CONSTRUCCIONES

EDGAR ALLAN POE:
Recuerdo de los cielos

ZENDA LIENDIVIT


"El artista, el poeta y el pensador en tanto dadores de
forma buscan el encuentro con la otredad allí donde
dicha otredad es, en su vacía esencia, de lo más inhumana".

GEORGE STEINER


Porque lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible...

R.M.RILKE
 

La unidad original es la gran verdad de Poe. Origen que lleva escrito también su fin. Unidad de la que surgirá la multiplicidad. Y, entre principio y fin, fuerzas de atracción y repulsión conviviendo en estrecha camaradería. Poe intuye, como intuyó Kepler sus leyes. "Sí, Kepler conjeturó esas leyes, es decir, las imaginó" afirma casi eufórico en Eureka. Y acto seguido define la intuición como "la convicción que surge de esas inducciones o deducciones cuyos procesos son tan oscuros que escapan a nuestra ciencia, eluden nuestra razón o desafían nuestra capacidad de expresión". Para llegar entonces a la columna vertebral de la ciencia moderna, es decir, a la ley de gravedad de Newton, hubo necesariamente que eludir a la ciencia, a la razón, a la expresión. Fue necesario imaginar.

Poe no es un científico, ni un metafísico. No es sólo un escritor. Poe es un poeta. Y como tal puede adentrarse en terrenos donde científicos y filósofos, retrocediendo entre el espanto y la cautela, guardan silencio. Y como tal está expuesto a "el relámpago de los dioses". No es fácil ofrecer el cuerpo para recibir la furia divina, para seguirle el rastro a las cosas, para escuchar lo inefable...Tarea y destino de poetas ser la hoguera que aniquila y, al mismo tiempo, alumbra el reencuentro con un tiempo perdido. Un tiempo que, quizás, alguna vez volverá a ser nuestro.

La materia con la que Poe trabaja es el horror. Como maestro de los extremos, de los excesos, de la embriaguez, hay en su literatura una sobreabundancia que parece forzar los límites. La locura, las patologías, las perversiones, la magia, la razón extrema (otra forma de horror) funcionan de manera similar a esas partículas analizadas en su Eureka, aquellas que buscaban la satisfacción absoluta en la fusión final. Poe no pierde el tiempo en explicaciones inútiles: los fenómenos sobrenaturales, tanto del hombre como de la propia naturaleza, surgen pura y exclusivamente de esa materia. Cuando recurre a criptas y ataúdes, a gatos vengativos, a actos de canibalismo y a entierros prematuros; cuando apela a la parafernalia gótica de luces violáceas e irreales, arcos ojivales y atmósferas medievales; cuando discurre en una lógica aterradoramente deductiva, no hace otra cosa que conectarnos con fuerzas que nos trascienden, fuerzas que se agitan en la oscuridad y que, así como el deseo y las pasiones, escapan a cualquier tipo de representación, escapan a la historia.

Hay algo, entonces, allí afuera de lo que guardamos vagos recuerdos. Con Poe franqueamos el umbral de nuestro desangelado mundo cotidiano e ingresamos a una dimensión extraña y a la vez familiar. Una fugitiva Edad de Oro donde belleza, naturaleza, verdad y hombre forman un Todo indivisible y que para el poeta constituye la auténtica morada del ser humano, su casa, su "suelo natal". Sin embargo, la comunión es breve, debe serlo. Y esta fugacidad acentúa la nada desde la que se parte y a la que, por ello mismo, inevitablemente se vuelve -aquí, como una sentencia ineludible, escuchamos una y otra vez aquel terrible "nunca más".

Pero si el horror nos fuerza a un reencuentro primordial, es el movimiento el artíficie de dicho efecto. Movimiento que en Poe se alimenta, a la manera de Heráclito, en la afirmación de los opuestos complementarios: la magia y la ciencia; el cuerpo y el espíritu; la razón y la locura; el bien y el mal; la belleza y el espanto. "Pero así como, en ética, el mal es consecuencia del bien, así, de hecho, es como de la alegría nace la pena. O el recuerdo de la gloria pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que podrían haber sido" afirma Egaeus, en Berenice. El razonamiento deductivo, llevado hasta el extremo por Auguste Dupin, trasciende la capacidad analítica para ingresar en el terreno de la magia. Así también, del poder adivinatorio de Legrand, el personaje de El escarabajo de Oro, deriva toda la serie de operaciones matemáticas y lingüísticas que lo facultan para resolver cualquier tipo de enigma. En ambos casos, el explosivo cóctel de razón y adivinación carecería de límites en cuanto a sus alcances y consecuencias. Un cóctel que genera una estirpe de superhombres que pagan su condición superior con el obligado exilio del mundo de los intelectos ordinarios.

Por otro lado, los muertos de Poe rara vez dan un último aliento y se quedan tranquilos en sus tumbas; prefieren entrar en un campo ambiguo en el que la vida y la muerte también pierden sus límites. Y si no llegaron a morir en sus respectivas épocas, retornan al presente para convertirlo en un pasado olvidable. ¿O acaso el conde Allamistakeo, la momia proveniente del antiguo Egipto, de Breve charla con una momia, no transforma la época moderna, la nuestra, la actual, en un lamentable mal rato pasado? (la Fuente Verde del Juego de Bolos, el Gran Movimiento Progresivo, las gigantescas fuerzas mecánicas, la Democracia y las pastillas Ponnonner, entre otros grandes adelantos de la modernidad, nos provocan una carcajada enraizada en una fuerte sensación de espanto).

Un movimiento expansivo afecta también a las partículas de la época del Poe. Mientras que las multitudes avanzan sobre las grandes ciudades modernas, al compás de los valores heredados de la Revolución, los conocimientos científicos y la incipiente nación del norte fijan en el mismo infinito los confines de sus respectivos dominios. Pero bien lo dijo Baudelaire, ni el siglo XIX ni los Estados Unidos constituían el ambiente más propicio para las "almas enamoradas del fuego eterno". En su vagabundeo errático de exiliado del mundo, Poe se desplazó sobre un suelo hostil que, a semejanza del lago de la Casa de Usher, amenazaba con abrirse y devorarlo. Un tránsito desesperado y maldito que, a cada paso, liberaba los demonios de una cultura que excluía de la vida a la vida misma. "La verdad es que hoy el hombre no se encuentra en ninguna parte consigo mismo, es decir, con su esencia" dirá Heidegger, un siglo después. Pero si es cierto que "donde hay peligro, crece también lo que salva", tendríamos ahora que estar rodeados de un exhuberante bosque. Entretanto, hasta dar con él, algo de aquel resplandor divino que se empecina con los poetas nos llega también a nosotros, los lectores sensibles de Poe. Algún recuerdo de los cielos.

 

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