| El gran agitador ZENDA LIENDIVIT
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Imaginemos una masa de
fieles que confunde realidad con
ficción. Una masa que deambula
desconcertada frente a la velocidad de
los cambios y al abismal panorama que, de
golpe, se levanta frente a sus ojos,
desacomodando sus cuerpos y sus certezas.
Imaginemos una época que oscila entre la
razón, la fe y los asuntos de brujería.
Una época agitada por el movimiento y la
provocación sensual. Límites confusos
entre realidad y ficción, desacomodo de
cuerpos, crisis de certezas, movimientos
oscilatorios y sensualidad. No, no se
trata de una radiografía del siglo XX.
Sí, tal vez, de sus albores. La historia
da cuenta de un hombre que, fiel a su
tiempo, con frecuencia provocaba grandes
agitaciones: Bernini, el genial
escultor-arquitecto-pintor y dramaturgo
romano del Siglo XVII. Las
obras de Bernini poseen el extraño don
de involucrarnos. En su posición
original (tal como la había proyectado
el maestro), la escultura del David
(ver foto) obligaba al espectador a
ubicarse en el recorrido de la linea de
fuego (o del hondazo). Y con Goliat,
ausente de la escena, indefectiblemente a
sus espaldas. En la actualidad, se halla
sobre una plataforma de alrededor de un
metro de altura, rompiendo esa
continuidad espacial entre obra y
receptor tan buscada en el arte barroco.
Lamentablemente, quedamos a salvo del
peligro.
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El cuerpo de David está girado;
la boca contraida y el ceño fruncido denotan el
esfuerzo mental por la concentración extrema; la
honda, al borde del disparo. Es el instante
previo al conocido desenlace. Sin embargo, con el
corazón acelerado y el aliento contenido,
sorpresivamente nos descubrimos esperando.
Mientras, nuestra vista se extravía en esa piel
sedosa que se agita palpitante en músculos
firmes; cada tramo de ese cuerpo perfecto, cada
tendón, cada poro, cada brillo sudoroso nos
provoca y seduce, convocando al propio Eros.
Espera y deseo, entonces, ensamblados en un
perfecto mecanismo que promete pero jamás
cumple. Y es justamente esta puesta en escena del
exceso de carnalidad la que nos trae de nuevo a
la realidad: al fin y al cabo, estamos frente a
un trozo de mármol. En ese extremo de salud, de
vigor, de perfección, de vida, se vislumbra
también su opuesto, la muerte, la falta de
aliento. En las manos de Bernini la piedra se ve
obligada a re escribir su historia, a despojarse
de las pesadas capas sedimentadas de materia
inerte para dar al fin con sus entrañas vitales.
Se
puede decir que el mármol recorre el proceso
inverso al que realizamos nosotros, los mortales
de carne y hueso, que de materia viva nos
encaminamos al polvo.
Pero si a nosotros nos hace falta tiempo para
recorrer ese mortal itinerario, ¿qué rige a
estas criaturas que salieron de lo inerte y que
por su situación límite nos señalan también
el retorno?
El tiempo del hombre es variado: están las horas
indiferenciadas de relojes y calendarios, las
horas muertas, las felices, las nefastas, los
momentos gloriosos, el tiempo productivo, etc. El
tiempo del David es el
tiempo fugitivo, el instante infinitamente
pequeño en el que las cosas están a punto de
dejar de ser para volverse otras. El David
vive un tiempo único e indivisible que
inexorablemente lo lleva al borde de un umbral
que jamás será atravesado. Vive la intensidad
de un determinado instante en el que el antes y
el después quedan en las penumbras. Habita el
entretanto. Y en esa extrema fugacidad
relampaguea la eternidad.
En
su afán por reproducir la realidad, Bernini
intenta bucear en todas las formas posibles de
ella, todas las posiciones del hombre frente al
mundo, frente a ese infinito que se le había
puesto delante, y frente a él mismo. Su arte
figurativo cruza los umbrales del mundo real y se
interna en lo no real, en el misterio, en el
enigma, en lo que se escapa. Bernini no conoce
límites ni opuestos. En sus manos cobra vida el
mármol así como se eterniza el instante
fugitivo; el amor carnal proyecta el amor divino
y la voluptuosa agonía (Santa Teresa o la Beata
Ludovica Albertoni) promete la redención
celestial. El cuerpo humano, deseante y deseado,
se ubica en el corazón mismo de la escena
religiosa católica -cuna de pecados, sitio
históricamente negado, repudiado, mortificado,
el cuerpo es desde Sócrates el bajo fondo de un
mundo superior-. Y si erotiza los asuntos
religiosos también los coloca en un plano
ambiguo. Bernini sabe que las cosas tienden al
anquilosamiento, a la sedimentación. Sabe
también que la única forma de conjurar ese
peligro es a través del movimiento. Cuando lleva
el proceso de persuasión católica a sus
límites (erotismo y ficción se enfrentaban
seriamente a ciento sesenta años de castidad y
dogma), salta al vacío para desde allí crear su
propia obra. Pero este salto no es aquel salto
condenado de su admirado Miguel Angel; no es un
salto frente a la imposibilidad de llegar a una
idea suprema. Bernini cae a un vacio sin fondo ni
fin. Es un movimiento puro, primordial, que le
garantiza la multiplicidad de recorridos. En la
fusión de arte y vida; dolor y placer;
carnalidad y espiritualidad; eternidad y
fugacidad, sus obras se abren a aquello que, en
la realidad, resulta inasible.
Inasible
es el instante fugitivo, inasible es el momento
del cambio, innombrable es el cuerpo que habla
del polvo rebosando salud. Desde ese espacio
imposible de ver, de pensar, de nombrar, instaura
una zona de indecisión cuya resolución en un
Dios único y último es, por lo menos, precaria.
En la mayoría de sus obras, este elemento es
absorbido por el mismo movimiento de fuga que
realizan los otros: la luz misteriosa y redentora
que insinúa lo absoluto se mueve en la
ambigüedad del claro oscuro. Y algo nos murmura
que allí tampoco está todo dicho.
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Zenda
Liendivit es arquitecta y escritora. Ha
publicado: "Contratiempo o los vaivenes
de la pasión" (Relatos-Ed.El
Faro,1997); "Zona de paso"
(Novela-Ed.Simurg, 2000); "El
Umbral" (relato de Ciencia
Ficción-Fundación El Libro,1996)
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Portada Revista Contratiempo Nº 1
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