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/Apuntes sobre Arte

     


El rapto de Perséfone
(1612-1622)
G.L.Bernini



TIEMPOS BARROCOS
Pensamiento, Espacio y Ciudad
Zenda Liendivit

Y como una misma ciudad mirada desde diferentes ángulos parece completamente distinta y como multiplicada en perspectiva, sucede lo mismo a causa de la infinita multitud de substancias simples que haya como otro tanto de universos diferentes, que no obstante sólo son perspectivas de un único universo según los diferentes puntos de vista de cada mónada.
Monadología, G.W.LEIBNIZ

Cuando el arte barroco se propone la tarea de capturar un instante no se trata de cualquier instante. Es nada menos que aquél que marcará el paso de un estado a otro, un tiempo fronterizo y por lo general imperceptible de tan fugaz o cotidiano. El Barroco, arte del movimiento por excelencia, tendrá la paradójica tarea de eternizar lo que está destinado a la transitoriedad. Infinito y fugacidad se conjugarán en esas obras de arte y pensamiento del siglo XVII inaugurando nuestra época en su característica más abismal: nada es para siempre, nada puede fundarse, instalarse e impartir criterios absolutos; del mismo modo, las sucesivas verdades que fueran surgiendo –el hombre moderno siempre erigirá altares e irá recambiando a sus dioses- estarán acompañadas por ese inquieto claroscuro que desterrará para siempre tanto la límpida luminosidad de la razón heredada del Renacimiento, así como también el violáceo poderío sobrenatural y monstruoso representado en el medioevo. Ya no estaría en ese lugar, ubicado, ubicable y fijo, la verdad del acontecimiento sino más bien en esos pliegues de una realidad cambiante y laberíntica donde el tiempo y el espacio pierden, en manos de Leibniz, su condición de absolutos y quedan sujetos a las relaciones entre los cuerpos, a los instantes, al devenir. Movimiento de fachadas que se corresponde con las voluptuosidades de la carne, ondulaciones de la realidad, del pensamiento, del alma, que fundan al hombre moderno como energía nómada y diferente a cualquier otra, inclusive a sí misma. Un hombre equidistante entre la inmensidad del cosmos y la del átomo. Entre el Todo y la Nada, a decir de Pascal, en ese intermedio entre dos opuestos que a fuerza de ser extremos necesariamente deberán juntarse, el deseo divino y el éxtasis carnal; el placer y el dolor; la ficción y la realidad; el cuerpo y el espacio; la temporalidad y la infinitud.

Ya en nuestra época, Rella hablará de la importancia de proyectar un espacio del medio, el lugar de la mezcolanza , esa zona que se abre cuando los elementos se relacionan y entran en tensión venciendo la indiferenciación en la que conviven y pasan de largo frente al hombre moderno, momentos fronterizos como la extrañeza proustiana en el instante del despertar o de la nuestra cuando amanecemos junto a un cuerpo al que no reconocemos, experiencia por demás indispensable para Flaubert. No fue casual que autores modernos encontraran en el erotismo un espacio desde donde configurar un nuevo orden que escapara a toda gramática racional. Porque la verdad de dos cuerpos que entran en tensión, que se contraen, se agitan, no estará jamás en ellos ni en los placeres que prometen o en los que de vez en cuando cumplen. Estará precisamente en ese sitio donde las fuerzas de la seducción, de la atracción, de la convulsión erótica, siempre inexplicables, siempre imprevistas, chocarán con volcánica intensidad sobre ellos, para hacerlos entrar en comunión primero y para condenarlos a la desposesión, a la discontinuidad o la rutinaria instalación después; en el estremecimiento numinoso, el mismo que fundará la obra de arte, que posibilitará la experiencia estética y que nos abrirá las puertas al misterio de una realidad intensa e interrogadora. Será la certeza baudeleriana en el amor a última vista hacia la transeúnte, tan imposible en su realización como determinante en la construcción de una nueva mirada y un nuevo saber sobre esa ciudad que al mismo tiempo que salva al poeta también lo condena, la metrópolis que entabla secretas correspondencias entre las cosas y que convierte a todos –jugadores, borrachos, delincuentes, comerciantes y prostitutas- en héroes modernos.

Lo esencial siempre estará en lo escurridizo y esta falta de sujeción lo preservará a la vez de cualquier anquilosamiento y garantizará su eterno retorno. La pasión amorosa vivida una vez nos presionará a buscarla de nuevo, a repetir el encuentro que, como el horror y el deseo, nos expulsa del tiempo metropolitano, nos lanza a la deriva y nos acerca a un conocimiento literalmente inaccesible por otras vías.

Pero la humana imposibilidad de nombrar o representar ese último núcleo enigmático de las cosas o los acontecimientos no implica, sin embargo, desligarse del deber de responder a sus consecuencias, sobre todo cuando éstas conllevan altos costos sociales. En general, la idea de una forma final fue esquiva en aquellos autores que entrevieron el peligro en cualquier instalación. Por lo que si tenemos la certeza de que el pensamiento y la crítica ya se encuentran bastante lejos de sus domicilios instituidos (llámese universidad, escuela o instituto de formación), o que el arte tampoco fija residencia necesariamente en redituables ateliers o galerías de moda; si tenemos el convencimiento que hay más ruido que verdadera comunicación en los medios y, sobre todo, que un discurso, sea político, económico, cultural o educativo, es fácilmente sustituible, y a veces en cuestión de horas, por su opuesto; es decir, si entrevemos el peligro de una época que hizo del vértigo su forma de irrumpir en la historia, y de la reflexión uno de sus mayores enemigos, resulta imprescindible volver a pensar en el espacio que habitamos y en las formas de proyectarlo. De proyectar la ciudad, que no es un producto más de los tantos que lanza la modernidad al mercado sino su obra por antonomasia, su principal garantía de reproducción, de difusión, de creación y de transmisión de los efectos y de acciones que tenderán siempre a preservarla como sistema. Pensar y proyectar el espacio metropolitano implica poner en juego una serie de relaciones que abarcan mucho más que los aspectos urbanísticos e instrumentales. Es, a decir de Lefebvre, llevar la vida urbana al lenguaje y al concepto. Todo espacio construido pondrá en tensión el tiempo, la memoria y la historia, pero también el presente y los días que vendrán; determinará cómo vamos a vivir, qué vamos a ver, con qué nos vamos a encontrar, qué recuerdos, qué voces, qué retornos, qué imprevistos, pero sobre todo qué posibilidades tendrá de que efectivamente constituya una apertura a la reflexión sobre esas cuestiones que con mucha frecuencia, y sobre todo con extrema sutileza, nos condicionan los hábitos, las conductas, el pensamiento, nos vuelven seres metropolitanos, siempre suspendidos, como personajes de Kafka, en la indefinición y el desconcierto.

Cromagnon y Magdalena son apenas dos ejemplos donde en forma brutal y sin rodeos se pone en evidencia lo catastrófico que resulta olvidar esta forma de proyectar la Ciudad. Ambos son productos de una peculiar forma de producción de esta modernidad tecnocapitalista que, hoy como ayer, sigue fundándose en la planificación territorial de acuerdo a factores socio-económicos donde, en ciertos casos, la precariedad es directamente proporcional a los beneficios obtenidos. Pero también, en un uso político del suelo que va a tender siempre al control constante de los descontroles y descontrolados que ella misma va generando. Mientras Baudelaire, en los albores de la ciudad industrial, siente que tiene la tarea poética de estetizar este mecanismo diabólico, la propia metrópolis se encarga cada tanto de reunir los fragmentos inflamables y de hacerlos entrar en combustión. Acontece precisamente el relampagueo dantesco que pone en cuestión y en sombras tanto el pasado como el futuro. Un instante que, lejos de la casualidad o el azar, ya está anunciado de entrada, como si estos espacios llevaran inscriptos en los planos del proyecto también los mecanismos de su destrucción. La profunda herida que abren hechos como Cromagnon y Magdalena modifican de forma radical la vida metropolitana. Buenos Aires nunca será la misma después de aquel fatídico 30 de diciembre de 2004; no solamente el tiempo y el espacio de la diversión nocturna caerán bajo su siniestra sombra –los rituales de rock, las concentraciones masivas de jóvenes, las discotecas-, sino que también el hecho fusionará al espacio construido (y destruido) con el nombre propio, instalando un nuevo concepto en el habla cotidiana, Cromagnón, que se inscribirá en la memoria colectiva a través del relato oral, de la memoria gráfica, de los recuerdos de los sobrevivientes y familiares y que llevará la impronta de la precariedad, la certeza de que, al fin y al cabo, somos seres a la deriva, excomulgados de seguridades garantizadas y atrapados en una gigantesca trampa cuyos resortes siempre nos quedarán en sombras (Ycua Bolaños actuaría en Asunción de la misma forma).

Así también, la masacre en el penal de Magdalena pone en escena, por un lado, las continuidades espaciales entre cárceles, villas y demás zonas marginadas de la ciudad –hacinamiento, precariedad edilicia, sistemas de vigilancia y control, el eterno estado de sospecha en el que viven sus pobladores, los códigos y los léxicos comunes, etc. Pero por otro, la masacre también muestra la subversión del tiempo metropolitano: el espacio excluido vive un tiempo excluido, una continuidad sin variaciones en el tiempo y lejos de los vaivenes de la vida ciudadana (que se alimenta de la novedad seguida de olvido). Allí adentro nunca pasa nada que importe a la historia. Hasta que ocurre. Y entonces, recién entonces, paradójicamente, se inserta en el latir de la metrópolis. Recién allí el agujero negro, el sitio esquivado, la interrupción de la trama, ese tema siempre mal tratado por los medios e ignorado en el habla cotidiana –sea la cárcel, la villa o el psiquiátrico- irrumpe y demuestra la fragilidad y los altos costos de todo el mundo constituido y legitimado. El mundo feliz prometido desde el bombardeo publicitario y los discursos políticos, los alentadores índices de disminución de pobreza, las supuestas posibilidades educativas, sanitarias, sociales y laborales para todos y tantos otros mitos que caen como un castillo de arena frente al horror y que iluminan el negativo de una ciudad tan deseada como exclusiva.

Hay temas que constituyen las grandes preocupaciones de una época. Hay otros que están de moda. Pero sabemos que la moda está condenada a la muerte. Cada hecho, cada circunstancia, cada acontecimiento, cada trivialidad, puede sin embargo ser leído como el espacio donde se aloja el universo entero, los tiempos pasados y los por venir, cada uno de estos instantes que definen nuestros modos de vivir y de acceder a la realidad pueden entablar dinámicas relaciones, perspectivas vitales, elementales, primigenias. Como el deseo, la pasión, como el horror.

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