FOTO: ZENDA LIENDIVIT (LISBOA, 2007)
 


 

Lisboa, la ciudad de Ulises

 

ZENDA LIENDIVIT

 

Entrar a una ciudad por primera vez resulta una experiencia emocionante. Lisboa siempre estuvo allí, un poco invisible, un poco menos europea en la imaginación que esas otras grandes ciudades vecinas. Fue destruida por un terremoto a mediados del siglo XVIII y en muchos sectores aún se entreven las huellas de aquella catástrofe. Hay zonas que guardan la memoria de la destrucción, zonas derrumbadas sin derrumbe a la vista. ¡Pobre Lisboa! fue mi primera impresión. Algún tiempo después comprendí la verdadera, y parcial, dimensión de esas palabras: en Lisboa todo parece estar ocurriendo en el momento, el pasado se funde con el presente, vital estalla en sus producciones y así, devastación y esplendor, saqueos y prosperidad, capitulaciones y hegemonía, sucesivos imperios y sucesivas modernidades, el origen comercial y fenicio con el mitólogico y griego, se confunden, se intrincan, se confabulan para provocar una atmósfera de tiempos simultáneos que se espeja en su propia topografía.
Subir y bajar, esa parece ser la vida en la capital de Portugal. Fundada sobre colinas, la ciudad antigua es una sucesión imprevista de altibajos. Desordena cualquier principio de orientación y lanza al cuerpo a un vagabundeo errático. A ratos, los edificios se alzan monstruosos ante nuestros ojos, a ratos, se precipitan a un abismo invisible, a veces las calles nos abisman, otras, nos agotan. Hay algo ligeramente amenazador y misterioso en el laberinto que se oscurece con el crepúsculo en el Alfama, el barrio árabe. Algo que parece enfrentarse al orden cuadricular ideado por Pombal, más abajo. Razón y caos, previsible e imprevista para la mirada occidental. Así es Lisboa, la ciudad de Ulises.

 

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