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/Arquitectura y Restauración

     

 

ARQUITECTURA
El lenguaje de los muros
NORBERTO LEVINTON
guazu@fibertel.com.ar

Introducción

El templo de San Ignacio Miní se estaba construyendo en 1678. Es decir que su fábrica correspondió a una época temprana en lo que respecta a los muros de piedra y las estructuras de madera. Seguramente, su aspecto exterior no sería muy disímil del conocido dibujo de la Iglesia de Candelaria (construido en 1675).

Desde1722 a 1725 el Hermano Coadjutor Joseph Bresanelli, nombrado responsable de la obra, encaró una reforma que le agregó al templo una media naranja de madera. Las mejores tallas de piedra existentes en las ruinas fueron producidas por Brazanelli, de grandes condiciones como escultor, y por los indios de la reducción guiados por él.

Esta ponencia, tiene por objeto de análisis  la situación actual de los muros de piedra como identidad propia de un estado particular llamado “ruina”. Con esta denominación, queremos explicitar que los muros “hoy hablan de manera diferente” al discurso o entidad que tenían cuando el templo fue construido o reformado. Cuando estaba el edificio completo los muros funcionaron en conjunto y se equilibraron al actuar como una caja muraria. Eran muros de simple cerramiento y no actuaban como estructura de sostén de la cubierta. Al ser destruido y especialmente al ser incendiado, la estructura de madera independiente se perdió. Pero fundamentalmente todo el edificio perdió su entidad como tal por la falta de cubierta siendo descalzados los muros por los pobladores de los alrededores.

La ”ruina” adquirió sus propias reglas de funcionamiento estructural.
La hipótesis de este trabajo es que la metodología de restauración más adecuada no es alterar “el lenguaje de los muros de la ruina” para que hoy puedan autosustentarse. La alternativa que entendemos como la más adecuada, como ya hemos planteado en otro trabajo, es completar la caja muraria distinguiendo el límite, según hemos visto en las intervenciones realizadas en Chiquitos, entre  lo original de la ruina con el complemento necesario. El tema es ¿cuál es el lenguaje murario de este complemento necesario? La idea que pretende sustentar este trabajo es que el complemento necesario debe ceñirse al mismo discurso de los muros de la ruina.

Para resolver la posible estructuración de estos muros, afirmamos que es necesario tener bien claro el método con que fueron construidos. En la época en que se construyó el templo los indios y los jesuitas no tenían las herramientas necesarias para fabricar los sillares de piedra. Por ello, es necesario estudiar profundamente la articulación mecánica de la piedra con la mezcla dispuesta en los intersticios. Asimismo, es necesario que esa mezcla sea complementada con los materiales modernos indispensables para que se pueda mantener a la intemperie, una situación no tenida en cuenta por los antiguos constructores.

El lenguaje de los muros

El sacerdote misionero Sánchez Labrador describió la calidad de los tipos de piedras utilizadas en las obras:

“(…) ¿Qué se ha de juzgar de aquellas piedras llamadas de los Guaraníes Itaquí e Itacurú?

Entre las piedras Itaquí hay mucha diversidad en colores y sustancias, bien que todas son areniscas, unas fútiles y muy blandas; otras muy duras y consistentes. Las primeras no son a propósito para edificios de importancia, como se experimentó en la Iglesia del Pueblo de la Trinidad en las Misiones de Guaraníes, cuya media naranja que estribaba sobre semejantes piedras, se vino a plomo una noche. Puédense sí emplear en fábricas humildes y de poca monta, dándole buen grueso a la pared y no excediendo su altura de veinte pies. Si hubiere de exceder, no será la obra segura si no se afianza sobre buenos pilares (horcones) de madera, que mantengan el peso del maderaje y del techo o tejado.

El Itaquí duro se emplea con seguridad en toda obra, y así se hace en las Iglesias en las Doctrinas de Guaraníes, especialmente en la de Jesús y en la de San Cosme y San Damián, y en otras fábricas. Sin embargo, por su gran frialdad, pueden ser nocivos en los edificios que se han de habitar.

Las piedras de Itacurú son también muy diferentes, pero todas se pueden reducir a tres cabezas o suertes: unas piedras Itacurús, están compuestas de un agregado de granillos duros y lisos, unos muy menudos, otros algo más gruesos como garbanzos, poco más o menos, todos chicos y grandes unidos entre sí con un poco de barro o tierra floja. Esta suerte de Itacurú para nada es usual, porque si se pone al agua, en deshaciéndose con ella el barro, que servía de unión a los granos, toda la piedra se deshace, y si se pone al sol o al aire, en evaporándose la humedad del barro, se resquebraja y cada granillo va por su parte. Aunque esté resguardada, como se seca la tierra, el mismo peso de la fábrica la destruye con la presión que los de arriba ejercitan sobre las inferiores.

Otras piedras Itacurús hay algo más sólidas y de granos muy gruesos. Al labrarlas muestran su interior, que parece compuesto de carboncillos. Son buenas para obras bajas y pequeñas, como algunas oficinas; también para cercados de Huertas poniéndoles buena borda. En obras mayores y de importancia hay riesgo de que las paredes se vicien y se abran, como ha sucedido más de una vez que se fabricaron con tales piedras.

La tercera suerte de Itacurú, es piedra de color comúnmente amarillo, aunque se halla también de algo castaño claro y de otros colores. En lo interior muestra más consistencia y tiene unos agujeritos u ojos pequeños, o con cavidades no hondas. Las uniones de estas cavidades son fuertes y entre sí bien trabadas. En algunas partes no se les conoce división alguna. Esta suerte de Itacurú es la más fuerte y se puede emplear en paredes cuya altura exceda poco veinte pies, dándole el grosor competente que según la regla común es la sexta parte de su altura. La obra queda segura, aunque no se le pongan pilares (horcones) y ni estos son necesarios, especialmente en obras que tienen paredes intermedias. (…) En cuanto al tiempo en que se debe cavar y sacarlas piedras de las canteras, convienen los autores que lo mejor es el verano y dejarlas a lo descubierto por dos años enteros, antes de merlas en obra ; si no es que la cantera esté muy conocida y experimentada; que en este caso bastará un año. Así se conocen bien las piedras, porque no todas son igualmente seguras, especialmente hay redondas, las cuales suelen encerrar en sus entrañas partes de materias podridas que los Arquitectos llaman apostemas, que van comunicándose como cáncer y dañando toda la piedra, la cual a su tiempo revienta. Otras tienen huecos y cavidades que no pueden aguantar el peso y finalmente arruinan el edificio”[i].

Por los dichos de este misionero, para conocer el comportamiento mecánico de las piedras había que dejarlas al descubierto por lo menos un año. Además, según el lugar donde había estado ubicada la piedra se habrían generado diversas condiciones para este comportamiento mecánico.

Por otra parte, las malas experiencias de los coadjutores misioneros, mencionadas por Sánchez Labrador, aconsejaban definir con precisión la época en que había sido construido el templo de San Ignacio Miní. La cuestión no era solamente el desconocimiento del comportamiento de las rocas sólo superado por los desplomes sino también la ausencia de herramientas especiales para los trabajos de cantería.

El tema fundamental para nosotros, entonces, era tomar conciencia de las condiciones técnicas de producción de esta obra. El hecho  de que pudimos determinar mediante el relevamiento de documentación histórica que la Iglesia había sido construida alrededor de 1678 fue útil para poder explicitar como había sido resuelta, con que medios, la construcción. Pero mucho más preciso, fue la documentación hallada sobre una evaluación estructural realizada sobre los muros del templo por un renombrado arquitecto de la época.

Una carta del Padre Cura de San Ignacio Miní, el Padre Andrés Fernández[ii], al Padre Visitador Contucci, del 25 de enero de 1763, le planteó algunas cuestiones del edificio[iii].

“(…) el otro punto es del Baptisterio. Vino el Hermano Antonio[iv], y habiendo visto la pared de la Iglesia resolvió que no era factible, sin algún peligro. Son piedras desiguales, puestas sin arte ni maestría y la piedra dura, como lo probó el Hermano con un pico,  y al romper la pared se ha de atormentar no sin riesgo. El único modo, que discurrió   el Hermano, era abrir la pared de arriba abajo; pero aun este le pareció arriesgado, pues los dientes o salidas de las piedras, que quedarían en la abertura, era necesario igualarlos cortando con la misma violencia, y es el mismo peligro y tormento para lo restante de la pared”.
Este documento aporta una información fundamental para cualquier tipo de intervención en la iglesia. Los muros, por su composición y construcción, apenas se soportaban a sí mismos.

El inestable estado del muro cualquiera podría haberlo intuido en la medida que este elemento arquitectónico, en la etapa de las misiones en que fue construido, era considerados como de simple cerramiento. El verdadero sistema estructural estaba conformado por pilares de madera que estaban insertos en una entrante dispuesta en el muro, pero que respondía a las solicitaciones en forma totalmente independiente del mismo.

De esta manera se puede afirmar que el constructor del templo de San Ignacio Miní pensó los muros como partes integrantes de una caja muraria y de ningún modo se preocupó por el funcionamiento independiente de cada tramo del mismo. Por eso mismo al Hermano Forcada, un constructor idóneo, le pareció una resolución temeraria hacer algún cambio sin pensar en agregar primero algún refuerzo importante en el adintelamiento para resolver la comunicación entre la Iglesia y el Baptisterio. El arquitecto aragonés estaba acostumbrado a cortar las piedras como si fueran grandes mampuestos y estas piedras se habían cortado a pico y martillo.

Estamos convencidos de que esta fue la última obra de Forcada (están sus restos en el presbiterio).Pero por lo dicho anteriormente se cuidó de introducir cualquier patología en el edificio respetando la continuidad del muro.

Casi dos siglos después, al encararse la restauración de las ruinas, Buschizzo propuso  en la CNMMLH que se solicite a la Dirección General de Arquitectura “(…) la inclusión en su plan de tabajos, de una partida de diez mil pesos para limpiar y recolocar piedras (…) estas obras de desmonte, apuntalamiento y recolocación pueden iniciarse de inmediato”[v].

Este arquitecto sustentó su pedido argumentando que “(…) el avanzado estado de destrucción y la falta de documentos imposibilitan una labor seria (…) quedan aun en el terreno infinidad de piedras talladas que podrían recolocarse, con lo que el conjunto recobraría parcialmente el grandioso aspecto que debió tener. Todo intento de reconstrucción que quisiera sobrepasar la simple conservación de las ruinas, estaría fatalmente destinado a caer en el dominio de la inventiva”[vi].

¿Qué fue lo más negativo de este discurso? Por un lado la utilización de las piedras caídas sin ningún estudio de las mismas. Por otro lado, la aseveración de que era imposible emplear algún tipo de metodología que pudiera pasar por una anastilosis como técnica de reintegración de las piezas halladas al muro.

Posteriormente, se contrató al Arquitecto Carlos Onetto, entre 1941 y 1948,  para la restauración de las ruinas.  Este profesional intervino en el templo y explicó que  

 “(…) las piedras de las paredes volcadas han sido seleccionadas separando las que tienen talla y ubicándolas ordenadamente en dirección a los lugares de donde se las extrajo, con miras a su posible recolocación”[vii]

El comentario era coherente con las normas internacionales sobre intervenciones en edificios patrimoniales pero, al leerlo me dejó un interrogante. Onetto, ¿sólo se dedicó a las  piedras talladas o también hizo el intento de reintegrar las piedras sin talla? Recuerde el amable lector de esta ponencia que se trataba de un templo cuyos muros tenían mayoría de piedras sin talla y que las piedras talladas, correspondían al trabajo del Coadjutor Brezanelli realizado 40 años después de la construcción del templo.

El mismo Onetto dice que

“(…) en San Ignacio se han empleado dos tipos de piedra de la región: la tacurú, conglomerado sumamente poroso que no admite talla, y la arenisca rojo-amarillenta de poca dureza y fácil de trabajar. Esta última ha sido usada en la construcción de la iglesia cuya fachada principal esta profusamente decorada”.

Propongamos la hipótesis de que Onetto sólo hizo una experiencia parcial de anastilosis de las piedras con alguna talla. Esta posible acción se torna más verídica cuando leemos del mismo autor sobre las piedras

“(…) el empleo que se ha hecho de este material es un tanto primitivo pues no se ha observado la más elemental norma para la construcción en mampostería, que exige la conveniente trabazón de sus piezas. Las coincidencias de juntas son numerosas y a ello se debe en gran parte –aunque también al sistema constructivo- los derrumbamientos y desplomes”.

Esta caracterización, que se relaciona con la parte sin tallar, plantea una verdadera descripción de lo que encontró este arquitecto cuando empezó la restauración. Es decir, que la fragilidad de los muros pudo haber creado las condiciones para que el lenguaje de la ruina tuviera una identidad ajena al edificio del siglo XVII.
Después de la intervención de Onetto pasó un largo tiempo sin producirse prácticamente ningún tipo de resguardo, llámese mantenimiento, importante.

En 1971 hubo un desplome en un sector de las paredes laterales de la iglesia. El informe es revelador, dice que

“(…) debido al gran fraccionamiento de las piedras, sobre el lado del desplome, se lograría sólo la obtención del 40% del material para reubicar”[viii].

Es decir, si tomamos este suceso como una comprobación de lo ocurrido históricamente con los desplomes de los muros en la gran mayoría de los sectores concluimos que fue imposible implementar una verdadera anastilosis.

Pero pasemos a otra hipótesis que proviene de leer atentamente el informe sobre tipos de piedras del jesuita Sánchez Labrador. Me refiero a la cuestión de que para conocer el comportamiento mecánico de una piedra, distinguir de que tipo de material se trataba, había que estudiarla dejándola a la vista por lo menos un año. La idea hipotética al respecto sería que hubo cierta confusión y que las piedras fueron reubicadas sin respetar la situación original.. Al respecto, un informe de 1988 expresa que las piedras areniscas e itacurú

“(…) presentan fisuras y muestras evidentes de  desgastes”[ix].

El autor lo atribuye a efectos de erosión. Algo similar ocurre con otro informe posterior que, en este caso, le tira la culpa a las “grandes lluvias”.

“(…) esta zona ha sido afectada por grandes lluvias lo que ocasionó un gradual aceleramiento en el proceso de resquebrajamiento de las paredes más altas como son las del templo jesuítico”[x].

¿En vez de la lluvia y el viento pudo haber incidido la ubicación errónea?
La falta de verdadero conocimiento de lo que le pasaba a las piedras continuo parsimoniosamente hasta que en 1996 se produjo la visita de un experto español quien atribuyó los problemas de los muros a la falta de material intersticial. Después de 233 años volvíamos a contar con el reconocimiento del lenguaje de las piedras. El especialista explica

“(…) la resistencia mecánica es, en general, muy baja, sobre todo a la flexión y tracción, tal como se deduce de la frecuente fragmentación de sillares por microasientos diferenciales”.

Considera que esto sucede debido a que

“(…) la pérdida de argamasa entre sillares es casi completa”.

Más claramente,

“(…) la desaparición de esta capa plástica que acolcha y acomoda las piezas provoca la concentración de esfuerzos en pequeñas superficies. La baja resistencia mecánica de la roca lleva a la relajación de las tensiones por fracturación de la pieza”.

Es decir, que sí era importante la ubicación de cada piedra y que evidentemente al reconstruir el muro no se habían recuperado de ninguna manera las condiciones del siglo XVIII. Pensamos que al quitarse la maleza de las juntas también se retiró gran parte de la argamasa.

El propio Onetto había afirmado que

 “(…) todos los edificios fueron construídos con muros de piedras asentadas en barro”.

Esto, como veremos, fue una cuestión atendida por Onetto, pero eso no alcanzó a resolver el problema.
Esto lo sabemos porque en otro estudio posterior se dictamina que

“(…) Se observan dos zonas parcialmente diferenciales:

-La inferior, que es la original, presenta una conformación de mampuestos de caras paralelas y alisadas con poca argamasa de asiento y poco porcentaje de cuñas entre sus piedras.

-La superior, en cambio, muestra una anastilosis resuelta con criterio distinto al antes mencionado, con mampuestos de caras no paralelas y superficies de contacto no alisadas, por lo que, para su montaje, se requirió mayor cantidad de cuñas y argamasa”[xi].

Evidentemente, en lo que pareciera es original había un lenguaje de las piedras y en lo que había sido compuesto por anastilosis había otro.
Pero además, este último informe certifica la complejidad que subyacía en la restauración del templo de San Ignacio Miní. Agrega que

“(…) en la parte inferior del muro, donde no se ha realizado anastilosis, se observó un comportamiento distinto entre las piedras pertenecientes a la cara interior y las pertenecientes a la cara exterior del Templo Mayor”.

El autor, por sus dichos en estas últimas frases, sin saberlo puso en valor las diferencias existentes en la construcción de 1678 con respecto a la reforma, cuando intervino el escultor Brezanelli, en el período 1722-1725.

Para la misma época, entraba en acción el Ingeniero Cardoni[xii] como restaurador de los muros del templo. Las hipótesis planteadas por este profesional fueron coherentes con la resolución final del sector murario donde intervino. Desde su punto de vista el muro había actuado históricamente como una unidad con coherencia estructural. Algo totalmente erróneo porque el muro, como lo hemos demostrado citando el veredicto del Coadjutor Arquitecto Antonio Forcada de 1763, nunca actuó de esa manera. Desde la época jesuítica estaba en peligro de desplome por la irregularidad de las piezas, la falta de sincronización de las juntas y la utilización de una argamasa de carácter orgánico y por lo tanto perecible.

Cardoni se equivocó porque no entendió el lenguaje del muro. En su propuesta dice que

“(…) desde su estado original, de muro compacto, trabajando a compresión centrada y con buena ligazón entre piezas, y lo que hoy se observa, un muro conformado por piedras sobre piedras”.

Por eso la solución era aplicar una tecnología de similares características que las del Acueducto de Segovia:

“(…) de esa forma, se estabilizarán las piedras, se estabilizarán los muros, dejándolos trabajar nuevamente como un conjunto”.

Su intervención puede distinguirse rápidamente cuando se recorre el templo. El sector de muro, lamentablemente,  parece una construcción de ladrillo a la vista armado.
El siguiente ejecutor contratado por la CNMMLH fue el Arquitecto Marcelo L. Madagán, representante de una entidad norteamericana llamada World Monuments Fund.

Su intervención en el muro del lateral opuesto incluyó el portal de las Sirenas. El concepto fundamental para la implementación del trabajo puede sintetizarse en las siguientes consideraciones:

“(…)A efectos de definir los criterios de intervención a adoptar, fue necesario indagar si habría de trabajarse sobre muros jesuíticos o si estos eran producto de la intervención realizada por Onetto en la década de 1940. A partir de la información histórica disponible se precisó que gran parte del muro este de la nave, jambas del portal incluidos, son originales. No así el dintel del portal, del que sólo se conservaba la placa decorada (…) lo que resulta claro –los documentos fotográficos son contundentes- es que el muro y las vigas del dintel propiamente dicho son el resultado de la obra de Onetto. La excepción la constituye la placa decorada y las jambas del portal que si son originales. Ahora bien, en la discusión del criterio a adoptar se tuvieron en cuenta los siguientes factores:

-No se tenían datos de cómo estaba constituido originalmente el portal, ni registros documentales de la situación encontrada por Onetto.

-La intervención de Onetto da cuenta de un modo de abordar la conservación de sitios en el país y en la región en un momento histórico dado (los cuarentas).

-No se tenían indicios que dieran cuenta de que Onetto no hubiera respetado las evidencias encontradas al momento de intervenir.

En consecuencia, teniendo en cuenta la autenticidad e integridad de la obra, se optó por respetar:

-Lo original, en todo aquello que, de acuerdo a la documentación de que disponíamos, había en la estructura de la época jesuítico-guaraní.

-Y la obra de Onetto, en cuanto a los elementos “aportados” en su intervención”[xiii].

Primeramente, es evidente que Madagán lo único que consideró fue la obra de Onetto. ¿Por qué decimos que es evidente? En el Informe Final, del cual se extrajeron los textos mencionados, no hay ninguna documentación del siglo XVII. Tampoco Madagán pudo realmente aseverar que era lo realmente “original” refiriéndose al estado en que recibió los muros. El mismo afirma que no había registros fotográficos de cómo Onetto encontró los muros.

O sea, que Madagán simplemente se basó en lo que encontró.
La pregunta es ¿era posible aplicar un criterio diferente de intervención?
Mi idea es que esto era posible en la medida que se investigara profundamente la documentación de la época jesuítica, se buscaran todos los registros fotográficos posibles del estado de los muros anterior a la intervención de Onetto y finalmente se revisarán todos los informes técnicos realizados desde la década del treinta hasta ahora.

Conclusiones

La CNMMLH tiene una grave y pesada responsabilidad en sus manos. Tenemos la esperanza que en algún momento la dirijan profesionales realmente comprometidos con el resguardo del patrimonio.

Los resultados de las intervenciones realizadas hasta ahora en San Ignacio Miní revelan la inexistencia de investigaciones históricas (de archivo e historiográficas) lo suficientemente importantes como para sustentar los criterios de intervención. La decodificación del lenguaje de las piedras todavía es una tarea inacabada.

Un avance ha sido la concreción de un archivo específico de todo lo implementado con las ruinas.  Este material, organizado por quien les habla, constituye una verdadera memoria de todo lo que se hizo, bien o mal, y deberá ser tenido en cuenta para cualquier realización con cierta seriedad.


[i] Sánchez Labrador, Joseph. El Paraguay Natural., 1772. En Furlong, Guillermo. Artesanos Argentinos bajo la dominación Hispánica. Buenos Aires, Huarpes, 1946, págs. 233 a 236.
[ii] AGNA, Sala IX, 6-10-6. Compañía de Jesús.
[iii]El documento fue mencionado por el Arquitecto Onetto. Onetto, Carlos Luis. San Ignacio Miní, un testimonio que debe perdurar. Buenos Aires, Dirección Nacional de Arquitectura, 1999, pág. 68
[iv] Hermano Coadjutor Arquitecto Antonio Forcada. Nació en Nuez del Ebro, Zaragoza, España; el 22 de marzo de 1701. Hasta 1744 trabajó en varias obras importantes de los jesuitas de Aragón como las iglesias de Calatayud, Alagón y Tarazona. En la Provincia del Paraguay hizo el proyecto para el Colegio de Montevideo, intervino en el Colegio de Santa Fe, en el Colegio Máximo y en las estancias de Alta Gracia, Jesús María y Santa Catalina de Córdoba, en el templo para el Colegio de Corrientes y en las Iglesias y Colegios de San Cosme y San Damián y Jesús del Tavarangue.  Falleció en San Ignacio Miní el 30 de junio de 1767. Allí descansan sus restos.
[v] Buschizzo, Mario J. Nota al Presidente de la CNMMLH. 20 de septiembre de 1938.
[vi] Buschiazzo, Mario J. Nota al Presidente de la CNMMLH. 24 de abril de 1939.
[vii] Onetto, Carlos Luis. Las ruinas de San Ignacio Miní. En Revista de Arquitectura. Año XXIX, N° 283, Julio de 1944, págs. 315 y 316.
[viii] Informe del Arquitecto Miguel F. Villar, Jefe del Distrito Noreste. Corrientes, 12 de noviembre de 1971.Visado en la Oficina Técnica de la CNMMLH, por los arquitectos Jorge J. B. López y Ricardo J. Conord,  y presentado al Presidente de la institución Leonidas de Vedia el 26 de enero de 1972.
[ix] Informe del Arquitecto Francisco Eduardo Meza, Director del Distrito Noreste, a Secretaria General de la CNMMLH Arquitecta Marisa Orueta. 15 de septiembre de 1988.
[x] Carta de Mario Martínez, Encargado de las Ruinas Jesuíticas de San Ignacio, a la Arquitecta Marisa Orueta, Secretaria General de la CNMMLH. 10 de octubre de 1990.
[xi] Instituto del Cemento Pórtland Argentino. 29 de octubre de 1998. Templo/ Muro Piloto/ Estudio de Fisuras.
[xii] Cardoni, Juan María. Informe técnico-Rescate estructural San Ignacio y varios. 28 de febrero de 1997.
[xiii] World Monuments Found. Misión Jesuítico-Guaraní de San Ignacio Miní. Restauración del Portal Lateral Este del Templo. Informe Final. Febrero de 2005, pág. 11.

 

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