudios sobre la Modernidad. Es Investigadora de temas urbanos con formación en Filosofía. Ha publicados relatos, cuentos y una novela. Está por concluir un libro de ensayos sobre la ciudad moderna. Dirige Revista Contratiempo desde el año 2000.

 

En tránsito
La Modernidad en Buenos Aires
ZENDA LIENDIVIT

Buenos Aires nació utópica. Se la proyectó en sueños y jamás concilió realidad con deseo. Según Martínez Estrada, la ciudad moderna fue fundada con los mismos objetivos  que llevaron adelante la conquista y la colonización de América: la posesión y la especulación de la tierra,  porque ésta era lo más fácil de adquirir y lo que exigía menos inteligencia para conservar. Se buscó la ciudad ideal de Trapalanda, entonces, frente a la rutina de las llanuras desconocidas, y se la siguió buscando después cuando debió hacerse cargo de la herencia moral, social, cultural e histórica del resto del país. Fue el espejismo de lo lleno contra el vacío hostil del interior. Desde las primeras ideas de Torcuato de Alvear, intendente de Roca, la ciudad respondió a una planificación directamente ligada al rédito por un lado, y a la imaginación faraónica por el otro. Thais y Madero después: el primero al dotar a la zona norte de aires europeos y el segundo al proyectar una puerta de entrada al país tan deslumbrante como inútil. La arquitectura, sin embargo, mostró y demostró sus poderes de acción y reacción; la ciudad creaba, degradaba y producía, valorizaba y extrañaba, aglutinaba y expulsaba. Ella fue obsesión, pensamiento y problema para casi todo el mundo. Poder y proletariado, técnica y arte, lengua y literatura. Traspasar sus umbrales implicaba necesariamente una transformación, de conductas, de significados, de valores, de sensibilidades. Así el gaucho de Borges se vuelve compadrito y cobarde ni bien se instala en los suburbios, o ella se hace mítica frente a la fuerza, negativa para el autor, de lo real. Arlt, en cambio, subvierte todos los valores, coloca el desecho en el cotizado centro y funda al hombre moderno en la traición y la maldad. El tango entretanto pierde su erotismo transgresor, propio de sus orígenes, para circular aséptico en salones y casas de familia. O se vuelve queja, nostalgia y denuncia. Los malestares espirituales por parte de aquéllos que no lograron insertarse en el nuevo mundo, o entrevieron el mundo que se avecinaba, tuvieron expresión arquitectónica en las sombras e inconexiones del art déco y otros modernismos de las periferias europeas; o en la asfixia hasta la afasia de los espacios del grotesco. En la Buenos Aires moderna se imaginaba un territorio y se habitaba una realidad. Y esa falta de conciliación entre lo uno y lo otro instaló una particular manera de pensar la ciudad, que tanto robustecía los fragmentos soñados como condenaba las formas de lo real hostiles a aquella imaginación. 

Espacio y resistencia

El eje puesto en lo que Lewis Mumford llama “individualismo atómico” propio de la modernidad sufrió sin embargo serios embates desde la configuración del espacio. La necesidad que surge, con el proceso de industrialización, de concentrar y controlar a la población en una superficie acotada, genera a la vez espacios residuales que encuentran su fuerza precisamente en las características de su conformación. Mientras a fines del XIX la clase alta abandona la casa patriarcal –planta baja, tres patios, familia extendida y gallinero al fondo-para encapsularse en palacios de estilos importados, con ambientes inconexos, mal ventilados, mal iluminados y mal resueltos muchas veces por la falta de superficie, las clases bajas se amontonan alrededor de una lengua, un oficio, una fábrica o de un interés compartido como estrategia de supervivencia. Lejanía y cercanía de cuerpos entonces situados en las antípodas de la escala social. Si la distancia era un valor de prestigio ya en épocas de la colonización –Martínez Estrada cita la diferencia de jerarquías entre el patrón que dirigía sus negocios a la distancia y el comerciante al menudeo detrás del mostrador-, la cercanía implicaba vulgaridad pero también conspiración, peligro y sobre todo comunicación. En ese contexto donde los márgenes se ubicaban demasiado cerca del corazón del poder y funcionaban como material inflamable que podía entrar en combustión en cualquier momento, atacar un conventillo (a una villa más tarde) para expulsar a sus ocupantes respondía mucho más que a un problema económico, higiénico o moral. Desmantelar células de reunión que no estaban controladas era el primer paso para que el modelo soñado gozara de buena salud y que la ciudad se fuera desentendiendo precisamente de aquella herencia clásica que hacía foco en su rol de comunidad, en su función política por sobre los intereses económicos y especulativos. Las primeras villas (Cartón y Latón en la Quema actual), los conventillos y las casas de inquilinato reforzaban lo que afuera se rompía a pasos acelerados. La vecindad inmediata, los recorridos intrincados, los materiales descartables, el patio, pero sobre todo cierta comunión en la adversidad, mostraban que si pervivía una tipología comunitaria, y por lo tanto contestataria, ésta solo podía ser marginal o transitoria; pero por ese motivo, podía surgir en cualquier lado, en forma imprevista y ajena a las tecnologías de control desplegadas por la misma ciudad que las generaba. La propia topografía de Buenos Aires instauró también un sistema de valores relacionado con los conceptos de permanencia y transitoriedad. Así como el verde y los terrenos elevados eran sinónimos de acomodo y tranquilidad, el agua que atravesaba o bordeaba la ciudad representaba el confín existencial, el estado de supervivencia y fragilidad frente al humor de los elementos. El Riachuelo, el Cildañes, el Maldonado, el Bajo, crearon sin embargo su propia antropología urbana y restauraron, paradójicamente, esa idea de comunidad a través de lo que iban produciendo en la vida de los pobladores. El Maldonado, en El hombre de la esquina rosada, constituye un espacio fronterizo donde el pasado imaginado reclama y el presente temido apremia. Un pasado de honor y coraje y un presente poblado de traiciones y cobardía. En el medio de estas tensiones, en la atmósfera siniestra que se respira en sus alrededores, mezcla de cuna y cementerio, los cuchilleros son apenas, como lo afirma el personaje, otro yuyo de esas orillas.

La ciudad imposible

Como lo afirma Touraine, el modelo de ciudad industrial era, sin embargo, para la burguesía. Este derecho a la ciudad implicaba el acceso a la cultura, a la política, a la educación de excelencia, a las comodidades modernas y a la mejor infraestructura urbana. El proletariado debía ser eliminado no solamente para evitar futuras rebeliones. A través del diseño que lo expulsaba a la periferia el pobre se concientizaba del lugar que ocupa y ocuparía en lo sucesivo en el nuevo orden metropolitano: el centro se convierte en el espacio simbólico y soñado pero, a la vez, imposible -Marshall Bergman cita el poema de Baudelaire, Los ojos de los pobres, donde precisamente la revolución urbanística que en su momento constituyó la planificación de Haussmann permitió que la miseria reconociera a la fastuosidad, y de paso se reconociera a sí misma, a través de los bulevares que atravesaban la ciudad-. Lo que al principio resultaba espontáneo por necesidad en la apropiación del suelo porteño por parte del pobre, de a poco se fue convirtiendo en un privilegio reservado para los otros. Esto se dio a través de intervenciones parciales (la Av. de Mayo, Florida, la zona norte, para la oligarquía; los barrios tradicionales para la clase media; etc.); de expulsiones violentas (como las que se llevaron a cabo en los conventillos); del trazado de líneas de transporte y finalmente de la autoexclusión. La electrificación masiva durante la primera década del XX favoreció el doble proceso de alejar a los pobres del centro de la ciudad y desarticular esos focos de desestabilización que representaban los conventillos y los inquilinatos. La solución para las clases bajas fue la proliferación de casas individuales, ubicadas en los suburbios –preferentemente la zona sur y oeste-, donde el método de la auto construcción garantizaba además un control económico a través del pago en cuotas. Lejos de recrear, en condiciones dignas, una tipología que se enfrentara a la idea de átomos librados a su propia suerte frente a la voracidad de la metrópolis, se la desarticuló en unidades aisladas entre sí, muchas veces con escasa o nula infraestructura comunitaria, muchas veces en zonas insalubres y contaminadas. Muchas veces apenas una pieza precaria donde se amontonaba toda la familia, igual que en el conventillo pero en soledad.

Habitación al paso

En el otro extremo de estas disposiciones contestatarias al orden individual se encontraban los hábitats de aquellos que no soñaban con nada, que en realidad, para una ciudad como Buenos Aires que siempre vivió de sueños, fueron los auténticos marginados. Tanto las piezas amuebladas, la cama caliente de los fondines y prostíbulos y las casillas transportables como, en mayor medida, los caños, los umbrales, las piedras del río y hasta los huecos de los árboles que ocupaban los atorrantes, vagabundos, mendigos y proletarios, representaban el más feroz anonimato metropolitano, la supervivencia en base al desplazamiento, a un nomadismo existencial. Mientras las clases altas y medias acomodadas construían con la solidez de los estilos importados y apostaban al valor de la tierra como nuevo símbolo de status y pertenencia, el pobre marginal fundía el propio cuerpo a su habitación: cuerpo y madera, cuerpo y cama, cuerpo y caños, árboles o umbrales constituyen un dispositivo que fija en ningún sitio la vorágine del tiempo metropolitano, y con ese gesto, tal vez, se convierten en los primeros modernos. Transitorios, efímeros y suspendidos, desconcertados como los personajes de Kafka, o absolutamente desechables como los de Arlt. Como afirma Mumford, la metáfora de Villa Carbón de Dickens –en alusión a las ciudades mineras de mediados del XVIII y principios del XIX– pervivía en el esquema habitacional de todos los estratos de la sociedad a principios del XX. Tanto los palacios de la oligarquía, las casas de renta de la burguesía como los conventillos de los proletarios adolecían muchas veces de los elementos vitales como el aire y la luz y producían hombres asfixiados en un mundo que de golpe tanto los había lanzado al anonimato de las calles como a la existencia subterránea de sus hogares (al margen de que, como dice Harvey, el nuevo orden productivo también los había convertido en deudores, acreedores, inquilinos, usureros, etc.). La crítica más fuerte a la modernidad urbana apuntó precisamente a esta degradación en la calidad de vida, degradación que, siempre según Mumford, no se observaba ni siquiera en la edad media y que conllevaba, entre otros males, la falta de energía vital y sexual. En el capítulo del Juguete Rabioso que da nombre al libro, Silvio Astier se encuentra en uno de estos lechos al paso con un joven de clase alta que, a través de la aventura sexual, busca sofocar el aburrimiento, la incomprensión y la soledad de una sociedad que se había vuelto anónima, distante y puritana. Este desplazamiento de una clase hacia los espacios de otra también es mencionado por Matamoros, cuando señala que los reductos del entonces demonizado tango eran visitados, subrepticiamente, por los señores patricios.

El tango, el prostíbulo y el salón

Precisamente, cuando el tango atraviesa la ciudad y abandona la despreocupada pertenencia prostibularia de los suburbios, acusa también el impacto del nuevo orden. En la periferia de fines del XIX se podía vivir en la libertad de los instintos, la ciudad estaba por hacerse. Y si el cuerpo se asfixiaba en conventillos e inquilinatos, tenía sin embargo como espacio de rebelión la liberación sexual. Pero en la Buenos Aires de primeras décadas del XX, con el ascenso de las clases medias, el proceso normalizador de la modernidad se encargará de sofocar precisamente aquellos aspectos considerados improductivos, o temidos. La represión sobre el cuerpo se extenderá sobre todos los habitantes incluidos en el sistema y tendrá su punto culminante en el 30. Para ser ciudadanos había que olvidarse de la barbarie, que si antes había quedado en manos del interior, ahora se la visualizaba en las masas informes metropolitanas. De esa barbarie se ocuparon tanto los bastonazos de Falcón, los higiniestas, los moralistas, las leyes contra los inmigrantes, la Liga Patriótica y, por qué no, la revalorización de la figura del gaucho, que al invertir los conceptos dejó en el lugar del bárbaro o incivilizado precisamente al pobre. Los pasos controlados y preestablecidos de los bailarines de tango de salón, predecibles y aburridos como un matrimonio según Martínez Estrada, se oponen al movimiento del cuerpo que solo obedece al deseo y anticipa el placer. Y a la vez actúan como una especie de equilibrante contra los imprevistos y desordenados itinerarios de esa masa que puebla las calles y lleva a Buenos Aires a una crisis urbana, social, lingüística y política de entre siglos. Equilibrante y, por qué no, ejemplificadora. Si, por un lado, esta clase toma fuerza y reivindica sus orígenes industriales y comerciales, también se vuelve necesario, para acceder al derecho a la ciudad, diferenciarse de aquella orilla y de sus producciones. Y lo hace a través de la ratificación en el trabajo, no en el crimen; en el esfuerzo, no en el ocio; en el consumo administrado y organizado de sus productos, no en el libre albedrío; en la moral que funda familias, no en el sexo disipado; en la responsabilidad, la prevención y el cálculo sobre todos los órdenes de la vida, no en la existencia al paso. Si, como afirma Fritz Lang cuando radiografía en M, el vampiro de Düssedorf al burgués habitante de las grandes metrópolis, los asesinos están entre nosotros, por lo menos que no se note. Si no había pasados heroicos o largas estadías generacionales en el país que respondieran por una clase, tampoco debía haber prontuarios.

 Una ciudad fragmentada

Toda ciudad es un organismo atravesado por infinitas tensiones, un invisible entretejido que relaciona de manera más o menos evidente cada elemento entre sí y con la totalidad. En una ciudad quedan atrapados los instantes pasados, las voces, las huellas de lo que fuimos y de lo que, muy a nuestro pesar, jamás llegaremos a ser. El impacto en un punto determinado, provocado por una intervención urbana, se irradiará con diferentes niveles de intensidad al cuerpo en su conjunto. Y ese cuerpo reaccionará de acuerdo a si fue contemplado en el proyecto o fue dejado de lado. En otras palabras, cualquier intervención urbana se puede proyectar desde el fragmento o desde la totalidad, no importa si se trata de pavimentar una calle o de construir un barrio de viviendas, si se va a abrir un almacén en el sur o un shopping en el norte. Esto define la atmósfera vital donde vamos a vivir. Define, en última instancia, nuestra manera de habitación, nuestros modos de relación con los otros, nuestra presencia y también nuestras ausencias.

Buenos Aires es una ciudad fragmentada. Proyectada siempre en tiempo presente, demoliendo en cada gesto el pasado, se constituye como una sucesión de espacios inconexos, resueltos en forma más o menos afortunada. Puerto Madero, Palermo Viejo y, en menor medida, el Abasto son ejemplos metropolitanos de esta mecánica fragmentadora. El deseado río visto desde los ventanales más caros de la capital, con un nivel cero poblado de restaurantes de lujo y con aires de fábrica reciclada del primer mundo; la ilusión del soho propio y porteño, de pertenecer a una improbable vanguardia cultural, entre bares temáticos, negocios de arte y bohemia por demás lucrativa; y la explotación del siempre taquillero tango, con la mítica figura de Gardel, eterno anzuelo para turistas, fueron los ejes con los que se proyectaron, se publicitaron y se vendieron estos tres emprendimientos. Ejes que responden a los mitos y deseos colectivos de aquellos sectores muy bien calificados a la hora de retribuir inversiones y que, por lo tanto, son merecedores de un espacio propio, de un reducto impermeable (además de reforzar un circuito ya muy bien equipado y orientado siempre hacia el norte).

La proliferación de las villas de emergencia se da principalmente en la década del 30. De la mano de las crisis de las economías regionales, de los procesos de industrialización y de la falta de infraestructuras edilicias para contener los incrementos de población, se instalan en la fugacidad, en la espera de tiempos mejores. Y terminan consolidándose hasta nuestros días como una forma de producción del espacio urbano, una particular manera de ocupar el terreno, de generar conductas y modos de vida y de enfrentar al entorno, a la propia ciudad que las origina.

A lo largo de estos 70 años se han sucedido una serie de políticas tendientes a revertir el fundamento esencial que constituye a las villas, la precariedad asentada y organizada en un territorio usurpado. Entre ellas, el concepto de radicación o urbanización surge principalmente como una reacción a la violencia ejercida durante la última dictadura militar. Las nefastas imágenes de las topadoras del Intendente Cacciatore, avanzando sobre las casillas y las vidas de miles de pobladores de asentamientos porteños, fueron un motivo suficiente para que en 1984, con el retorno a la democracia, se desarrollara esta idea reparadora. Más tarde se le suma también la cuestión de la propiedad, apuntando a un cambio de status en la población: de ocupante ilegal a propietario legal a través de la adquisición escriturada de las viviendas. La radicación consiste básicamente en la integración, tanto física como social, de la villa a la estructura urbana circundante. Este proyecto, por otro lado, marca un cambio de perspectiva en la relación villa-ciudad: de deshechos de la modernidad sujetos a eliminación, los asentamientos pasan a ser núcleos generadores de formas respetables sujetos a integración.

Sin embargo, los hechos y la extensión en el tiempo de este proceso de urbanización, con sus magros resultados, indicarían que hay, por lo menos, un grave problema de adecuación entre el discurso, las verdaderas intenciones y la realidad. Se podrían encontrar las causas de los sucesivos fracasos en los males de siempre: el clientelismo político, la burocracia de los organismos estatales, las internas villeras, la inoperancia de los sectores intermedios, la administración de la pobreza de acuerdo a intereses creados, etc. O en la continua movilidad poblacional que obstaculizaría cualquier planificación (movilidad con dirección única, siempre en ascenso: en el 2000 se duplica la cantidad de habitantes de los asentamientos con relación a la década del 90). Pero esto sería confundir las enfermedades oportunistas con el problema de fondo. En todo caso, habría que reflexionar sobre la posibilidad real de una ciudad moderna sin villas. O, dicho de otro modo, en las relaciones existentes entre la aparición y persistencia de una villa y la formación y desarrollo de una ciudad inserta en un determinado sistema de producción y distribución de las riquezas. A partir de allí, entonces, analizar hasta qué punto estos programas, tanto de radicación como de supresión violenta, más allá de los deseos y condenas, son acciones que en última instancia estarían atentando contra ese modelo de ciudad. Un modelo que se nutre de las diferencias, que precisa de ellas para sobrevivir, y no de las integraciones. El crecimiento desmesurado de la metrópolis moderna se lleva a cabo siempre a expensas de alguna periferia que tendrá que soportarla. Así, villas y countries crecen y se consolidan porque ambos constituyen las formas de apropiación y producción de espacios de aquellos sectores que por muy diferentes motivos se sienten excluidos. La imposibilidad de vi-vir con las normas y costumbres metropolitanas, ya sea por defecto o por exceso, ya sea por indigencia o por miedo, provoca que se generen polos que interactúan en la misma dirección pero con sentidos contrarios. A mayor número de pobres y mayor pobreza (o lo que es lo mismo: a mayor ocupación de la ciudad y mayor intensidad de la desigualdad), mayor éxodo hacia la seguridad de los espacios donde las diferencias tienden a limarse al máximo.

Radicar una villa no significa reemplazar las casillas por económicos mono-blocks, abrir calles para comunicarla con el entorno inmediato, tender redes de servicios y brindar infraestructuras. Intervenir el sur, rehabilitar por ejemplo el cordón de pobreza que constituyen la villa 3 de Soldati, la 20 de Lugano, la 21-24 de Barracas, la 1-11-14 del Bajo Flores (por citar las más pobladas) implica repensar una serie de nuevas relaciones que se generarán con el entorno inmediato, con el centro financiero, con los barrios de la provincia ubicados enfrente, con el resto de la ciudad. Implica proyectar las herramientas necesarias para que esas relaciones sean enriquecedoras, para que el sector revitalizado se pueda articular con las zonas acomodadas y pueda nutrirse de ese desarrollo, tanto en lo económico como en lo cultural y social. O dicho de otra manera, implica vincular los grados de desarrollo para acortar las brechas existentes. Organizar, como diría Touraine, las heterogeneidades en un proyecto común. El tratamiento de terrenos degradados, contaminados e insalubres (el 95% de las villas está asentado sobre estas características), la recuperación de viviendas precarias y el abastecimiento de condiciones mínimas de habitabilidad, requerirán no sólo del apoyo de pobladores, líderes vecinales y entidades intermedias, del buen funcionamiento de los organismos estatales y de la erradicación del clientelismo político y otras formas de corrupción. Harán falta inversiones que garanticen que esos terrenos se tornarán salubres, que esas viviendas no se vendrán abajo en dos años y que esa infraestructura será mantenida con el ingreso de sus ocupantes, reinsertos en el mercado laboral a través de la producción de nuevos empleos. Harán falta políticas educativas, culturales, comunicacionales, sanitarias, que garanticen que ese núcleo incluido será sostenible en el tiempo y que se volverá receptor de los impactos que afecten al resto de la ciudad. Que será tenido en cuenta en el futuro desarrollo de ésta y que a la vez él mismo influirá en dicho desarrollo. Es decir: que el habitante de los sectores radicados ejerza el mismo derecho a la ciudad que el resto. El contexto actual, sin embargo, hace suponer que la urbanización de una villa no sería más que la radicación de la pobreza en un determinado lugar geográfico, una legalización escriturada de la precariedad que, en todo caso, servirá para controlar su desarrollo y sobre todo su crecimiento. O, en el peor de los casos, el permiso legal para la realización de proyectos exclusivos, a costa de más estancamiento y mayor marginación de los sectores supuestamente radicados. Ni oculta ni integrada o administrada la pobreza deja de ser pobreza, ni deja de producir sus propias formas para enfrentar ese mundo hostil que la genera. Sería muy valioso volver a proyectar Buenos Aires desde sus zonas vulnerables, dejar de pensar en los fragmentos redituables para abocarse al proyecto de un espacio vital, creativo y habitable para todos. Al proyecto de un cuerpo que siempre, para bien o para mal, reaccionará frente a la suerte de sus órganos.

 

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