La unidad original es la
gran verdad de Poe. Origen que lleva escrito también su
fin. Unidad de la que surgirá la multiplicidad. Y, entre
principio y fin, fuerzas de atracción y repulsión
conviviendo en estrecha camaradería. Poe intuye, como
intuyó Kepler sus leyes. "Sí,
Kepler conjeturó esas leyes, es decir, las
imaginó" afirma casi
eufórico en Eureka.
Y acto seguido define la intuición como "la
convicción que surge de esas inducciones o deducciones
cuyos procesos son tan oscuros que escapan a nuestra
ciencia, eluden nuestra razón o desafían nuestra
capacidad de expresión".
Para llegar entonces a la columna vertebral de la ciencia
moderna, es decir, a la ley de gravedad de Newton, hubo
necesariamente que eludir a la ciencia, a la razón, a la
expresión. Fue necesario imaginar.
Poe
no es un científico, ni un metafísico. No es sólo un
escritor. Poe es un poeta. Y como tal puede adentrarse en
terrenos donde científicos y filósofos, retrocediendo
entre el espanto y la cautela, guardan silencio. Y como
tal está expuesto a "el
relámpago de los dioses".
No es fácil ofrecer el cuerpo para recibir la furia
divina, para seguirle el rastro a las cosas, para
escuchar lo inefable...Tarea y destino de poetas ser la
hoguera que aniquila y, al mismo tiempo, alumbra el
reencuentro con un tiempo perdido. Un tiempo que,
quizás, alguna vez volverá a ser nuestro.
La
materia con la que Poe trabaja es el horror. Como maestro
de los extremos, de los excesos, de la embriaguez, hay en
su literatura una sobreabundancia que parece forzar los
límites. La locura, las patologías, las perversiones,
la magia, la razón extrema (otra forma de horror)
funcionan de manera similar a esas partículas analizadas
en su Eureka,
aquellas que buscaban la satisfacción absoluta en la
fusión final. Poe no pierde el tiempo en explicaciones
inútiles: los fenómenos sobrenaturales, tanto del
hombre como de la propia naturaleza, surgen pura y
exclusivamente de esa materia. Cuando recurre a criptas y
ataúdes, a gatos vengativos, a actos de canibalismo y a
entierros prematuros; cuando apela a la parafernalia
gótica de luces violáceas e irreales, arcos ojivales y
atmósferas medievales; cuando discurre en una lógica
aterradoramente deductiva, no hace otra cosa que
conectarnos con fuerzas que nos trascienden, fuerzas que
se agitan en la oscuridad y que, así como el deseo y las
pasiones, escapan a cualquier tipo de representación,
escapan a la historia.
Hay algo, entonces, allí afuera
de lo que guardamos vagos recuerdos. Con Poe franqueamos
el umbral de nuestro desangelado mundo cotidiano e
ingresamos a una dimensión extraña y a la vez familiar.
Una fugitiva Edad de Oro donde belleza, naturaleza,
verdad y hombre forman un Todo indivisible y que para el
poeta constituye la auténtica morada del ser humano, su
casa, su "suelo
natal". Sin embargo, la
comunión es breve, debe serlo. Y esta fugacidad acentúa
la nada desde la que se parte y a la que, por ello mismo,
inevitablemente se vuelve -aquí, como una sentencia
ineludible, escuchamos una y otra vez aquel terrible "nunca
más".
Pero
si el horror nos fuerza a un reencuentro primordial, es
el movimiento el artíficie de dicho efecto. Movimiento
que en Poe se alimenta, a la manera de Heráclito, en la
afirmación de los opuestos complementarios: la magia y
la ciencia; el cuerpo y el espíritu; la razón y la
locura; el bien y el mal; la belleza y el espanto. "Pero
así como, en ética, el mal es consecuencia del bien,
así, de hecho, es como de la alegría nace la pena. O el
recuerdo de la gloria pasada es la angustia de hoy, o las
agonías que son se originan en los éxtasis que podrían
haber sido" afirma
Egaeus, en Berenice.
El razonamiento deductivo, llevado hasta el extremo por
Auguste Dupin, trasciende la capacidad analítica para
ingresar en el terreno de la magia. Así también, del
poder adivinatorio de Legrand, el personaje de El
escarabajo de Oro, deriva
toda la serie de operaciones matemáticas y
lingüísticas que lo facultan para resolver cualquier
tipo de enigma. En ambos casos, el explosivo cóctel de
razón y adivinación carecería de límites en cuanto a
sus alcances y consecuencias. Un cóctel que genera una
estirpe de superhombres que pagan su condición superior
con el obligado exilio del mundo de los intelectos
ordinarios.
Por otro lado, los muertos de Poe
rara vez dan un último aliento y se quedan tranquilos en
sus tumbas; prefieren entrar en un campo ambiguo en el
que la vida y la muerte también pierden sus límites. Y
si no llegaron a morir en sus respectivas épocas,
retornan al presente para convertirlo en un pasado
olvidable. ¿O acaso el conde Allamistakeo, la momia
proveniente del antiguo Egipto, de Breve
charla con una momia, no
transforma la época moderna, la nuestra, la actual, en
un lamentable mal rato pasado? (la Fuente Verde del Juego
de Bolos, el Gran Movimiento Progresivo, las gigantescas
fuerzas mecánicas, la Democracia y las pastillas
Ponnonner, entre otros grandes adelantos de la
modernidad, nos provocan una carcajada enraizada en una
fuerte sensación de espanto).
Un
movimiento expansivo afecta también a las partículas de
la época del Poe. Mientras que las multitudes avanzan
sobre las grandes ciudades modernas, al compás de los
valores heredados de la Revolución, los conocimientos
científicos y la incipiente nación del norte fijan en
el mismo infinito los confines de sus respectivos
dominios. Pero bien lo dijo Baudelaire, ni el siglo XIX
ni los Estados Unidos constituían el ambiente más
propicio para las "almas
enamoradas del fuego eterno".
En su vagabundeo errático de exiliado del mundo, Poe se
desplazó sobre un suelo hostil que, a semejanza del lago
de la Casa de Usher, amenazaba con abrirse y devorarlo.
Un tránsito desesperado y maldito que, a cada paso,
liberaba los demonios de una cultura que excluía de la
vida a la vida misma. "La
verdad es que hoy el hombre no se encuentra en ninguna
parte consigo mismo, es decir, con su esencia"
dirá Heidegger, un siglo después. Pero si es cierto que
"donde hay peligro, crece
también lo que salva",
tendríamos ahora que estar rodeados de un exhuberante
bosque. Entretanto, hasta dar con él, algo de aquel
resplandor divino que se empecina con los poetas nos
llega también a nosotros, los lectores sensibles de Poe.
Algún recuerdo de los cielos.
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