ARQUITECTURA
El lenguaje de los muros
NORBERTO LEVINTON
guazu@fibertel.com.ar

Introducción
El
templo de San Ignacio Miní se estaba
construyendo en 1678. Es decir que su fábrica
correspondió a una época temprana en lo que
respecta a los muros de piedra y las
estructuras de madera. Seguramente, su aspecto
exterior no sería muy disímil del conocido
dibujo de la Iglesia de Candelaria (construido
en 1675).
Desde1722 a 1725 el Hermano Coadjutor Joseph
Bresanelli, nombrado responsable de la obra,
encaró una reforma que le agregó al templo una
media naranja de madera. Las mejores tallas de
piedra existentes en las ruinas fueron
producidas por Brazanelli, de grandes
condiciones como escultor, y por los indios de
la reducción guiados por él.
Esta ponencia, tiene por objeto de análisis
la situación actual de los muros de piedra
como identidad propia de un estado particular
llamado “ruina”. Con esta denominación,
queremos explicitar que los muros “hoy hablan
de manera diferente” al discurso o entidad que
tenían cuando el templo fue construido
o reformado. Cuando estaba el edificio
completo los muros funcionaron en conjunto y
se equilibraron al actuar como una caja
muraria. Eran muros de simple cerramiento y no
actuaban como estructura de sostén de la
cubierta. Al ser destruido
y especialmente al ser incendiado, la
estructura de madera independiente se perdió.
Pero fundamentalmente todo el edificio perdió
su entidad como tal por la falta de cubierta
siendo descalzados los muros por los
pobladores de los alrededores.
La
”ruina” adquirió sus propias reglas de
funcionamiento estructural.
La hipótesis de este trabajo es que la
metodología de restauración más adecuada no es
alterar “el lenguaje de los muros de la ruina”
para que hoy puedan autosustentarse. La
alternativa que entendemos como la más
adecuada, como ya hemos planteado en otro
trabajo, es completar la caja muraria
distinguiendo el límite, según hemos visto en
las intervenciones realizadas en Chiquitos,
entre lo original de la ruina con el
complemento necesario. El tema es ¿cuál es el
lenguaje murario de este complemento
necesario? La idea que pretende sustentar este
trabajo es que el complemento necesario debe
ceñirse al mismo discurso de los muros de la
ruina.
Para resolver la posible estructuración de
estos muros, afirmamos que es necesario tener
bien claro el método con que fueron construidos.
En la época en que se construyó el templo los
indios y los jesuitas no tenían las
herramientas necesarias para fabricar los
sillares de piedra. Por ello, es necesario
estudiar profundamente la articulación
mecánica de la piedra con la mezcla dispuesta
en los intersticios. Asimismo, es necesario
que esa mezcla sea complementada con los
materiales modernos indispensables para que se
pueda mantener a la intemperie, una situación
no tenida en cuenta por los antiguos
constructores.
El lenguaje de los muros
El
sacerdote misionero Sánchez Labrador describió
la calidad de los tipos de piedras utilizadas
en las obras:
“(…) ¿Qué se ha de juzgar de aquellas piedras
llamadas de los Guaraníes Itaquí e Itacurú?
Entre las piedras Itaquí hay mucha diversidad
en colores y sustancias, bien que todas son
areniscas, unas fútiles y muy blandas; otras
muy duras y consistentes. Las primeras no son
a propósito para edificios de importancia,
como se experimentó en la Iglesia del Pueblo
de la Trinidad en las Misiones de Guaraníes,
cuya media naranja que estribaba sobre
semejantes piedras, se vino a plomo una noche.
Puédense sí emplear en fábricas humildes y de
poca monta, dándole buen grueso a la pared y
no excediendo su altura de veinte pies. Si
hubiere de exceder, no será la obra segura si
no se afianza sobre buenos pilares (horcones)
de madera, que mantengan el peso del maderaje
y del techo o tejado.
El
Itaquí duro se emplea con seguridad en toda
obra, y así se hace en las Iglesias en las
Doctrinas de Guaraníes, especialmente en la de
Jesús y en la de San Cosme y San Damián, y en
otras fábricas. Sin embargo, por su gran
frialdad, pueden ser nocivos en los edificios
que se han de habitar.
Las
piedras de Itacurú son también muy diferentes,
pero todas se pueden reducir a tres cabezas o
suertes: unas piedras Itacurús, están
compuestas de un agregado de granillos duros y
lisos, unos muy menudos, otros algo más
gruesos como garbanzos, poco más o menos,
todos chicos y grandes unidos entre sí con un
poco de barro o tierra floja. Esta suerte de
Itacurú para nada es usual, porque si se pone
al agua, en deshaciéndose con ella el barro,
que servía de unión a los granos, toda la
piedra se deshace, y si se pone al sol o al
aire, en evaporándose la humedad del barro, se
resquebraja y cada granillo va por su parte.
Aunque esté resguardada, como se seca la
tierra, el mismo peso de la fábrica la
destruye con la presión que los de arriba
ejercitan sobre las inferiores.
Otras piedras Itacurús hay algo más sólidas y
de granos muy gruesos. Al labrarlas muestran
su interior, que parece compuesto de
carboncillos. Son buenas para obras bajas y
pequeñas, como algunas oficinas; también para
cercados de Huertas poniéndoles buena borda.
En obras mayores y de importancia hay riesgo
de que las paredes se vicien y se abran, como
ha sucedido más de una vez que se fabricaron
con tales piedras.
La tercera
suerte de Itacurú, es piedra de color
comúnmente amarillo, aunque se halla también
de algo castaño claro y de otros colores. En
lo interior muestra más consistencia y tiene
unos agujeritos u ojos pequeños, o con
cavidades no hondas. Las uniones de estas
cavidades son fuertes y entre sí bien
trabadas. En algunas partes no se les conoce
división alguna. Esta suerte de Itacurú es la
más fuerte y se puede emplear en paredes cuya
altura exceda poco veinte pies, dándole el
grosor competente que según la regla común es
la sexta parte de su altura. La obra queda
segura, aunque no se le pongan pilares
(horcones) y ni estos son necesarios,
especialmente en obras que tienen paredes
intermedias. (…) En cuanto al tiempo en que se
debe cavar y sacarlas piedras de las canteras,
convienen los autores que lo mejor es el
verano y dejarlas a lo descubierto por dos
años enteros, antes de merlas en obra ; si no
es que la cantera esté muy conocida y
experimentada; que en este caso bastará un
año. Así se conocen bien las piedras, porque
no todas son igualmente seguras, especialmente
hay redondas, las cuales suelen encerrar en
sus entrañas partes de materias podridas que
los Arquitectos llaman apostemas, que van
comunicándose como cáncer y dañando toda la
piedra, la cual a su tiempo revienta. Otras
tienen huecos y cavidades que no pueden
aguantar el peso y finalmente arruinan el
edificio”[i].
Por
los dichos de este misionero, para conocer el
comportamiento mecánico de las piedras había
que dejarlas al descubierto por lo menos un
año. Además, según el lugar donde había estado
ubicada la piedra se habrían generado diversas
condiciones para este comportamiento mecánico.
Por
otra parte, las malas experiencias de los
coadjutores misioneros, mencionadas por
Sánchez Labrador, aconsejaban definir con
precisión la época en que había sido construido
el templo de San Ignacio Miní. La cuestión no
era solamente el desconocimiento del
comportamiento de las rocas sólo superado por
los desplomes sino también la ausencia de
herramientas especiales para los trabajos de
cantería.
El
tema fundamental para nosotros, entonces, era
tomar conciencia de las condiciones técnicas
de producción de esta obra. El hecho de que
pudimos determinar mediante el relevamiento de
documentación histórica que la Iglesia había
sido construida
alrededor de 1678 fue útil para poder
explicitar como había sido resuelta, con que
medios, la construcción. Pero mucho más
preciso, fue la documentación hallada sobre
una evaluación estructural realizada sobre los
muros del templo por un renombrado arquitecto
de la época.
Una carta
del Padre Cura de San Ignacio Miní, el Padre
Andrés Fernández[ii],
al Padre Visitador Contucci, del 25 de enero
de 1763, le planteó algunas cuestiones del
edificio[iii].
“(…) el
otro punto es del Baptisterio. Vino el Hermano
Antonio[iv],
y habiendo visto la pared de la Iglesia
resolvió que no era factible, sin algún
peligro. Son piedras desiguales, puestas sin
arte ni maestría y la piedra dura, como lo
probó el Hermano con un pico, y al romper la
pared se ha de atormentar no sin riesgo. El
único modo, que discurrió el Hermano, era
abrir la pared de arriba abajo; pero aun este
le pareció arriesgado, pues los dientes o
salidas de las piedras, que quedarían en la
abertura, era necesario igualarlos cortando
con la misma violencia, y es el mismo peligro
y tormento para lo restante de la pared”.
Este
documento aporta una información fundamental
para cualquier tipo de intervención en la
iglesia. Los muros, por su composición y
construcción, apenas se soportaban a sí
mismos.
El
inestable estado del muro cualquiera podría
haberlo intuido en la medida que este elemento
arquitectónico, en la etapa de las misiones en
que fue construido,
era considerados como de simple cerramiento.
El verdadero sistema estructural estaba
conformado por pilares de madera que estaban
insertos en una entrante dispuesta en el muro,
pero que respondía a las solicitaciones en
forma totalmente independiente del mismo.
De
esta manera se puede afirmar que el
constructor del templo de San Ignacio Miní
pensó los muros como partes integrantes de una
caja muraria y de ningún modo se preocupó por
el funcionamiento independiente de cada tramo
del mismo. Por eso mismo al Hermano Forcada,
un constructor idóneo, le pareció una
resolución temeraria hacer algún cambio sin
pensar en agregar primero algún refuerzo
importante en el adintelamiento para resolver
la comunicación entre la Iglesia y el
Baptisterio. El arquitecto aragonés estaba
acostumbrado a cortar las piedras como si
fueran grandes mampuestos y estas piedras se
habían cortado a pico y martillo.
Estamos convencidos de que esta fue la última
obra de Forcada (están sus restos en el
presbiterio).Pero por lo dicho anteriormente
se cuidó de introducir cualquier patología en
el edificio respetando la continuidad del
muro.
Casi dos
siglos después, al encararse la restauración
de las ruinas, Buschizzo propuso en la CNMMLH
que se solicite a la Dirección General de
Arquitectura “(…) la inclusión en su plan de
tabajos, de una partida de diez mil pesos para
limpiar y recolocar piedras (…) estas obras de
desmonte, apuntalamiento y recolocación pueden
iniciarse de inmediato”[v].
Este
arquitecto sustentó su pedido argumentando que
“(…) el avanzado estado de destrucción y la
falta de documentos imposibilitan una labor
seria (…) quedan aun en el terreno infinidad
de piedras talladas que podrían recolocarse,
con lo que el conjunto recobraría parcialmente
el grandioso aspecto que debió tener. Todo
intento de reconstrucción que quisiera
sobrepasar la simple conservación de las
ruinas, estaría fatalmente destinado a caer en
el dominio de la inventiva”[vi].
¿Qué
fue lo más negativo de este discurso? Por un
lado la utilización de las piedras caídas sin
ningún estudio de las mismas. Por otro lado,
la aseveración de que era imposible emplear
algún tipo de metodología que pudiera pasar
por una anastilosis como técnica de
reintegración de las piezas halladas al muro.
Posteriormente, se contrató al Arquitecto
Carlos Onetto, entre 1941 y 1948, para la
restauración de las ruinas.
Este
profesional intervino en el templo y explicó
que
“(…) las
piedras de las paredes volcadas han sido
seleccionadas separando las que tienen talla y
ubicándolas ordenadamente en dirección a los
lugares de donde se las extrajo, con miras a
su posible recolocación”[vii]
El
comentario era coherente con las normas
internacionales sobre intervenciones en
edificios patrimoniales pero, al leerlo me
dejó un interrogante. Onetto, ¿sólo se dedicó
a las piedras talladas o también hizo el
intento de reintegrar las piedras sin talla?
Recuerde el amable lector de esta ponencia que
se trataba de un templo cuyos muros tenían
mayoría de piedras sin talla y que las piedras
talladas, correspondían al trabajo del
Coadjutor Brezanelli realizado 40 años después
de la construcción del templo.
El
mismo Onetto dice que
“(…) en San Ignacio se han empleado dos tipos
de piedra de la región: la tacurú,
conglomerado sumamente poroso que no admite
talla, y la arenisca rojo-amarillenta de poca
dureza y fácil de trabajar. Esta última ha
sido usada en la construcción de la iglesia
cuya fachada principal esta profusamente
decorada”.
Propongamos la hipótesis de que Onetto sólo
hizo una experiencia parcial de anastilosis de
las piedras con alguna talla. Esta posible
acción se torna más verídica cuando leemos del
mismo autor sobre las piedras
“(…) el empleo que se ha hecho de este
material es un tanto primitivo pues no se
ha observado la más elemental norma para
la construcción en mampostería, que exige
la conveniente trabazón de sus piezas. Las
coincidencias de juntas son numerosas y a
ello se debe en gran parte –aunque también
al sistema constructivo- los
derrumbamientos y desplomes”.
Esta caracterización, que se relaciona con la
parte sin tallar, plantea una verdadera
descripción de lo que encontró este arquitecto
cuando empezó la restauración. Es decir, que
la fragilidad de los muros pudo haber creado
las condiciones para que el lenguaje de la
ruina tuviera una identidad ajena al edificio
del siglo XVII.
Después de la intervención de Onetto pasó un
largo tiempo sin producirse prácticamente
ningún tipo de resguardo, llámese
mantenimiento, importante.
En
1971 hubo un desplome en un sector de las
paredes laterales de la iglesia. El informe es
revelador, dice que
“(…) debido
al gran fraccionamiento de las piedras, sobre
el lado del desplome, se lograría sólo la
obtención del 40% del material para reubicar”[viii].
Es
decir, si tomamos este suceso como una
comprobación de lo ocurrido históricamente con
los desplomes de los muros en la gran mayoría
de los sectores concluimos que fue imposible
implementar una verdadera anastilosis.
Pero pasemos a otra hipótesis que proviene de
leer atentamente el informe sobre tipos de
piedras del jesuita Sánchez Labrador. Me
refiero a la cuestión de que para conocer el
comportamiento mecánico de una piedra,
distinguir de que tipo de material se trataba,
había que estudiarla dejándola a la vista por
lo menos un año. La idea hipotética al
respecto sería que hubo cierta confusión y que
las piedras fueron reubicadas sin respetar la
situación original.. Al respecto, un informe
de 1988 expresa que las piedras areniscas e
itacurú
“(…)
presentan fisuras y muestras evidentes de
desgastes”[ix].
El
autor lo atribuye a efectos de erosión. Algo
similar ocurre con otro informe posterior que,
en este caso, le tira la culpa a las “grandes
lluvias”.
“(…) esta
zona ha sido afectada por grandes lluvias lo
que ocasionó un gradual aceleramiento en el
proceso de resquebrajamiento de las paredes
más altas como son las del templo jesuítico”[x].
¿En
vez de la lluvia y el viento pudo haber
incidido la ubicación errónea?
La
falta de verdadero conocimiento de lo que le
pasaba a las piedras continuo
parsimoniosamente hasta que en 1996 se produjo
la visita de un experto español quien atribuyó
los problemas de los muros a la falta de
material intersticial. Después de 233 años
volvíamos a contar con el reconocimiento del
lenguaje de las piedras. El especialista
explica
“(…) la resistencia mecánica es, en general,
muy baja, sobre todo a la flexión y tracción,
tal como se deduce de la frecuente
fragmentación de sillares por microasientos
diferenciales”.
Considera que esto sucede debido a que
“(…) la pérdida de argamasa entre sillares es
casi completa”.
Más
claramente,
“(…) la desaparición de esta capa plástica que
acolcha y acomoda las piezas provoca la
concentración de esfuerzos en pequeñas
superficies. La baja resistencia mecánica de
la roca lleva a la relajación de las tensiones
por fracturación de la pieza”.
Es
decir, que sí era importante la ubicación de
cada piedra y que evidentemente al reconstruir
el muro no se habían recuperado de ninguna
manera las condiciones del siglo XVIII.
Pensamos que al quitarse la maleza de las
juntas también se retiró gran parte de la
argamasa.
El
propio Onetto había afirmado que
“(…) todos los edificios fueron construídos
con muros de piedras asentadas en barro”.
Esto, como veremos, fue una cuestión atendida
por Onetto, pero eso no alcanzó a resolver el
problema.
Esto lo sabemos porque en otro estudio
posterior se dictamina que
“(…) Se observan dos zonas parcialmente
diferenciales:
-La
inferior, que es la original, presenta una
conformación de mampuestos de caras paralelas
y alisadas con poca argamasa de asiento y poco
porcentaje de cuñas entre sus piedras.
-La
superior, en cambio, muestra una anastilosis
resuelta con criterio distinto al antes
mencionado, con mampuestos de caras no
paralelas y superficies de contacto no
alisadas, por lo que, para su montaje, se
requirió mayor cantidad de cuñas y argamasa”[xi].
Evidentemente, en lo que pareciera es original
había un lenguaje de las piedras y en lo que
había sido compuesto por anastilosis había
otro.
Pero además, este último informe certifica la
complejidad que subyacía en la restauración
del templo de San Ignacio Miní. Agrega que
“(…) en la parte inferior del muro, donde no
se ha realizado anastilosis, se observó un
comportamiento distinto entre las piedras
pertenecientes a la cara interior y las
pertenecientes a la cara exterior del Templo
Mayor”.
El
autor, por sus dichos en estas últimas frases,
sin saberlo puso en valor las diferencias
existentes en la construcción de 1678 con
respecto a la reforma, cuando intervino el
escultor Brezanelli, en el período 1722-1725.
Para la
misma época, entraba en acción el Ingeniero
Cardoni[xii]
como restaurador de los muros del templo. Las
hipótesis planteadas por este profesional
fueron coherentes con la resolución final del
sector murario donde intervino. Desde su punto
de vista el muro había actuado históricamente
como una unidad con coherencia estructural.
Algo totalmente erróneo porque el muro, como
lo hemos demostrado citando el veredicto del
Coadjutor Arquitecto Antonio Forcada de 1763,
nunca actuó de esa manera. Desde la época
jesuítica estaba en peligro de desplome por la
irregularidad de las piezas, la falta de
sincronización de las juntas y la utilización
de una argamasa de carácter orgánico y por lo
tanto perecible.
Cardoni se equivocó porque no entendió el
lenguaje del muro. En su propuesta dice que
“(…) desde su estado original, de muro
compacto, trabajando a compresión centrada y
con buena ligazón entre piezas, y lo que hoy
se observa, un muro conformado por piedras
sobre piedras”.
Por
eso la solución era aplicar una tecnología de
similares características que las del
Acueducto de Segovia:
“(…) de esa forma, se estabilizarán las
piedras, se estabilizarán los muros,
dejándolos trabajar nuevamente como un
conjunto”.
Su
intervención puede distinguirse rápidamente
cuando se recorre el templo. El sector de
muro, lamentablemente, parece una
construcción de ladrillo a la vista armado.
El
siguiente ejecutor contratado por la CNMMLH
fue el Arquitecto Marcelo L. Madagán,
representante de una entidad norteamericana
llamada World Monuments Fund.
Su
intervención en el muro del lateral opuesto
incluyó el portal de las Sirenas. El concepto
fundamental para la implementación del trabajo
puede sintetizarse en las siguientes
consideraciones:
“(…)A efectos de definir los criterios de
intervención a adoptar, fue necesario indagar
si habría de trabajarse sobre muros jesuíticos
o si estos eran producto de la intervención
realizada por Onetto en la década de 1940. A
partir de la información histórica disponible
se precisó que gran parte del muro este de la
nave, jambas del portal incluidos,
son originales. No así el dintel del portal,
del que sólo se conservaba la placa decorada
(…) lo que resulta claro –los documentos
fotográficos son contundentes- es que el muro
y las vigas del dintel propiamente dicho son
el resultado de la obra de Onetto. La
excepción la constituye la placa decorada y
las jambas del portal que si son originales.
Ahora bien, en la discusión del criterio a
adoptar se tuvieron en cuenta los siguientes
factores:
-No
se tenían datos de cómo estaba constituido
originalmente el portal, ni registros
documentales de la situación encontrada por
Onetto.
-La
intervención de Onetto da cuenta de un modo de
abordar la conservación de sitios en el país y
en la región en un momento histórico dado (los
cuarentas).
-No
se tenían indicios que dieran cuenta de que
Onetto no hubiera respetado las evidencias
encontradas al momento de intervenir.
En
consecuencia, teniendo en cuenta la
autenticidad e integridad de la obra, se optó
por respetar:
-Lo
original, en todo aquello que, de acuerdo a la
documentación de que disponíamos, había en la
estructura de la época jesuítico-guaraní.
-Y la obra
de Onetto, en cuanto a los elementos
“aportados” en su intervención”[xiii].
Primeramente, es evidente que Madagán lo único
que consideró fue la obra de Onetto. ¿Por qué
decimos que es evidente? En el Informe Final,
del cual se extrajeron los textos mencionados,
no hay ninguna documentación del siglo XVII.
Tampoco Madagán pudo realmente aseverar que
era lo realmente “original” refiriéndose al
estado en que recibió los muros. El mismo
afirma que no había registros fotográficos de
cómo Onetto encontró los muros.
O
sea, que Madagán simplemente se basó en lo que
encontró.
La
pregunta es ¿era posible aplicar un criterio
diferente de intervención?
Mi
idea es que esto era posible en la medida que
se investigara profundamente la documentación
de la época jesuítica, se buscaran todos los
registros fotográficos posibles del estado de
los muros anterior a la intervención de Onetto
y finalmente se revisarán todos los informes
técnicos realizados desde la década del
treinta hasta ahora.
Conclusiones
La
CNMMLH tiene una grave y pesada
responsabilidad en sus manos. Tenemos la
esperanza que en algún momento la dirijan
profesionales realmente comprometidos con el
resguardo del patrimonio.
Los
resultados de las intervenciones realizadas
hasta ahora en San Ignacio Miní revelan la
inexistencia de investigaciones históricas (de
archivo e historiográficas) lo suficientemente
importantes como para sustentar los criterios
de intervención. La decodificación del
lenguaje de las piedras todavía es una tarea
inacabada.
Un
avance ha sido la concreción de un archivo
específico de todo lo implementado con las
ruinas. Este material, organizado por quien
les habla, constituye una verdadera memoria de
todo lo que se hizo, bien o mal, y deberá ser
tenido en cuenta para cualquier realización
con cierta seriedad.

[i]
Sánchez Labrador, Joseph. El Paraguay
Natural., 1772. En Furlong, Guillermo.
Artesanos Argentinos bajo la dominación
Hispánica. Buenos Aires, Huarpes, 1946,
págs. 233 a 236.
[ii]
AGNA, Sala IX, 6-10-6. Compañía de Jesús.
[iii]El
documento fue mencionado por el Arquitecto
Onetto. Onetto, Carlos Luis. San Ignacio
Miní, un testimonio que debe perdurar.
Buenos Aires, Dirección Nacional de
Arquitectura, 1999, pág. 68
[iv]
Hermano Coadjutor Arquitecto Antonio Forcada.
Nació en Nuez del Ebro, Zaragoza, España; el
22 de marzo de 1701. Hasta 1744 trabajó en
varias obras importantes de los jesuitas de
Aragón como las iglesias de Calatayud,
Alagón y Tarazona. En la Provincia del
Paraguay hizo el proyecto para el Colegio de
Montevideo, intervino en el Colegio de Santa
Fe, en el Colegio Máximo y en las estancias
de Alta Gracia, Jesús María y Santa Catalina
de Córdoba, en el templo para el Colegio de
Corrientes y en las Iglesias y Colegios de
San Cosme y San Damián y Jesús del
Tavarangue. Falleció en San Ignacio Miní el
30 de junio de 1767. Allí descansan sus
restos.
[v]
Buschizzo, Mario
J. Nota al Presidente de la CNMMLH. 20 de
septiembre de 1938.
[vi]
Buschiazzo, Mario
J. Nota al Presidente de la CNMMLH. 24 de
abril de 1939.
[vii]
Onetto, Carlos
Luis. Las ruinas de San Ignacio Miní. En
Revista de Arquitectura. Año XXIX, N° 283,
Julio de 1944, págs. 315 y 316.
[viii]
Informe del
Arquitecto Miguel F. Villar, Jefe del
Distrito Noreste. Corrientes, 12 de
noviembre de 1971.Visado en la Oficina
Técnica de la CNMMLH, por los arquitectos
Jorge J. B. López y Ricardo J. Conord, y
presentado al Presidente de la institución
Leonidas de Vedia el 26 de enero de 1972.
[ix]
Informe del Arquitecto Francisco Eduardo
Meza, Director del Distrito Noreste, a
Secretaria General de la CNMMLH Arquitecta
Marisa Orueta. 15 de septiembre de 1988.
[x]
Carta de Mario Martínez, Encargado de las
Ruinas Jesuíticas de San Ignacio, a la
Arquitecta Marisa Orueta, Secretaria General
de la CNMMLH. 10 de octubre de 1990.
[xi]
Instituto del Cemento Pórtland Argentino. 29
de octubre de 1998. Templo/ Muro Piloto/
Estudio de Fisuras.
[xii]
Cardoni, Juan María. Informe técnico-Rescate
estructural San Ignacio y varios. 28 de
febrero de 1997.
[xiii]
World Monuments Found. Misión
Jesuítico-Guaraní de San Ignacio Miní.
Restauración del Portal Lateral Este del
Templo. Informe Final. Febrero de 2005, pág.
11.