LITERATURA Y POLÍTICA


Ezequiel Martínez Estrada: estratigrafías

 

ZENDA LIENDIVIT

 


   

Trapalanda

 

Buenos Aires y la pampa comparten la misma estructura, una se organiza en casas de renta, en alturas que se superponen como se superpone la arena en la otra. Estratos que se van acumulando, capas antiguas que erosionan y se compactan, que se endurecen y agrietan. Que irrumpen la superficie porosa de la actualidad y la desacomodan en sus propias fundaciones. De golpe acontece, una fisura en el pavimento y en el cuerpo; en plena ciudad y en el corazón de las convenciones; en las costumbres, en los sentidos y en los usos del lenguaje.

 

Brotan como surgentes, el instinto de los hombres a cuchillo frente al tráfico metropolitano; la noche campesina que se desquita del trabajo mecánico; el trozo de latifundio en el parque señorial; el miedo primitivo que busca en las instituciones la fortaleza proveedora y encuentra la indigencia espiritual; el payador y el baquiano como hipóstasis de magistrados, científicos y gobernantes. Nada en la historia ha quedado inmóvil; las fuerzas vivas que habitaban el ayer retornan transfiguradas. Una primera voz de alerta en la lectura de Martínez Estrada: el tiempo se ha salido de sus goznes. ¿Y el espacio? Orillas del existencialismo: su estructura tendrá que ver con el hombre, o no tendrá razón alguna. Razón desvariada, razón crítica, razón que se opone a su propio olvido. La catástrofe errante y moderna fija residencia, tiene coordenadas precisas: se funda en el escándalo de suprimir al hombre sensible por el sujeto consumible en un territorio apto, lleno al fin cuanto más se vacíe. La ciudad es el lugar de la ficción constructora de la identidad, mandataria de los bienes y valores, salvoconducto civilizatorio. La ciudad es un problema histórico y la historia es, evidentemente, un problema espacial. Fue-ron el territorio, la geografía y principalmente la percepción y la decepción, los que sentaron las bases de una forma de construcción, de ser y de estar, de una apropiación que también fue expropiación y supresión. De una conciliación imposible entre deseo y realidad: espacio que desde el mismo origen se entrevió vacío, vacío hostil que habría de ser llenado. Fortuna y Trapalanda. Una suerte de destino escrito con sangre indeleble que se inscribe en los cuerpos y retorna transformado. Buenos Aires es Trapalanda. Y es ―el primer impedimento para intuir nuestra historia, y nuestra historia es el supremo impedimento para intuir nuestra realidad.

 

 

Nietzsche

 

Estaba en sus preceptos buscar, como los poetas trágicos, que los problemas estuvieran encarnados en seres vivos. ―Pongo siempre en mis escritos toda mi vida y toda mi persona —dice en Voluntad de Poderío—; ignoro lo que pueden ser los problemas puramente intelectuales. Cada una de las obras de Nietzsche nace de una necesidad íntima de su ser: no filosofa por oficio y rutina, sino por compulsión de sus demonios intelectuales. Obedecía, como Sócrates. Los temas se le presentan con un signo de fatalidad, como si se le engendraran en el alma, y jamás los extrae de los repertorios académicos o escolásticos. El hecho de vivir comporta para él la desdichada necesidad de pensar; y pensar le exige entregarse sin reservas a esa lucha consigo mismo que hace evocar las alucinaciones de Lutero. Por eso el rasgo primario de su producción, para cualquier lector de mediana perspicacia, es que el pensamiento de Nietzsche nos narra una trágica historia universal del conocimiento, el cuento eterno de las angustias del hombre abandonado en una selva, en una efímera noche oscura. El artista está siempre en primer término y por él nos es posible descender a los infiernos y los cielos de sus ideas. Posee una inteligencia privilegiada, pero además una sensibilidad tan fina e irritable, que las más ligeras variaciones del clima, de la luz del día, de los acontecimientos remotos, influyen sobre su ánimo y la obra surge con una temperatura, un fondo de paisaje, una fisonomía, un dibujo y un color como si fuese una planta o un ave de esa región. Su pensamiento se nutre por órganos en contacto con energías secretas de la naturaleza y de la sociedad tan incomprensibles como los de los insectos y los peces. Así nació y así se obstinó en ser mediante ejercicios terribles en toda clase de exigencias y torturas. Esos libros responden tanto a su intelecto como a una época de su vida, a un país y a una estación del año. ("Nietzsche" / E. Martínez Estrada)

 

 

Excavaciones

 

Intuición y método; el trabajo intelectual como función orgánica, el objeto de estudio como enfermedad, herida sangrante que no cesa; revelaciones, inspiración súbita y deudas metodológicas declaradas. Martínez Estrada reniega de su condición de profeta, tampoco es el loco que dice verdades a punto de subir a la nave, ni el mesías que sermonea en el desierto a fuerza de parábolas. No está escribiendo un libro de historia ni de ficciones, sino, a manera de Benjamin, construyendo un horizonte de sentido diferente donde la racionalidad tradicional cede paso a nuevas formas, a un nuevo orden que desmantele el espacio estancado de una cultura mortuoria. Un nuevo campo de fuerzas con los fragmentos desechados por aquel positivismo reaccionario, herencia de lo mismo que devela. Como el excavador de Benjamin también, cada porción de tierra removida sobre el pasado, se funde y crea las condiciones para iluminar el presente esquivo, la realidad argentina y sus problemas, sus impedimentos, sus enfermedades de origen y sus recaídas.

Pero excavación, pala y tierra se funden en el cuerpo del pensador, que no puede escapar del maleficio de sus propios descubrimientos ni del imperativo del rigor para ser tenido en cuenta. Martínez Estrada es consciente de que la monstruosidad académica levantará el dedo acusador sobre su obra. Imaginación y ficción serán los pecados capitales. Insubordinación con castigo de excomunión de los cenáculos que como antes con la tierra, ahora se apropian de la voz y administran los saberes como latifundios y cotos de caza.

 

La exactitud en la investigación puede constituir un sistema de lógica pero no de sentido. Y la historia faltará, aunque su estudio responda al más riguroso método científico, si falta la substancia máter…. Dentro del mismo vivero de la historia auténtica, el método de ordenación, análisis y compulsa conducía inevitablemente a formas rígidas de especialistas embalsa-madores; el mismo método, sin el sistema de hechos y de sentidos, conduce al simulacro intrascendente de la historia, a la superchería de la especialidad . (Radiografía de la Pampa)

 

Rumores de Kafka y Borges (que se desarrollará en las próximas páginas): la razón lógica engendradora de absurdo y barbarie devenida a la vez en dispositivo de control y sistema de defensa. Imposible entonces cualquier metodología bendecida y aprobada por los controles de calidad del pensamiento institucional: se encontrará lo que se fue a buscar, las verdades monitoreadas, heredadas y reproducidas a través de generaciones, una mera ―elaboración académica de un capítulo de la historia de la civilización‖. Ante semejante panorama, el repertorio personal y erudito y el estilo donde el cuerpo violentado se ofrece como prueba irrefutable.

 

 

Estilo y Política

 

El cuerpo en escena, atravesado por fuerzas primigenias, desgarrado como el mismo territorio, saqueado y loteado primero, hipertrofiado y decapitado después. Martínez Estrada hace hablar a las cosas silenciosas, les hace confesar su participación en la historia como elementos pervivientes, acallados o transformados, que deben sortear el proceso modernizador. Pero no solo en la historia argentina sino, principalmente, en las formas de construir la historia de la civilización. Trabajo de arqueólogo y de poeta que va en busca de huellas borradas, de vitalidades sofocadas, de un lenguaje que hable aquellas relaciones impensadas. Expropia la voz expropiada y en esa doble negación ilumina nuevas formas de pensamiento. La demolición de la sintaxis fundadora de la tradición científica occidental es su objetivo vital: al sujeto no le siguen predicados demostrables por jerarquía alguna. Es más, sujeto y predicado entran en crisis al socavar sus formas tradicionales de construcción y propagación. La paradoja y la metáfora, las correspondencias al estilo Baudelaire, el trabajo radiográfico sobre material ausente, el tono sentencioso, la mirada estratigráfica como método probatorio de que no hay quietud en la geografía espiritual, ni en el paisaje ni en la historia, que todo fluye hacia arriba y a los costados, pervive, aún aquello que parecía sepultado por densas capas de tierra, o exterminado en pos de la ficción de turno, conforman el estilo y la razón, la ética y la política, el programa y la profecía. El mecanismo que aspira, como en Nietzsche, a que la historia se convierta en drama, que la cultura sea la biografía del hombre, el palpitar del espíritu y no la empresa cosificante que lo ubica en compartimentos estancos; a que el pensamiento sea una tarea vital y no un oficio accesorio. Aún a costa de ofrecer en sacrificio a sus propios dioses.

 

 

Historia, Civilización y Barbarie

 

Sarmiento, el supremo constructor de ficciones, el que había confundido su realidad personal con la realidad social del país casi como un apostolado, no había entrevisto, según Martínez Estrada, que la oposición civilización-barbarie era imposible porque se trataba de la misma cosa. Una latía en la otra y emergía de tanto en tanto. Un falso opuesto, fundacional de la modernidad civilizada y sobre todo, pedagógico. Sarmiento, el maestro, sería entonces el moderno por antonomasia que no solo confunde realidad con ficción sino que opera sobre una con la excusa de la otra, con el propio cuerpo como fiscal y testigo. No el primero pero sí el que más efectos generaría en el porvenir. Persona y personaje, mito y condena, síndrome de Trapalanda no resuelto: cada nuevo conquistador que aparezca en escena, producido por aquellos miedos y por aquellas inquietudes, por aquellos retornos de barbarie catalogada o civilización travestida, convertirá entonces la realidad personal en una causa argentina, reactualizará la dicotomía, se apropiará de la lengua y los discursos como antes de los territorios, instaurando nuevos valores y viejas supresiones, de-marcando los límites entre un espacio y otro y trazando las coordenadas de lo pensable. La historia como pulsión vital aquí encuentra un duro escollo: muerto Dios y sin el super-hombre a la vista, los autoritarismos en sus diferentes formas, con panteones y prácticas idolátricas incluidos, que se fundan precisamente en el instinto mitológico y en religarse a aquellas fuerzas primigenias, calladas, donde un yo omnipresente dialoga con el todo. O donde el yo vuelve a constituirse en ese sujeto que elaborará los predicados, más o menos útiles a sus fines. Contra la historia y la cultura como biografía vital y dramática de un hombre, de un pueblo, la biografía personal transformada, derivada, funcionalizada y delirada en historia colectiva.

 

 

El espíritu libre

 

No es que estemos poco acostumbrados a escuchar a hombres libres que hablan con libertad: es que no tenemos siquiera esa experiencia. Supóngase lo que serían entre noso-tros Montaigne, Voltaire, Rousseau, Payne, W. Blake, Nietzsche, Tolstoi, Gide. Nos causarían estupor. Y aunque cuerpos de voluntarios diligentes no se ofrecieran a darles caza, por deporte o por un servicio social mal entendido, siempre habría cazadores furtivos dispuestos a presentar el trofeo al señor feudal. Porque la libertad no puede estar en el animal montés si no está también en el monte. ¡Qué pieza, un ciervo de aquella especie! Pero no los hemos tenido ni en muchísimos años los tendremos, porque antes hay que dejar una parte del paisaje libre de cazadores, que es donde ellos viven y procrean en libertad, ¡hijos de Dios y de la naturaleza!….. No encuentro ni aún en los pensadores libres de los prejuicios groseros de la religión, la política y las convenciones del uso entre nosotros, quienes hayan entrado al trabajo del examen de nuestros problemas con la libertad del que va en busca de la verdad sin importarle lo que en general se piensa que ella sea, ni la soledad ni el silencio a que se condena por su misma decisión. Pues no basta ser un espíritu libre; es preciso también que el mundo que ha de explorar no tenga para él zonas ni guardianes de coto… (La Cabeza de Goliat / Prólogo)

 

 

Lo que no vemos morir

 

Alguien me desordena involuntariamente la biblioteca y lo encuentro. Tapas cubiertas, sepias, intactas, 1941, Ediciones Conducta, reza la portada interior. 1957 y firma manuscrita, en tinta azul, agrega un efímero propietario, ese acto tan íntimo pero a la vez tan político de marcar el libro adquirido (mi firma vendrá después): huellas del autor y del lector que las ratifica. Lo que no vemos morir, Ezequiel Martínez Estrada. Y hay más: ―Por primera vez en Buenos Aires, a los 29 días del mes de mayo de mil novecientos cuarenta y uno, este drama fue representado por el Teatro del Pueblo, cuyos actores son como sigue…., informa la segunda página, detrás de esa primera que suele quedar en blanco, estrategias del editor para crear suspenso. Un drama en tres actos, demoledores como la escritura de Martínez Estrada: nos quedamos naufragando como sus personajes, aferrados a la última tabla, negándonos a la muerte y a la vez, siendo testigos y artífices de ella. Como esas entidades que, según Lyotard, todavía viven cuando tendrían que estar muertas. Como Martínez Estrada, cuyo pensamiento es hoy tal vez más actual que en su propio tiempo. Ninguna estructura, ningún mecanismo de lo enunciado por este pensador marginal han modificado sus estrategias, su funcionamiento y sus resultados; todo lo contrario, han desarrollado un poder civilizatorio y una barbarie ilustrada de tal forma que ni siquiera la cabeza de un espíritu libre constituye ya un trofeo para el señor feudal. Este se ha sofisticado y afinado en sus modos; aquél, quedó marginado en la indiferencia y el silencio. Es el bárbaro moderno que al no responder a los mandos disciplinares de la jerarquía eclesiástica del pensamiento y el arte oficiales, de las academias, de los mercados y de los medios de comunicación, conforma una masa contra la hay que levantar murallas y cercos. Empalizadas y zanjas. Es lo que está suelto y contra él, los que mejor entienden la técnica de este mundo:

 

El que hace fortuna y logra fama se apresura a colocar sus bienes a resguardo de toda contingencia, en cédulas hipotecarias, en bienes raíces, en sitiales académicos. Parece que hubiera robado lo que posee, y lo ha ganado en buena ley; pero en una buena ley fundamentalmente fraudulenta, y si no lo enclava en la tierra o en lo que está en alguna forma adherido a la tierra, sopla el viento de la pampa y se lo lleva. (Radiografía de la Pampa)

 

Cerrar filas, apropiarse de la lengua que, otra vez, como prostituta de los poderosos, se alza mortal para intentar el tiro de gracia desde el mismo artefacto cultural. Tarea inútil, como ya la historia lo demostró y Martínez Estrada lo sistematizó como dispositivo de lectura. Vanos son también los intentos, ahora y entonces, por higienizarlo, por leerlo con la condescendencia de quien se enfrenta a un no creyente. O por fijarlo epocalmente, respaldados por la parafernalia de citas y bibliografías consagradas. Ezequiel Martínez Estrada está vigente. Y no está solo. Este libro, con su voz que lo recorre entablando vecindades, es también una prueba irrefutable.

 

 

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El presente texto forma parte del libro "Escritos de una pensadora marginal. Ensayos sobre Literatura, Espacio y Política" / Zenda Liendivit (Contratiempo Ediciones, 2014)


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