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CINE
La ciudad
interrumpida
Técnica, espacio, cuerpos
ZENDA LIENDIVIT Es
tal vez cierto cine de ciencia ficción
el que mejor da cuenta de los efectos de
la técnica sobre el espacio y los
cuerpos. La relación entre una
tecnología de control y producción
espacial y la posesión de un saber por
parte del hombre acerca de su realidad
existencial, saber que en algún momento
implicará necesariamente al cuerpo,
recorre buena parte de la filmografía
del género. Desde el expresionismo
alemán de las primeras décadas del
siglo XX hasta nuestros días, esta
relación ha trazado múltiples
recorridos que suelen ser bastante más
complejos que la lectura de una técnica
diabólica y la salvación, o la condena,
de la humanidad siempre en peligro.
El reinado de las
sombras
Ya a partir de la década
del diez, la incidencia de la técnica
sobre el destino de las ciudades y de los
hombres tendrá en la producción
cinematográfica un carácter por lo
menos ambiguo. La ciudad proyectada en El
Gabinete del Dr. Caligari
(1919) refleja el extrañamiento de lo
cotidiano y la huida hacia los límites
tan propios del expresionismo alemán. Si
este espacio metropolitano se reduce
hasta la abstracción y fuga hacia lo
siniestro a través de planos, formas
dentadas, sombras desplazadas y chimeneas
oblicuas, también la razón se extrema a
sí misma y se convierte en locura. Y ese
límite será tan difuso como el que
existe entre la ficción y la realidad,
la vigilia y el sueño, el autoritarismo
y el caos, la libertad y la esclavitud.
Fronteras inciertas que oscilan en un
gesto donde precisamente lo que se
tratará de capturar será ese instante
del cambio, esa imperceptible fugacidad
en la que las cosas dejan de ser para
volverse otras, un espacio que tanto
necesitará del movimiento como de la
suspensión y que enrollándose sobre sí
mismo dejará al descubierto superficies
iluminadas que, siempre, arrojarán
poderosas sombras. Francis, en su
esfuerzo por entender las perversas
maquinaciones del científico, termina
comprendiendo que hay un poder aún más
siniestro que el crimen mismo. Caligari
puede ser visto como un amoral sin
principios éticos pero también como una
de las múltiples posibilidades que
tendrá la ciencia para representarse en
el mundo, un instrumento de su onda
expansiva que se materializará en un
determinado lugar y momento histórico.
Las sombras también serán
las protagonistas de M. El
vampiro negro (1931). El
asesino de niños de Dûsseldorf, del
film de Fritz Lang, es un hombre común,
invisible para las instituciones de
control pero también para la gran
ciudad. Es el hombre de la multitud de
Poe pero llevado al extremo práctico. Lo
siniestro que entrevé el narrador del
relato, y que será el substrato criminal
donde se asentará toda la modernidad
metropolitana, aquí se efectiviza en la
figura del psicópata. Es este pasaje del
hombre común en un ser singular el que
brilla con intensidad dramática en los
cuerpos del asesino y de sus captores. La
transformación del primero, un rostro
infantil y bonachón que se retuerce y
gesticula como poseído, cuando habla de
demonios que lo acosan, de voces que lo
persiguen y de la paz que siente al matar
niños, se refleja también en la furia y
el espanto del tribunal acusador. La
naturaleza del animal de presa que
podría anidar en cualquier habitante de
una ciudad donde los edificios, como el
de oficinas donde el asesino busca
refugio, son como él mismo,
desconcertantemente iguales (no por
casualidad sus captores son los
vagabundos, seres también invisibles
para las grandes metrópolis). Pero la
ciudad que lo amparó para sus crímenes
se transforma en juez y verdugo, así
como la mafia se convierte en ley
mientras que ésta fracasa en la
búsqueda a pesar de toda la tecnología
desplegada: grafología, rastrillajes,
estudios de pistas, etc. "Ud.
estará sano y salvo sólo cuando esté
muerto" le dice el jefe de la mafia
devenido juez y fiscal, dejando bien en
claro cuáles son las posibilidades de la
libertad de los instintos en la ciudad
moderna. Un rato antes había sentado las
diferencias entre unos y otro: ellos eran
trabajadores, solo se ganaban la vida; el
otro, un monstruo.
Esta ciudad voraz que moldea
cuerpos, que los clasifica en señores y
esclavos, que dictamina conductas y
elabora saberes no puede sin embargo con
aquello que escapa a sus dominios. El
amor, como opción no controlable por
fuerza tecnológica alguna, se constituye
en solución recurrente desde Metrópolis
(1927) en adelante. En el film de
Fritz Lang es la pasión entre
Feder y María la que, como una fuerza
energética alternativa, se encargará de
dictar las normas de un nuevo mundo en un
final que luego se actualizará una y
otra vez, con variantes más o menos
felices. Las masas esclavizadas y
confinadas bajo tierra conforman el gran
aparato circulatorio que tendrá que
alimentar a la gigantesca maquinaria
ubicada entre el submundo de los obreros
y la ciudad de los poderosos. Pero los
espacios violentados por esta voluntad
tecnológica no solo generan nuevas
formas de producción de ellos mismos
sino también llevan implícitas las
marcas de su destrucción. Tanto los
rascacielos erigidos como extrañas
lanzas así como los niveles
subterráneos, terminan abatidos por la
rebelión. La inundación que paraliza la
ciudad suspende el mecanismo y muestra
los límites de éste en una metáfora
casi bíblica del diluvio y la formación
de una vida nueva, que bien a la manera
de los tiempos que corren, será con la
reconciliación entre el hombre y la
máquina, el corazón y el cerebro, el
arte y la vida. La Bauhaus, unos años
antes y también en la Alemania de
entreguerras, elevaba al cielo un
manifiesto parecido.
Los Héroes Modernos
Metrópolis
triunfa allí donde Brazil
(1985) fracasa. En el film de Terry
Guilliam la salvación por el amor queda
restringida al orden de los sueños o de
la imaginación. O deriva en la muerte.
Guilliam, a la manera de Kafka, desmonta
a través del absurdo y lo imprevisto el
mecanismo que rige a la ciudad moderna y
devela tanto la situación de precariedad
existencial del hombre, atrapado en leyes
y normas de orígenes desconocidos, como
la imposibilidad del afuera. Ese
"algún lugar del siglo XX" con
el que se inicia la película está
proyectado por las disposiciones
maquínicas y burocráticas y constituye
una zona intermedia donde cada
elemento funciona en una continuidad que
une cuerpos, espacios, máquinas y leyes
en un ensamblaje perfecto. Cada uno de
estos, a la vez, representará los
múltiples recorridos (la madre, los
directores del organismo estatal, el
burócrata-verdugo, los plomeros) por los
que transitará Sam Lowry y que lo
mantendrán en un eterno estado de
suspensión. Estado del que se sale solo
a través de la muerte o la locura. Así
como una mosca intercalada por accidente
entre los expedientes gubernamentales
cambia el destino de dos hombres y al
final todo sigue igual, también los
espacios construidos poseen un gran poder
de adaptación que los hará estrecharse,
minimizarse allí donde esa burocracia
rectora necesite ejercer su
descontrolable reproducción -como ocurre
con la oficina de Lowry donde la pared y
la mesa oscilarán de acuerdo al uso de
sus ocupantes. Si las bombas terroristas
lanzadas en un restaurante no interrumpen
el almuerzo de los comensales (un simple
biombo soluciona el contratiempo) o el
colapso total de las cañerías tampoco
detiene la maquinaria de la vida
cotidiana, es porque ese lugar del
siglo XX está atravesado por una
técnica que lo constituye y que niega
cualquier dimensión que escape a sus
dominios. Si el amor-salvación es
imposible, también lo serán el campo,
disimulado tras carteles de publicidad
ubicados a lo largo de las carreteras, y
el cielo y los rayos del sol, ocultos por
interminables rascacielos. Un espacio que
está conformado en realidad por restos
de otras épocas de los que poco se sabe
(el templo griego, las cruces cristianas,
el chalet transportable se mezclan con la
estética decó y futurista de los
edificios y los robots y con la
mitología de seres alados y doncellas
cautivas elaborados por la imaginación).
En la ciudad de Brazil
apenas queda el artificio mecanizado, el
gesto de una verdad hace tiempo
desmantelada.
La lectura del pasado, la
historia y la memoria tanto individual
como colectiva son también las grandes
proyectistas de estas ciudades
ficcionales. Doce Monos
(1995), otro film de Guilliam, es una
metáfora del olvido y la necesidad de
releer el pasado para iluminar el
presente. Aquí se cumplen las peores
profecías con relación al desarrollo
monstruoso de la ciencia, que a manera de
Frankenstein termina devorando hasta a
sus mismos creadores. James Cole (Bruce
Willis) es un convicto que negocia su
libertad a cambio de trabajos peligrosos;
su misión es la de volver al pasado para
buscar una solución al presente nada
promisorio en el que se hallan sumergidos
los hombres. Si por un lado el
conocimiento científico creó en el
pasado un virus que mató a casi toda la
humanidad, confinando a los
sobrevivientes a la vida subterránea,
también posibilita en el presente esta
forma de detención de la catástrofe a
través de sofisticadas maquinarias.
Contra el pertinaz olvido al que empuja
el tiempo metropolitano, contra este
tiempo de la caducidad que se agota a
cada paso y que atenta contra la memoria,
se le opondrá precisamente esta mirada
para atrás como única posibilidad de
volver a vivir como humanos. Pero si
Lowry tiene que perderse en los
vericuetos de su mente para lograr alguna
forma de salvación, a Cole le va un poco
mejor. Cole como auténtico hombre
moderno prefiere el instante a la
duración; un instante plagado de
experiencias, de recuerdos, de presencias
iluminadas precisamente por ese trabajo
de excavación que, a la manera de
Benjamin y su Infancia en Berlín, hace
sobre el pasado. Cole muere pero con su
muerte (el niño Cole ve morir al adulto
en la escena final de la película), se
deja a sí mismo el legado de una ciudad
libre y soleada.
El tema de la
luz-conocimiento como instancia
liberadora, de la construcción de la
memoria y de la pregunta sobré qué es
ser humano retornan en Dark
City (1998). El
protagonista, John Murdoch, engranaje de
un gigantesco experimento científico y
habitante de espacios tan mutables como
su propia identidad, detiene esta
modernidad acelerada al tomar conciencia
de su esclavitud y de la arbitrariedad de
su existencia. Y puede hacerlo no solo
porque se enamora sino porque, en algún
punto, es el único que se mantiene igual
a sí mismo, es el único que desea con
intensidad recuperar el pasado, su
infancia frente al mar. Murdoch, al igual
que los extraños extraterrestres que lo
tienen sojuzgado y los replicantes
de Blade Runner, sufre de
nostalgia por un tiempo perdido. Esto lo
lleva a inventar un mundo que falta, a
proyectar una ciudad bañada por el
océano y a reinsertarla en el tiempo a
través de las noches y los días,
devolviéndoles a los otros la
posibilidad de una historia y una
memoria. Pero también, la posibilidad
del olvido. Y lo hace a través de la
misma técnica que los había convertido
en esclavos.
La inestabilidad de lo real
genera también espacios cuyas
coordenadas ya no son geográficas ni
cronológicas. En Matrix,
como en Metrópolis,
el hombre vuelve a ser la energía que
mueve a la poderosa maquinaria, pero ya
no con su fuerza de trabajo sino con sus
sueños. Matrix no sólo se ubica
en las fronteras de la realidad y el
sueño, entre el espacio real y el
virtual, sino que va más allá y se
interroga sobre las posibilidades
efectivas del concepto de realidad. Neo,
como Murdoch y Cole, se convierte en un
hombre libre cuando accede al
conocimiento de su esclavitud, pero esta
libertad roza el vacío.
La cuestión se vuelve más
compleja cuando en el eterno
enfrentamiento entre técnica y hombres
el enemigo no está tan definido (la gran
maquinaria de Metrópolis, la
Matrix, el científico en Caligari,
el virus contaminante en Doce monos o
los extraterrestres en Dark City).
O dicho de otra manera, cuando las
fronteras quedan definitivamente abolidas
y el otro puede ser un agente
esclavizador y salvador al mismo tiempo,
como ocurre en Blade Runner
(1982). En Los Ángeles del año 2019,
dominada por la Corporación Tyrrell,
sólo es necesario un estado policial que
controle desde los soberbios rascacielos
piramidales la miseria que acontece en la
tierra. Pero a diferencia de Metrópolis,
aquí la masa esclavizada constituye una
miseria residual, deshechable, lista para
ir a poblar otras colonias, para
reproducir a nivel interplanetario la
decadencia terrestre. En este contexto,
los replicantes no son tan
peligrosos por su fuerza o por sus
habilidades sobrehumanas. Son peligrosos
porque quieren saber. Ellos, que por un
lado fueron programados para la muerte al
cabo de cuatro años pero por el otro
para tener las experiencias más
extraordinarias que jamás se hubieran
visto, se enfrentan a los viejos dilemas
olvidados por la civilización. Y esta
vecindad con las cuestiones eternas para
todo mortal los termina convirtiendo en
más humanos que los de carne y hueso. La
historia, la memoria, la trascendencia y
el legado de una generación a otra
sucumben frente a una simple regla cuyos
motivos no lo recuerdan ni los propios
creadores. Frente a un final inexorable y
sin salvación posible, matar al padre o
enamorarse son apenas dos alternativas
demasiado precarias. Rick Deckard es en
verdad el heredero de esas preguntas sin
respuestas que retornan para volver a
correr los ejes: los principios de verdad
generados por la técnica y entre
ellos, sus propios espacios- son por lo
menos extraños al ser humano. O, mejor
dicho, lo extrañan de sí mismo.
Esclavizadores pero a la vez, redentores:
los que vienen a socavarlos no son sólo
sus víctimas sino sus mismas creaciones.
Criaturas que aspiran a otra humanidad.
Los que volaron
sobre el nido del cuco
Cuando en Atrapado
sin salida (1975), y
alejándonos por un instante de la
Ciencia Ficción, el Cacique le da muerte
a Randall McMurphy (Jack Nicholson) está
dejando bien en claro cuál es la única
alternativa posible para su amigo. Aquí
el problema vuelve a ser el de la
posesión de un saber, un conocimiento
que se centra en los alcances sobre el
cuerpo que pueden tener las instituciones
de control y las estrategias para
apropiarse de ellos. McMurphy no es un
héroe o un humanista. Su preocupación
es la supervivencia en un ambiente hostil
del que él es tanto producto como
productor. A medida que va conociendo y
enfrentando el poder de la institución
psiquiátrica, representado en la
enfermera Ratched, va accediendo también
en forma accidental a una conciencia
diferente. En ese recinto cerrado se
está más cerca de una verdad sobre el
hombre y sus posibilidades de autonomía
y determinación que afuera, donde se
vive como esclavo creyéndose libre. Los
efectos del electroshock, es decir, su
destrucción como ser pensante a través
del uso de la fuerza por parte de los que
detentan el poder, constituye apenas un
manotón de ahogado de un sistema que
también produce reactivos contra sí
mismo. El Cacique, que no por casualidad
es un indio, es decir, un hombre no
occidental, un hombre ligado a fuerzas
primigenias y calladas por el orden
instrumental, será el encargado de
llevar a cabo la consumación de una
tarea. McMurphy desmonta primero el
funcionamiento de esta tecnología al
transformar los espacios, otorgándoles
nuevos sentidos, usos y significaciones
(el lugar en sus manos se convierte en
casino, local bailable o platea de
estadio) y detiene luego con su cuerpo y
con su muerte algo que tiene como premisa
vital el movimiento para asegurarse la
continuidad y su propia reproducción.
En La Naranja
Mecánica ocurre algo
parecido aunque con un final diferente. A
través de su paso por escuelas
correctivas, cárceles, tratamiento
Ludovico y demás, Alex descubre, sin
proponérselo desde luego, la situación
intercambiable en la que se encuentran
los habitantes de la ciudad, de cualquier
ciudad. Sus amigos se convierten en
policías; sus padres pueden ser
amorosos, esquivos y de nuevo amables de
acuerdo a las circunstancias; el
respetable escritor se transforma en un
saboteador político y él mismo recorre
todo una gama de posibilidades en un arco
que va de la extrema maldad al heroísmo
extremo. Frente a ese panorama
indiferenciado, en el futuro podrá
volver a ser un deshecho social o una
estrella mimada por los medios, un
experimento científico o un protegido de
los políticos, un padre de familia o un
violador en serie, podrá ser todo y nada
a la vez. El absurdo hasta el grotesco de
los personajes, expresado en gestos,
actitudes, vestuarios; el decorado kitsch
de los espacios (la lechería, la casa
familiar, la casa de la artista plástica
y sus obras, etc.) y hasta el propio
idiolecto hablado por los chicos,
reflejan esta falta de una verdad última
para comunicar, este abismo sin fondo
donde hasta la propia rebeldía ya no
tiene sentido alguno. En el fracaso del
hombre moderno Alex consigue su victoria.
Y no necesita morir.
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2000-2005 | Revista
Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
Directora: Zenda Liendivit
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