
Edvard Munch, Madona
1895 |
ARTE,
PENSAMIENTO Y CIUDAD
La
metrópolis y el mal
ZENDA LIENDIVITI
La metrópolis es el sitio
donde comulgan la putrefacción y la
vitalidad, lo huidizo y lo eterno, la
miseria extrema y la extrema opulencia,
lo que deja atrás lo nuevo y lo que
dejará a éste en la misma situación.
Desde su origen la ciudad industrial
estuvo ligada a la idea del mal.
Indudablemente, había algo en el
mecanismo de la modernidad que al mismo
tiempo que auguraba un progreso ilimitado
también se empeñaba en arrojar
poderosas sombras. Estetizado,
reinvindicado o desmontado, el mal se
constituyó no sólo en una fuerza
creadora sino también en una potencia
cuestionadora de la realidad, mostró las
imposibilidades del sujeto moderno y, a
partir de allí, abrió múltiples
caminos para acceder fuera de los
discursos hegemónicos a otro tipo de
conocimiento acerca del hombre y de su
hábitat, de esa ciudad que lo formaba y
lo conformaba.
No le fue muy bien a
Haussmann al pasar por alto que la
estructura vial aplicada a la moderna
París de mediados del siglo XIX, con
arterias radiales y de circunvalación,
ponía en vecindad elementos altamente
inflamables. Los fastuosos bulevares
donde balconeaba la burguesía, las
vidrieras exhibiendo lujosas mercancías,
la fuerte cualificación espacial y el
pueblo hambriento no podían jamás
provocar una convivencia pacífica, por
rápido que se desplazaran los carros de
asalto. Marshall Berman afirma que Le
Corbusier solucionó el problema unas
décadas más tarde con la planificación
de ciudades surcadas por autopistas
aéreas y barrios organizados en
macromanzanas de acuerdo a los usos y a
las funciones de los hombres en el
sistema productivo: la calle quedaba así
en manos de las máquinas, no en las del
pueblo. La idea del mal ligada a la
metrópolis es algo que, sin embargo, se
mantuvo mucho más allá de cualquier
solución urbanística o arquitectónica.
Estaba, en realidad, en todas partes:
sólo encontraba, y producía, espacios
donde enseñorearse de acuerdo a los
sucesivos grados y modos de
modernización que fueron experimentando
las ciudades a partir de la revolución
industrial. Es decir, a medida que el
proceso se iba desprendiendo de sus
utopías humanistas y emancipadoras y se
transformaba en una maquinaria destinada
exclusivamente al lucro, la especulación
y la eficiencia. Extraer del mal
metropolitano su potencial creador fue
tarea no de urbanistas o tecnócratas
sino de los que justamente, por motivos
de sensibilidad, padecían el vacío
dejado por una extrema racionalidad
científica, que no pudo o no supo
absorber el caos de la mezcla y sobre
todo el olvido de todo aquello que al fin
de cuentas constituía la vida fuera de
los principios del maquinismo. Poe lo
entendió de inmediato. En su relato El
hombre de la multitud retrata al
nuevo sujeto moderno, perseguidor y
perseguido, rodeado, incomunicado y
mercantilizado en la masa, incapaz de
percibir al otro, al prójimo, e
imposibilitado de darse cuenta de esta
misma incapacidad. La conciencia clara
recién llega en la convalecencia, ese
estado que le permite al intelecto ir
más allá de lo habitual y observar y
desmontar la multitud londinense bajo la
luz de las lámparas: esos
hombres-autómatas, estratificados por
sus trajes y conductas, que circulan,
gesticulan, se desplazan y reaccionan
como engranajes de una gigantesca
maquinaria. El cuerpo extrañado de sí
mismo percibe con horror el engendro que
había generado esta nueva metrópolis,
el genio del crimen perfecto
representado en el viejo vagabundo, un
hombre que no puede vivir sin la multitud
pero que tampoco puede hacer ya
experiencia de ella. Pero el horror y el
espanto en Poe trabajaran sobre la
memoria del cuerpo para que éste
exprese, como también en Artaud, lo que
para las palabras y la razón resultaba
imposible. Indudablemente en esa Londres
de mediados del siglo XIX donde la
industrialización estaba haciendo
estragos, había secretos que
definitivamente no permitían ser
revelados, por lo menos no desde
los discursos que ella legitimaba. La
modernidad no sólo estaba allí
ofreciendo mercancías, nuevas formas de
ocupación del suelo, multitudes y todo
tipo de productos derivados de la
técnica. Había surgido un sujeto que de
ahora en adelante deberá moverse,
siempre moverse, para no ser alcanzado.
Un nómada eterno para el que instalarse
sería integrarse a la maquinaria que
terminaría por deglutirlo. Curiosamente,
el burgués también padecería este
movimiento obligado, aunque de sentido
contrario: Sedlmayr afirma que la idea de
la casa como máquina de habitar, sobre
todo en el primer momento de la
modernidad industrial, implica también
la idea de lugar de tránsito, una
estadía corta para luego seguir
funcionando dentro de la ciudad. Un
espacio fugaz para un tiempo que, como lo
anticipara Heidegger, tendía a volverse
sólo velocidad.
II
Pasado y presente, sin
embargo, van a morir como también
morirá la frágil París de Baudelaire
cosa muy cierta pues unos años
después la ciudad medieval caía bajo
las ordenanzas de Haussmann-. La
Baltimore de Poe estaba muy lejos de ser
Londres, que en 1850 contaba con
alrededor de dos millones y medio de
habitantes. Chicago lo fue unas décadas
después, cuando renació del monumental
incendio de 1871 poblada de rascacielos
de acero y vidrio, con Louis Sullivan y
la Escuela pregonando aquello que luego
se convertiría en un dogma y donde se
asentaría la estética moderna: la forma
siempre seguirá a la función. Berlín,
Viena, Glasgow, Moscú, Hamburgo, San
Petesburgo, Nueva York y claro, Buenos
Aires un tiempo más adelante, ya irían
presentando las características que
imponía y exigía este primer
capitalismo tecnológico. Un uso
financiero, económico, social pero
también policial del suelo. La
numeración en las casas, el correo
postal, la fotografía, los horarios
públicos de arribo y partida de
carruajes, son algunas de las técnicas
de control espacial, citadas por
Benjamín, que empezaron a surgir a
mediados del XIX y que, intentando
contrarrestar el peligroso anonimato en
el que había caído el hombre en la
multitud, dificultaban precisamente al
asocial, el flaneur, el dandy y todos los
"inútiles" que sobrevivían de
épocas anteriores, buscar refugio en
calles y pasajes, y sentirse como en casa
el burgués, en cambio, realiza el
movimiento contrario: su fuga es hacia el
interior doméstico en busca de la
identidad perdida afuera. Un tipo de
planificación urbana cuya columna
vertebral constituida por anchas
arterias, bulevares, ensanches,
diagonales, vías férreas, que
organizaban la vida en la ciudad ideal,
que la articulaban al resto del
territorio, y que indefectiblemente
producían esas contra ciudades fundadas
por el mal y que sólo la sensibilidad
poética, artística o la agudeza del
pensamiento podían percibir como
material estético. El hombre común no
alcanzaría a descifrar qué sostenía, y
a la vez oscurecía, a ese espacio que lo
deslumbraba por su vertiginosidad y
movimiento. Iría amoldando su cuerpo y
sus percepciones a una enloquecida
carrera hacia el futuro promisorio y a un
reloj dictador que lo volvía pasado a
cada instante, mientras las consecuencias
indeseadas de aquella mezcla, la que
irremediablemente pondría en contacto al
deshecho con la utilidad, tendrían
siempre el sentido del contravalor. En el
nuevo orden social surgido en estas
populosas e incontrolables metrópolis,
habría triunfadores, fracasados y una
multitud ubicada en una especie de zona
gris, siempre misteriosa, siempre
cambiante, a la que se denominaría masa,
y estas categorías se moverían
exclusivamente en el plano económico
para desde allí irradiar, como una nueva
religión, sus dogmas y mandamientos a
todos los otros ordenes de la vida. La
forma siempre seguiría a la función,
por lo que estos hombres metropolitanos
tendrían el cuerpo y el alma
configurados de acuerdo a su función de
artefactos o mercancías, que como tales
se reproducirían en serie, siempre al
borde del descarte por los modelos nuevos
-estos hombres comunes que, para
Baudelaire, constituían una nueva forma
de heroicidad porque debían afrontar,
precisamente, la catástrofe de la
modernidad. Así, los criminales, las
prostitutas, los borrachos, los
jugadores, los bancarios o los
proletarios.
El hombre singular sería la
excepción cada vez más notoria dentro
de un mecanismo que aspiraba a la
universalidad, haciendo caso omiso a las
cuestiones geográficas, étnicas,
climáticas, históricas de cada región
donde arribaba con pretensiones
mesiánicas. Las primeras vanguardias,
las que actuaron como punta de lanza
hacia fines del XIX contra el desmesurado
protagonismo que había subordinado las
inquietudes estéticas a la técnica o al
historicismo académico, buscaron en la
naturaleza, en las culturas arcaicas, en
lo sagrado y lo fantástico, un nuevo
arte que conciliara con el espíritu
industrializado de la época.
Conciliación obligatoria puesto que era
la técnica la proveedora de aquellos
elementos que posibilitaban la fluidez,
la plasticidad, la luz, el misterio y el
movimiento en las obras de Víctor Horta,
Wagner, Hoffmann, Gaudí, Van de Velde.
Estos modernismos priorizaron el
arte, rindiéndole culto a la técnica.
La técnica, sin embargo, descubrió que
no necesitaba al primero y se lo sacó de
encima, lo remitió a la esfera
autónoma, la que tanto defenderían
luego las vanguardias siguientes, y la
arquitectura pasó a ser patrimonio de
técnicos, constructores, industriales y
financistas, con apenas un fugaz
esplendor en las primeras obras del
Movimiento Moderno. Le Corbusier, en rol
de profeta de la nueva religión surgida
al fragor de las máquinas, sostenía que
si los obreros vivían en casas y
ciudades bien proyectadas se olvidarían
de la revolución y demás ideas molestas
para el pujante sector industrial.
Arquitectura o revolución: la razón
lógica, llevada a su extremo rigor,
otorgaría la forma perfecta, útil,
adecuada y bella para las nuevas
necesidades mundiales. La razón se
había estetizado y la estética se
había vuelto mensurable y trascendente.
Y en ese peligroso trasvasamiento de
esferas -ciencia, belleza, religión y
moral-, la idea de salvación a través
del cálculo, la técnica y el mercado se
extendía como una de las premisas
fundamentales de cualquier ciudad que
aspirara a metrópolis. Los alcances del
racionalismo de las primeras décadas del
siglo 20 en las esferas del arte y de la
vida se asemejaban bastante a los
umbrales a los que llegaban Dupin y
Legrand, los geniales detectives
de Poe. Una racionalidad que de tan
extrema se acercaba peligrosamente a la
locura o a la magia, y donde los
portadores de aquella capacidad estaban
destinados inevitablemente a la soledad,
una raza de súper hombres y esclarecidos
que se alejaba de la manada para
precisamente pensar y resolver lo que a
los saberes mecanizados por la
repetición se les pasaba por alto.
Esclarecidos, solitarios, mesiánicos, y
de alguna manera ancestros de tantos
otros que vendrían en el futuro ya no
para resolver crímenes sino para
planificarlos. El art deco en la
arquitectura tuvo tal vez una visión
anticipatoria: sustentado también en la
línea recta y los volúmenes puros,
influenciado en parte por el cubismo y la
secesión austriaca, no olvidó sin
embargo incluir quiebres, planos
desdentados, retiros y escalonamientos
esos que el sprit nouveau
ridiculizaba por falta de
"utilidad"-, que arrojaban
claroscuros sobre las fachadas y
generaban siempre un movimiento
inquietante, como una suerte de
extrañamiento de la geometría misma. No
por casualidad la estética decó estuvo
íntimamente relacionada al cine del
expresionismo alemán y al futurismo,
donde razón, locura y desgarro
entretejen la trama en la que se
asentarán los años no solo de
entreguerras sino, sobre todo, los que
aún faltaban por vivir.
III
Organizar y dar respuestas a
las masas, jerarquizar los espacios,
explotar las superficies conquistando el
cielo y especulando con el suelo, serán
las consignas de la maquinaria
arquitectónica y urbanística de la
modernidad. Urbanizar no será sólo
planificar y redistribuir el terreno en
base a las nuevas normativas industriales
y financieras. Urbanizar, planificar y
construir serán los procedimientos con
los que, controlando el espacio
geográfico, se garantizará también el
control de todos aquellos otros espacios
necesarios para la reproducción de este
primer tecnocapitalismo. En el arte, el
pensamiento y el lenguaje siempre habrá,
como en la ciudad, un centro y una
periferia, habrá una cultura alta y una
cultura de masas, pensadores canónicos y
excomulgados, una lengua oficial y una
degradada. Y esta planificación integral
de la vida será la mejor manera de
grabar a fuego los nuevos valores de la
época, valores que tendrán que ver con
masas domesticadas para evitar nuevas
comunas y gustos digitados para crear, en
un espacio acotado, controlado y
parcelado según los intereses de turno,
una clientela en deuda perenne, fascinada
y cautivada con sus propias cadenas,
cadenas de infinitos eslabones y extremos
siempre invisibles.
En este contexto, las
diferentes formas de configurar la
realidad desde el deshecho, el detalle
microscópico, la radiografía, el
horror, la enfermedad o el inconsciente
estarán de alguna forma construyendo un
nuevo espacio abierto a la diferencia. Si
Baudelaire jamás describe a París, ni
nombra a las masas en forma directa
(recién lo hará en sus poemas en
prosa); si los tiempos que cita a
decir de Proust y citado por Benjamin-
son siempre singulares y no la horda de
minutos productivos; si busca las correspondencias
entre el caótico latir metropolitano,
los movimientos de la técnica y las
ondulaciones del alma, correspondencias
que alimentarán su obra, no es solo
porque recorre el barroco artilugio de la
alegoría sino porque también es la
manera de que su arquitectura poética se
ubique en un estado complementario y no
en una equívoca oposición a una
totalidad cerrada y hostil. Complemento
no porque completara una unidad, sino a
la manera que lee Benjamin la obra de
Kafka, como acceso a ese estado de
suspensión e imposibilidad en el que se
mueve el sujeto moderno, a esa precaria
zona intermedia que habla Franco Rella,
para constituir desde allí una apertura
al devenir y a la diferencia, a lo que
siempre habrá que darle forma. Cuando
Arlt habla de una Buenos Aires
extrañamente tecnificada, cuando al
mejor estilo de Nietzsche hace una
transvaloración de los valores burgueses
y coloca en el centro lo que está en el
margen (urbano, social, moral, económico
y lingüístico), no solo anticipa lo que
vendrá sino que muestra el motor de la
realidad existente. La literatura de
Arlt, como el pensamiento de Martínez
Estrada, instaura una manera de leer la
historia argentina fundada desde sus
inicios en el concepto de máscara, de
sucesión de ficciones que siempre
terminan en catástrofe. Lo imposible en
Arlt es precisamente la experiencia de la
realidad, de ahí que sus personajes
resisten en ese espacio del entretanto,
en una espera del suceso extraordinario,
del crimen salvador, del amor puro;
resisten a fuerza de inventos y
ficciones, es decir, con las mismas armas
con las que la ciudad (y la historia) los
va cercando. Y esta forma de lectura de
una tradición, una historia, una
realidad y un devenir es posible
precisamente por las condiciones en las
que Buenos Aires se va convirtiendo en
metrópolis.
La comunión indisoluble
entre formas de acceso a lo real que
lejos de enfrentarse se sustentarían y
dependerían una de otra: lo maldito
estaría pasando en limpio el trabajo
sobre el cuerpo, el conocimiento de sí y
las posibilidades de la mirada que los
otros discursos y representaciones
dictados por la razón y el poder habían
negativizado. El mal in crescendo
en Baudelaire y en Arlt, el tiempo y el
azar en Proust, la estupidez en Flaubert,
la indeterminación en Kafka, los gritos
del cuerpo en Artaud, las iluminaciones
profanas en Benjamin, las radiografías
de Martínez Estrada, el cuerpo en
Nietzsche, el erotismo y el mal en
Bataille, las formas de la imposibilidad
en todos ellos y tantos otros, estarían
develando las fundaciones que soportan al
final de cuentas los discursos del
progreso, los mitos de la técnica, el
tiempo tensado hacia adelante, el
carácter emancipatorio de la máquina,
la moda, el eterno retorno de lo nuevo y
el espacio que muta a cada paso para
garantizarse su propia reproducción
-movimiento independiente,
paradójicamente, del tiempo y las
épocas. Conforman una mirada diferente
pero a la vez son conformadas por esa
modernidad que los fascina y que los
atrapa en un tejido en el que, a decir de
Benjamín, siempre correrán el peligro
de perderse en el revés de la trama.
Rella señala, por ejemplo, la diferencia
que existe en el tratamiento de la
enfermedad entre Mann y Nietzsche y
Kafka; mientras en el primero constituye
un fin en sí mismo, un estado casi de
gracia, la verdad secreta que posee la
realidad y la alternativa para negar el
progreso representado en la salud-,
en los otros dos es tan sólo una
instancia para ir más allá, una zona de
paso, un estar de vuelta luego de haber
recorrido el horror, el exceso, la
decadencia, el tedio y la nada. Una
suerte de sobredosis de metropolización
para recién después elaborar nuevos
horizontes de sentidos. Y, por qué no,
de pensar nuevas formas de habitar y
construir otras ciudades.
IV
El espacio que se está
metropolizando es el que a la vez va a
generar la coexistencia del tiempo nuevo
y lo anterior. Seres que recuerdan y
añoran ciudades que incluso nunca
existieron, como le pasa al primer
Borges, y que sienten las
transformaciones en el propio cuerpo. Un
cuerpo que deberá moverse entre sombras
nuevas, tránsito veloz, máquinas, voces
foráneas y nostalgias por un tiempo
pasado y heroico. Como todo momento de
cambio, en el que lo nuevo necesita los
extremos para consolidarse, hasta los
mínimos detalles en la metrópolis
adquieren una fuerte carga simbólica. La
horizontalidad pasa a convertirse en
chatura y todo lo que posibilite ver una
"luna de enfrente" resultará
enemigo de los nuevos tiempos. La línea
horizontal, tan cara al arte clásico,
tendrá su contrapartida en la búsqueda
casi desesperada de las alturas, así
como la desmaterialización de los muros
pesados implicará que ya no hay verdades
eternas e inmutables. El cielo se nos
puede caer sobre la cabeza en cualquier
momento dirá Artaud- y recordar
esto es deber del arte. Pero también de
la arquitectura. Una vida transparente y
fugitiva, sin las certezas arcaicas y
lanzada al vértigo de lo nuevo, de la
moda y de la muerte, pero principalmente
sin las viejas restricciones que
imponían las fuerzas naturales. Así
Mies van der Rohe construye espacios
suspendidos que fluyen y desafían, a
fuerza de vidrio y acero, las leyes de la
gravedad y los límites con el exterior;
Le Corbusier desprende su arquitectura
del suelo a través del uso de pilotes y
enfrenta con líneas rectas y volúmenes
puros y blancos al caos representado en
la naturaleza; Gropius deposita su fe en
la fusión del arte y la vida con la
técnica, pero sobre todo con los
procesos de industrialización; Bruno
Taut imagina coloridas bóvedas de
cristal donde la naturaleza por fin se ha
tecnificado o la técnica por fin se ha
convertido en segunda naturaleza; Loos
equipara la belleza del alma con la
pureza formal, moralizando la estética y
confinándola al terreno de la utilidad.
Y Wright relaciona geografía, naturaleza
e individualidad, constituyéndose en el
arquitecto que mejor entendió en
América lo que se había desatado en
Europa.
Pero si Haussmann tira abajo
la ciudad medieval, y trata en lo posible
de uniformar París con una serie de
cortinados grises donde más que el
pasado lo que se da cita es la
fantasmagoría de un poder que hay que
resucitar a través de recursos
lingüísticos atrofiados, aquí se tira
abajo casi todo lo que nos recuerde el
pasado colonial porque la idea justamente
es carecer de pasado. Más allá de los
aires italianizantes y afrancesados
primero, vanguardistas después, la
cuestión será conformar un espacio
metropolitano donde la memoria
memoria no sólo colonial sino aún
más allá, memoria de lejanía, de
infinito, de vacío, de pampa fuera del
tiempo- no incomode para favorecer la
recepción de lo nuevo. Que
indefectiblemente siempre vendrá de
afuera, incluidas las miradas del mal. Y
mientras Le Corbusier definía a Buenos
Aires como una ciudad sin esperanzas, los
habitantes verdaderamente desesperanzados
y singulares de esta metrópolis
desentrañaban la podredumbre donde se
fundaba la euforia, descorrían las
máscaras para encontrarse que detrás de
ellas no había nada. Nada y
putrefacción entonces en los cimientos
del nuevo orden; pero una nada que como
el cáncer avanzaba y una putrefacción
que olería, en sólo cuestión de
tiempo, cada vez peor. Si Palanti levanta
el Barolo a principios del 20 para dejar
en claro que a partir de entonces sería
la todopoderosa técnica aliada a
las finanzas- la nueva proyecticta
universal; o Sánchez, Lagos y De la
Torre, ya más acorde a las nuevas ideas,
erigen el Kavanagh en el 30 como símbolo
de que por fin habíamos entendido el
Movimiento Moderno, para Martínez
Estrada, en cambio, Buenos Aries es la
cabeza decapitada de un cuerpo inerme, un
bosque de símbolos muertos que
representan los síntomas de esa
enfermedad mortal que crecía, se
agrandaba y debilitaba las fundaciones de
un edificio que solo puede simular estar
vivo, vivir sin cabeza o respirar sin un
cuerpo. A diferencia del optimismo de
pensadores como Guglielmini, que rescata
el potencial de las tensiones entre el
espacio, el vacío y la nada como forma
de salvación, para Martínez Estrada el
vitalismo ya no estaría en ningún lado.
El mal estaba en el origen y sobre ese
origen maldito de un mestizaje a fuerza
de sangre y supresiones, se había
construido una pampa metropolizada y una
metrópolis donde se agazapaba, y de
tanto en tanto centelleaba como en
la noche ciudadana-, una pampa mortuoria.
En la Buenos Aires destructora de poesía
de Martínez Estrada, no habrá un
Baudelaire o un Whitman que estetizen el
mal o canten a la nueva nación pujante.
Habrá márgenes para que exista un
centro y el cuerpo, el mal y el maldito
para que, de alguna forma, la razón, la
lógica mercantilista y el eficientismo
alimenten la compleja maquinaria.
La falsedad de la antinomia
civilización-barbarie devela que la
historia se ha quedado sin contrincantes
y ha entrado en una especie de callejón
con salida única a la que se adherirán,
deglutidos y domesticados, el arte, el
pensamiento, la cultura y la ciudad. Y
donde cualquier actitud crítica será
apenas una de las tantas ficciones que
seguirán escondiendo la nada. Como el
mismo mal, que ha sucumbido al destino
metropolizador que el mecanismo le
reserva a casi todos los elementos que
componen su complejo entretejido.
Despojado de su potencialidad crítica a
fuerza de repeticiones vacías,
legitimaciones prestigiosas y
canonizaciones varias, mercancía en el
reino de las cosas, materia redituable y
taquillera, el mal creador, en la
actualidad, también se ha vuelto
imposible.
ZENDA LIENDIVIT es
arquitecta (UBA), investigadora de temas
urbanos, con formación en Filosofía. Es
coordinadora y docente de grupos de
estudios sobre arte, literatura y
pensamiento. Ha publicado: El umbral
(relato de ciencia ficción, 1996); Contratiempo
o los vaivenes de la pasión
(relatos, 1997); Zona de paso
(novela, 2000). Está terminando su
segunda novela y un libro de ensayos
sobre la ciudad moderna. Dirige Revista
Contratiempo desde el año 2000.
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