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Foto: Zenda Liendivit
Zenda Liendivit
es Arquitecta (UBA), docente y coordinadora de
grupos de estudios sobre la Modernidad. Es Investigadora
de temas urbanos con formación en Filosofía. Ha
publicados relatos, cuentos y una novela. Está por
concluir un libro de ensayos sobre la ciudad moderna.
Dirige Revista Contratiempo desde el año 2000.
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En tránsito
La Modernidad en Buenos
Aires
ZENDA LIENDIVIT
Buenos Aires nació
utópica. Se la proyectó en
sueños y jamás concilió realidad con deseo. Según
Martínez Estrada, la ciudad moderna fue fundada con los
mismos objetivos que llevaron adelante la conquista y
la colonización de América: la posesión y la
especulación de la tierra, porque ésta era lo
más fácil de adquirir y lo que exigía menos inteligencia
para conservar. Se buscó la ciudad ideal de Trapalandia,
entonces, frente a la rutina de las llanuras
desconocidas, y se la siguió buscando después cuando
debió hacerse cargo de la herencia moral, social,
cultural e histórica del resto del país. Fue el
espejismo de lo lleno contra el vacío hostil del
interior. Desde las primeras ideas de Torcuato de Alvear,
intendente de Roca, la ciudad respondió a una
planificación directamente ligada al rédito por un lado,
y a la imaginación faraónica por el otro. Thais y Madero
después: el primero al dotar a la zona norte de aires
europeos y el segundo al proyectar una puerta de entrada
al país tan deslumbrante como inútil. La arquitectura,
sin embargo, mostró y demostró sus poderes de acción y
reacción; la ciudad creaba, degradaba y producía,
valorizaba y extrañaba, aglutinaba y expulsaba. Ella fue
obsesión, pensamiento y problema para casi todo el
mundo. Poder y proletariado, técnica y arte, lengua y
literatura. Traspasar sus umbrales implicaba
necesariamente una transformación, de conductas, de
significados, de valores, de sensibilidades. Así el
gaucho de Borges se vuelve compadrito y cobarde ni bien
se instala en los suburbios, o ella se hace mítica
frente a la fuerza, negativa para el autor, de lo real.
Arlt, en cambio, subvierte todos los valores, coloca el
desecho en el cotizado centro y funda al hombre moderno
en la traición y la maldad. El tango entretanto pierde
su erotismo transgresor, propio de sus orígenes, para
circular aséptico en salones y casas de familia. O se
vuelve queja, nostalgia y denuncia. Los malestares
espirituales por parte de aquéllos que no lograron
insertarse en el nuevo mundo, o entrevieron el mundo que
se avecinaba, tuvieron expresión arquitectónica en las
sombras e inconexiones del art déco y otros
modernismos de las periferias europeas; o en la asfixia
hasta la afasia de los espacios del grotesco. En la
Buenos Aires moderna se imaginaba un territorio y se
habitaba una realidad. Y esa falta de conciliación entre
lo uno y lo otro instaló una particular manera de pensar
la ciudad, que tanto robustecía los fragmentos soñados
como condenaba las formas de lo real hostiles a aquella
imaginación.
Espacio y resistencia
El eje puesto en lo que Lewis Mumford
llama “individualismo atómico” propio de la modernidad
sufrió sin embargo serios embates desde la configuración
del espacio. La necesidad que surge, con el proceso de
industrialización, de concentrar y controlar a la
población en una superficie acotada, genera a la vez
espacios residuales que encuentran su fuerza
precisamente en las características de su conformación.
Mientras a fines del XIX la clase alta abandona la casa
patriarcal –planta baja, tres patios, familia extendida
y gallinero al fondo-para encapsularse en palacios de
estilos importados, con ambientes inconexos, mal
ventilados, mal iluminados y mal resueltos muchas veces
por la falta de superficie, las clases bajas se
amontonan alrededor de una lengua, un oficio, una
fábrica o de un interés compartido como estrategia de
supervivencia. Lejanía y cercanía de cuerpos entonces
situados en las antípodas de la escala social. Si la
distancia era un valor de prestigio ya en épocas de la
colonización –Martínez Estrada cita la diferencia de
jerarquías entre el patrón que dirigía sus negocios a la
distancia y el comerciante al menudeo detrás del
mostrador-, la cercanía implicaba vulgaridad pero
también conspiración, peligro y sobre todo comunicación.
En ese contexto donde los márgenes se ubicaban demasiado
cerca del corazón del poder y funcionaban como material
inflamable que podía entrar en combustión en cualquier
momento, atacar un conventillo (a una villa más tarde)
para expulsar a sus ocupantes respondía mucho más que a
un problema económico, higiénico o moral. Desmantelar
células de reunión que no estaban controladas era el
primer paso para que el modelo soñado gozara de buena
salud y que la ciudad se fuera desentendiendo
precisamente de aquella herencia clásica que hacía foco
en su rol de comunidad, en su función política por sobre
los intereses económicos y especulativos. Las primeras
villas (Cartón y Latón en la Quema actual), los
conventillos y las casas de inquilinato reforzaban lo
que afuera se rompía a pasos acelerados. La vecindad
inmediata, los recorridos intrincados, los materiales
descartables, el patio, pero sobre todo cierta comunión
en la adversidad, mostraban que si pervivía una
tipología comunitaria, y por lo tanto contestataria,
ésta solo podía ser marginal o transitoria; pero por ese
motivo, podía surgir en cualquier lado, en forma
imprevista y ajena a las tecnologías de control
desplegadas por la misma ciudad que las generaba. La
propia topografía de Buenos Aires instauró también un
sistema de valores relacionado con los conceptos de
permanencia y transitoriedad. Así como el verde y los
terrenos elevados eran sinónimos de acomodo y
tranquilidad, el agua que atravesaba o bordeaba la
ciudad representaba el confín existencial, el estado de
supervivencia y fragilidad frente al humor de los
elementos. El Riachuelo, el Cildañes, el Maldonado, el
Bajo, crearon sin embargo su propia antropología urbana
y restauraron, paradójicamente, esa idea de comunidad a
través de lo que iban produciendo en la vida de los
pobladores. El Maldonado, en El hombre de la esquina
rosada, constituye un espacio fronterizo donde el
pasado imaginado reclama y el presente temido apremia.
Un pasado de honor y coraje y un presente poblado de
traiciones y cobardía. En el medio de estas tensiones,
en la atmósfera siniestra que se respira en sus
alrededores, mezcla de cuna y cementerio, los
cuchilleros son apenas, como lo afirma el personaje,
otro yuyo de esas orillas.
La ciudad imposible
Como lo afirma Touraine, el modelo de
ciudad industrial era, sin embargo, para la burguesía.
Este derecho a la ciudad implicaba el acceso a la
cultura, a la política, a la educación de excelencia, a
las comodidades modernas y a la mejor infraestructura
urbana. El proletariado debía ser eliminado no solamente
para evitar futuras rebeliones. A través del diseño que
lo expulsaba a la periferia el pobre se concientizaba
del lugar que ocupa y ocuparía en lo sucesivo en el
nuevo orden metropolitano: el centro se convierte en el
espacio simbólico y soñado pero, a la vez, imposible -Marshall
Bergman cita el poema de Baudelaire, Los ojos de los
pobres, donde precisamente la revolución urbanística
que en su momento constituyó la planificación de
Haussmann permitió que la miseria reconociera a
la fastuosidad, y de paso se reconociera a sí misma, a
través de los bulevares que atravesaban la ciudad-. Lo
que al principio resultaba espontáneo por necesidad en
la apropiación del suelo porteño por parte del pobre, de
a poco se fue convirtiendo en un privilegio reservado
para los otros. Esto se dio a través de intervenciones
parciales (la Av. de Mayo, Florida, la zona norte, para
la oligarquía; los barrios tradicionales para la clase
media; etc.); de expulsiones violentas (como las que se
llevaron a cabo en los conventillos); del trazado de
líneas de transporte y finalmente de la autoexclusión.
La electrificación masiva durante la primera década del
XX favoreció el doble proceso de alejar a los pobres del
centro de la ciudad y desarticular esos focos de
desestabilización que representaban los conventillos y
los inquilinatos. La solución para las clases bajas fue
la proliferación de casas individuales, ubicadas en los
suburbios –preferentemente la zona sur y oeste-, donde
el método de la auto construcción garantizaba además un
control económico a través del pago en cuotas. Lejos de
recrear, en condiciones dignas, una tipología que se
enfrentara a la idea de átomos librados a su propia
suerte frente a la voracidad de la metrópolis, se la
desarticuló en unidades aisladas entre sí, muchas veces
con escasa o nula infraestructura comunitaria, muchas
veces en zonas insalubres y contaminadas. Muchas veces
apenas una pieza precaria donde se amontonaba toda la
familia, igual que en el conventillo pero en soledad.
Habitación al paso
En el otro extremo de estas disposiciones
contestatarias al orden individual se encontraban los
hábitats de aquellos que no soñaban con nada, que en
realidad, para una ciudad como Buenos Aires que siempre
vivió de sueños, fueron los auténticos marginados. Tanto
las piezas amuebladas, la cama caliente de los
fondines y prostíbulos y las casillas transportables
como, en mayor medida, los caños, los umbrales, las
piedras del río y hasta los huecos de los árboles que
ocupaban los atorrantes, vagabundos, mendigos y
proletarios, representaban el más feroz anonimato
metropolitano, la supervivencia en base al
desplazamiento, a un nomadismo existencial. Mientras las
clases altas y medias acomodadas construían con la
solidez de los estilos importados y apostaban al valor
de la tierra como nuevo símbolo de status y pertenencia,
el pobre marginal fundía el propio cuerpo a su
habitación: cuerpo y madera, cuerpo y cama, cuerpo y
caños, árboles o umbrales constituyen un dispositivo que
fija en ningún sitio la vorágine del tiempo
metropolitano, y con ese gesto, tal vez, se convierten
en los primeros modernos. Transitorios, efímeros y
suspendidos, desconcertados como los personajes de Kafka,
o absolutamente desechables como los de Arlt. Como
afirma Mumford, la metáfora de Villa Carbón de Dickens
–en alusión a las ciudades mineras de mediados del XVIII
y principios del XIX– pervivía en el esquema
habitacional de todos los estratos de la sociedad a
principios del XX. Tanto los palacios de la oligarquía,
las casas de renta de la burguesía como los conventillos
de los proletarios adolecían muchas veces de los
elementos vitales como el aire y la luz y producían
hombres asfixiados en un mundo que de golpe tanto los
había lanzado al anonimato de las calles como a la
existencia subterránea de sus hogares (al margen de que,
como dice Harvey, el nuevo orden productivo también los
había convertido en deudores, acreedores, inquilinos,
usureros, etc.). La crítica más fuerte a la modernidad
urbana apuntó precisamente a esta degradación en la
calidad de vida, degradación que, siempre según Mumford,
no se observaba ni siquiera en la edad media y que
conllevaba, entre otros males, la falta de energía vital
y sexual. En el capítulo del Juguete Rabioso que
da nombre al libro, Silvio Astier se encuentra en uno de
estos lechos al paso con un joven de clase alta que, a
través de la aventura sexual, busca sofocar el
aburrimiento, la incomprensión y la soledad de una
sociedad que se había vuelto anónima, distante y
puritana. Este desplazamiento de una clase hacia los
espacios de otra también es mencionado por Matamoros,
cuando señala que los reductos del entonces demonizado
tango eran visitados, subrepticiamente, por los señores
patricios.
El tango, el prostíbulo y el salón
Precisamente, cuando el tango atraviesa
la ciudad y abandona la despreocupada pertenencia
prostibularia de los suburbios, acusa también el impacto
del nuevo orden. En la periferia de fines del XIX se
podía vivir en la libertad de los instintos, la ciudad
estaba por hacerse. Y si el cuerpo se asfixiaba en
conventillos e inquilinatos, tenía sin embargo como
espacio de rebelión la liberación sexual. Pero en la
Buenos Aires de primeras décadas del XX, con el ascenso
de las clases medias, el proceso normalizador de la
modernidad se encargará de sofocar precisamente aquellos
aspectos considerados improductivos, o temidos. La
represión sobre el cuerpo se extenderá sobre todos los
habitantes incluidos en el sistema y tendrá su punto
culminante en el 30. Para ser ciudadanos había que
olvidarse de la barbarie, que si antes había quedado en
manos del interior, ahora se la visualizaba en las masas
informes metropolitanas. De
esa barbarie se ocuparon tanto los bastonazos de Falcón,
los higiniestas, los moralistas, las leyes contra los
inmigrantes, la Liga Patriótica y, por qué no, la
revalorización de la figura del gaucho, que al invertir
los conceptos dejó en el lugar del bárbaro o
incivilizado precisamente al pobre. Los pasos
controlados y preestablecidos de los bailarines de
tango de salón, predecibles y
aburridos como un matrimonio según Martínez
Estrada, se oponen al movimiento del cuerpo que solo
obedece al deseo y anticipa el placer. Y a la vez actúan
como una especie de equilibrante contra los imprevistos
y desordenados itinerarios de esa masa que puebla las
calles y lleva a Buenos Aires a una crisis urbana,
social, lingüística y política de entre siglos.
Equilibrante y, por qué no, ejemplificadora. Si, por un
lado, esta clase toma fuerza y reivindica sus orígenes
industriales y comerciales, también se vuelve necesario,
para acceder al derecho a la ciudad, diferenciarse de
aquella orilla y de sus producciones. Y lo hace a través
de la ratificación en el trabajo, no en el crimen; en el
esfuerzo, no en el ocio; en el consumo administrado y
organizado de sus productos, no en el libre albedrío; en
la moral que funda familias, no en el sexo disipado; en
la responsabilidad, la prevención y el cálculo sobre
todos los órdenes de la vida, no en la existencia al
paso. Si, como afirma Fritz Lang cuando radiografía en
M, el vampiro de Düssedorf al burgués habitante
de las grandes metrópolis, los asesinos están entre
nosotros, por lo menos que no se note. Si no había
pasados heroicos o largas estadías generacionales en el
país que respondieran por una clase, tampoco debía haber
prontuarios.
Una
ciudad fragmentada
Toda ciudad es un organismo atravesado
por infinitas tensiones, un invisible entretejido que
relaciona de manera más o menos evidente cada elemento
entre sí y con la totalidad. En una ciudad quedan
atrapados los instantes pasados, las voces, las huellas
de lo que fuimos y de lo que, muy a nuestro pesar, jamás
llegaremos a ser. El impacto en un punto determinado,
provocado por una intervención urbana, se irradiará con
diferentes niveles de intensidad al cuerpo en su
conjunto. Y ese cuerpo reaccionará de acuerdo a si fue
contemplado en el proyecto o fue dejado de lado. En
otras palabras, cualquier intervención urbana se puede
proyectar desde el fragmento o desde la totalidad, no
importa si se trata de pavimentar una calle o de
construir un barrio de viviendas, si se va a abrir un
almacén en el sur o un shopping en el norte. Esto define
la atmósfera vital donde vamos a vivir. Define, en
última instancia, nuestra manera de habitación, nuestros
modos de relación con los otros, nuestra presencia y
también nuestras ausencias.
Buenos Aires es una ciudad fragmentada.
Proyectada siempre en tiempo presente, demoliendo en
cada gesto el pasado, se constituye como una sucesión de
espacios inconexos, resueltos en forma más o menos
afortunada. Puerto Madero, Palermo Viejo y, en menor
medida, el Abasto son ejemplos metropolitanos de esta
mecánica fragmentadora. El deseado río visto desde los
ventanales más caros de la capital, con un nivel cero
poblado de restaurantes de lujo y con aires de fábrica
reciclada del primer mundo; la ilusión del soho
propio y porteño, de pertenecer a una improbable
vanguardia cultural, entre bares temáticos, negocios de
arte y bohemia por demás lucrativa; y la explotación del
siempre taquillero tango, con la mítica figura de
Gardel, eterno anzuelo para turistas, fueron los ejes
con los que se proyectaron, se publicitaron y se
vendieron estos tres emprendimientos. Ejes que responden
a los mitos y deseos colectivos de aquellos sectores muy
bien calificados a la hora de retribuir inversiones y
que, por lo tanto, son merecedores de un espacio propio,
de un reducto impermeable (además de reforzar un
circuito ya muy bien equipado y orientado siempre hacia
el norte).
La proliferación de las villas de
emergencia se da principalmente en la década del 30. De
la mano de las crisis de las economías regionales, de
los procesos de industrialización y de la falta de
infraestructuras edilicias para contener los incrementos
de población, se instalan en la fugacidad, en la espera
de tiempos mejores. Y terminan consolidándose hasta
nuestros días como una forma de producción del espacio
urbano, una particular manera de ocupar el terreno, de
generar conductas y modos de vida y de enfrentar al
entorno, a la propia ciudad que las origina.
A lo largo de estos 70 años se han
sucedido una serie de políticas tendientes a revertir el
fundamento esencial que constituye a las villas, la
precariedad asentada y organizada en un territorio
usurpado. Entre ellas, el concepto de radicación o
urbanización surge principalmente como una reacción a la
violencia ejercida durante la última dictadura militar.
Las nefastas imágenes de las topadoras del Intendente
Cacciatore, avanzando sobre las casillas y las vidas de
miles de pobladores de asentamientos porteños, fueron un
motivo suficiente para que en 1984, con el retorno a la
democracia, se desarrollara esta idea reparadora. Más
tarde se le suma también la cuestión de la propiedad,
apuntando a un cambio de status en la población: de
ocupante ilegal a propietario legal a través de la
adquisición escriturada de las viviendas. La radicación
consiste básicamente en la integración, tanto física
como social, de la villa a la estructura urbana
circundante. Este proyecto, por otro lado, marca un
cambio de perspectiva en la relación villa-ciudad: de
deshechos de la modernidad sujetos a eliminación, los
asentamientos pasan a ser núcleos generadores de formas
respetables sujetos a integración.
Sin embargo, los hechos y la extensión en
el tiempo de este proceso de urbanización, con sus
magros resultados, indicarían que hay, por lo menos, un
grave problema de adecuación entre el discurso, las
verdaderas intenciones y la realidad. Se podrían
encontrar las causas de los sucesivos fracasos en los
males de siempre: el clientelismo político, la
burocracia de los organismos estatales, las internas
villeras, la inoperancia de los sectores intermedios, la
administración de la pobreza de acuerdo a intereses
creados, etc. O en la continua movilidad poblacional que
obstaculizaría cualquier planificación (movilidad con
dirección única, siempre en ascenso: en el 2000 se
duplica la cantidad de habitantes de los asentamientos
con relación a la década del 90). Pero esto sería
confundir las enfermedades oportunistas con el problema
de fondo. En todo caso, habría que reflexionar sobre la
posibilidad real de una ciudad moderna sin villas. O,
dicho de otro modo, en las relaciones existentes entre
la aparición y persistencia de una villa y la formación
y desarrollo de una ciudad inserta en un determinado
sistema de producción y distribución de las riquezas. A
partir de allí, entonces, analizar hasta qué punto estos
programas, tanto de radicación como de supresión
violenta, más allá de los deseos y condenas, son
acciones que en última instancia estarían atentando
contra ese modelo de ciudad. Un modelo que se nutre de
las diferencias, que precisa de ellas para sobrevivir, y
no de las integraciones. El crecimiento desmesurado de
la metrópolis moderna se lleva a cabo siempre a expensas
de alguna periferia que tendrá que soportarla. Así,
villas y countries crecen y se consolidan porque ambos
constituyen las formas de apropiación y producción de
espacios de aquellos sectores que por muy diferentes
motivos se sienten excluidos. La imposibilidad de vi-vir
con las normas y costumbres metropolitanas, ya sea por
defecto o por exceso, ya sea por indigencia o por miedo,
provoca que se generen polos que interactúan en la misma
dirección pero con sentidos contrarios. A mayor número
de pobres y mayor pobreza (o lo que es lo mismo: a mayor
ocupación de la ciudad y mayor intensidad de la
desigualdad), mayor éxodo hacia la seguridad de los
espacios donde las diferencias tienden a limarse al
máximo.
Radicar una villa no significa reemplazar
las casillas por económicos mono-blocks, abrir calles
para comunicarla con el entorno inmediato, tender redes
de servicios y brindar infraestructuras. Intervenir el
sur, rehabilitar por ejemplo el cordón de pobreza que
constituyen la villa 3 de Soldati, la 20 de Lugano, la
21-24 de Barracas, la 1-11-14 del Bajo Flores (por citar
las más pobladas) implica repensar una serie de nuevas
relaciones que se generarán con el entorno inmediato,
con el centro financiero, con los barrios de la
provincia ubicados enfrente, con el resto de la ciudad.
Implica proyectar las herramientas necesarias para que
esas relaciones sean enriquecedoras, para que el sector
revitalizado se pueda articular con las zonas acomodadas
y pueda nutrirse de ese desarrollo, tanto en lo
económico como en lo cultural y social. O dicho de otra
manera, implica vincular los grados de desarrollo para
acortar las brechas existentes. Organizar, como diría
Touraine, las heterogeneidades en un proyecto común. El
tratamiento de terrenos degradados, contaminados e
insalubres (el 95% de las villas está asentado sobre
estas características), la recuperación de viviendas
precarias y el abastecimiento de condiciones mínimas de
habitabilidad, requerirán no sólo del apoyo de
pobladores, líderes vecinales y entidades intermedias,
del buen funcionamiento de los organismos estatales y de
la erradicación del clientelismo político y otras formas
de corrupción. Harán falta inversiones que garanticen
que esos terrenos se tornarán salubres, que esas
viviendas no se vendrán abajo en dos años y que esa
infraestructura será mantenida con el ingreso de sus
ocupantes, reinsertos en el mercado laboral a través de
la producción de nuevos empleos. Harán falta políticas
educativas, culturales, comunicacionales, sanitarias,
que garanticen que ese núcleo incluido será sostenible
en el tiempo y que se volverá receptor de los impactos
que afecten al resto de la ciudad. Que será tenido en
cuenta en el futuro desarrollo de ésta y que a la vez él
mismo influirá en dicho desarrollo. Es decir: que el
habitante de los sectores radicados ejerza el mismo
derecho a la ciudad que el resto. El contexto actual,
sin embargo, hace suponer que la urbanización de una
villa no sería más que la radicación de la pobreza en un
determinado lugar geográfico, una legalización
escriturada de la precariedad que, en todo caso, servirá
para controlar su desarrollo y sobre todo su
crecimiento. O, en el peor de los casos, el permiso
legal para la realización de proyectos exclusivos, a
costa de más estancamiento y mayor marginación de los
sectores supuestamente radicados. Ni oculta ni integrada
o administrada la pobreza deja de ser pobreza, ni deja
de producir sus propias formas para enfrentar ese mundo
hostil que la genera. Sería muy valioso volver a
proyectar Buenos Aires desde sus zonas vulnerables,
dejar de pensar en los fragmentos redituables para
abocarse al proyecto de un espacio vital, creativo y
habitable para todos. Al proyecto de un cuerpo que
siempre, para bien o para mal, reaccionará frente a la
suerte de sus órganos.
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