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Berlín Alexanderplatz
Apuntes sobre una novela
ZENDA LIENDIVIT

El presente texto forma parte de un ensayo sobre la novela Berlín Alexanderplatz, de Alfred Dôblin, que será publicado, corregido y ampliado, en un libro de la autora sobre la ciudad moderna, de próxima aparición.

Berlín Alexanderplatz es la historia de un aprendizaje. Para acceder a una verdad necesariamente hay que atravesar el umbral, abandonar una ubicación conocida, ofrecerse en sacrificio. Es entonces un conocimiento que se paga con la vida, con una determinada forma de vida. No se trata, sin embargo, de cómo sobrevivir en una metrópolis moderna sino de comprender la naturaleza de su constitución, los itinerarios que traza, las tensiones que la conforman y las que son conformadas por ella. En la obra de Döblin, el destino, la fatalidad y la conciencia adquieren nuevos significados precisamente a través del desgarramiento del cuerpo sometido a aquellas fuerzas. Desgarramiento del cuerpo ofrecido en sacrificio y desgarramiento del espacio tensionado que se corresponden en el estallido del texto. Porque si Franz Biberkopf termina transformado en un hombre nuevo, otro tanto ocurre con Berlín: de ciudad como destino inexorable se convierte en territorio susceptible de nuevas formas de habitabilidad. "Ya no gritaré como antes: el Destino, el Destino. No hay que venerarlo como si fuera el Destino, hay que mirarlo a la cara, agarrarlo y destrozarlo", comprende Biberkopf sobre el final de la novela. Un final que, en realidad, adquiere la forma de un renacimiento.

La familiaridad en el nombrar y la descripción de los elementos urbanos confieren pertenencia frente a la indiferencia metropolitana. El itinerario de los tranvías, los locales comerciales, los carteles publicitarios, los edificios de viviendas, los cines, las reformas viales, las calles y tabernas atestadas de gente, la vida atrapada y narrada en cada uno de ellos que irrumpe e interrumpe el relato fragmentado, conforman un mapa de recorridos múltiples y simultáneos. Pero el vagabundeo, al principio de la novela, es siempre sobre seguro. Se busca a la Berlín familiar en las ruinas de la otra –la sobreviviente de la Gran Guerra y la que se dirige a la Segunda- y surge la ilusión de posesión. Alexanderplatz es la Alex. Un nodo de intercambio de transportes –todo pasa por la Alex- y a la vez un centro vital que se erige, con aires de inmutable –la Alex está siempre allí-, como el espacio que articula la vida de la población. Tanto la que circula con el tiempo metropolitano y productivo como la otra, que lo suspende en el secreteo del delito y la prostitución.
Otra lectura sería que esos trazados no son más que alternativas dentro de un mismo esquema de funcionamiento urbano. Multiplicidad a través de la cual, como en los problemas matemáticos, se obtienen siempre los mismos resultados. Es la ciudad quien exige la rutina. Se puede ser proxeneta, ladrón, vendedor ambulante, diariero, prostituta, ama de casa, homicida, militante, artista, burgués o proletario. Lo que no se puede ser es inocente. No hay inocencia posible en la gran metrópolis. Se nace culpable y deudor, culpable de un crimen que viene de lejos –contra una forma de ser, una sensibilidad, una historia, un dios o la propia conciencia- y una deuda que, a manera de Kafka, es desconocida y siempre impagable -más allá del Tratado de Versalles. Por ello también, al estilo del Dios del Antiguo Testamento y al que se empeña en suplantar, exige el sacrificio del conocimiento. Pero no a todos, a la mayoría sólo la aniquila.
En Doblin, sin embargo, no hay reivindicación del mal puesto que no se marcan grandes diferencias entre los bajos fondos y la vida honesta. Es más bien la búsqueda de otras formas de acceder a la realidad a través de esa masa amorfa que ubica en el mismo plano, urbano y narrativo, los discursos fragmentados de la ciencia, la técnica, el progreso, la religión, la publicidad, las ideologías, los nuevos medios de comunicación, el ruido urbano, los rumores y las canciones infantiles. El delito y la ley, los rastros de la antigüedad y las noticias de actualidad. Una mirada a ese estado de suspensión en el que flota el moderno en un mundo que perdió las jerarquías (suspensión de la que, en el caso de Biberkopf, ni siquiera se tiene conciencia). Cualquier discurso establecido y heredado necesariamente se verá interrumpido y sobre todo degradado al irrumpir en la nueva época. Así ocurre, por ejemplo, con las posibilidades de un relato épico en plena metrópolis (Döblin define con ese carácter a su obra). Mientras a Orestes lo atormenta una jauría de bestias, y es maldecido por los dioses por haber matado a su madre, y Agamenón retorna triunfal de Troya, Franz Biberkopf simplemente vuelve y se dedica a beber, devorar y prosperar en las tabernas de Berlín, tras su estadía en la cárcel por el crimen de su novia. Tampoco el teléfono y el telégrafo poseen, a juicio del narrador, la belleza y la imponencia de la antorcha de tea con la que se comunica el retorno del héroe griego. No hay belleza alguna en ellos, tan solo funcionan, como tampoco hay culpa en Biberkopf, solo una inconsciente felicidad. Otro personaje de la novela aclara un poco más las cosas: "No hay que darse importancia con el Destino. Soy enemigo de la Fatalidad. No soy griego, soy berlinés". Por la misma época, Haffner, uno de los siete locos de Roberto Arlt, decía: "Soy un hombre civilizado. No creo en el coraje, creo en la traición".
La Berlín de entreguerras encuentra también su correspondencia en la antigüedad, en Roma, Nínive, Cartago, principalmente en Babilonia; será también destruida como ellas por sus excesos y miserias. Pero aquí la metáfora bíblica estará, otra vez, reformulada: Dios y el Diablo, o el cielo y el infierno, en este caso juegan en el mismo terreno. Y con extrema facilidad intercambian los roles y los espacios.

Berlín de la década del 20 se proyecta entre ruinas –las pasadas y las que vendrán-, y el andar del moderno es como el del soldado en un campo minado. Si no se conoce la ubicación de los artefactos, se corre el riesgo de volar en pedazos. Como le ocurre a Franz Biberkopf, el personaje central de la novela. A Biberkopf no le interesa la política –ni Rosa Luxemburgo ni el nacionalsocialismo-, nada de la historia relativamente reciente lo convoca. La guerra hizo lo suyo, le reveló su verdad desnuda lejos de los relatos heroicos, y con eso tuvo bastante. No quiere ser gremialista ni asalariado, no es tampoco un creyente. Es un berlinés y con eso, por el momento, se siente definido. El camino que inicialmente intenta Biberkopf, cuando sale de la cárcel, es individual aunque pretenda respetar las normas morales y sociales de la comunidad. Pero el mecanismo metropolitano no exige precisamente ese tipo de normas, ni siquiera las legales. Biberkopf no se pierde ni por malo (es asesino, ladrón y proxeneta), ni por sus buenas intenciones (quiere ser honrado y trabajador). Muere, de alguna forma, por llevar la modernidad a un grado extremo. No asume ni la culpa ni la deuda, está suspendido en sí mismo y mira sin ver esa Berlín harto conocida. Su peor error, tal vez, es que desconoce el vínculo vital entre espacio y acción. Se sitúa en ningún lado para que lo dejen en paz, por lo que se parece más a Joseph K. de El Proceso que al Erdosain de Arlt. Pero el espacio de la delincuencia o de la corrupción no es la sombra de la modernidad, ni los bajos fondos lo son de Berlín. Las sombras están, en realidad, en todas partes, y por lo general en aquellos lugares no pensados. Doblin hace hablar precisamente a las construcciones de la vida urbana para que ellas confiesen su peligrosidad. Así, los edificios de viviendas, a los que echa una mirada casi radiográfica sobre los secretos bien guardados en sus interiores y donde, en algunos, "las paredes son desesperadamente delgadas, todo el edificio se tambalea, es una especie de Huevo de Pascua de gran tamaño". O los tejados y las fachadas que se le caen encima a Biberkopf, en un gesto expresionista, cuando recién sale de la cárcel y tiene que reapropiarse de la ciudad extrañada.

Al hombre de esta primera modernidad, metropolitano y metropolizado, dentro del inexorable proceso deshumanizador que puede engendrar al mismo tiempo monstruos y progreso indefinido, solo le resta darse cuenta. Solo le queda percibir que está en el medio de múltiples tensiones, fuerzas que, silenciosas, sostienen un entretejido tecnificado, burocrático y decadente que se dirige a la catástrofe. Berlín, atravesada, excavada, saqueada y destrozada por tranvías, estaciones de metro, multitudes hacinadas, discursos mezclados, corrupciones en todos los niveles y, unos años después, por el fascismo, se refleja en el cuerpo de sus habitantes. "Queridos hermanos y hermanas que pululáis por la Alex, disfrutad de este momento, mirad por el agujero que hay junto a la balanza a ese vertedero, donde en otro tiempo floreció Jürgens (una papelería derribada), y ahí están aún los almacenes Hahn, vacíos, evacuados y destripados, donde sólo quedan todavía los trapos rojos de los escaparates. Delante de nosotros hay un montón de basura, polvo eres y en polvo te convertirás…" . En el desgarramiento de la carne y del espíritu (queda manco, asesinan por su culpa al amor de su vida, se vuelve alcohólico, cae en la locura), Franz Biberkopf comprende que ya no habrá identidad posible que no fuera la propia conciencia. La catástrofe tal vez sea inevitable, pero por lo menos lo encontrará despierto. En ese proceso, Berlín irá describiendo una trayectoria donde la percepción del espacio se irá modificando de acuerdo a los acontecimientos, desde la inconsciente familiaridad fragmentada y sin culpas, pasando por el extrañamiento y la ajenidad -cuando las cosas empiezan a ir mal-, hasta la certeza del espacio comunitario. Al final, la entrañable Alex sigue allí, nada ha cambiado salvo que él ya no está solo "hay algunos a su derecha y algunos a su izquierda, y delante de él van algunos y detrás de él van algunos…"
Franz Biberkopf se vuelve un asalariado pero eso, al fin y al cabo, termina siendo lo de menos.

ILUSTRACIONES
Alexanderplatz (1904) / Fin de la Primera Guerra Mundial: la entrada en Berlín de los soldados alemanes que regresan del frente / Berlín (1920) / Escena del film "Berlín Alexanderplatz", de Fassbinder / Rosa Luxemburgo en un congreso socialista (1907) / Marlene Dietrich en "El Ángel Azul" / Edificio futurista de Sant Elia / Portada de la primera edición de la novela (1930) / George Grosz: autorretrato / Bertolt Brecht: caricatura de Dölbin

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