| METRÓPOLIS |
Un reencuentro ZENDA LIENDIVIT |
| Viracocha, dios supremo,
principio y fin de todas las cosas, emergió de las
sagradas aguas del Titikaka; Manco Capac, junto a su
esposa Mama Ocllo, abandonó la Isla del Sol, sobre dicho
lago, y ungido como Primer Inca fundó en el Cusco el
gran imperio. El quechua era su lengua pero no hubo
escritura. Algunos sostienen que fue abolida cuando la
encontraron responsable de ciertas desgracias colectivas.
Otros, que necesitaron los sentidos bien atentos para
capturar las resonancias de un mundo poblado de
oralidades, plural hasta el infinito, descreído de
límites y mortalmente receptivo. En el pasado, los primeros pobladores de América ejercieron esta pluralidad receptiva. Y se dejaron colonizar (los españoles bien cuadraban como dioses). Ahora ocurre otro tanto: el viajero modelo siglo XXI, habitante de las grandes metrópolis, va en busca de las tan mentadas diferencias que ya no encuentra en su uniformado mundo actual. Hordas de viajeros se desplazan de un continente a otro como modernos conquistadores de la extrañeza, aunque paradójicamente esta extrañeza está perfectamente organizada: la mayoría sabe de antemano qué, cómo y dónde ir a buscar aquéllo que luego le provocará la sorpresa. Ya está alertado. Y los respectivos lugareños de estas tierras "exóticas" recepcionan en forma inmediata este deseo y lo complacen: fiestas, rituales, ceremonias, productos autóctonos y demás cargan las tintas sobre lo propio, aspiran al impacto, buscan en el invitado el aprobador gesto de la sorpresa. |
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Existen, sin embargo, ciertos
espacios que resisten cualquier anticipo, cualquier
preaviso. Son las ruinas arqueológicas. Las ruinas seducen con la insinuación y soportan hasta las mejores propagandas turísticas y las visitas masivas. Es la arquitectura que ejerce su poder a través de lo que, justamente, niega. Las piedras se proyectan y reproyectan en la imaginación del visitante, como un eterno rompecabezas sin forma definitiva. La precariedad de lo existente es la responsable de la magia, el misterio y el fuerte poder ingresivo (esto se ve claramente al enfrentar un lugar apenas intervenido con aquellos muy reconstruídos: a medida que se acerca a la supuesta forma final, decrecen también las posibilidades de la experiencia múltiple). |
| Pero esta precariedad de las
ruinas no se limita tan sólo a lo que el tiempo se
llevó por delante. Lo que sacude al contemplarlas es la
puesta en acto de la propia transitoriedad de cualquier
momento histórico, aún los más esplendorosos. El tiempo es el verdadero protagonista de estos lugares a medio destruir. Los bloques que quedaron, los que lo enfrentaron, no hacen más que citarlo en su condición esencial: el movimiento. Pero aún más, si bien la destrucción certifica este carácter moviente e impiadoso del tiempo, a la vez, los bloques encierran en sí mismos el secreto de todo el conjunto, como si fueran los sobrevivientes de una catástrofe que conocen la historia de cómo, cuándo y porqué. Cada piedra, articulada a otras, fue testigo de algo que el ser humano moderno apenas se atreve a pensar. Por ellas pasó un tiempo, una cultura, una forma de habitar; por ellas pasaron hombres generalmente poderosos, divinos, irreales. Por ellas pasaron, pero a la vez quedaron, nuestras anteriores habitaciones en la tierra. Esta fugacidad que se eterniza en una forma le otorga al conjunto arqueológico esa atmósfera casi sagrada que allí se respira. Esa atmósfera que se aferra tanto al elemento que queda -el bloque en sí- como a lo que falta. Materia y ausencia, entonces, colaboran para, en última instancia, seguir siendo. |
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La sola mención de Machupicchu
provoca sobresalto, como si de inmediato la ciudadela
incaica instalara en el ambiente un clima enigmático.
Resguardada en el invencible Cañón del Urubamba, no
conoció pisada de conquistador alguno, y en la sombra
permaneció por más de cuatro siglos. Por eso la llaman
la "ciudad perdida". Más que una ciudad, o los restos de ella, Machupicchu es un acontecimiento, es más un asunto para poetas, místicos o desesperados que material de estudio (o, en el peor de los casos, más que un sitio turístico). Al atravesar el último pórtico del "Camino del Inca", el Intipunku, nos enfrentamos con el gran misterio. Los sentidos celebran, la razón tartamudea, las vibraciones se incrustan en la piel como las mismas construcciones de granito blanco se incrustan en las montañas. |
| Al perder tierra firme, el cuerpo
se precipita al vacío, a un espacio fuera de sus
coordenadas habituales. Se entrega al vértigo que genera
el estallido de una belleza que está muy lejos de ser
pacífica. Es grave, es terrible, es ferozmente
ingresiva. Cada piedra, cada línea, cada espacio,
acompaña las caprichosas rugosidades de la montaña en
una danza que a ratos parece magistral y eterna. Pero
esta eternidad no se trata de una cuestión física, de
una tenaz resistencia de los materiales a fuerza de
fundar en lo inmutable de la naturaleza. No se trata
sólo de eso. Es también eternidad de repetición, de
reiteración de cierto acto en el que se cifra mucho más
que la supervivencia de un grupo étnico. Los conjuntos
edilicios, la montaña, el sol, el cielo, el Huayna
Picchu que contempla allá a lo lejos, entablan un
diálogo perpetuo. La ciudad, al estar estampada en
dichos elementos, se reasegura que esta asamblea cósmica
no tenga fin (geográfía y cosmos que seguirán al
márgen de sus originales pobladores, por supuesto, pero
también al margen de todos los que vendremos después). Esta es quizás la gran diferencia que existe entre Machupicchu y otros conjuntos arqueológicos de América. Su prodigiosa implantación. Ubicada físicamente entre el cielo y la tierra, ella misma adopta el rol de intermediaria entre los asuntos celestiales y los terrenales. Pero ¿qué le sucede al hombre moderno cuando la experimenta? A poco de recorrerla, sentimos que la extrañeza inicial se bate en retirada. Ocurre una singular inversión de roles: de asunto enigmático, de "otredad" insondable, la obra se nos torna familiar y presente. De golpe, nos volvemos sus contemporáneos, como si el cuerpo se sintiera involucrado en aquel diálogo cósmico. Machupicchu despierta, nos despierta de un largo letargo. Su visión no es fácil; el encuentro con algo que habíamos olvidado y que en última instancia nos constituye, pone en cuestión nuestro propio tiempo moderno (del que, en forma simultánea, nos sentimos de pronto alejados). Nos susurra que ese eterno acontecer en sus entrañas -Machupicchu parece que siempre está "sucediendo"- fue voluntad de hombres, mortales como nosotros, que no supieron de límites; que cada roca, montaña o río, tierra o capricho climático, que cada "otro" (un blanco tal vez) era acrecentamiento de un mundo inquieto y alerta, en perpetuo movimiento. A su manera, también, nos muestra que la estructura sustentada en calendarios, relojes y horas siempre iguales, sin intensidades, es el exilio al que nos vemos condenados sin posibilidad alguna de retorno. |
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Pero si Machupicchu desequilibra nuestro tiempo moderno, si sacude nuestros cuerpos llevándolos hacia sus olvidos, hace otro tanto con las construcciones culturales. El relato histórico, que con frecuencia se empeña en el causa-efecto, sufre con la descubierta ciudadela un leve traspié. Machupicchu regatea su cuerpo, su estar allí, a conquistadores, sacerdotes y demás invasores. Les niega la entrada pero no el conocimiento de su existencia. Regatea también el cuerpo al devenir: durante cuatro siglos permanece en el vacío, se instaura en el mito. Por último ingresa en la historia, nos abre las puertas para que ahora sí, desde 1911, la experimentemos. Este juego de "presencia-ausencia-presencia" delata los movimientos subterráneos que no tienen historia pero que la condicionan. ¿En qué otro lugar podría inscribirse la resistencia incaica a negar, y salir airosa, el conocimiento de Machupicchu? La ciudadela, con su sola presencia, muestra los infinitos recovecos por donde se extravía la sólida pretensión de capturar la realidad. Los hechos del pasado que, de alguna manera, explican por qué estamos hoy y aquí tienen esos intersticios insondables que nos seducen desde aquello que, justamente, no explican. |
| Tal
vez en este movimiento de saberes y olvidos es donde
realmente se asiente nuestra cultura. Vista con
procedimientos y ojos occidentales, sí, pero también
con sus extravíos. Allí donde se desbarranca y no puede
explicar racionalmente por qué, si habiéndose erigida
como nítida triunfadora sobre las civilizaciones
arcaicas, hubo un espacio que se negó al exterminio, al
mestizaje, al conocimiento, al destino; que resistió con
profunda voluntad de ser y que hoy retoma con soberbia, y
nos hace recordar, su propio relato. Al margen de los
tiempos, al margen de la historia. / |